LOS RENEGADOS DEL ROSISMO

Sabemos que, quizás por preservar sus privilegios, por temor o por carecer de principios morales y éticos, los Judas han existido desde siempre y muchos personajes de nuestra Historia que se habían declarado fervientes “rosistas” y hasta actuado como tales, jurando defender sus ideas, intuyendo su fin pocos días antes, y aún pocas horas después de Caseros, abjuraron y traicionaron sus palabras, y su militancia fue rápidamente ocultada o negada (ver Adhesiones cambiantes).

Así lo recordará años después JUAN MANUEL DE ROSAS, estando ya exiliado en Inglaterra. En varias oportunidades ante quienes lo visitaban expuso la desilusión y el dolor que le habían causado muchos de quienes lo habían acompañado durante su vida pública, gozando de los beneficios de su militancia oficialista y que cuando debió enfrentar a sus enemigos políticos, lo habían dejado solo y sin apoyo. Sarmiento, Felipe Varela, Juan Bautista Alberdi, Lucio V. Mansilla, Vicente Fidel López, Ramón Guerrero Vargas, un joven chileno que movido por la curiosidad de conocer la figura de la que tanto había escuchado, lo visitó en su rancho junto a un sacerdote y muchos, quizás curiosos, que querían conocer esa figura ya legendaria de la Historia argentina, pudieron comprender el dolor de un hombre convencido de haber actuado como se lo imponían sus circunstancias, pero que se sentía incomprendido y desilusionado y traicionado por amigos y aliados, pero por sobre todo, angustiado por lo inútil que había sido en definitiva su eliminación del escenario político, teniendo a la vista lo que había sucedido después de Caseros en su patria (ver Revolución del

No le guardaba rencor a quienes por diversas razones lo habían abandonado mientras ejercía el poder, como lo hicieron José Mármol, Rivera Indarte, Delfín Huergo (Secretario y leal colaborador de Rosas, quien huyó a Montevideo en 1851 para unirse a las fuerzas anti-rosistas); Benjamín Virasoro (gobernador de Corrientes, quien apoyó el Pronunciamiento de Urquiza y sumó tropas a la coalición); Domingo Faustino Sarmiento (quien aunque exiliado, tuvo un breve paso por las filas federales a principios de los años, 1820 antes de convertirse en uno de los principales intelectuales antirrosistas).

Tampoco recordaba mal a sus enemigos unitarios, de quienes ya conocía bien sus pensamientos y acciones y había sabido cómo enfrentarlos. Lo que verdaderamente le dolía, era la traición de los federales que lo habían abandonado en su caída, como el general Ángel Pacheco, Felipe Elortondo, Rufino de Elizalde, Pastor Obligado, Saturnino Segurola, Pedro José Agrelo, José Mármol, los Anchorena, y Dalmacio Vélez Sarsfield entre otros (ver Traiciones y defecciones).

Recordemos que muchos de esos antiguos federales que se habían beneficiado durante el gobierno de Rosas, tras su derrota, no sólo le negaron solidaridad, sino que llegaron a crucificarlo con su silencio y denostarlo para conservar sus bienes y sus vidas. El mismo 3 de febrero de 1852, pocas horas después del triunfo de Urquiza en Caseros, la Legislatura porteña y el Alto Tribunal —que previamente habían rechazado el Pronunciamiento de Urquiza— le otorgaron “un voto de gracias oficial por sus servicios a la Nación” y a partir de entonces, un aluvión de “arrepentidos” brotaron como hongos después de la lluvia, no como Judas modernos en busca de sus treinta monedas, sino como cobardes temerosos del peligro que corrían ante un triunfante unitarismo.

Los nuevos fervientes “unitarios” comenzaron entonces a proclamar su lealtad a Urquiza. Especialmente federales de buena posición social y económica. La ciudad que había sido hasta entonces sede del gobierno de Rosas y escenario de su poder hegemónico, lucía ahora un monumental arco de triunfo en honor de los vencedores en la plaza de la Victoria. Alegorías, inscripciones y las banderas de la alianza decoraban el arco, donde también se leía: «A la coalición americana libertadora»; «Viva el ínclito general Urquiza»; «Salve 3 de febrero de 1852»; «Honor a los mártires»; «Gloria a los libertadores»; «Salve 1º de mayo de 1851»; «Buenos Aires a Urquiza el Libertador», y otras expresiones el mismo tenor, condenando al depuesto gobernador Rosas y exaltando a los vencedores en Caseros.

Los gobernadores del Litoral, líderes provinciales que delegaban el manejo exterior a Rosas, rápidamente cambiaron de bando y apoyaron a Urquiza al ver la caída inminente del Restaurador de las Leyes. Entre algunos familiares, principalmente los Anchorena —primos segundos de Rosas que si bien, nunca ejercieron cargo alguno durante la época de ROSAS, crecieron económicamente en su época, el mismo día que cayó, le dieron la espalda para unirse a Urquiza y conservar así sus posesiones y tal vez sus vidas, una conducta triste y lamentablemente común aún hoy en nuestra tierra.

Los historiadores coinciden en que las razones por las cuales muchos fervientes sostenedores de Rosas cambiaron de bando sin asomo de vergüenza son ―eternas‖ en la historia: dinero, cobardía, miedo, resentimiento, ansias de poder, bajeza moral, maldad e instinto de conservación, entre otras y aunque nos sorprenda que tantos federales de la primera hora, se convirtieran de golpe en antirosistas, debemos entender que muchos temían perder sus rangos, fortunas o vidas, además de que tenían lazos familiares complejos con distintos personajes de la época.

Confesando nuestra incompetencia para desarrollar este apasionante tema con la profundidad que merece, sugerimos a nuestros lectores entrar en Rosas y el antirosismo de los federales, donde Gonzalo V. Montoro Gil lo desarrolla con notable claridad y versación.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *