LEALES, FANÁTICOS Y TRAIDORES DEL ROSISMO

No hay figura que haya despertado mayores polémicas que Juan Manuel de Rosas. O que aún las despierte. Venerado o denostado, el historiador Antonio Dellepiane ha afirmado que “sobre ningún otro personaje se han derramado tantos ríos de tinta, como sobre el antiguo caudillo bonaerense”. El debate sobre ROSAS no se circunscribe a los tiempos en que fue el todopoderoso gobernador y capitán general de la Provincia de Buenos Aires. Las polémicas continuaron más allá de su muerte y marcaron gran parte del debate histórico del siglo XX. No hay ningún otro personaje patrio del pasado que tenga la pervivencia que ha tenido ROSAS, tanto en el ámbito académico como en el imaginario popular. Hace más de un siglo y medio que no existe el rosismo político, pero se sigue hablando de él.

Y si bien hoy, el tiempo ha limado asperezas y diferencias por lo que no hay “fanáticos” entre sus panegiristas o sus detractores, en el pasado sí los hubo y su intransigencia, su obcecada pertenencia a uno u otro bando, fue lo que trajo jornadas de tremenda violencia, mientras la patria sufría las consecuencias de esa desunión.

LOS LEALES SERVIDORES Y ADMIRADORES
Los personajes de nuestra Historia que han pasado como los más estrechos y fieles colaboradores que tuvo JUAN MANUEL DE ROSAS durante su vida pública, fueron ENCARNACIÓN EZCURRA, Su esposa y estratega política indispensable. Durante la «Revolución de los Restauradores» (1833), movilizó al movimiento popular que permitió el posterior ascenso de Rosas al poder. Desde su hogar, organizaba a las clases populares y dirigía activamente la “Sociedad Popular Restauradora”. Su correspondencia con ROAS demuestra una devoción ciega, jactándose de perseguir y «asustar» a los lomos negros (federales moderados) y unitarios de formas despiadadas; TOMÁS MANUEL DE ANCHORENA, su primo y asesor económico de confianza. Ocupó el Ministerio de Hacienda y fue el principal redactor de la Ley de Aduanas de 1835; FELIPE ARANA, su Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores durante casi todo su mandato. Fue el encargado de llevar adelante la diplomacia y las negociaciones internacionales; el general ÁNGEL PACHECO, su mano derecha en el ámbito militar. Comandó los ejércitos de la Confederación y logró victorias decisivas contra los unitarios en el interior; MANUEL VICENTE MAZA, gobernador interino antes de la asunción definitiva de Rosas en 1835, fue uno de sus operadores políticos y legislativos más importantes hasta su posterior distanciamiento.

Mientras la «clase decente» organizaba por turno fiestas parroquiales en honor de ROSAS y el retrato de éste era paseado por las calles con gran escolta de honor, las clases más humildes eran especialmente tratadas. Sus quejas y pedidos eran atendidas con diligencia, ya fuera en persona o por intermedio de sus parientes y allegados. Los plateros, tornilleros y herreros que tenían sus talleres en el barrio de la Concepción lo adoraban y los negros esclavos y los criollos afrodescendientes, sus admiradores fanáticos, ocupaban en su mayor parte la parroquia de Montserrat, conocida como «barrio del tambor, del mondongo y de la fidelidad».

Los indios por su parte, eran objeto de atenciones cuando concurrían a la ciudad para trocar cueros, piedras, plumas de avestruz y otros elementos por aguardiente, tabaco, adornos y telas de vistosos colores; el gobierno les hacía llegar, por intermedio de los pulperos de la campaña, ropa, azúcar, sal y reses, para lo cual invertía anualmente la apreciable suma de dos millones de pesos, aproximadamente.

LOS “FANÁTICOS”
Los «fanáticos rosistas» fueron los seguidores acérrimos de JUAN MANUEL DE ROSAS, gobernador de la provincia de Buenos Aires durante la primera mitad del siglo XIX. Su devoción política se organizó a través de la “Sociedad Popular Restauradora” y “La mazorca”. Impulsada en gran medida por su esposa, Encarnación Ezcurra la primera, funcionaba como un club de choque político; sus miembros exigían lealtad absoluta al régimen y organizaban grandes movilizaciones populares para exaltar la figura del «Restaurador de las Leyes».

La mazorca” por su parte, era su brazo armado. Un organismo parapolicial encargado de perseguir, intimidar, atacar y asesinar a los opositores políticos de Rosas. Imponía verdadero terror, especialmente a los opositores unitarios y su lema más temido y pintado en las paredes era «¡Mueran los salvajes unitarios!». Tenían como símbolos de pertenencia partidaria y devoción hacia su líder “la divisa punzó” y el “retrato de Rosas”, ambos de uso obligatorio.

La “divisa punzó era una cinta de color rojo punzó que debía llevarse prendida en la vestimenta, tanto los hombres como las mujeres para demostrar que se era un ferviente “rosista” y el retrato de Rosas, reproducido en un gran número a modo de las llamadas “estampitas”, era especialmente llevado entre las clases populares y las comunidades afrodescendientes de Buenos Aires, todos ellos, fervientes admiradores del caudillo.

Pero descartando esas dos estructuras que albergaban lo peor de los seguidores de ROSAS, tanto por el desprecio como por la crueldad con la que trataban a sus opositores, hubo casos puntuales que sin duda excedían lo racional. Muchas familias se quebraron, muchas amistades se deshicieron y muchos sufrieron el desprecio y el rechazo de una sociedad acobardada por un lado, e inmersa en el abismo del fanatismo y la irracionalidad por el otro.

Un rosista que celebra la muerte de su hermano
Una muestra de esta sinrazón que había hecho presa de la ciudadanía durante la época de JUAN MANUEL DE ROSAS, lo da el parte de guerra con el que CALIXTO VERA, hermano del coronel MARIANO VERA, muerto en el combate de Cayastá (26/03/1840), le informa a Rosas el triunfo obtenido sobre los unitarios diciendo: “El infrascripto tiene la grata satisfacción de participar a vuestra excelencia agitado de las más dulces emociones, que el infame caudillo Mariano Vera, cuyo nombre pasará maldecido de generación en generación, quedó muerto en el campo de batalla, cubierto de lanzazos. Felicito a vuestra excelencia y a toda ése benemérita provincia, igualmente que a toda la Confederación Argentina, por tan insigne triunfo, en el que hemos recogido los laureles de la victoria tanto más frondosos cuanto que han sido empapados en la sangre de los sacrílegos unitarios».

Un Obispo bien federal (07/09/1837)
¡Viva la Federación !. Buenos Aires, Septiembre 7 de 1837; año 28 de la Libertad, 22 de la Independencia y 8º de la Confederación Argentina.  Asi encabezó el Obispo de Buenos Aires, MARIANO MEDRANO, evidentemente enrolado en las filas de JUAN MANUEL DE ROSAS, una nota impartiendo directivas al Cura Vicario de Santos Lugares de Rosas, a quien le expresa:

«Nada más justo será que el clero, conforme sus opiniones con las del Superior Gobierno. Cualquiera divergencia en esta parte podría ser ruinosa al Estado y perpetuar males que a todos nos serían sensibles y que una dilatada experiencia nos lo ha hecho sentir con dolor. Es preciso, por lo tanto, que usted que está a la cabeza de esa feligresía, desde el púlpito y con su ejemplo, exhorte a sus feligreses a que lleven constantemente la divisa federal que tiene ordenada el Superior Gobierno y que tan necesaria es en las presentes circunstancias para fixar el sistema Federal, sin el que seríamos víctimas de las más negras pasiones y veríamos correr la sangre de nuestros mismos hermanos» (ver La divisa punzó).

«Extienda usted también sus alocuciones a todas las mujeres, sin exceptuar a los jóvenes de uno y otro sexo, haciéndoles presente, que llevando la divisa Federal hacen un servicio singular a la Patria, a sus familias y a sí mismos; pues que viviendo en quietud y tranquilidad, gozarán de sus trabajos y acabarán sus días, no en los campos y desiertos, sino en el regazo de los suyos y al lado de sus maridos y de sus hijos».

«Hágales usted entender igualmente, que los hombres deben llevar la divisa de color punzó al lado izquierdo sobre el corazón; y las mujeres, en la cabeza, al mismo lado; debiendo, también, advertirles, que en adelante procuren abolir una moda que han introducido los «lojistas unitarios» de hacer usar a los paisanos, la ropa almidonada con agua de añil. de modo que luego queda de un color que tira a celeste claro, lo que es una completa maldad de los unitarios impíos, en cuya moda han hecho entrar a los paisanos, que la siguen con la mayor inocencia y que es preciso advertirles para que la aborrezcan y nadie la siga».

«Pero si usted advirtiese que alguno o algunas de sus feligreses fueran indiferentes a sus exhortaciones, reconvéngales por dos o tres veces y si ni aun así cumpliesen con sus insinuaciones, hágales usted entender que, por último resultado de su inobservancia, se les prohibirá la entrada en la iglesia, para cuyo efecto se pondrá usted de acuerdo con el Juez de Paz de ese Departamento».

«Recuerdo a usted, por último, que no omita rezar después de las Oraciones, el Rosario, las buenas noches y en seguida los dos Padre Nuestro que tiene ordenado el superior Gobierno, por las almas de los señores Generales don Juan Facundo Quiroga y don Manuel Dorrego».

«Este acto de religión, será una prueba de la gratitud que toda la Provincia debe a estos señores y una memoria de los distinguidos servicios que prestaron a la Santa Causa Nacional de la Federación, hasta derramar su sangre y perder sus vidas por ella. Espero, por lo tanto, que usted, cuyos sentimientos patrióticos son bien notorios al Público, cumplirá con lo que ordenamos. Acusándonos recibo de esta, nuestra comunicación con la Celeridad que le permita la distancia en que se encuentra. Dios guarde a usted muchos años. Mariano, Obispo.

Gaetano Cattaneo (o Cayetano Cattaneo)
Un sacerdote jesuita que llevó la adulación eclesiástica a niveles teológicos en sus sermones. Llegó a afirmar públicamente desde el púlpito que JUAN MANUEL DE ROSAS era el «Enviado de Dios» y que desobedecer al Restaurador de las Leyes equivalía a pecar directamente contra el Altísimo.

Manuel Antonio de Castro y Careaga.
Cura de la Iglesia de la Concepción, se destacó por su fervor federal radical. En sus misas, no solo bendecía la persecución a los unitarios, sino que exigía a los fieles que demostraran su lealtad política antes de recibir los sacramentos, obligando a llevar la divisa punzó de manera visible en el templo.

Nicolás Mariño
Periodista y director del periódico oficialista “El Diario de la Tarde”. Su nivel de obsecuencia lo llevaba a redactar crónicas diarias donde retrataba a Rosas con virtudes sobrehumanas, justificando cualquier acto de violencia de La Mazorca como una «limpieza santa» necesaria para la patria.

Luis Pérez
Conocido satírico y editor de periódicos populares como “El Torito de los Muchachos” y “The Gaucho”. Utilizaba la poesía gauchesca no solo para defender al régimen, sino para deshumanizar completamente a los opositores, promoviendo el uso de la violencia y el degüello en nombre de la lealtad absoluta a Rosas.

Ciriaco Cuitiño
Aunque operaba como jefe de La Mazorca, su fanatismo pasaba por la teatralización de la sumisión. Organizaba desfiles donde los miembros de la “Sociedad Popular Restauradora” arrastraban carros con el retrato de Rosas, obligando a los transeúntes a arrodillarse, quitarse el sombrero y vitorear al gobernador bajo amenaza de muerte instantánea.

Leandro Antonio Alén
Fue un pulpero y vigilante del Regimiento de Granaderos a Caballo devenido luego en militar y a partir de 1840, integrante de la mazorca, el brazo armado de la “Sociedad Popular Restauradora”, donde desempeñó un rol importante en el esquema de las fuerzas policiales represoras durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas. Fue fusilado en 1853 ante los ojos espantados de su hijo Leandro, que en ese entonces tenía 11 años y que luego, ya como Leandro Alem, fue el fundador de la Unión Cívica Radical. Su nieto, Hipólito Yrigoyen, será presidente de la Nación en 1916.

Manuel de Irigoyen
Ministro de Gobierno en varios períodos, se encargaba de redactar decretos con un lenguaje cargado de un servilismo extremo. En los documentos oficiales, cada frase dirigida a Rosas estaba precedida por extensos párrafos de alabanzas a sus «virtudes divinas e incomparables».

LOS RENEGADOS DEL ROSISMO
Sabemos que, quizás por preservar sus privilegios, por temor o por carecer de principios morales y éticos, los Judas han existido desde siempre y muchos personajes de nuestra Historia que se habían declarado fervientes “rosistas” y hasta actuado como tales, jurando defender sus ideas, intuyendo su fin pocos días antes, y aún pocas horas después de Caseros, abjuraron y traicionaron sus palabras, y su militancia fue rápidamente ocultada o negada (ver Adhesiones cambiantes).

Así lo recordará años después JUAN MANUEL DE ROSAS, estando ya exiliado en Inglaterra. En varias oportunidades ante quienes lo visitaban expuso la desilusión y el dolor que le habían causado muchos de quienes lo habían acompañado durante su vida pública, gozando de los beneficios de su militancia oficialista y que cuando debió enfrentar a sus enemigos políticos, lo habían dejado solo y sin apoyo. Sarmiento, Felipe Varela, Juan Bautista Alberdi, Lucio V. Mansilla, Vicente Fidel López, Ramón Guerrero Vargas, un joven chileno que movido por la curiosidad de conocer la figura de la que tanto había escuchado, lo visitó en su rancho junto a un sacerdote y muchos, quizás curiosos, que querían conocer esa figura ya legendaria de la Historia argentina, pudieron comprender el dolor de un hombre convencido de haber actuado como se lo imponían sus circunstancias, pero que se sentía incomprendido y desilusionado y traicionado por amigos y aliados, pero por sobre todo, angustiado por lo inútil que había sido en definitiva su eliminación del escenario político, teniendo a la vista lo que había sucedido después de Caseros en su patria (ver Revolución del

No le guardaba rencor a quienes por diversas razones lo habían abandonado mientras ejercía el poder, como lo hicieron José Mármol, Rivera Indarte, Delfín Huergo (Secretario y leal colaborador de Rosas, quien huyó a Montevideo en 1851 para unirse a las fuerzas anti-rosistas); Benjamín Virasoro (gobernador de Corrientes, quien apoyó el Pronunciamiento de Urquiza y sumó tropas a la coalición); Domingo Faustino Sarmiento (quien aunque exiliado, tuvo un breve paso por las filas federales a principios de los años, 1820 antes de convertirse en uno de los principales intelectuales antirrosistas).

Tampoco recordaba mal a sus enemigos unitarios, de quienes ya conocía bien sus pensamientos y acciones y había sabido cómo enfrentarlos. Lo que verdaderamente le dolía, era la traición de los federales que lo habían abandonado en su caída, como el general Ángel Pacheco, Felipe Elortondo, Rufino de Elizalde, Pastor Obligado, Saturnino Segurola, Pedro José Agrelo, José Mármol, los Anchorena, y Dalmacio Vélez Sarsfield entre otros (ver Traiciones y defecciones).

Recordemos que muchos de esos antiguos federales que se habían beneficiado durante el gobierno de Rosas, tras su derrota, no sólo le negaron solidaridad, sino que llegaron a crucificarlo con su silencio y denostarlo para conservar sus bienes y sus vidas. El mismo 3 de febrero de 1852, pocas horas después del triunfo de Urquiza en Caseros, la Legislatura porteña y el Alto Tribunal —que previamente habían rechazado el Pronunciamiento de Urquiza— le otorgaron “un voto de gracias oficial por sus servicios a la Nación” y a partir de entonces, un aluvión de “arrepentidos” brotaron como hongos después de la lluvia, no como Judas modernos en busca de sus treinta monedas, sino como cobardes temerosos del peligro que corrían ante un triunfante unitarismo.

Los nuevos fervientes “unitarios” comenzaron entonces a proclamar su lealtad a Urquiza. Especialmente federales de buena posición social y económica. La ciudad que había sido hasta entonces sede del gobierno de Rosas y escenario de su poder hegemónico, lucía ahora un monumental arco de triunfo en honor de los vencedores en la plaza de la Victoria. Alegorías, inscripciones y las banderas de la alianza decoraban el arco, donde también se leía: «A la coalición americana libertadora»; «Viva el ínclito general Urquiza»; «Salve 3 de febrero de 1852»; «Honor a los mártires»; «Gloria a los libertadores»; «Salve 1º de mayo de 1851»; «Buenos Aires a Urquiza el Libertador», y otras expresiones el mismo tenor, condenando al depuesto gobernador Rosas y exaltando a los vencedores en Caseros.

Los gobernadores del Litoral, líderes provinciales que delegaban el manejo exterior a Rosas, rápidamente cambiaron de bando y apoyaron a Urquiza al ver la caída inminente del Restaurador de las Leyes. Entre algunos familiares, principalmente los Anchorena —primos segundos de Rosas que si bien, nunca ejercieron cargo alguno durante la época de ROSAS, crecieron económicamente en su época, el mismo día que cayó, le dieron la espalda para unirse a Urquiza y conservar así sus posesiones y tal vez sus vidas, una conducta triste y lamentablemente común aún hoy en nuestra tierra.

Los historiadores coinciden en que las razones por las cuales muchos fervientes sostenedores de Rosas cambiaron de bando sin asomo de vergüenza son ―eternas‖ en la historia: dinero, cobardía, miedo, resentimiento, ansias de poder, bajeza moral, maldad e instinto de conservación, entre otras y aunque nos sorprenda que tantos federales de la primera hora, se convirtieran de golpe en antirosistas, debemos entender que muchos temían perder sus rangos, fortunas o vidas, además de que tenían lazos familiares complejos con distintos personajes de la época.

Confesando nuestra incompetencia para desarrollar este apasionante tema con la profundidad que merece, sugerimos a nuestros lectores entrar en Rosas y el antirosismo de los federales, donde Gonzalo V. Montoro Gil lo desarrolla con notable claridad y versación.

 

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