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ADIVINAS, GITANAS Y CUENTEROS EN BUENOS AIRES (1901)
A comienzos del siglo XX, surgidas como hongos después de la lluvia, sin que pudiera saberse de donde venían, un numeroso grupo de “adivinas” comenzó a recorrer las calles de Buenos Aires ofreciendo sus “servicios” a cuanto transeúnte se cruzaba con ellas y aún tocando los timbres de las casas para leerles las manos y decirles la buenaventura a quien se animara a escucharlas. En aquellos años ese oficio era desempeñado por las gitanas y éstas eran personajes siempre sospechados de ser amigas de lo ajeno y peligrosas estafadoras.
Esta “desagradable” presencia no le era nueva a los porteños. Estaba fresco el recuerdo del llamado “jorobado Marquina”, un sujeto con una deformidad ósea que ofrecía su “joroba” a cambio de unas monedas, asegurando que tocarla, le traerá suerte y fortuna al que lo hiciera. Un inocente exponente en realidad, de una numerosa caterva de aprovechados que hacían su negocio ofreciendo toda clase de bonanzas. Improvisados y “modernos Nostradamus” que hacían su agosto prometiendo a los crédulos, bienaventuranzas infinitas; fulleros que en improvisados “escritorios” callejeros ofrecían una fácil ganancia adivinando, debajo de que cáscara de nuez se escondía un garbanzo que siempre parecía estar donde nadie había predicho.
Allí estaban “La Mágica”, “La Estrella”, “La egipcia”, “La italiana”, “La señora Rosa” y “Anita, la clarividente”, que instaladas en misteriosos locales con abundantes y pesados cortinados, calaveras, máscaras satánicas, pirámides egipcias y adormecedor incienso, ofrecían sus variados “servicios”. Unas “tiraban las cartas”, otras leían las manos, otras eran espiritistas que ofrecían comunicación con los muertos queridos y hasta había algunas que mediante una bola de cristal, estaban en condiciones de ver el futuro y augurar desgracias o grandes riquezas y mucha felicidad (tratando por supuesto de que siempre fueran buenas y positivas las predicciones, porque eso hacía que sus víctimas pagaran más satisfechos el óbolo que cobraban.
Menos rodeados de misterios, pero igualmente recurriendo a escenarios especialmente armados y apropiados para dotar a su “profesión” con el máximo de verosimilitud, hacían su agosto los manosantas, los sanadores y los algebristas (1), ofreciendo curas mágicas, simplemente poniendo sus manos sobre la frente o la zona afectada del cuerpo de su paciente, sangrándolo o poniéndoles un maloliente emplasto que “extraerá rápidamente el mal”.
Pero allá por el mes de agosto de 1901 el merodeo de las adivinas itinerantes que había invadido el barrio, colmó la paciencia de las autoridades, cuando varios vecinos del barrio “Monserrat” se acercaron a la Seccional 5° de la Policía llevando sus quejas y la preocupación que les ocasionaban estas presencias.
Rápidamente el comisario EDUARO L. VIVAS, titular de dicha dependencia tomó cartas en el asunto y acudió en busca de ayuda al doctor SERVANDO GALLEGOS, que en esa época era médico higienista de la Asistencia Pública y de la Policía de la Capital (hoy Policía Federal) y que como todos los funcionarios de esa entidad, trabajaban codo a codo con los comisarios.
Recordando que a principios del siglo XX, Buenos Aires sufría repetidos brotes de tuberculosis, fiebre amarilla y otras “pestes” y era el “lugar de trabajo” preferido de cuanto cuentero y vago necesitado de hacerse de unas monedas para subsistir llegaba a “la gran ciudad”, es fácil comprender que se pusiera bajo el amparo de la Policía de la Capital, a los médicos higienistas que tenían poder para hacer “limpiezas” urbanas basándose en normativas sanitarias y de vagancia.
Mientras el comisario VIVAS aportaba la fuerza policial para desalojar, detener o expulsar a las personas de la vía pública, el doctor GALLEGOS aportaba la «autoridad médica» para justificar el operativo como una medida de salud pública y orden social, amparados en las vigentes leyes de “Vagos y Malentretenidos”, normativas jurídicas aplicadas en Argentina desde la época colonial hasta bien entrado el siglo XX, cuyo objetivo principal consistía en penalizar penal y socialmente a cualquier persona que no pudiera demostrar un empleo, profesión u oficio lícito, propiedades o un estilo de vida considerado «productivo» por el Estado, transformando la pobreza, el desempleo y el nomadismo en un delito contravencional (ver Decreto sobre vagos y malentretenidos).
La ley definía como vagos a quienes teniendo un oficio no lo ejercieran habitualmente y a quienes frecuentaran pulperías, casas de juego o parajes sospechosos en horarios laborales y para no ser detenido por la policía durante alguna de estas “razias”, un ciudadano común de las clases bajas necesitaba portar una «papeleta de conchabo» o un certificado firmado por su patrón que demostrara que estaba trabajando. Si la policía lo encontraba en la calle y no tenía este documento, automáticamente se lo consideraba «vago» y se lo llevaba detenido.
Las mujeres catalogadas como «vagas y malentretenidas» en cambio, eran enviadas a casas de corrección, asilos de beneficencia, o puestas al servicio de familias como empleadas domésticas. El castigo apuntaba a la «regeneración moral» mediante el trabajo forzado no remunerado o labores de cuidado en hospitales.
El barrio de Monserrat concentraba una enorme cantidad de conventillos. Los inmigrantes, los mendigos, los “cuenteros” y las comunidades gitanas eran el blanco principal de estas directivas, ya que las autoridades asociaban la pobreza y el nomadismo directamente con focos de infección y delincuencia.
Lo que venía después demuestra que las penas por vagancia no buscaban simplemente sacar de la vía pública a quienes consideraba “vagos o malentretenidos”. el Reglamento Policial de la Capital utilizaba la vagancia como una contravención para «limpiar» las calles de las grandes masas de trabajadores que se quedaban sin empleo, y buscaban obtener un beneficio de utilidad pública o militar.
En el siglo XIX a los detenidos se los enviaba a cubrir las filas de los ejércitos que combatían en las fronteras (esta es la razón por la que detienen y envían a la frontera al personaje de Martín Fierro); pero llegado el siglo XX, eran obligados a trabajar gratis o por salarios mínimos en la construcción de caminos, obras públicas o incluso, a prestar servicios en campos de estancieros privados que mantenían buenas relaciones con las autoridades.
Las “razias” que lideraban comisarios como VIVAS permitían detenciones arbitrarias masivas amparadas en estas leyes, usando la falta de un domicilio fijo o de un contrato de trabajo formal como la excusa perfecta para desalojar conventillos enteros en barrios céntricos como Monserrat y las autoridades de la época, combinaron el control social de la vagancia con la ideología higienista. Un mendigo, un “ratero”, un cuentero o una familia gitana acampando, no solo eran vistos como «ociosos» que alteraban el orden social, sino como vectores biológicos de enfermedades (tuberculosis, peste) que ponían en riesgo a la civilización moderna.
(1). Se llamaba “algebristas” a los cirujanos empíricos (carentes de título habilitante) u ortopedistas especializados en curar dislocaciones, torceduras y huesos rotos. Su nombre proviene de la idea de «recomponer» o «restaurar» los huesos.
Este texto ha sido redactado con información brindada por la versión de IA que ofrece Google.