PRESENCIA DE LOS AFRODESCENDIENTES EN EL FOLCLORE Y LA HISTORIA RIOPLATENSE.

Justificándonos en el origen común que vincula a la Argentina con la República Oriental del Uruguay, desde los tiempos del virreinato del Río de la Plata y luego, desde que fueron  las Provincias Unidas del Río de la Plata y la Banda Oriental, nos referiremos  a un tema que involucra a los afrodescendientes que poblaron nuestros respectivos territorios y a aquellas de sus costumbres,  creencias y valores que quedaron definitivamente enraizadas en nuestras respectivas historias.

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El festejo del carnaval
El carnaval fue en ambas orillas del Plata, un festejo que llenó de color y alegría las ciudades de Buenos Aires y Montevideo, alentado por las poblaciones de negros que trajeron desde sus tierras natales, mezclado con su sangre esos cantos, danzas y sonidos que hablan de amor a la tierra, a sus costumbres y a sus creencias. En Buenos Aires lo fue hasta mediados del siglo XIX, pero en Montevideo perduró indemne en el tiempo y hoy sigue siendo una de las más excitantes expresiones del folclore uruguayo, porque Montevideo brinda todavía a la gente de color,  la oportunidad de desplegar la gama de sus matices, sus prodigiosas aptitudes para la danza, el ritmo y la música, su afición a lo pintoresco en fin.

El candombe
Los afrodescendientes nos trajeron esa danza africana que ellos bailaban en Buenos Aires y en la Banda Oriental los domingos y los días especiales de fiesta. JUAN MANUEL DE ROSAS y su hija MANUELITA, en Buenos Aires, fueron quizás quienes más se sintieron identificados con esta danza y sus cultores, y a menudo asistían a los «candombes» que se llevaban a cabo en el «barrio Mondongo», donde los negros los recibían con honores y afecto.

Los negros esclavos de aquella época, acudían a estos bailes, que fueron la más auténtica expresión de sus sentimientos. Se reunían en determinados recintos donde los vio el poeta oriental FRANCISCO ACUÑA DE FIGUEROA, y los recordó diciendo “En tanto se miraba las casas de los negros, que brillaban con hogueras y luces, y se oía el rumor de sus bailes, cantos  y gritos, demostración notoria de su alegría de vivir”. Cumplía en un múltiple sentido, una función importante para los africanos esclavizados en el siglo XIX,: servían para evocar la tierra natal, para consolidar sus vínculos y quizás para obtener los dineros que les eran necesarios en sus luchas reivindicatorias. Perduró como costumbre, muchas veces prohibida, hasta fines del siglo XIX, cuando los negros, prácticamente desaparecieron de Buenos Aires, como grupo étnico y cultural, aunque siguió vigente en la Banda Oriental (ver El candombe)

Su aporte al idioma
Alejandra Rivero Ramborger en su Tesis “Lenguaje, Cultura y Sociedad”, enumera una serie de palabras de origen africano que fueron intoducidas en nuestro lenguaje y con ellas definieron cosas, situaciones, objetos y actitudes de manera tal, que no han podido aún ser reemplazadas por otras de distinto origen: balumba, bombear/bombero, cachaza, cachimba, cachimbo, cafre, cambado, candombe, catinga, coco, congo, fulo, mandinga, mangangá, marimba, marímbula, maturrango, milonga, mojiganga, morondanga, morrongo, muleque, sandunga/sandunguero, tambor/tamboril, son algunas de ellas.

Sus valores humanos
El afrodescendiente tiene en el Uruguay, tanto como en la Argentina,  una trayectoria importante, que recorre toda su historia, se expande a las más diversas actividades y se infiltra, no sólo en el folclore criollo como un legado de cultura, sino que también ha dejado indeleblemente marcada su presencia por sus valores como seres humanos, respetuosos de sus responsabilidades. Y es en este sentido, que las llamadas «tradiciones» (desde que Ricardo Palma las consagró como tales),  lo exponen así, aún más que los documentos, pues en ellas,  el hecho perdura por trasmisión oral o menuda crónica de familia y llega a nuestros días franqueando las generaciones,, sobreviviendo en variantes, esfumándose a veces en un halo legendario.

Como es el caso nuestros hombres de armas negros y próceres de la lucha por la Independencia  (Nicolás Cabrera (1780/1832), Manuel Macedonio Barbarín (1781/1836),Domingo Sosa (1788/1866),  Juan Bautista Cabral (el Sargento Cabral1789-/1813); Antonio Ruíz (1795/1824), conocido como el negro Falucho, Lorenzo Barcala (1795-1835), Pablo Irrazábal (1819/1869),  José María Morales (1820/1894), Estanislao Maldones (1826/1876), José Narbona (¿/1850); Inocencio Pesoa, Agustín Sosa, Casildo Thompson (1826/1873).

O del poeta y escritor Luciano Lira (¿-1839) autor de “El Parnaso Oriental” o “Guirnalda Poética de la República Uruguaya” y quizás el primer editor de libros en el Río de la Plata; o del oriental JOAQUÍN LENZINA, más conocido como “el negro Ansina”, asistente personal y amigo entrañable de JOSÉ GERVASIO DE ARTIGAS, el prócer máximo de Uruguay, a quien, fiel hasta la muerte, acompañó al destierro que lo llevó al Paraguay.  O como el coronel negro LUNA, que fuera asistente y hombre de confianza del general FRUCTUOSO RIVERA, con quien compartió la adversidad y la pobreza hasta llegar a venderse a sí mismo como esclavo,  para entregarle  a su jefe y amigo,  el precio cobrado. Un episodio que tiene un reconfortante epílogo, pues, enterado el comprador de las circunstancias, no conservó como esclavo y lo liberó como tal “al que por nobleza de sus sentimientos,  ha nacido para ser libre”. Sin olvidar por supuesto a los afrodescendientes orientales, el Coronel Feliciano González,  ni al “pardo LUNA AGUAIAR, que acompañara a Giuseppe Garibaldi hasta que encontró la muerte en Itlia en 1848, o a JACINTO VENTURA DE MOLINA (1766/ ), conocido como “el  licenciado negro”, uno de los fundadores de la literatura uruguaya ni a José María Rodríguez, candidato al Parlamento del Uruguay en 1872;

Su presencia en la imaginería popular
Los afrodescendientes proyectan su figura en otros diversos sectores del folclore rioplatense, ade­más de sus tradiciones y sus costumbres. El mundo mítico y legendario de los seres que viven en ríos y lagos está representado por los «negros del agua«, moradores de lagunas «bravas», cuyas aguas se encrespan y saliendo de madre devoran a los intrusos. Mandinga, nombre de un pueblo africano, que pasó a designar una especie de duende criollo que se identificó con el mismo diablo en ambas márgenes del Plata: basta para nosotros, recordar el memorable retrato que leemos en Fausto, de Estanislao del Campo. El lobisón, esa palabra portuguesa («lobishomen») que llegada desde el Brasil, se extendió ampliamente, para designar  entre nosotros la leyenda supersticiosa de la licantropía (transformación del hombre en lobo) que ha dejado tantas huellas en la literatura grecolatina.

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