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SAN MARTÍN Y LA LOGIA LAUTARO (1812)
El 9 de marzo de 1812 llega a Buenos Aires el Teniente coronel JOSÉ DE SAN MARTÍN acompañado con un grupo de oficiales entre quienes contamos al Capitán JOSÉ FRANCISCO DE VERA, al Alférez JOSÉ ZAPIOLA, al Capitán MARIANO CHILAVERT, al Alférez CARLOS MARÍA DE ALVEAR entre otros. Todos ellos miembros de una logia masónica. Algunos historiadores como Enrique de Gandía, aseguran que este grupo estaba financiado por Francia para luchar por la independencia absoluta de América, aunque otros, entre ellos la “Academia Sanmartiniana”, lo niegan (ver San Martín y Alvear llegan al país).
Nadie esperaba a SAN MARTÍN en el puerto de Buenos Aires. Su primer año en el Río de la Plata fue muy activo: a los seis meses de su arribo se casó con REMEDIOS ESCALADA, integrante de una aristocrática familia porteña; participa activamente en la caída del primer Triunvirato, forma el Regimiento de Granaderos a Caballo y conforma la Logia Lautaro (ver La Logia Lautaro).
Entre los integrantes de esta logia estaban también VALENTÍN GÓMEZ, GERVASIO ANTONIO DE POSADAS, JUAN LARREA, HIPÓLITO VIEYTES, los hermanos RODRÍGUEZ PEÑA, BERNARDO MONTEAGUDO, MIGUEL DE AZCUÉNAGA, MANUEL DORREGO y otros.
Se llamaban entre sí “Hermanos” y estaban conjurados a ayudarse mutuamente. Los acuerdos debían ser cumplidos con tanta rigurosidad que faltar a los mismos podía ser pagado con la vida. Consideraban que nunca más podían alejarse de la secta, si por alguna razón eran apartados parcialmente de la misma, debían mantener en pie algunos de los juramentos dados y eran considerados “Dormidos”.
“La iniciación en la masonería de SAN MARTÍN aclara —ya lo veremos en su lugar— muchos de los actos inexplicables de su vida. Creyó sinceramente que las logias eran instrumentos de liberación y contribuyó a establecerlas. No pasaría mucho tiempo sin comprender que el instrumento se le escapaba de las manos y se iba por rumbos sospechosos cuando la Asamblea establecida por la revolución de octubre de 1812 y controlada por la Lautaro, no quiso declarar la independencia. Se alejó entonces de la política prefiriendo la carrera militar, de la que también debió alejarse en 1814 para refugiarse en la gobernación de Cuyo.
Atribuyó a las ambiciones de ALVEAR y su grupo que la Lautaro hubiese tomado el rumbo que no era el inicial y después de la caída de aquél, reiniciaría, ahora con PUEYRREDÓN en Buenos Aires y los amigos de O’HIGGINS —masón como él— en Chile, las actividades secretas. Para desengañarse nuevamente en 1819 cuando los “Caballeros de América” lo quisieron llevar a una lucha contra el pueblo en vez de cimentar la guerra de la independencia (ver La desobediencia de San Martín).
Su desobediencia, aunque amparada en las logias chilenas que controlaba, fue tomada por una traición por la logia porteña, y su plan de guerra en el Perú quedó decidida y deliberadamente saboteado desde Buenos Aires. Ya veremos que no otro es el misterio de las conferencias de Guayaquil con otro masón “dormido” y rebelde, como SIMÓN BOLÍVAR (ver La entrevista de Guayaquil)..
El 18 de abril de 1812, ante el asombro de los circunstanciales transeúntes, unos 150 hombres, a paso redoblado, ordenados perfectamente y en actitud marcial, avanzaban hacia la plaza del Retiro. Eran los “Granaderos a Caballo” que San Martín estaba preparando para su campaña libertadora de Chile y Perú. Concurrían a la ceremonia en la que se les entregaría los clásicos sables con los que pasarían a la historia.
Uno de ellos, llamado PEDRO LUCERO, dijo al recibirlo: “Si Dios me ayuda, aquí he de traerte otra vez”. Lucero combatió y participó en toda la campaña de SAN MARTÍN: San Lorenzo, Montevideo, Tucumán, Talcahuano, Mendoza, Chacabuco, Cancha Rayada, Maipo, Pisco, Lima, Junín y Ayacucho. Dios lo ayudó y un día del año 1826, casi catorce años después de aquella partida entregó en el mismo sitio, el sable que la patria le había confiado.
Entre esos soldados estaba también aquel que años después, regresaría al punto de partida, integrando el grupo de los últimos siete granaderos que habían sobrevivido la gigantesca campaña, era el Coronel FÉLIX BOGADO. Dice J. Espora en su libro: “Hecha la entrega, aquellos héroes anónimos se dispersaron a los cuatro vientos perdiéndose en las penumbras de la historia” (ver Los últimos siete granaderos. Su regreso).