EL FOGÓN

En los antigüos establecimientos de campo (y aún hoy), la cocina de los peones, cuando la había, tenía dos puertas, una frente a la otra, con el fogón en el medio. Allí los pones se reunían a su alrededor a la mañana temprano esperando la distribución de tareas, tomando mate esperando la hora de comer, o simplemente, después de las duras faenas del día, para desgranar recuerdos y anécdotas, en un momento de descanso.

El fogón era un simple círculo hecho sobre el piso con piedras, huesos de “caracú” (A), adobes crudos (B) y hasta con una llanta de rueda de carreta (C). Cuando comenzaron a utilizarse los alambrados, un soporte de tres patas armado con las varillas de hierro sacadas de éste, que llamaban «trebes». Cuando se lo había armado en el interior de la cocina, estaba siempre encendido (ver El fuego eterno del gaucho) y sobre él, quedaba suspendida, colgada con una cadena desde la “cumbrera”, una pava o «calderita» con agua (C), que se reponía a medida que se iba consumiendo durante “las mateadas” (E) (ver Voces, usos y costumbres del campo argentino).

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