LOS COLORADOS DEL MONTE (1820)

Los Colorados del Monte, fue el nombre con el que se conoció a una milicia con efectivos similares a los de una Compañía, organizada y financiada en San Miguel del Monte, por JUAN MANUEL DE ROSAS, por entonces, un acaudalado hacendado de prestigio en la provincia de Buenos y reconocido caudillo en la campaña,  para la defensa de sus campos contra las incursiones de los indígenas.

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En sus comienzos estaba formada  con peones de su estancia “Los Cerrillos”, pero pronto se  fueron incorporando paisanos de estancias vecinas y gente del pueblo de la Guardia del Monte (hoy San Miguel del Monte), para actuar cuando la Ley y el Orden se vieran amenazados. Llegaron a constituír un Batallón, que estaba financiado ahora por los principales estancieros de la zona, a cuyo frente se colocó ROSAS, por decisión unánime de todos sus integrantes, que lo ungieron con el grado de Teniente Coronel.

Para su equipamiento, contaban con talleres donde fabricaban los aperos para sus montados, estribos espuelas, sus armas (lanzas, boleadoras y sables), y hasta su vestimenta. Despojados de sus uniformes se ocupaban de cuidar y trabajar en sus campos: sembraban y cuidaban a sus animales. La ración mensual por individuo, consistía en bizcochos, yerba, sal yodada, harina, tabaco, carne y leña, por un total de 20,24 pesos mensuales..

A mediados de 1820, ya eran unos 600 jinetes armados con cuchillo, sable, lanza y boleadoras,  que iban vestidos con camisa, pañuelo al cuello  y chiripa de bayeta colorada,  calzoncillos blancos, rastra de cuero, botas despuntadas de anca de potro con espuelas de plata y gorro también rojo ”de manga”. Montaban vigorosos caballos con recado   y aperos de cuero crudo. Organizados militarmente como los cuerpos de línea, pero férreamente disciplinados a base de normas muy rigurosas impuestas por el mismo ROSAS, constituyeron una temible unidad de combate que pronto se veria involucrada en las luchas que empañaron aquellos años de caos iniciados en 1820.

Enfrentadas las provincias de Entre Ríos y Santa Fe  por una parte y Buenos Aires por la otra, el Gobernador interino de Buenos Aires, MANUEL DORREGO, nombró a MARTÍN RODRÍGUEZ jefe de las milicias del sud y al general JUAN RONDEAU, jefe de las milicias del norte. Por pedido expreso de Rodríguez, JUAN MANUEL DE ROSAS, se une y participa activamente en las acciones beligerantes que se anticipaban. Comenzaba así su presencia en el escenario político de la Patria, este controvertido personaje que contribuyó con su ejército no regular compuesto por 108 gauchos perfectamente armados y equipados, ya conocidos como “La Guardia del Monte” y que tuvo su primera actuación, fuera de las de vigilancia que ejercían  hasta ese entonces, en julio de 1820.

Fue cuando salieron desde Los Cerrillos a reconquistar el Fuerte de Buenos Aires, que había sido tomado por el Coronel MANUEL VICENTE PAGOLA, comandante militar de un movimiento urdido por el Cabildo y los federales,  disconformes con el nombramiento de MARTÍN RODRÍGUEZ como Gobernador de Buenos Aires, luego de la derrota de MANUEL DORREGO en Gamonal. El 7 de julio PAGOLA fue atacado por ROSAS al mando de los Colorados del Monte y derrotado luego de un  sangriento combate.

El 12 de julio de 1820, junto con las fuerzas comandadas por el General MARTÍN RODRÍGUEZ, el Coronel GREGORIO ARÁOZ DE LAMADRID, los “Colorados del Monte” al mando de ROSAS, acuden a la defensa de Buenos Aires, atacada por ell Gobernador de Santa Fe, ESTANISLAO LÓPEZ apoyado por el caudillo chileno JOSÉ MIGUEL CARRERA. El 12 de agosto de ese mismo año vencen a las fuerzas de FRANCISCO RAMÍREZ y ESTANISLAO LÓPEZ en la batalla de Pavón y el 4 de octubre liberan a la ciudad de Buenos Aires de los amotinados que al mando del Coronel MANUEL VICENTE PAGOLA intentaban deponer al Gobernador MARTÍN RODRÍGUEZ (ver Violenta represión del insurrecto Coronel Pagola).

El 28 de enero 1833, “Los colorados del Monte” parten siendo la columna vertebral de la expedición de ROSAS al desierto, la segunda que se realizará para recuperar las tierras al sur de Buenos Aires, ocupadas y violentadas por aborígenes araucanos (VER Campañas al Desierto). El 29 de octubre de 1839 actúan durante la revolución de los Libres del Sud. Después están en Santa Fe, Córdoba y la vuelta de Obligado, en el sitio de Montevideo (1843), hasta que finalmente, el 3 de febrero de 1852, cayeron junto a su jefe y creador, cuando éste fue vencido en Caseros. En más de 32 años de existencia, los “Colorados del Monte” supieron ganarse el respeto de amigos y adversarios. Fueron reconocidos por su valor y su virtud después de las batallas, ya que su conducta era ejemplar, no dándose jamás al saqueo y a las violaciones, como era costumbre en aquella época de violkencia.

Sarmiento opina sobre Los Colorados del Monte
Los hombres que formaron a las órdenes de JUAN MANUEL DE ROSAS, hayan sido éstos milicianos, soldados o simplemente gente de campo que lo acompañó durante todos los años que llenó las páginas de la Historia Argentina, siempre mostraron un increíble orgullo de pertenencia y lealtad hacia éste, que los hizo temibles y protagonistas de actos de inusitado valor y muchas veces crueldad innecesaria.

Y fue DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, quizás el más enconado de sus enemigos, quien en su libro “Campaña en el Ejército Grande aliado de Sud América  (1852) analizara con mayor profundidad los interrogantes que de tal conducta nacen, dejando constancia de la profunda impresión que le causara el espectáculo de los soldados federales que, a las órdenes de MANUEL ORIBE, en 1843, sostuvieron el sitio de Montevideo dispuesto por ROSAS.

Dice a este Respecto SARMIENTO: “….. Pocas veces he experimentado impresiones más profundas que la que me causó la visita e inspección de aquellos terribles tercios de Rosas, a los cuales se ligan tan sangrientos recuerdos, y para nosotros preocupaciones que habíamos creído increíbles.

¿De cuántos actos de barbaríe inaudita habrían sido ejecutores estos soldados que veía tendidos de medio lado, vestidos de rojo, chiripá, gorro y envueltos en sus largos ponchos de paño?. Fisonomías graves como árabes y como antiguos soldados; caras llenas de cicatrices y de arrugas. Un rasgo común a todos, casi sin excepción, porque así eran las caras de oficiales y soldados. Diríase al verlos, que había nevado sobre sus cabezas y las barbas de todos, aquella mañana.

La mayor parte de los cuerpos que sitiaban hasta poco antes a Montevideo habían salido de Buenos Aires en 1837 y desde entonces, ninguno, soldados, clases ni oficiales, había obtenido ascenso alguno. Qué misterios de la naturaleza humana!!. Qué terribles lecciones para los pueblos !. He aquí los restos de diez mil seres  humanos que han  permanecido casi diez años en la brecha, combatiendo y cayendo uno a uno todos los días, ¿por qué causa?, ¿sostenidos por qué sentimientos?. Los ascensos son un estímulo para sostener la voluntad del militar. Aquí no había ascensos. Todos veían los cuerpos sin jefes o sin oficiales; por todas partes había claros que llenar y no se llenaban; y los mil postergados nunca trataron de sublevarse”.

Nunca murmuran
“Estos soldados y oficiales durante más de treinta años carecieron del abrigo de un techo, y nunca murmuraron. Comieron sólo carne asada en escaso fuego y nunca murmuraron. La pasión del amor, poderosa e indomable en el hombre como en el bruto, pues que ella perpetúa la sociedad, estuvo comprimida diez años y nunca mur­muraron. La pasión de adquirir como la de elevarse no fue satisfecha en soldados ni oficiales subalternos por el saqueo, ni entretenida por un salario que llenase las más reducidas necesidades, y nunca murmuraron. Las afecciones de familia fueron por la ausencia extinguidas, los goces de las ciudades casi olvidados y todos los instintos humanos atormentados, y nunca murmuraron.

Matar y morir: he aquí la única facultad despierta en esta inmensa familia de bayonetas y de regimientos. Y sus miembros, separados por causas que ignoraban, del hombre que los tenía condenados a este oficio mortífero y a esta abnegación sin premio, sin elevación, sin término, tenían por él, por Rosas, una afección profunda, una veneración que disimulaban apenas.

¿Qué era Rosas para estos hombres? o, más bien, ¿qué seres había hecho de los que tomó en sus filas hombres y había convertido en estatuas, en máquinas pasivas para el sol, la lluvia, las privaciones, la intemperie, los estímulos de la carne, el instinto de mejorar, de elevarse, de adquirir, y sólo activos para matar y recibir la muerte? Y aun en la administración de la sangre había crueldades que no sólo eran para el enemigo. No había ni hospitales ni médicos. Poquísimos fueron los inválidos que se han salvado de entre estos soldados. Con la pierna o el brazo fracturados por las balas, iba al hoyo el cuerpo, atacado por la gangrena o las inflamaciones. ¿Qué era Rosas, pues, para estos hombres?, ¿o son hombres estos seres?».

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