SOBREMONTE Y LOS DINEROS DE LA CORONA (24/06/1806)

La noche del 24 de junio de 1806 el virrey , el  marqués de SOBREMONTE estaba en el Teatro de la Comedia. Esa noche su futuro yerno JUAN MANUEL MARÍN, comprometido con su hija MARIQUITA cumplía años y con ese motivo se había organizado una velada de Teatro con la presentación de la obra “El sí de las niñas” de MORATÍN.

Mientras SOBREMONTE, emperifollado y sonriente, feliz ante las lisonj as de su entorno, seguía en el Teatro,  los  ingleses ya hundían sus botas en las barrosas orillas del Plata a la altura de Punta Lara y avanzaban sigilosos hacia el Fuerte del desprevenido poblado de Santa María de los Buenos Ayres con la intención de tomar esa plaza.

Al otro día, SOBREMONTE presidió un banquete en honor al futuro de su hija. Fue una bacanal. Comieron durante ocho horas sin parar, y el menú era impúdico: rodajas de pan remojadas en caldo de buey recubiertas con cebolla y ajos dorados en carne vacuna. Costillas de vaca asadas y chorizo ahumado. Perdices en escabeche. Gallina cocida con legumbres y papas, cocido de cordero, olla podrida (una suerte de puchero muy espeso), caldo de vaca y finalmente, pastelería de toda clase.

Entre bocado y bocado, un edecán se acercaba al virrey y le susurraba un parte con el movimiento de los británicos. SOBREMONTE ya tramaba cómo habría de escapar de esa amenaza, llevándose consigo todo el oro de la Corona. Y así fue. El marqués don RAFAEL DE SOBREMONTE, sin esperar la llegada de los ingleses, que ya habían cruzado el Riachuelo, ingresando por el Paso de Barracas, el 27 de junio se fugó por las puertas de atrás de la ciudad con nueve mil on­zas de oro tambaleándose arriba de un carretón, y con un millón de pesos fuertes en barras de plata de propiedad de la Corona española, todas acomodadas aparte en siete carretas furtivas cercada por un cordón de tropas de artillería,  con rumbo a Luján.

Los hombres y las mujeres de Buenos Aires conquistada se las tuvieron que arreglar a solas y sin di ñero contra los británicos y como cuentan los libro escolares, los desalojaron a fuerza de aceite hir viendo y del coraje de las milicias acaudilladas por SANTIAGO DE LINIERS. Pero no olvidaron al virrey  fugitivo; el ingenio popular le dedicó unos versos que  fueron famosos en aquellos tiempos tempestuo­sos: ¿ Ves aquel bulto lejano que se pierde tras el monte?/Es la carroza del miedo/con el virrey Sobremonte. La invasión de los ingleses le dio un susto tan cabal/que buscó guarida lejos para él y el capital.

Sin embargo, el virrey acobardado, al fin y al cabo no deseaba quedarse con el dinero. Se lo había llevado, tratando de salvarlo para la corona, es decir, quiso despojar de ese tesoro a sus verdaderos dueños: los habitantes de Buenos Aires que, en rigor, eran los que habían producido aquel tesoro con su trabajo y tributando impuestos.

SOBREMONTE escondió el tesoro en los sótanos de la Iglesia de Luján, pero hasta allí se allegaron los ingleses y ba­yonetas en mano, reclamaron el botín. Lo volvie­ron a subir a los carretones, lo llevaron nueva­mente a Buenos Aires, lo embarcaron en una de sus naves hacia Londres, lo depositaron en el Banco de Londres y luego, vueltos y vencidos a Inglaterra, se lo repartieron, como mandaba entonces la historia  de Gran Bretaña. El botín fue al fin para la corona, pero no a la española, sino a la inglesa.

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