MERCANTILISMO, FISIOCRACIA Y LIBRECAMBISMO (SIGLO XVII)

La teoría del “mercantilismo comercial” prevaleció hasta mediados del Siglo XVII. Estaba basado en la premisa de que un país era tanto más rico, cuanto más oro y plata poseía. En consecuencia, postulaba que se hicieran exportaciones de productos propios y se comprara lo menos posible en el exterior y para conseguir esto, se imponían derechos aduaneros muy altos a todas las mercaderías que llegaran desde el extranjero. Esta teoría se aplicó también a las colonias, como si ellas fueran países extranjeros y lo hicieron así, casi todas las potencias de aquel tiempo, salvo España, que durante el reinado de Carlos V, fue más benévola con las suyas de América.

Fue así que Inglaterra, Francia y Portugal principalmente, se llevaban todo el oro, la plata y los productos primarios que encontraban en sus colonias (mientras no compitieran con los que ellos tenían),  para aumentar el circulante de sus metrópolis con los primeros y para devolvérselos manufacturados los segundos, objetivo que lograban , prohibiendo estrictamente que hubiera en sus colonias, industrias competitivas de las de ellos, como por ejemplo sucedió en el Río de la Plata, que se combatió el cultivo del algodón y hasta, en cierta época,  del lino y el cáñamo y la producción de vinos y aguardientes, rubros éstos últimos que gozaban del privilegio de la “vista gorda” de las autoridades coloniales, entusiasmadas por los extraordinarios rindes de algunaos territorios colonizados.

Inglaterra fue por lejos mucho más severa en sus controles y exigencias. En 1631, mediante un Acta, el canciller Cromwell impuso duras restricciones al comercio de sus colonias con la metrópoli, ordenando que esté sólo podía realizarse empleando naves inglesas, cuyas tres cuartas partes de su tripulación debían ser  de nacionalidad inglesa.

Todas las potencias explotaban a sus colonias y les sacaban todo lo que podían en cuanto a recursos naturales y les vendían cuanto les era posible en elementos manufacturados, especialmente Inglaterra que estaba en plena revolución industrial y que por ese motivo, sobre todo en textiles, tenía un enorme “stock” que le era necesario liquidar.

A mediados del Siglo XVII aparecen dos doctrinas económicas que muchas veces se confunden en una, pero que tienen diferencias notables entre ambas. Una es la “fisocracia”, debida al economista Quesnay, uno de cuyos adalides fue Turgot, ministro de Luis XV y la otra, el “librecambismo”. La primera establecía que la riqueza es sólo lo que se extrae del suelo y que todas las operaciones se pueden hacer con los productos de la tierra, como ser la venta, el traslado, etc., son improductivas. Ponía énfasis en que la riqueza estaba en la agricultura ya que los productos de ese origen, que”crecen casi espontáneamente”, eran los que constituían la riqueza de la nación. El Estado debía únicamente guardar el orden; era el Estado gendarme,  de manera que la teoría pedía además comercio libre, o sea, que esos productos de la agricultura pudieran salir sin trabas ni restricciones. La “fisiocracia” representaba, con respecto al mercantilismo, una total liberación del comercio. Eliminaba las trabas, al permitir exportar las riquezas sin pagar derechos, al igual que importar mercancías sin abonar impuestos.

Juntamente con las ideas fisiocráticas coexistían las “librecambistas” de Adam Smith, que se extendieron especialmente por toda Inglaterra, cuyo gobierno las llevó a la práctica con extraordinario éxito. Smith consideró que la riqueza de un pueblo no estaba fundamentalmente en el metal, el circulante o en la agricultura, sino en el trabajo. Trabajando en las mejores condiciones y en la mayor libertad,  es como se producía mayor riqueza. Al comerciante, él le pide ambición; al Estado le pide absoluta ausencia  de trabas, es decir, que no se deben imponer recargos ni para la salida ni para la entrada de los productos. Los “librecambistas” serían entonces más liberales que los “fisiócratas”.

De todas maneras, estas dos tendencias llevaron a una mayor liberalización del comercio de las colonias españolas en América, que alcanza su máxima expresión bajo Carlos III, cuando se produce una gran renovación disponiendo la liberación parcial y progresiva de nuestro comercio, que llega a ser casi total al producirse la Revolución de Mayo.

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