EL BANCO MAUÁ (02/01/1858)

EL BANCO MAUÁ. El 2 de enero de 1858, el Banco “Mauá”, con sede central en Montevieo,  abrió sus puertas en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Su propietario, IRINEO EVANGELISTA DE SOUZA, barón de Mauá, era un poderoso empresario, comerciante y agricultor brasileño que se relacionó con Urquiza hacia 1845, mientras éste era Gobernador de Entre Ríos. En 1858, el barón obtuvo permiso para abrir un Banco en Rosario, con un capital teórico de 2.400.000 pesos y según el contrato firmado por el ministro de Hacienda de la Confederación, ELÍAS BEDOYA y el barón de Mauá, se autorizaba esta instalación a la institución crediticia, a condición de que ella prestara ayuda económica a la Confederación en su lucha contra el rebelde Estado de Buenos Aires, pero el optimismo de Urquiza y sus hombres sobre la cooperación financiera del Banco no duró mucho. El 10 de junio de 1858, el barón de Mauá, en carta fechada en Río de Janeiro, anuncia a Urquiza que el Brasil no podrá ayudar a la Confederación en su lucha con Buenos Aires en razón de la presión, contraria a esa ayuda, ejercida por Inglaterra y Francia. Después de eso, el Banco Mauá hizo negocios, pero no en favor de la Confederación. El oro extraído del Banco pasaba a Buenos Aires, donde la mayor actividad comercial daba oportunidad a una tasa de interés más provechosa. En octubre de 1860, el contrato con el Banco fue rescindido por incumplimiento de la integración de capital y acuñación de moneda. Pero las relaciones y vínculos de Mauá con Urquiza no terminaron ese año. Tampoco los de Buschental, ese personaje que “sin ser barón, conde, duque ni marqués, tenía más condecoraciones que un museo de antigüedades”, al decir juguetón de LUCIO V.MANSILLA. Por eso, a pesar del fracaso que significó su instalación en Rosario, es que el 15 de setiembre de 1863, mediante un aviso, anunció su apertura en la porteña calle Cangallo al 103 y aquí iba a ser protagonista de una sonora y trágica quiebra. La publicidad elogiaba las ventajas de abrir cuentas corrientes que permitirían el ahorro a los “artistas, obreros, dependientes, sirvientes y trabajadores de ambos sexos y de todas las condiciones, a quienes no hay duda de que conviene guardar sus economías y sobrantes de salario, depositándolos a interés, en vez de gastar en pura pérdida esas pequeñas sumas en el juego inmoral de las loterías o en frioleras y consiguiendo de aquel modo tener una reserva a que recurrir en la enfermedad, la vejez o la hora de la necesidad”. El Banco comenzó a funcionar unos meses más tarde y su publicidad atrajo a muchos humildes depositantes que confiaron en la seriedad de la institución, que también funcionaba en Montevideo. Pero no pasó mucho tiempo antes de que el Banco del barón de Mauá se presentara en quiebra, pinchando el globo de ilusión de los pequeños ahorristas. Los estafados jamás pudieron recobrar el dinero de sus depósitos, y desde ese momento el ingenio popular relacionó el nombre de Mauá con la palabra “mamado”. Durante mucho tiempo, cuando se presentaba el caso de una deuda incobrable, se decía burlonamente: “¡Anda a cobrar al banco mamado!”.

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