LA FRONTERA CON EL INDIO AL SUR DE BUENOS AIRES

Cuando en el siglo XVI, los españoles comenzaron a llegar al sur del continente americano, la región pampeana y la Patagonia de la actual República Argentina, eran espacios geográficos que constituyendo un amplio territorio indígena, estaban poblados por los pampas (1) y los tehuelches o patagones (y más tarde los ranqueles), que nunca pudieron ser conquistados efectivamente por la corona española.

Años más tarde, a partir de 1711 (2), estos territorios, fueron el escenario de una cruenta lucha que consumió etnias enteras de nativos y que dejó marcada para siempre como “genocidio”, una epopeya, que debería ser reconocida como una gesta civilizadora, moral y humanamente bien estructurada y reglamentada, pero desgraciadamente vulnerada por efecto de la codicia, la soberbia y la corrupción que envilece al ser humano.

Las líneas de frontera con el indio
La conquista y posterior ocupación de estos espacios por parte de los españoles, fue demandando la instalación de asentamientos y poblados que fueron conformando una línea que demarcaba claramente los territorios que ofrecían cierta seguridad y aquellos, donde los aborígenes eran los dueños absolutos, por lo que era peligroso adentrarse demasiado en ellos (ver Fundación de ciudades).

En el siglo XVI, esta línea, conocida en nuestra Historia como “línea de fronteras con el indio”, existía en dos sectores distintos de nuestro territorio, delimitando las zonas donde se producían la mayoría de los conflictos entre los españoles y los aborígenes:

En el norte, donde la región del Chaco Austral estaba dominada por los “matacos”, “mocovíes” abipones, guaicurúes, tobas, pilagás, payaguaes y mbayaes  y en el sur, en una línea que pasaba por el sur de Córdoba, sur de Buenos Aires y sur de Mendoza, limitando los territorios donde habitaban los “pámpidos” (pampas, tehuelches, ranqueles, serranos, etc.) y fue en esta última frontera, conocida como “la frontera sur”, donde se generaron los mayores problemas y donde hubo más muertes y dolor.

A comienzos del siglo XVI, ya muchos españoles se animaban a instalarse con su familia y posesiones en aquellos desiertos, que en esos tiempos era el hábitat natural de los aborígenes, pero tanto los poblados como los establecimientos rurales que se instalaban, comenzaron a ser sistemáticamente asaltados y destruídos por éstos, que lanzando sus temibles “malones”, pasaban a degüello a los colonos y se llevan sus posesiones, luego de dejar solo escombros humeantes.

Perspectivas Urbanas / Urban Perspectives

La primera línea de frontera al sur de Buenos Aires
La violencia que se vivía entonces en esos territorios, hizo que las autoridades españolas, a partir de 1664, cuando JOSÉ MARTÍNEZ DE SALAZAR se desempeñaba como gobernador, dispusieran la custodia de “bienes y personas” por medio de guardias y precarios fortines (ubicados en Morón, Luján, Las Conchas, Punta del Sauce, Baradero, San Isidro, La Magdalena, San Vicente, entre otros (ver “Fuertes, Fortines y Comandancias), dando comienzo al que fue el primer sistema defensivo de la campaña, conformando una línea que demarcaba claramente los territorios que ofrecían cierta seguridad y aquellos, que controlados por los aborígenes eran muy riesgosos.

Esta “frontera móvil”, que en las puertas de Buenos Aires, separaba la “campaña poblada” del desierto, tierra inhóspita y hostil para el colono blanco fue en un principio, el escenario donde dirimían sus derechos los nativos y lo intrusos, pero la riqueza que brotaba de este suelo, pronto atrajo la codicia de unos y otros y de mucha gente extraña que se sumó a la contienda y así se incendió la Pampa (ver Cronología de un enfrentamiento).

En 1606 se había iniciado lo que se conoció como las “vaquerías”, grandes expediciones organizadas para cazar ganado cimarrón (salvaje u “orejano”, es decir que no tenía dueño). Los siete caballos y las cinco yeguas que quedaron vivos luego de que DOMINGO MARTÍNEZ DE IRALA ordenara el despoblamiento de Buenos Aires, se dispersaron. Y ya en libertad, con buenos pastos y sin predadores a la vista, se multiplicaron enormemente y esas grandes manadas, atrajeron la atención de los habitantes originarios y de los españoles, que competían ferozmente para lograr mayores ventajas en esa actividad.

Algunos de ellos negociaban grandes rodeos de vacas y caballos con los mapuches chilenos y eso encendió la codicia de un numeroso grupo de aucas, que atraídos por la generosidad de estas tierras, se animaron a cruzar la Cordillera, dando comienzo en 1711, a las primeras correrías que se registran al sur de Cuyo

Y es a partir de entonces (2), cuando estos territorios, con la llegada de los “mapuches” (llamados “araucanos” por los españoles) fueron “araucanizados” y los “puelches”, “pehuenches”, “boroganos”, “aucas”, y “huilliches” dominaron a los nativos y se adueñaron de estas tierras de ricas praderas e inmensos rebaños de ganado, que comenzó una verdadera guerra de todos contra todos por la riqueza y el poder.

La segunda línea de frontera al sur de Buenos Aires
El lento pero contínuo arribo de colonos, que cada vez se adentraba más en ese peligroso desierto y que tozudamente reconstruía sus casas luego de cada ataque, generaba ya una situación de violencia extrema, por lo que en 1746, el temor de las autoridades españoles de que así se desalentara esos tan necesarios poblamientos, sumado a las dificultades que esa actitud de los aborígenes ocasionaba a sus partidas de caza, impusieron la necesidad  de adelantar la línea de frontera existente, para brindar seguridad a esos territorios, instalando más Fuertes y Fortines, bien guarnecidos por tropas y comunicados entre sí. Pero el plan fracasó debido a las numerosas deserciones que se producían entre su personal, por la hostilidad de los aborígenes y por la precariedad de medios de subsistencia para sus guarniciones.

Luego de que fracasara este proyecto para adelantar la línea de frontera al sur de Buenos Aires, en 1773, comienza a vislumbrarse la poca efectividad de la presencia de los Fortines instalados en 1752 en “El Zanjón”, “Luján” y “Salto”, por lo que dos “baqueanos” EGUÍA y RUÍZ aconsejan trasladarlos a sitios estratégicos más avanzados. Se decide entonces estudiar un nuevo plan de expansión colonizadora mediante la realización de una vasta campaña contra los indígenas.

Pero en abril de 1778, VÉRTIZ, como nuevo virrey, descarta por impracticables esos ambiciosos planes de expansión propuestos por el entonces virrey CEVALLOS, y somete a estudio una propuesta del hacendado y maestre de campo MANUEL DEL PINAZO, que sugiere avanzar las fronteras hacia la margen sur del río Salado, después de haber efectuado un detenido reconocimiento de los territorios a ocupar.

Más de dos siglos habían transcurrido desde la fundación de Buenos Aires, y a partir de entonces los blancos, limitados en su acción por los indígenas, habían podido avanzar muy poco más allá del río Salado en los territorios de la actual provincia de Buenos Aires. Los aborígenes se encontraban casi a las puertas de la ciudad de Buenos Aires y ya sea, justificando su acción en el derecho que los asistía a defender sus tierras, en la crueldad que hacia ellos mostraba el blanco o instigados a la violencia por renegados y delincuentes que encontraron en ellos, los ejecutores ideales para llevar a cabo sus planes de enriquecimiento fácil, lo cierto es que en 1770 la situación ya se había tornado insostenible y la frontera se convirtió en un infierno.

Fue entonces que se trazó lo que se conoce como la segunda línea de frontera con el indio, al sur de Buenos Aires, una línea imaginaria situada ahora a unos 100 kilómetros del Cabildo, que unía diversos poblados y establecimientos en los llamados “pagos de Magdalena” (3), en el actual Partido de Brandsen, en la provincia de Buenos Aires.

Con ella se marcaba el límite hasta donde los colonos podían llegar, ya que fueron guarnecidos en un comienzo por el Fuerte Salto” (también llamado “Fuerte “San Antonio de Arrecifes”, fundado en 1736), la Guardia de Luján o Guardia del Zanjón (instalada en 1745, luego convertido en el Fuerte “Nuestra Señora de las Mercedes”), el Fuerte “Pergamino” (instalado en 1749), el Fuerte “San Nicolás” (1749), el Fuerte “San José de Luján (en proximidades de la Laguna Brava, que fue instalado en 1752), “Merlo” (1754), “Arrecifes (1756) y la Guardia del “Samborombón” (instalada en 1760), a los que les siguieron luego la Guardia del Juncal (también llamada “Guardia de Cañuelas, instalada en 1771), el Fortín “San Claudio de Areco” (1771), El Fortín Pilar (1772), el Fortín “San Miguel del Monte” (o Guardia del Monte, 1774); el Fortín “San Pedro de Lobos” (18/08/1777), el Fortín “Navarro” (o “San Lorenzo de Navarro”, o Guardia de Navarro, instalado el 18/08/1777), la Guardia “San Francisco de Rojas” (20/12/1777), el Fuerte San José (instalado el 03/03/1778 en la Patagonia) entre otros.

Tercera línea de frontera con el indio al sur de Buenos Aires
En 1778, con la llegada del virrey Vértiz, habían comenzado los cambios que se consideraban necesarios, teniendo en cuenta los avances que se habían producido en muchos sectores de esta segunda línea de frontera y en julio de ese año, antes de resolverse acerca de la propuesta de llevar la frontera hacia el sur del río Salado presentada por MANUEL DE PINAZO, el virrey VÉRTIZ, decidido a poner fin a esta situación de constante peligro para las instalaciones españolas, encargó al teniente coronel FRANCISCO DE BETBEZÉ Y DUCÓS un relevamiento de la frontera sur, incluyendo un reconocimiento de los lugares que ocupaban los Fuertes y Fortines y de las zonas señaladas para el traslado y la presentación de un plan para lograr el control de esos territorios.

El 10 de setiembre de 1778 se realiza una nueva junta para tratar el tema de la frontera con los aborígenes en la provincia de Buenos Aires y allí el maestre de Campo MANUEL DE PINAZO, y un grupo de fuertes hacendados encabezados por CLEMENTE LÓPEZ, que se había opuesto al proyecto de CEVALLOS, arguyendo la imposibilidad de levantar y mantener un ejército tan numeroso, reiteran su propuesta de trasladarlas guardias hacia las márgenes del sur del Salado, mostrando su disidencia con los pequeños propietarios, que entusiasmados con los beneficios que les estaba reportando la explotación del ganado, necesitaban ampliar sus territorios, por lo que pretendían llevar la frontera más allá de las “Serranías del Volcán (hoy Tandil).

En esa Junta PINAZO justifica su propuesta con el argumento de que el Salado serviría “de barrera en caso de seca, para que no se pasen los ganados a la otra banda y aún cuando lo intenten en busca de las aguas de aquellas lagunas sirvan la misma guardia de sujeción y a que no se extravíen”.

El 12 de abril de 1779, a su regreso, Betbezé presentó su informe al virrey, diciéndole que juzgaba más conveniente mantener los Fuertes en el lugar donde se encontraban “en razón de que había todavía mucho campo sin cultivar a su retaguardia de la línea de frontera lo que no justificaba un avance” y reforzarlos, creando otros en las zonas intermedias para que sirvan de enlace y puedan acudir en ayuda de aquel que lo necesitase.

El 1º de junio de ese año, luego de descartar la propuesta de MANUEL DEL PINAZO, de llevar la línea de frontera hasta el sur del río Salado, el virrey VÉRTIZ, dando su aprobación a las propuestas del teniente coronel BETBEZÉ, dispone el traslado de la Guardia del Zanjón a la laguna de Chascomús y el refuerzo y la asignación de efectivos para 6 Fuertes y 5 Fortines que separados unos de otros por entre 70 y 100 kilómetros, debían vigilar, en un frente de 330 kilómetros, los movimientos de los aborígenes y sus exploradores, manteniendo un permanente enlace entre puesto y puesto, para acudir prontamente en ayuda del que la necesitase y cubrir posibles brechas que quedaren sin defensa en esa línea fronteriza.

Así fue que los Fuertes “San Juan Bautista” en Chascomús (30/06/1779), “Nuestra Señora del Pilar de los Ranchos” en donde hoy está la localidad de General Paz (15/01/1781), “San Miguel del Monte”, en la Banda Oriental (19/11/1779), “San Antonio del Salto y “San Francisco de Rojas” (20/12/1779) y los Fortines , “San Pedro de Lobos” (1779), “San Lorenzo de Navarro” (18/08/1779), “Luján”, “San Claudio de Areco” (hoy San Antonio de Areco), “Nuestra Señora de las Mercedes”, hoy Colón (13/04/1781) y “Melincué” (25/10/1779), guarnecidos con 54 “Blandengues” cada uno de los Fortines y con 12 milicianos de cada lugar sin sueldo pero con víveres, pasaron a constituír la que fue la “tercera línea segunda de frontera al sur de Buenos Aires.

Guarnicioness existentes en algunos de los Fuertes y Fortines instalados a lo largo de la frontera sur de Buenos Aires, según un informe del comandante Francisco BETBEZÉ, incluído en el Nº 17 de la Revista de Buenos Aires.

Fuerte de San Juan Bautista (Chascomús), 83 soldados
Fuerte Nuestra Señora del Pilar (Ranchos), 85 soldados
Fuerte de San Miguel del Monte, 85 soldados
Fortín San Pedro de los Lobos (Lobos), 16 milicianos
Fortín San Lorenzo de Navarro (Navarro), 16 milicianos
Fuerte San José de Luján, 85 soldados
Fortín San Claudio de Areco, 16 milicianos
Fuerte San Antonio del Salto (Salto) 85 soldados
Fuerte San Francisco de Rojas, 85 soldados
Fortín Nuestra Señora de Mercedes, 16 milicianos
Fuerte Nuestra Señora del Rosario (Melincué), 16 milicianos
Fuerte de La Esquina, 5 blandengues
Fuerte  de Pergamino, 6 milicianos

Más tarde, para brindar seguridad a los pobladores que irán adentrándose más y más en el desierto, incorporando esos territorios a la soberanía nacional a costa de su sangre, se instalarán otros Fuertes, Fortines y Comandancias que fueron el origen de muchas de nuestras actuales ciudades, hasta que con la instalación del Campamento “Las Lajas” en febrero  de 1886, finalizará esta epopeya que conocemos como “Campañas al Desierto”.

Fuentes: «El Ejército en el sur del país». Ed. Comando del Vº Cuerpo de Ejército, Buenos Aires, 1996; «Fortines del Desierto». Juan Mario Raone, Biblioteca del Suboficial, Buenos Aires,1969″; «La nueva línea de fronteras», Memorias de Adolfo Alsina, Ed. EUDEBA, Buenos Aires, 1977; «Frontera sur». Alfredo Ebelot, Ed. Kraft, Buenos Aires, 1968; «Fortín Mercedes». Isaías García Enciso, Ed. Servicio de Informaciones del Ejército, Buenos Aires, 1966;  «Ejército guerrero, poblador y civilizador». Eduardo E. Ramayón, Ed. EUDEBA, Buenos Aires, 1978; «La conquista del desierto. Juan Carlos Walther, Ed. Círculo Militar, Buenos Aires, 1947;  “La Conquista de la Pampa”. Manuel Prado, Ed. Hachette, Buenos Aires, 1960: «Toldos, Fuertes y Fortines. Isaías García Enciso, Ed. Emecé, Buenos Aires, 1980.

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