HISTORIA DE LA MONEDA ARGENTINA (1813)

Como Prólogo de nuestro comentario trascribiremos un tramo del trabajo realizado por Natalia J. Dergam Dylon y Daniel A. Rey que fuera publicado con el nombre de “Historia de la moneda argentina”, a cuya totalidad puede accederse entrando en la página web que lo reproduce:

“El descubrimiento, conquista y colonización del territorio americano por parte de los europeos trajo como consecuencia la implantación del sistema monetario que paulatinamente se impuso al trueque de bienes que realizaban los diferentes pueblos aborígenes, antes del siglo XVI.

La corona española instaló muy tempranamente “Casas de Moneda” o “Cecas” en las principales áreas de poblamiento, comenzando por México y Perú . En 1573 se fundó la Casa de Moneda de Potosí, ciudad ubicada actualmente en la  República de Bolivia, en la ladera del cerro que durante varios siglos produjo toneladas de metal precioso con las que se realizaron las primeras monedas que circularon en el Río de la Plata.

«Las primeras acuñaciones hispanoamericanas fueron confeccionadas de una manera rudimentaria, con técnicas metalúrgicas muy antiguas que demandaban un acabado manual y daban como resultado piezas morfológicamente imperfectas. La terminación de estas monedas denominadas “macuquinas” se realizaba a martillazos y las percusiones dejaban una silueta entrecortada que en la mayoría de los casos estaba muy lejos de un perímetro circular perfecto (imagen).

Con el tiempo el borde irregular de las macuquinas fue peligroso para el valor de las monedas: se podían depreciar las piezas recortando el metal y disminuyendo su peso.

«El arte de hacer dinero: Desde el comienzo, las leyes españolas eran muy rigurosas en cuanto a la elaboración de las monedas, tomando en cuenta que en esa época estamos hablando de un circulante confeccionado con metales preciosos que tenían valor en sí mismo.

Las reales cédulas disponían que en cada moneda acuñada en una ceca de la metrópolis ibérica o de una colonia hispanoamericana,  estuviera identificado el funcionario real que había controlado la acuñación, mediante el grabado de la letra inicial del nombre del ensayador, acompañado del monograma que identificaba  a la casa de moneda donde se había labrado la pieza monetaria.

«A mediados del siglo XVIII, la tecnología para fabricar monedas permitió el reemplazo de la macuquina irregular por una pieza redonda más perfecta, que tenía en el canto un grabado que servía como medida de seguridad adicional, también llamada moneda de cordoncillo, imposibilitando la devaluación de la moneda y evitando su cercenamiento perimetral.  Las nuevas máquinas acuñadoras incorporadas a la ceca potosina permitieron la inclusión de novedosos diseños iconográficos de mejor definición que incluían el perfil del monarca español en las monedas.

«Las modificaciones morfológicas de las monedas hispanoamericanas fueron tan eficaces para preservar su valor que durante el siglo XVIII fueron piezas muy utilizadas para el comercio internacional.  Prueba de ello, son las contramarcas chinas que pueden verse grabadas en el circulante monetario español, que con diversos ideogramas identificaban los nombres de comerciantes del Lejano Oriente que habían usado ese metal precioso en sus transacciones.

Con el inicio del siglo XIX, el panorama político de Occidente cambió como consecuencia de las guerras napoleónicas que produjo el paulatino decaimiento de la monarquía española, por la pérdida de sus colonias americanas independizadas, y por la hegemonía en los mares y en el comercio internacional que controlaba el Reino Unido de Gran Bretaña.

«Pero antes de llegar a eso, comencemos diciendo que el uso del dinero como medio de pago, llegó a América en el siglo XVII. Aquí nos manejábamos con el trueque, hasta que se descubrieron los yacimientos de Potosí en 1545, y los colonizadores comenzaron a usar tejos de oro y de plata para pagar sus compromisos y transacciones

«El sistema, tolerado en un comienzo por la falta de monedas legalmente acuñadas bajo control,  fue combatido luego por las autoridades, obsesionadas por evitar la evasión de los impuestos reales. La fundación de diversas Casa de Moneda hacia fines del siglo XVI tuvo por objetivo, precisamente, la centralización (y el control) de la producción monetaria.

Fueron estas piezas españolas de forma irregular, fabricadas a golpe de martillo,  las primeras monedas que circularon por estas tierras, a principios del siglo XVII. Bajo el nombre de macuquinas (vocablo de origen quechua que significa «golpeadas») sobrevivieron incluso a la Revolución de Mayo”.

Curiosidades de la moneda argentina
La historia de la moneda argentina es tan cambiante y compleja como la propia Historia Argentina. Poblada de curiosidades, malentendidos, influencias políticas, escollos burocráticos y aportes del exterior, tiene anécdotas curiosas, decenas de idas y vueltas.  Comenzaremos por recordar que en el siglo XX, no sólo tuvimos cinco signos monetarios diferentes (los Estados Unidos, por ejemplo, se maneja con el dólar desde 1794 hasta la fecha), sino que en el camino perdimos trece ceros en el valor de nuestra moneda.

Y hay más. Por ejemplo:  hasta 1864, nuestros primeros ejemplares de papel moneda, se imprimían de un solo lado, el valor se dejaba en blanco para que la autoridad que los firmaba, completara el importe y eran firmados, numerados y fechados uno por uno, y a mano. Crecían en superficie a medida que aumentaba su cantidad de ceros (el tamaño se hizo uniforme recién en 1970).

Las falsificaciones. El problema fue que los falsificadores no demoraron en entrar en acción. El gobierno intentó desalentarlos imprimiendo una leyenda en los billetes («la ley castiga a muerte al falsificador y sus cómplices»), pero la amenaza cayó en saco roto y las autoridades optaron por tercerizar la fabricación de monedas: Para ello, le encomendaron la tarea a una firma estadounidense, que terminó inmortalizando en nuestros primeros billetes, los rostros de sus propios próceres. Sí, aunque no se lo crea, Thomas Jefferson, George Washington (imagen)  y Benjamín Franklin desfilaron por nuestra moneda antes que SAN MARTÍN  y BELGRANO.

También JUAN MANUEL DE ROSAS encargó billetes al exterior, aunque esta vez a Londres y con el expreso pedido de que llevaran impreso el eslogan del momento: «Viva la Confederación Argentina. Mueran los salvajes unitarios». Y otra curiosidad: para no repetir la experiencia estadounidense, se le solicitó a los ingleses la impresión de algún animal autóctono.

La recomendación no valió de mucho: los ingleses, que poco sabían del país de las vacas, incluyeron en el diseño un canguro australiano. Y otra picardía que el rosismo escribió en la historia del dinero fue una serie de monedas acuñadas en 1843, que llevó grabado el gorro frigio con su penacho cayendo hacia la derecha, cuando en el símbolo de la libertad cae hacia la izquierda.

La moneda como medio de propaganda. Pero hay algo más que da a estas piezas, un sabor autóctono inconfundible. Estos plateros nos dejaron en sus piezas, el testimonio de su adhesión al sistema federal de la época. Es en la Córdoba de 1841, donde comenzó por suprimirse el azur heráldico de las monedas por ser el color preferido por los unitarios, colocándose en su reemplazo, dos rosetas y más tarde, puntos, cruces, estrellas y moharras.

Luego, progresivamente se fue sustituyendo el gorro frigio por el federal. El famoso “gorro de manga”, con borla o sin ella caída ya a la derecha, ya a la izquierda, en 1843 se verá en gran cantidad de monedas. Al año siguiente, un Decreto del Gobernador MANUEL LÓPEZ creando la Casa de Moneda oficial de Córdoba, suprimió drásticamente estas labraciones particulares. Después de Caseros, ante la renuncia del gobernador LÓPEZ, su hijo VICTORIO se hizo cargo del gobierno de la provincia y la época de los concesionarios terminó por desaparecer.

El último de estos labradores particulares, JOSÉ POLICARPO PATIÑO, murió en su ley, fiel al sistema federal al que adhería. En abril de 1852, cuando se produjo una insurrección del Regimiento Patricios, PATIÑO que era Coronel en dicha unidad, se hallaba desempeñando la guardia frente al despacho del Gobernador.

Ante el avance de un grupo de insurrectos que intentaban penetrar violentamente en ese recinto, desenvainó su espada e intentó detenerlos, pero fue muerto con varios disparos de la turba. Había muerto PATIÑO pero su mensaje federal quedó grabado para siempre en los “realitos”, esas curiosas monedas que él y sus ayudantes utilizaron para transmitir su amor por la divisa punzó

Los cafés emitían moneda. La cantidad de billetes emitidos entre 1822 y 1823 por el “Banco de Descuento” no fue suficiente para paliar la escasez de papel moneda que soportaba la gente. Esto causó una seria disputa entre el Banco y el Gobierno de Buenos Aires, cuando la situación se complicó  aún más, en los años subsiguientes, cuando el problema adquirió extrema gravedad,  especialmente por la falta de valores  muy pequeños.

La escasez de circulante llegó a provocar que  se recurriera a la utilización de fichas, contraseñas y billetes propios,  que imprimían  los dueños de cafés y comercios en general, obligados a ello, porque no podían atender los requerimientos de sus parroquianos y clientes, por falta de circulante (ver «Papel moneda y valores fiduciarios» en Crónicas).

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Las primeras monedas
Primero, la moneda; después, el Estado. La primera moneda criolla asomó en 1813, cuando la Asamblea General Constituyente ordenó acuñar las primeras piezas nacionales reemplazando el busto de los reyes por el escudo de la Asamblea.

Lo más curioso fue que al principio la mayoría de la gente rechazó la nueva moneda, presumiendo que la situación que simbolizaba, no duraría mucho tiempo: un primer indicio, quizá, de la estrecha relación que habría, en adelante, entre la estabilidad de la moneda y la credibilidad política institucional. Estas monedas hispánicas perdieron protagonismo recién en 1822, cuando se creó en Buenos Aires un Banco autorizado a emitir billetes, algo que el resto de las provincias resistió durante décadas (la mayoría acuñaba sus propias monedas en defensa de su autonomía).

Con la firma de su Presidente, PEDRO AGRELO y de HIPÓLITO VIEYTES como Secretario, el 13 de abril de 1813, la Asamblea expidió un Decreto disponiendo acuñar en Potosí (ocupada entonces por el Ejército Auxiliar del Perú, al mando del General MANUEL BELGRANO), la nueva moneda de oro y de plata de las Provincias Unidas (imagen arriba), y esta será la primera moneda nacional que circuló en el Río de la Plata. Se contaba para ello con una magnífica Casa de Moneda, fundada por los españoles en 1574 e instalada con los mayores adelantos técnicos de la época.

Hasta ese momento, los reales españoles coloniales eran la moneda circulante en las colonias españolas del Río de la Plata y a partir de la aparición de las monedas de las Provincias Unidas simultáneamente con éstas, hasta 1822 (1), circularon el “Real” subdividido en diez décimos el “Sol”, también emitido durante este período, cuyo valor era igual al del Real, el “Peso”, que valía 8 reales y el “Escudo” que valía 16 reales, .

El busto del rey Fernando VII y el emblema español característicos de sus emisiones de oro y plata, fueron sustituídos por nuestro actual escudo nacional y un sol radiante en el reverso, haciéndose la emisión a nombre de las «Provincias del Río de la Plata» y estampándose además la leyenda «En Unión y Libertad».

Los diseños de la nueva moneda fueron enviados desde Buenos Aires y grabados los cuños por el jefe de talla, don PEDRO BENAVÍDEZ, colaborando en la acuñación, casi todos los empleados de la Casa de Moneda, en especial los de origen americano.  Se acuñaron así, monedas de oro de 8, 4, 2 y 1 escudos y de plata de 8, 4, 2, 1 y medio real, además de medallas conmemorativas de las victorias de Tucumán y Salta y otros premios militares.

Lo más curioso fue que al principio la mayoría de la gente rechazó la nueva moneda, presumiendo que la situación que simbolizaba, no duraría mucho tiempo: un primer indicio, quizá, de la estrecha relación que habría, en adelante, entre la estabilidad de la moneda y la credibilidad política institucional.

El Decreto, luego transformado en Ley el 28 de julio de 1813 por Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, decía: «Expídase orden al Supremo Poder Ejecutivo para que la comunique por su parte al superintendente de la casa de moneda de Potosí, a fin de que inmediatamente y bajo la misma ley y peso que ha tenido la moneda de oro y plata en los últimos reinados de D. Carlos IV y su hijo D. Fernando VII, se abran y esculpan nuevos cuños por el modo siguiente2:

«Moneda de plata: La moneda de plata de hoy en adelante debe acuñarse en la casa de moneda de Potosí; tendrá por una parte el sello de la Asamblea General quitado el sol que lo encabeza y un letrero alrededor que diga “Provincias Unidas del Río de la Plata”; por el reverso un sol que ocupe todo el centro y alrededor la siguiente inscripción: “En Unión y Libertad” (imagen de arriba), debiendo además llevar todos los otros signos que expresen el nombre de los ensayadores, lugar de su amonedación, año y valor de la moneda y demás que han contenido las expresadas monedas».

«Moneda de oro: Lo mismo que la de plata, con sólo la diferencia que al pie de la pica y bajo las manos que la afianzan se esculpan trofeos militares consistentes en dos banderas de cada lado, dos cañones cruzados y un tambor al pie. De una y otra deberán sacarse dibujos en pergamino, que autorizados debidamente acompañen la orden de la nueva amonedación”.

Esta amonedación finalizó en el mismo año de 1813, a raíz de que los españoles volvieron a apoderarse de Potosí, luego de que el 26 de noviembre de ese año, las tropas argentinas al mando de MANUEL BELGRANO, fueran derrotadas en Ayohuma y obligadas a evacuar la Villa de Potosí, cuya población de ricos mineros era predominantemente realista.

En la retirada, el propio BELGRANO había dispuesto volar el edificio de la Casa de Moneda para castigar la hostilidad de la población, quitando al mismo tiempo al enemigo una fuente principalísima de recursos. Ya se habían colocado barriles de pólvora en la sala de la fielatura y encendido las mechas que hubieran reducido a polvo el histórico edificio, cuando la oportuna intervención de algunos españoles, desactivó los explosivos.

Retirado el ejército comandado por BELGRANO, emigraron también los funcionarios de la Casa de Moneda que, comprometidos con los patriotas, hubieran sido objeto de represalias. Cuando en 1814 se pensó instalar una Casa de moneda en Buenos Aires, estos empleados se trasladaron a esta ciudad trayendo las herramientas y cuños de aquellas primeras monedas patrias que habían ayudado a acuñar, pero el proyecto fracasó

La pérdida de la Casa de Moneda de Potosí en 1815 obligó a la apertura de nuevos establecimientos emisores monetarios en el país que ya no poseía la centralización política del Virreinato, encontrándose fraccionado el poder bajo el imperio de las autonomías provinciales.

Durante la primera mitad del siglo XIX, existieron tres casas de moneda que tuvieron protagonismo regional de manera diferente: en el noroeste del país, la provincia de La Rioja fue la única que continuó acuñando moneda de oro y de plata; en el centro, la provincia de Córdoba labró monedas de plata, y en el litoral ribereño, la provincia de Buenos Aires, innovó con  la circulación de monedas de cobre, emitidas por el flamante Banco porteño.

Nuevamente en Potosí. Ocupada nuevamente Potosí en 1815 por el general JOSÉ RONDEAU, se decidió acuñar una nueva emisión de monedas, y como no se contaba con personal idóneo ni elementos para la amonedación, esos empleados que estaban en Buenos Aires emprendieron entonces viaje a esa ciudad, pero fueron detenidos en Córdoba y su gobernador se incautó de los cuños, interesado en establecer una ceca en esa provincia.

Por ello, la acuñación patria de 1815 en Potosí fue tardía, comenzó recién a partir del 30 de agosto, cuando se nombró a FRANCISCO JOSÉ DE MATOS, ensayador primero de la Casa de Moneda, Las piezas acuñadas a partir de entonces llevaron la Inicial F de su nombre. Más tarde se incorporó nuevo personal a la ceca, nombrándose a LEANDRO OZIO ensayador segundo.

Se cambia entonces la denominación de las monedas, sustituyéndose la palabra “reales” por “soles” y pasando a ser F. L. las iniciales de los ensayadores. Estos funcionarios eran quienes garantizaban mediante esta inscripción, la exacta aleación del metal. Durante ese período, utilizando  para estas emisiones, el metal que  provenía íntegramente de las minas que fueron confiscadas a los expulsados realistas y se acuñaron únicamente monedas de plata por valor de 941.315 pesos, amonedación que dejó un beneficio de 130.000 pesos.

Las acuñaciones continuaron después de la derrota de Sipe-Sipe, hasta el 14 de diciembre, fecha en que los patriotas debieron evacuar nuevamente la ciudad. Abandonado Potosí, los patriotas no volvieron a ocupar la ciudad, cuya Casa de Moneda continuó acuñando piezas con el busto del rey de España hasta 1825.

Las monedas riojanas
La Casa de Moneda de La Rioja, que comenzó sus acuñaciones en 1824 copiando el modelo de grabado empleado en las primeras amonedaciones patrias realizadas en Potosí, decidió por ley del 7 de julio de 1836, firmada por el Gobernador BRIZUELA, variar el tipo de numerario colocando ahora, en las nuevas piezas el busto del gobernador de Buenos Aires, general JUAN MANUEL DE ROSAS y esperando ser congratulados por tal gesto le enviaron algunas de ellas, junto con la Ley que había dispuesto tal homenaje..

El rechazo de ROSAS  a tal manifestación de obsecuencia, provocó varias idas y vueltas, hasta que los riojanos se dieron por satisfechos con las explicaciones que se les dio y abolieron la ley cuestionada en sesión del 19 de junio de 1837, pero dispusieron entonces la acuñación de una moneda que, sin llevar el busto, expresara su gratitud con una leyenda: “Eterno loor al Restaurador Rosas”.

Esta moneda se acuñó desde 1838 hasta 1840, año en que adherida La Rioja a la Liga Unitaria (24/09/1840), se acuñaron monedas sin leyendas laudatorias. Luego se interrumpieron las labraciones hasta que en 1842, durante el gobierno del coronel HIPÓLITO TELLO, volvieron los riojanos a imponer en la moneda circulante el busto de Rosas.

Esta vez sin consultarlo previamente, acuñaron las piezas en relativa abundancia. Eran monedas de plata de 2 reales y ejemplares de oro de 8 y 2 escudos. Ante el hecho consumado no vaciló ROSAS en reaccionar en forma desfavorable «firme e irrevocablemente resuelto a no admitir ese tipo de homenaje, cumple con el deber que le imponen su razón y su conciencia, de renunciar firme y esta vez terminantemente a tan alta y honrosa demostración”, por lo que esta vez, se decide retirar de las piezas que se acuñaban en la Casa de Moneda provincial, las leyendas laudatorias adoptadas en 1838.

Por ello, cambiaron el tipo de las labraciones, que continuaban llevando el escudo nacional con sol en el anverso y el cerro de Famatina con trofeos militares en el reverso, pero suprimieron el sentido político inaceptable de sus leyendas, retornando a la frase anterior, En Unión y Libertad”, de las primeras amonedaciones independientes. Estas últimas emisiones riojanas terminaron en los primeros meses de 1841 cuando el jefe de los ejércitos federales, general JOSÉ FÉLIX ALDAO, desde Mendoza invade la provincia de La Rioja y ocupa la ciudad capital.

Se acuñan así, en ese turbulento año de 1840, dos tipos de monedas, federales las primeras, unitarias las últimas. En 1841 se suspendieron las acuñaciones riojanas y en 1842, restablecida la ceca con influencia federal, se lanzarían a la circulación las primeras monedas con el busto de ROSAS. Las emisiones monetarias de las provincias coligadas (monedas riojanas y billetes tucumanos) han quedado como testimonio del fallido intento unitario de los años 1840- 1841, encabezado por LAVALLE

En cuanto al valor de esas monedas, digamos que eran piezas de oro de 8 escudos (una onza) que, si bien son raras, han llegado a nuestros días en mayor proporción que sus similares con leyendas federales. No ocurre lo mismo con las monedas de plata, a pesar de haberse acuñado ambos tipos en el valor de 8 reales (pesos). Lo reducido de la acuñación unitaria ha convertido a estas piezas en ejemplares de extrema ra­reza.

Monedas de Córdoba
Los cordobeses intentaron sus primeras labraciones autónomas de moneda en 1815, cuando el gobernador JAVIER DÍAZ se incautó de los cuños de las monedas patrias en tránsito hacia Potosf. Habiendo montado ese año un establecimiento para que se ocupara de tal tarea, sólo se alcanzaron a labrar unos raros ensayos de moneda en plomo (peltre), siendo abandonado completamente el proyecto en 1818. Desde entonces y hasta 1833 no hubo labración de moneda en Córdoba, habiéndose agudi­zado en consecuencia, la escasez de numerario circulante.

No contando el gobierno provincial con medios idóneos para establecer una Casa de Moneda, y decidido a solucionar el problema, puso en remate el derecho de acuñar monedas por particulares. Las primeras piezas fabricadas por este nuevo sistema eran de plata, muy pequeñas, del valor de ¼ de real y se denominaban vulgarmente “cuartillos”.

En 1838 gana la concesión PEDRO NOLASCO PIZARRO, quien percibe una comisión sobre cada moneda acuñada. PIZARRO era platero y sargento mayor del batallón Defensores de la Federación”. Las labraciones, marcadas con sus iniciales PP o PNP, se prolongan desde 1839 hasta 1841.

Ese año aparece un nuevo concesionario, JOSÉ POLICARPO PATIÑO, quien estampa sus iniciales JPP en todas las monedas cordobesas hasta 1844. PATIÑO era coronel del regimiento “Decididos por la Federación” y como no era ducho en el ramo de platería, conchabó a varios plateros de Córdoba, quienes se pusieron en la tarea de acuñar una enorme cantidad de piezas que hoy, transcurridos más de cien años, constituyen un verdadero rompecabezas para los coleccionistas.

Todas estas monedas eran fabricadas a golpes de maza. Grabados los cuños de anverso y reverso se colocaba entre ambos el cospel de plata y con dos o tres golpes se acuñaban las piezas. Por ello, muchas muestran imperfecciones, siendo frecuente la doble acuñación.

El cuño que recibía los golpes se rompía a menudo, siendo sustituido por uno nuevo. Fabricadas así en 1843,  se han podido clasificar  más de 70 cuños de anverso y 25 de reverso diferentes, que se combinan entre sí en las monedas dándonos una enorme cantidad de variantes.

Las piezas acuñadas tenían un valor de ¼, ½ y un real. Los cuartillos llevan en el anverso un castillo y en el reverso un sol anepígrafe. Los medios, de reducida labración y los reales,  muestran el escudo nacional o el castillo de Córdoba. Las leyendas variaban notablemente; en la mayoría de las piezas se consigna “Córdova” en lugar  de “Córdoba”.

Otras veces, al grabador  no le alcanzó el espacio y estampaba simplemente “Cordov” o simplemente “Cordo”. Los reversos con un sol radiante llevan  generalmente la palabra “Confederada”, siendo raros los que muestran la frase “En unión y libertad” o “Libre e independiente”.

Monedas de Buenos Aires
El 30 de mayo de 1836 se dispone por decreto la liquidación del Banco Nacional, último refugio del derrotado partido unitario. El extinguido Banco es reemplazado por una nueva institución que se denomina oficialmente “Junta de Administración de la Moneda” y a la que el público, por funcionar en el edificio de la antigua ceca del Banco Nacional, denomina vulgarmente “Casa de Moneda”, aunque no lo fuera..

Se trataba, en realidad, de una nueva institución bancaria que reemplazaba a la anterior en la emisión de billetes y moneda metálica, la admisión de depósitos judiciales y de particulares, el descuento de letras y pagarés, etc. Estaba presidida por BERNABÉ DE ESCALADA, cuya acertada administración en el cargo, motivará su reelección a lo largo de los años, siendo confirmado después de Caseros.

En 1840, con motivo de la gran escasez de moneda metálica que se siente en toda la provincia, esta Casa de Moneda apócrifa, dispone una nueva emisión de piezas del valor de 2, 1 y ½ real. Estas monedas de cobre, impresas en delgadas láminas de metal, llevan en el anverso el valor en letras dentro de una guirnalda de laurel y la leyenda perimetral: «Casa de Moneda – Buenos Aires y en el reverso, «Viva la Federación» y el valor en números rodeado de dos palmas.

En cuanto a la emisión de billetes, los primeros realizados en su nombre datan de 1841, y son impresos en Londres por la firma “Perkins, Bacon & Perch. Nuevas emisiones se realizarán en los años 1844, 1845, 1847, 1848, 1849 y 1851. Como todos los de la época, están impresos de un solo lado, variando según las emisiones el papel y la tinta.

La de 1841 es impresa sobre papel naranja, otras sobre papel violeta o simplemente blanco, utilizándose tinta roja, amarilla o negra. La numeración, las firmas y a veces parte de la fecha se colocaban  a mano, una tarea que era era tan pesada que ROSAS resolvió, favorablemente, un aumento de sueldo para los empleados encargados de realizarla.

No obstante el cuidado con que eran impresos estos billetes, las falsificaciones, que habían empezado tan pronto como se lanzaron a la circulación los primeros ejemplares, fueron bastante frecuentes. En épocas del extinguido Banco Nacional, este delito había motivado el  destierro de tres ciudadanos franceses y en marzo de 1831 el fusilamiento  del ciudadano Enrique Fleury.

No obstante ello, las falsificaciones continuaron; el papel empleado era de mala calidad y una vez lanzado a la circulación, su propio desgaste hacía factible la confusión de los contrahechos. Si bien no hubo falsificación de monedas de cobre, estas piezas desaparecieron muy pronto de la circulación. Su destino fue Montevideo, donde se paga un sobreprecio a los especuladores.

En 1844 era tal la escasez de metálico, que la Casa de Moneda de Buenos Aires, dispone una nueva acuñación de piezas iguales a las de 1840, pero sólo del valor de 2 reales. A partir de este año, recrudecida la guerra contra los unitarios, se consigna en las nuevas emisiones de billetes las leyendas: «Viva la Confederación Argentina – Mueran los salvages unitarios». El papel moneda emitido en esta época abarcaba  los valores de 1, 5, 10; 20, 50, 100, 200, 500 y 1.000 pesos.

En cuanto a los diseños, se destaca en las emisiones de 100 pesos de 1841 y 1845, la hermosa imagen del Cabildo de Buenos Aires y en los billetes de 200 pesos de 1845 y 1848,  una vista panorámica de la ciudad desde el río. Ambos diseños son grabados en Londres. Otras viñetas representan avestruces, ovejas, caballos y figuras alegóricas. Estos billetes federales continuaron circulando aún después de Caseros, pero los “vivas y mueras” fueron cuidadosamente tapados con una banda de tinta negra.

Billetes tucumanos
En la misma fecha en que ALDAO restablecía la influencia federal en La Rioja, en Tucumán se emitían los primeros y únicos billetes de la Coalición del Norte en un desesperado intento de obtener fondos para la lucha. Están fechados en abril y mayo de 1841 y se lanzan a la circulación a nombre del “Banco Hipotecario de las Provincias Ligadas del Norte”, respaldándose la emisión con bienes inmuebles.

Con el propósito de vencer la resistencia que ofrecía la circulación de estos billetes, de fin eminentemente político, se estableció que, concluida la guerra, los posee­dores de este papel moneda recibirían un premio del diez por ciento sobre su valor facial.

Los ejemplares que han llegado a nuestros días son muy raros y sólo de Un peso y Un real, ignorándose si se emitieron otros valores. Están impresos en negro sobre papel de malísima calidad y de un solo lado. La Impresión es pobre y el diseño borroso, habiéndose colocado una leyenda (previendo la aparición de contrahechos) condenando a muerte a los falsificadores y a sus cómplices.

Primeras monedas de cuproníquel (3/11/1881)
El 3 de noviembre de 1881 se sanciona la ley 1130 unificando el sistema monetario argentino. De acuerdo con ella se acuñan monedas de oro (argentinos y medios ar­gentinos) de plata (de 1 peso, 50, 20 y 10 centavos) y de cobre (de 1 y 2 centavos). Las de plata emitidas desde 1881 hasta 1883 desaparecen muy pronto de la circulación, en razón de que el valor metálico supera al facial. En cuanto a las monedas de oro y los cobres de 1 y 2 centavos, se acuñan por última vez en el año 1896.

La falta de numerario pequeño, que entorpece las transacciones, obliga al gobierno a la emisión contínua  de billetes fraccionarios de 5, 10, 20 y 50 centavos, que ade­más de su corta duración son costosos y antihigiénicos. Para solucionar este proble­ma, se sanciona la ley 3321, del 4 de diciembre de 1895, que establece la acuñación de monedas de cuproníquel (75 % de cobre y 25 % de níquel) en los valores de 5, 10 y 20 centavos.

Estas piezas, con un peso de 2,3,y 4 gramos respectivamente, son acuñadas sn la Casa de Moneda de la Nación, sobre cospeles importados de Alemania fabricados por la firma Krupp.

En todas las piezas se estampó el busto de la Libertad, obra del escultor francés EUGENIO ANDRÉS OUDINÉ y en el reverso el valor,  dentro de una guirnalda de laurel. Lanzadas a la circulación en 1896, estas piezas continuarán siendo acuñadas con li­geras interrupciones hasta 1942, en que se suspenden las labraciones ante la imposibilidad de obtener cospeles de cuproníquel en Alemania, comprometida en la Segunda Guerra Mundial y en ese año de 1942 se lanzarán a la circulación las primeras monedas argentinas de bronce de aluminio,  fabricadas en cospeles de origen nacional.

La  Primera Casa de Moneda de Buenos Aires
La primera Casa de Moneda que funcionó en Buenos Aires, comenzó a acuñar moneda en 1826. Antes se utilizaron las que fueron las primeras en circular y que habían sido acuñadas en Inglaterra. Tenían un valor de un décimo de real y fueron realizadas en los años 1822 y 1823, pero fueron muy pronto absorbida por la circulación.

Encontrándose el gobierno interesado en una nueva emisión, inició en 1824 gestiones con la firma ROBERT BOULTON para la instalación de una ceca en esta ciudad. Con tal motivo aprobó el gobierno, por ley del 15 de noviembre de ese año, la inversión de una suma no superior a los 80.000 pesos para la compra de máquinas y útiles para la fabricación de moneda en el país.

En esas circunstancias aparece en Buenos Aires un luego célebre naturalista y viajero inglés, JOHN MIERS, quien después de diversas gestiones, propone al gobierno, en los primeros meses de 1825, hacerse cargo de la instalación de la Casa de Moneda a un precio muy inferior al ofrecido por la firma BOULTON, con la ventaja de ocuparse personalmente de la instalación.

La venta se concretó mediante un contrato por el cual MIERS se comprometía a traer de Inglaterra cuatro prensas de acuñar, tres máquinas de laminar, una máquina de cortar monedas y otra para cortar cospeles, y los hornos de fundición, a cambio de la suma de 60.000 pesos que se abonaría en tres cuotas.

En abril de 1826 y después de diversas vicisitudes motivadas por la guerra con el Brasil y la detención en Río de Janeiro de una parte de las máquinas, MIERS consigue reunirlas en Buenos Aires. Mientras tanto el Banco Nacional había sustituido al primitivo Banco de Buenos Aires, con la facultad de emitir y acuñar monedas y el gobierno transfiere la ceca a la flamante Institución.

Ésta instala sus talleres en el antiguo edificio del Consulado, ubicado en las actuales calles Bartolomé Mitre y San Martín (2) y el 15 de noviembre de 1826 finalizados los trabajos de instalación se acuñó como recuerdo del hecho,  una medalla conmemorativa. La pequeña pieza de cobre, primera medalla acuñada en nuestra país, muestra en el anverso uno de los balancines con la leyenda: «La Casa de Moneda de Buenos Aires»  y en el reverso: «Primer ensayo de la maquinarla. D. Juan Miers constructor, 1826”

A partir del año siguiente se acuñaron en esta Casa las primeras monedas de cobre a nombre del Banco Nacional en los valores de 1/4, 5, 10 y 20 décimos de real. Estas emisiones continuaron con diversas alternativas hasta 1831 en que fueron oficialmente suspendidas después de haberse acuñado monedas por valor de 448.937 pesos con 6 reales y medio. En la Casa de Moneda de Buenos Aires se acuñaron también todas las, medallas y premios militares de la época, colaborando en ella en gran proporción, personal de origen Inglés.

Una nueva Casa de Moneda. El 29 de setiembre de 1875, en cumplimiento de lo dispuesto por medio de la Ley Nº 911, el Presidente NICOLÁS AVELLANEDA dispuso la creación de la “Casa de Moneda de la Nación” en reemplazo de la “Casa de moneda de Buenos Aires” (creada en 1826) y la construcción de un nuevo edificio en la calle Balcarce Nº 677, de la ciudad de Buenos Aires, para instalar allí este organismo, que dependerá del Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas de la Nación (ver La Casa de Moneda).

Es la hora de unificar
Apretando la historia, podemos resumir que entre 1816 y 1881, desde la Independencia hasta la organización del Estado, la moneda fluctuó al ritmo de las guerras civiles y los conflictos externos. La anarquía monetaria se sumó a la institucional y coexistieron durante décadas monedas locales y extranjeras, de los valores más diversos. La necesidad de unificar la moneda surgió recién a mediados del siglo XIX, después de la batalla de Caseros.

La Casa de Moneda de la Nación, fundada en 1875 será finalmente la encargada de importar una tecnología moderna de acuñación de origen francés que permitió un año después de su instalación,  las primeras labraciones en oro, plata y cobre, unificando el circulante monetario argentino. Desde entonces la Casa de Moneda Nacional se ocupó de la fabricación de la moneda metálica argentina

Y así nació el Peso moneda nacional, el más longevo de nuestra historia (se mantuvo hasta 1970), y su emblemático patacón, una pieza de plata, que pesaba 25 gramos (ver El peso moneda nacional). Pero la unificación definitiva se concretó recién en 1890, con la Ley de Conversión del Presidente CARLOS PELLEGRINI, cuando el Estado Nacional asumió el monopolio absoluto de la emisión y estableció la convertibilidad del peso m/n en oro, la cual se mantuvo, con algunas intermitencias, hasta la crisis de 1929.

En 1935 se creó el Banco Central, que tomó a su cargo la emisión de moneda y se convirtió, hasta el día de hoy, en la llave de paso que controla el fluir del circulante hacia el sistema económico financiero. Es, desde entonces, el importador y severísimo custodio del papel moneda (un papel especialísimo, casi imposible de fal­sificar, que fabrican contados países del mundo). Tan estricto es su control que, ante la rotura de una plancha durante el proceso de impresión, los responsables de Casa de Moneda tienen la obligación de reconstruirla y devolverla al Banco (Material enviado por Héctor Manuel López Díaz) .

(1).. Estas monedas hispánicas perdieron protagonismo recién en 1822, cuando se creó en Buenos Aires un Banco autorizado a emitir billetes, algo que el resto de las provincias resistió durante décadas (la mayoría acuñaba sus propias monedas en defensa de su autonomía)

(2).-Otros historiadores afirman que se instaló en un viejo edificio perteneciente a la orden de los Bethlemitas, ubicado en la esquina sudeste de Méjico y Defensa, donde funcionó el Hospital de Belem y que al pasar esta finca al poder del Estado, se convirtió en el Cuartel de Restauradores.

Fuentes: Monedas unitarias riojanas en 1830”, Mariano Cohen, “Memorias” del Instituto de Numismática y Antigüedades, “Crónica Argentina, Ed. Codex, Buenos Aires, 1979;  La moneda circulante en el territorio argentino”, Héctor Carlos Janson, Buenos Aires, 2016; «Monedas de la República Argentina». Arnaldo J. Cunietti-Ferrando, Editado por el Centro Numismático Buenos Aires, 1971; Investigación personal ante comercios especializados; «La moneda argentina”. Emilio Hansen, Ed. Sopena, Barcelona, 1916.

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