QUIROGA, JUAN FACUNDO (l788-1835)

Caudillo riojano que tuvo el control absoluto de las provincias del norte andino, acusado de bárbaro por DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, su más enconado enemigo que lo hizo protagonista en su libro “Civilización y Barbarie: vida de Juan Facundo Quiroga”.

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Conocido por el nombre de Tigre de los Llanos (1), JUAN FACUNDO QUIROGA jugó un papel prominente en las guerras por la Independencia y en los sangrientos enfrentamientos entre hermanos que se libraron durante la reorganización nacional (1818-1835). Nació en San Antonio, Departamento de Los Llanos, provincia de La Rioja en 1788. A los 16 años comenzó a conducir las arrias de su padre, el estanciero JOSÉ PRUDENCIO QUIROGA. En 1815 se dirigió a Buenos Aires y tras un breve paso como voluntario por el Regimiento de Granaderos a Caballo, en 1816 regresó a La Rioja y en 1817 fue nombrado jefe de las milicias de La Rioja con el grado de capitán. Participó entonces en las luchas por la independencia organizando milicias regionales, persiguiendo desertores y requisando o reuniendo ganado cimarrón que luego enviaba al Ejército del Norte y al Ejército de los Andes, ejército este último, que lo contó entre sus filas participando en la liberación de Copiapó, de manos de los realistas, actividades por las que en 1818 recibió de PUEYRREDÓN el título de “Benemérito de la Patria”.

Demasiado obstinado como para aceptar la disciplina de los ejércitos de la independencia, en 1818 se incorporó dramáticamente en la vida pública, durante un episodio ocurrido ese año en una prisión de San Luis, cuando un grupo de oficiales españoles, que capturados por SAN MARTÍN en Chile y enviados allí para su detención; intentaron escapar de su encierro. En la intentona liberaron a numerosos prisioneros, muchos de ellos criminales convictos o presos políticos, entre ellos a QUIROGA, con el fin de recibir ayuda de ellos, pero éste, utilizando tanto un barrote arrancado de su celda como una bayoneta recogida en el tumulto, se volvió en cambio contra los prisioneros, dando muerte a varios de ellos y desbaratando completamente los planes de los realistas: QUIROGA no podía permitir esta fuga de los enemigos de su patria (ver Facundo Quiroga comienza a ser leyenda).

Puesto en libertad, regresó a La Rioja convertido en héroe a los ojos de sus camaradas gauchos, acrecentando a partir de entonces, su poder político, mientras luchaba en las diversas guerras que se libraron en la región en ese momento.

Combatió contra la Constitución centralista de RIVADAVIA, y aunque derrotado por los efectivos de éste, bajo el mando de ARÁOZ DE LAMADRID, en 1818, así como los artiguistas RAMÍREZ y LÓPEZ controlaban el litoral bajo ideales federales, en 1828, el riojano FACUNDO QUIROGA ya mantenía el control absoluto de las provincias del norte andino, desde Catamarca hasta Mendoza.

A partir de 1820, con el cargo de jefe de las milicias de Los Llanos, comenzó a ejercer su influencia en La Rioja y convertido en árbitro de la situación riojana, contribuyó a colocar en el gobierno provincial a NICOLÁS DÁVILA, quien en ausencia de QUIROGA, en un acto de extrema deslealtad, intentó apoderarse de la artillería y el parque instalados en Los Llanos.

QUIROGA derrotó al gobernador en el combate de El Puesto y aunque asumió la gobernación sólo por tres meses —28 de marzo al 28 de junio de 1823— continuó siendo, en los hechos, la suprema autoridad riojana y hasta su muerte en 1835 fue protagonista fundamental de cuanta controversia o acontecimiento que generara la dicotomía unitarios y federales, en su permanente lucha para imponer sus ideas y su sistema de gobierno para las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Religión o muerte
En 1824, QUIROGA brindó su apoyo entusiasta al Congreso que ese año se reunió en Buenos Aires, pero pronto se produjo su ruptura con los unitarios porteños. En esos momentos, el gobierno de La Rioja se asoció con un grupo de capitalistas nacionales encabezados por BRAULIO COSTA, a quien se le otorgó la concesión para explotar las minas de plata del cerro de Famatina. FACUNDO, como comandante del Departamento, fue también accionista de la compañía y por este convenio, quedó encargado de asegurar la explotación, con cuyo producto se acuñaba moneda a través del Banco de Rescate y la Casa de Moneda de La Rioja. Sin embargo, la designación de RIVADAVIA como presidente de la República, en 1826, alteró estos planes.

El presidente RIVADAVIA, que durante su permanencia en Inglaterra había promovido la formación de una compañía minera, nacionalizó la riqueza del subsuelo y también la moneda, prohibiendo la acuñación a toda institución que no fuera el Banco Nacional por él creado. La reacción de QUIROGA fue inmediata. Junto a los otros gobernadores que resistían la política centralista de RIVADAVIA que culminó con la sanción de la Constitución unitaria, se levantó en armas contra el presidente, enarbolando su famoso lema de “Religión o Muerte”. Su lucha contra los unitarios ya había comenzado, en realidad, en 1825, cuando QUIROGA derrotó a LAMADRID —usurpador del gobierno de Tucumán— en El TaIa y Rincón de Valladares.

El tigre de los llanos
Caído RIVADAVIA (junio de 1827), QUIROGA apoyó la efímera gestión de DORREGO, cuyo fusilamiento volvió a encender la chispa de la guerra civil. FACUNDO se convirtió entonces en figura descollante del movímiento federal y en 1828, luego de la ejecución de DORREGO, bajo la firme determinación de establecer un gobierno federal, se unió con otros caudillos y se esforzó para destruir las fuerzas unitarias comandadas por LAVALLE, instalado ahora, como gobernador de Buenos Aires.

Después que ROSAS derrotara a JUAN LAVALLE el 26 de abril de 1829, en la batalla de Puente de Márquez, QUIROGA, siempre decidido a terminar con LAVALLE, enfrentó a las fuerzas unitarias del general PAZ, aliado de LAVALLE y el 23 de junio de 1829 fue vencido en La Tablada y el 25 de febrero de 1830 en Oncativo por lo que debió huír a Chile.

“Se había despojado de toda su ropa, menos de los calzoncillos que llevaba arremangados y atados alrededor de sus muslos. Ambos a dos, él y su caballo, estaban cubiertos de sangre, y presentaban un aspecto que no podía ser comparado con nin­guna cosa humana. Enfurecido con la perspectiva de la derrota, saltaba de aquí para allá, derribando con su propio sable a aquellos soldados suyos que flaqueaban o miraban por sus vidas, y enviaba destacamentos a lo más recio de la pelea. Desnudo como estaba, surcado por rayas de sangre coagulada con que lo salpicaron sus víctimas, parecía un verdadero demonio dominando la matanza…”. Así vio el comandante J. Antonio King a Quiroga, “el Tigre de los Llanos”, durante la batalla de La Tablada, en la que su derroche de valor no impidió que fuera derrotado por las fuerzas de José María Paz.

Impedido transitoriamente de regresar, en 1831, QUIROGA vio el modo de pasar furtivamente a Cuyo y rápidamente se dirigió hacia Tucumán, donde con la ayuda de ROSAS, formó una nueva fuerza, llamada “División de Los Andes”. Al frente de ella ocupó San Luis y Mendoza y en Córdoba persiguió a ARÁOZ DE LAMADRID, que había asumido la jefatura de las fuerzas unitarias luego de que el general PAZ fuera hecho prisionero inesperadamente en El Tío y se había dirigido a Tucumán.

El 4 de noviembre de 1831, ambos se enfrentaron en la batalla librada en La Ciudadela (famosa fortaleza de Tucumán) y el encuentro terminó con la victoria de QUIROGA, poniéndose así una tregua temporaria en la guerra que enfrentaba a unitarios y federales, pues ROSAS había vencido simultáneamente a Lavalle en Buenos Aires. En esos momentos su poder y su prestigio alcanzaban el punto más alto.

En 1832, atraído por la vida urbana se instaló en Buenos Aires con su familia y fue bien recibido por la culta sociedad porteña de la época, donde era agasajado y reconocido como la figura más destacada del federalismo, en el interior del país y después de participar en la etapa preparatoria de la campaña del desierto realizada por ROSAS, permaneció con su familia en Buenos Aires, dedicándose (solo apoyado por otros federales) a tratar de convocar un Congreso Constituyente para formar la estructura orgánica de una república federal, proyecto al que ROSAS se oponía enérgicamente, argumentando que una organización formal de esa naturaleza era prematura e insensata hasta tanto las provincias no hubieran creado sus estructuras políticas individuales y una saludable vida institucional, citando el ejemplo de los Estados Unidos, que no admitía que un territorio tomase plena participación en la vida política nacional hasta haber formado su propio gobierno (2).

Recordemos que estas ideas fueron tenazmente rechazadas, como era lógico, por las provincias del interior, lideradas a partir de entonces por el muy influyente caudillo unitario JOSÉ MARÍA PAZ, bajo cuyo comando se alinearon las provincias de Catamarca, La Rioja, San Luis, Santiago del Estero, Salta- incluyendo Jujuy-, San Juan, Mendoza), en su lucha contra el federalismo de ROSAS, constituyendo un verdadero gobierno paralelo.

Las discusiones se interrumpieron en 1834, cuando QUIROGA fue enviado a una misión pacificadora. A pedido de MAZA, Gobernador de Buenos Aires y del propio ROSAS, esperanzados con que el enorme prestigio y poder de que gozaba en el norte, le permitiera mediar para impedir la guerra civil que se cernía amenazante entre los gobernadores de Tucumán (FELIPE HEREDIA) y Salta (PABLO DE LA TORRE), pero llegando a Santiago del Estero se enteró del asesinato del Gobernador Salteño.

Emprendió entonces el regreso a Buenos Aires, desdeñando obstinadamente las advertencias que se le hicieron acerca de una posible conspiración que se estaba tramando en Córdoba y de la posibilidad de que se intentara asesinarlo. Rechazó el ofrecimiento de protección que le hizo IBARRA, el gobernador santiagueño y a impulsos de su coraje siguió su camino, sin saber que iba a enfrentarse con la muerte.

El 16 de febrero de 1835, al llegar a Barranco Yaco, provincia de Córdoba, el 16 de febrero de 1835 fue sorprendido y asesinado por un grupo de asesinos bajo el mando del miliciano SANTOS PÉREZ, enviados por los hermanos REINAFÉ, a la sazón dueños del gobierno de Córdoba.

Luego la azorada opinión pública dividió las inculpaciones del crimen entre ROSAS, ESTANISLAO LÓPEZ y los hermanos REINAFÉ, pero finalmente, luego de un juicio sumario, JOSÉ VICENTE REINAFÉ, gobernador de Córdoba, su hermano, el sicario SANTOS PÉREZ y otros fueron convictos de la conspiración y ejecutados en 1836.

La muerte de QUIROGA dejó a ROSAS como única autoridad subsistente y la comprensión de esta realidad, provocó creciente intranquilidad y temor en el pueblo. Véase “Juan Facundo Quiroga: aventura y leyenda”, Newton, Jorge, Buenos Aires, 1973.

Según su enemigo más notorio, DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, FACUNDO QUIROGA representaba la barbarie, era el arquetipo de “esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda, cuya sangre, es lo único que tienen de seres humanos” (Carta de Domingo Faustino Sarmiento a Mitre del 20/09/1861 refiriéndose a los gauchos), pero nadie podrá negarle a FACUNDO QUIROGA, los atributos y méritos que le permitieron instalarse como protagonista fundamental de hechos que conforman la épica de nuestro afianzamiento como Nación y tanto su fama, devenida luego de aquel enfrentamiento con un puma allá, en los comienzos de su vida en campaña, como la “corajeada” que en 1819 lo llevó a tratar de impedir la fuga de aquellos prisioneros ingleses o su enconada lucha para imponer el federalismo, son todas típicas demostraciones de una identidad salvaje, inusualmente valiente y auténticamente comprometida.

(1). En alusión a una leyenda que le atribuye haber matado en sus mocedades, a un tigre (o puma) en las llanuras de La Rioja.
(2). Lo que se proponía, ROSAS, fundamentalmente, era en verdad, algo que no se condecía con los principios federales que decía defender, sino que aspiraba a «el afianzamiento de un nuevo orden, bajo su autoridad, capaz de asegurar la consolidación de la hegemonía porteña y tangencialmente la de la burguesía terrateniente de Buenos Aires”.

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