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EL TESORO DE BUENOS AIRES (1806)
Cuando a principios de mayo de 1806 la escuadra inglesa navegaba hacia el Río de la Plata, los jefes de la expedición ya tenían resuelto un problema para ellos muy importante. 15 días antes, BAIRD, BERESFORD y POPHAM habían convenido la|forma de distribuirse el tesoro que sospechaban se hallaba en Buenos Aires, a la espera de ser trasladado a España.
Según las leyes navales inglesas, los caudales eran considerados «buena presa». El convenio reservaba a BAIRD la cuota del jefe, por haber autorizado la expedición.
La existencia del tesoro fue confirmada el 9 de junio, cerca de Montevideo, por un escocés llamado RUSSEL, pasajero de una goleta de bandera portuguesa. Las informaciones de RUSSEL fueron estimulantes para los ingleses que escucharon deleitados las palabras de éste: «Una gran suma de dinero llegó a Buenos Aires desde el interior.
La ciudad esta protegida solamente por una poca tropa de linea, cinco compañías de indisciplinados blandengues, canalla popular. La festividad de Corpus Christi, que se aproximaba y atraía la atención de todos, terminando en una escena de borrachera general y tumulto, seria la crisis más favorable para un ataque contra la ciudad». El 28 de junio, luego de una muy débil y desordenada resistencia, ya flameaba la bandera inglesa sobre el Fuerte de Buenos Aires.
La ciudad había caído sin resistir. Se discuten los términos de la capitulación. BERESFORD exige, como principal condición, la entrega de los caudales reales que SOBREMONTE se había llevado a Luján. El virrey accede ante los emisarios del-jefe invasor y, protegido por soldados ingleses, el tesoro desanda el camino de la fuga. El 5 de julio, las carretas arriban a Buenos Aires. Doce días después, la fragata «Narcissus» zarpa hacia Gran Bretaña con la carga preciosa.
La llegada del tesoro a Inglaterra fue triunfal. “Al llegar el “Narcissus” a Portsmouth, el 12 de septiembre de 1806, su comandante, el Capitán DONNELLY dispuso el inmediato traslado del tesoro tomado en Buenos Aires, desde aquel puerto a Londres. El 17 de septiembre se desembarcó en la capital el reino y se lo cargó en ocho carros, llevando cada uno cinco toneladas de pesos de plata, y arrastrado por seis caballos. Los carros tenían pintada la palabra “Treasure” (tesoro) a cada costado. En el primero, flameaba la bandera española que fue arriada del Fuerte de Buenos Aires al entrar Beresford y cerraban la columna los cañones de bronce tomados en Quilmes…”.
Y así recorrieron las calles de Londres, acompañados por una multitud que reeditan multiplicado, el júbilo de Portsmouth. Precedidos por piquetes de caballería y bandas de música, los carruajes recorren las principales calles rumbo al Banco de Inglaterra, donde los caudales quedan depositados a la espera de su distribución entre las fuerzas invasoras. Lo que los ingleses no imaginaban entonces, es que cuando ellos festejaban el éxito de la invasión, hacía ya un mes que Buenos Aires había sido recuperada por los porteños.
El reparto de «la presa» se hizo, finalmente, en 1808, después de una áspera disputa entre BERDSFORD y POPHAM por la interpretación del convenio que ambos habían firmado en Santa Elena: de acuerdo con el fallo de las autoridades, 296.187 libras, 3 chelines y 2 peniques se repartieron entre 2.841 participantes en el ataque a Buenos Aires (1.235 del Ejército y 1.606 de la Marina). El general BAIRD recibió 35.985 libras; BERESFORD, 11.995. El resto se distribuyó en una proporción aproximada de 7 mil libras para los jefes superiores de tierra y mar, 750 para los capitanes, 500 para los tenientes, 170 para los suboficiales y 30 para cada soldado y marinero.
Muchos años después, para ser más preciso en agosto de 1938 un tal Viernes Scardulla declaraba haber encontrado cerca de Pergamino, tres pesados cofres cargados de monedas de oro y piedras preciosas, los que le habrían sido robados posteriormente por un “respetable funcionario del Senado Nacional”. El episodio atrajo a todos los diarios del país, menos a los de Venado Tuerto, lugar de donde era oriundo Scardulla y por todos conocido como un mentiroso. El suicidio del funcionario acusado dio momentánea veracidad a la historia del tesoro; mas posteriormente se descubrió que todo era una fábula de don Viernes. De aquel entonces, cuando alguien dice poseer una fortuna, que en realidad es inexistente, se dice que tiene “… los millones de Scardulla”, es decir no tiene lo que dice.