HISTORIA DE LA MONEDA ARGENTINA (1813)

La historia de la moneda argentina es tan cambiante y compleja como la propia Historia Argentina. Poblada de curiosidades, malentendiddos, influencias políticas, escollos burocráticos y aportes del exterior, tiene anécdotas curiosas y decenas de idas y vueltas. Baste solo un dato para ilustrar lo dicho: en el siglo XX, no sólo tuvimos cinco signos monetarios diferentes (recordemos que los Estados Unidos, por ejemplo, se maneja con el dólar desde 1794 hasta la fecha), sino que en el camino perdimos trece ceros en el valor de nuestra moneda.

Pero antes de llegar a eso, comencemos diciendo que el uso del dinero como medio de pago, llegó a América en el siglo XVII. Aquí nos manejábamos con el trueque, hasta que se descubrieron los yacimientos de Potosí en 1545, y los colonizadores comenzaron a usar tejos de oro y de plata para pagar sus compromisos y transacciones

El sistema,  tolerado en un comienzo por la falta de monedas legalmente acuñadas bajo control,  fue combatido luego por las autoridades, obsesionadas por evitar la evasión de los impuestos reales. La fundación de diversas Casa de Moneda hacia fines del siglo XVI tuvo por objetivo, precisamente, la centralización (y el control) de la producción monetaria. Fueron estas piezas españolas de forma irregular, fabricadas a golpe de martillo,  las primeras monedas que circularon por estas tierras, a principios del siglo XVII. Bajo el nombre de macuquinas (vocablo de origen quechua que significa «golpeadas») sobrevivieron incluso a la Revolución de Mayo.

Primero, la moneda; después, el Estado.
La primera moneda criolla asomó en 1813, cuando la Asamblea General Constituyente ordenó acuñar las primeras piezas nacionales reemplazando el busto de los reyes por el escudo de la Asamblea. Lo más curioso fue que al principio la mayoría de la gente rechazó la nueva moneda, presumiendo que la situación que simbolizaba, no duraría mucho tiempo: un primer indicio, quizá, de la estrecha relación que habría, en adelante, entre la estabilidad de la moneda y la credibilidad política ins­titucional. Estas monedas hispánicas perdieron protagonismo recién en 1822, cuando se creó en Buenos Aires un Banco autorizado a emitir billetes, algo que el resto de las provincias resistió durante décadas (la mayoría acuñaba sus propias monedas en defensa de su autonomía).

La historia del dinero está poblada de muchísimas  perlitas y datos curiosos. Recordemos por ejemplo que nuestros primeros ejemplares de papel moneda, se imprimían de un solo lado,  el valor se dejaba en blanco para que la autoridad que los firmaba,  completara el importe y eran firmados .numerados y fechados uno por uno, y a mano. Crecían en superficie a medida que aumentaba su cantidad de ceros (el tamaño se hizo uniforme recién en 1970).

El problema fue que los falsificadores no demoraron en entrar en acción. El gobierno intentó desalentarlos imprimiendo una leyenda en los billetes («la ley castiga a muerte al falsificador y sus cómplices»), pero la amenaza cayó en saco roto y las autoridades optaron por tercerizar la fabricación  de monedas: Para ello, le encomendaron la tarea a una firma estadounidense, que terminó inmortalizando en nuestros primeros billetes,  los rostros de sus propios próceres. Sí, aunque  no se lo crea, Thomas Jefferson, George Washington y Benjamín Franklin desfilaron por nuestra moneda antes que San Martín y Belgrano.

También Juan Manuel de Rosas encargó billetes al exterior, aunque esta vez a Londres y con el expreso pedido de que llevaran impreso el eslogan del momento: «Viva la Confederación Argentina. Mueran los salvajes unitarios». Y otra curiosidad: para no repetir la experiencia estadounidense, se le solicitó a los ingleses la impresión de algún animal autóctono. La recomendación no valió de mucho: los ingleses, que poco sabían del país de las vacas, incluyeron en el diseño un canguro australiano. Y otra picardía que el rosismo escribió en la historia del dinero fue una serie de monedas acuñadas en 1843, que llevó grabado el gorro frigio con su penacho cayendo hacia la derecha, cuando en el símbolo de la libertad cae hacia la izquierda. Hasta 1864 los billetes se imprimían de un solo lado y eran firmados .numerados y fechados uno por uno, y a mano. Crecían en superficie a medida que aumentaba su cantidad de ceros (el tamaño se hizo uniforme recién en 1970).

Es la hora de unificar
Apretando la historia, podemos resumir que entre 1816 y 1881, desde la Independencia hasta la organización del Estado, la moneda fluctuó al ritmo de las guerras civiles y los conflictos externos. La anarquía monetaria se sumó a la institucional y coexistieron durante décadas monedas locales y extranjeras, de los valores más diversos. La necesidad de unificar la moneda surgió recién a mediados del siglo XIX, tras la batalla de Caseros. Luego de varios intentos frustrados, la Ley N° 1130 de 1881 dio a luz la primera moneda criolla. Así nació el peso moneda nacional, el más longevo de nuestra historia (se mantuvo hasta 1970), y su emblemático patacón, una pieza de plata, que pesaba 25 gramos (ver El peso moneda nacional). Pero la uni­ficación definitiva se concretó recién en 1890, con la Ley de Conversión del Presidente  CARLOS PELLEGRINI, cuando el Estado Nacional asumió el monopolio absoluto de la emisión y estableció la convertibilidad del peso m/n en oro, la cual se mantuvo, con algunas intermitencias, hasta la crisis de 1929.

En 1935 se creó el Banco Central, que tomó a su cargo la emisión de moneda y se convirtió, hasta el día de hoy, en la llave de paso que controla el fluir del circulante hacia el sistema económico financiero. Es, desde entonces, el importador y severísimo custodio del papel moneda -un papel especialísimo, casi imposible de fal­sificar, que fabrican contados países del mundo-. Tan estricto es su control que, ante la rotura de una plancha durante el proceso de impresión, los responsables de Casa de Moneda tienen la obligación de reconstruirla y devolverla al Banco (Material enviado por Héctor Manuel López Díaz) .

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