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LA BATALLA DE HUAQUI. UNA HISTORIA PARA OLVIDAR
Siempre hemos sabido que la terminante derrota sufrida por las armas de la patria en la Batalla de Huaqui (20/06/1811), había derivado en la pérdida de la región del Alto Perú que perteneciera al virreinato del Río de la Plata, un territorio que el gobierno de Buenos Aires, surgido el 25 de mayo de 1810, como heredero de esa unidad geopolítica, aspiraba a integrar a su territorialidad, manteniéndola en la órbita de las Provincias Unidas.
Pero hoy sabemos que no fue sólo el desastre de Huaqui la causa de que se vieran frustradas las intenciones de la Primera Junta de Gobierno Patrio. Una serie de factores, circunstancias y sucesos que hoy nos causan sorpresa y hasta indignación, se sumaron a esta derrota sufrida en el campo de batalla y crearon un clima de tal hostilidad que MANUEL BELGRANO, cuando se hizo cargo de los restos del Ejército del Norte, se vio obligado a tomar medidas para revertir una situación que había dejado totalmente desguarnecida nuestra frontera norte, ante el avance de los realistas (ver Manuel Belgrano.
Pero veamos lo que sucedió. En abril de 1811, la vanguardia del Ejército del Norte que marchaba bajo el mando del Teniente Coronel ANTONIO GONZÁLEZ BALCARCE, acompañado en calidad de representante de la Junta por JUAN JOSÉ CASTELLI y BERNARDO DE MONTEAGUDO como su Secretario y Auditor de Guerra, para lograr la adhesión de los territorios del Alto Perú al gobierno de Buenos Aires, había logrado su primera victoria al vencer a los realistas en la batalla de Suipacha (7 de noviembre de 1810) y se dirigía hacia el norte para llegar a La Paz, ocupando las principales ciudades del Alto Perú hasta establecer su campamento en la frontera con el Virreinato del Perú, fijada en el Río Desaguadero.
Durante esos cuatro meses de larga y penosa marcha, las poblaciones del altiplano le habían dado un gran recibimiento y eso afianzaba las esperanzas de CASTELLI, que veía en esas muestras, un signo que anticipaba el éxito de su misión. Lejos estaba todavía de vivir la realidad que luego se impuso debido a la conducta de los efectivos de la patria, que no supieron estar a la altura de las circunstancias y provocando un gran repudio de los pobladores, alimentaron una de las principales causantes del definitivo rechazo a las pretensiones que llevaban de integración del Alto Perú a las Provincias Unidas.
El indeseado, aunque natural relajamiento de la disciplina que causó este avance triunfal entre las tropas comandadas por GONZÁLEZ BALCARCE, pronto se hizo patente. Sin tener casi que combatir, pero cansados y hasta con sus emociones descontroladas por el rigor extenuante y las carencias propias de estas jornadas agotadoras y afectados por la inactividad a la que los obligaron los casi 80 días que estuvieron acampados en Laja, protagonizaron una serie de atropellos y saqueos, que causaron una gran indignación en las poblaciones que antes los habían victoriado a su paso.
El Ejército del Norte se estaba desmantelando progresivamente en proporción inversa a la repulsa que generaba entre quienes inicialmente lo apoyaron. Pero no fue solamente la repudiable actitud de la tropa de GONZÁLEZ BALARCE lo que puso a estas poblaciones en contra: “El peor efecto de la inactividad, además de la relajación moral y faltas de disciplina del campamento de Laja, será la propaganda antirreligiosa inspirada por MONTEAGUDO, que gozaba de la confianza de CASTELLI”.
MONTEAGUDO y CASTELLI formaban el ala más radical e intransigente de la revolución de Mayo y eran los herederos del pensamiento de Mariano Moreno). El tucumano MONTEAGUDO poseía un marcado perfil anticlerical para la época y potenció, más que una «campaña» planificada institucionalmente por la Junta de Buenos Aires, una serie de conductas, discursos radicales y abusos cometidos por la tropa y por algunos oficiales del Ejército del Norte, fuertemente influenciados por el jacobinismo de la Revolución Francesa.
Durante la ocupación del Alto Perú, las tropas y la oficialidad porteña cometieron desmanes que escandalizaron a la devota sociedad altoperuana. Se reportaron rumores de profanaciones en la iglesia de Viacha y episodios donde oficiales alcoholizados arrastraron cruces como burla en la Plaza Mayor de Charcas.
IGNACIO BENITO NÚÑEZ, un destacado militar, político, periodista e historiador argentino del siglo XIX, reconocido en la historiografía americana por ser uno de los cronistas clave de los años fundacionales de las Provincias Unidas del Río de la Plata, dice que “… en la iglesia de Laja se cantaban por diversión y espíritu volteriano misas sacrílegas y Monteagudo predicó desde el púlpito y vestido de sacerdote un sermón con el tema “la muerte es un largo sueño”.
En otras partes del Alto Perú se hará algo semejante. FACUNDO ZUVIRÍA hablará por su parte de “…. profanaciones en la iglesia de Biacha; en Charcas, más tarde, unos oficiales porteños arrancan una cruz y la arrastran en burla por el suelo hasta la plaza mayor. Cuenta el general Lamadrid en sus “Memorias” que en una oportunidad, cuando él marchaba a las órdenes de BELGRANO, durante la Segunda Campaña al Alto Perú, le preguntó a un soldado: ¿Es usted porteño? y el soldado le contestó ¡No!,¡Soy cristiano!” y ya había pasado un año de la desgraciada presencia de CASTELLI !!!.
Se pronunciaron discursos irracionales que ridiculizaban los milagros, el clero y las festividades eclesiásticas locales. En las ruinas prehispánicas de Tiahuanaco, CASTELLI y MONTEAGUDO proclamaron la emancipación de los indígenas invocando ideas ilustradas occidentales. Sin embargo, lo hicieron en un tono marcadamente anticlerical, lo que desconcertó a las comunidades originarias que ya se sentían integrados al catolicismo.
Incluso, el fusilamiento de figuras como Francisco de Paula Sanz (gobernador de Potosí) o el general Vicente Nieto, dos jefes realistas devotos, pero causantes de innumerables asesinatos y actos de crueldad durante las rebeliones de Chuquisaca y La Paz, increíblemente, también chocó con la moral de una sociedad acostumbrada al respeto de las jerarquías y las formas religiosas.
El Alto Perú (actual Bolivia) era una sociedad profundamente católica y tradicional. Las actitudes de MONTEAGUDO y los oficiales asustaron tanto a las clases altas como a los sectores indígenas, quienes vieron a los porteños como esbirros robespierrianos. Ya no fue una lucha de criollos contra españoles, a la cual el Alto Perú habíase adherido con entusiasmo, sino de cristianos contra herejes que pondría a todos contra los revolucionarios. Aunque, algo también hubo de resentimiento del altiplano industrial y minero contra el puerto de Buenos Aires”.
Este comportamiento antirreligioso y estos excesos, fueron un pésimo movimiento estratégico para la causa patriota. Causaron la indignación general, sobre todo de los indios fanáticamente creyentes, enemistó a la población local que quitó el apoyo que inicialmente le había prestado a la revolución y habilitó al general realista JOSÉ MANUEL DE GOYENECHE, General en Jefe del Ejército Realista del Alto Perú y Presidente de la Real Audiencia del Cuzco, para aprovechar astutamente la situación.
Comenzó a predicar una guerra santa contra los “porteños herejes” que desgraciadamente tendrá eco en todas las clases sociales y los jefes realistas usaron estos atropellos para su propaganda, retratando a los ejércitos porteños como «impíos» y «demonios ateos” que venían a destruir la fe. Tras el desastre militar de la Batalla de Huaqui en 1811, las poblaciones altoperuanas pasaron de recibir a los patriotas con entusiasmo a verlos con un profundo recelo y hostilidad.
El clima de hostilidad interna y desunión creado por el extremismo político y religioso, finalmente, debilitó el frente patriota, lo que facilitó luego, la catastrófica derrota del Ejército del Norte en la batalla de Huaqui, perdiéndose temporalmente todo el territorio altoperuano, hasta que intervino MANUEL BELGRANO para poner las cosas en su lugar (ver Belgrano y el rechazo del Alto Perú).
Abarrente tatai
Cinco meses antes de Huaqui, en abril de 1811, el ejército patriota, volviendo al Alto Perú luego de la batalla de Suipacha (noviembre de1810), había acampado frente al río Desaguadero sin penetrar en el Virreinato del Perú y fue entonces, cuando la situación comenzó a descarriarse.
CASTELLI tenía orden de la Junta de integrar a los indígenas y trató de hacerlo, aunque en forma incorrecta y entre otras faltas de sensatez, CASTELLI convocó el aniversario del 25 de Mayo una teatral asamblea de indios ante las imponentes ruinas del Tiahuanaco a fin de conmemorar la vieja patria de los Incas resucitada en Buenos Aires. Habría de seguirla un convite. Los indios, distanciados de los revolucionarios por sus excesos antirreligiosos, llegaron atraídos por la chicha, y se resignaron a oír perorar a CASTELLI de los “derechos del pueblo”. En un momento Castelli, señalando el campamento de Zepita y el suyo de Laja, les dijo como pudiera haberlo hecho Tupac- Amarú: “Aquel es el gobierno de los déspotas que os han oprimido tres siglos, éste es el del pueblo que viene a libertaros. Vosotros ¿Qué queréis?”. La imprevista y unánime respuesta fue: “¡Abarrente Tatai!” (‘aguardiente señor’).
Las tropas al mando de CASTELLI fueron las responsables del grado de desprestigio alcanzado. Son numerosas las anécdotas que muestran a los soldados de Buenos Aires cometiendo actos de vandalismos que a la larga motivaron el alejamiento afectivo de la población de esa zona. Los soldados organizaban verdaderas orgías y existe documentación probatoria de que en una oportunidad profanaron una iglesia y arrastraron su Cruz por las calles.
CASTELLI se había entregado en forma desenfrenada a todos los placeres mundanos. Eran comentados sus banquetes con prostitutas, donde todo estaba permitido. Se visitaban las iglesias de los pueblos de la zona y los oficiales se vestían con los ornamentos sacerdotales, proferían desde el púlpito sermones apócrifos y todo tipo de insultos y agravios a la figura de Dios. Esos militares eran para los nativos del alto Perú, la Junta de Buenos Aires, que a poco tiempo ya era la del ejército anti – cristiano. A todo esto, el enemigo se preparaba a toda velocidad para el enfrentamiento inminente y la guerra iría tomando un tinte religioso.
CASTELLI había firmado con el general GOYENECHE que estaba acampado al otro lado del Desaguadero, un extraño armisticio por 40 días, en el que se permitía que los soldados pasaran libremente de uno a otro ejército y regresaran luego al propio. Próximo a su vencimiento y teniendo en cuenta que estaba en inferioridad de condiciones, decidió atacar por sorpresa antes de la fecha pactada. La poco caballeresca actitud fue conocida por GOYENECHE quien se adelantó a quienes pretendían sorprenderlo. Ante el ataque de los realistas, del día 20 de Junio de 1811, la huida del ejército patrio fue generalizada. Se trató de una verdadera estampida, un desbande que hizo que algunos se detuvieran recién en Córdoba. CASTELLI perdió todo el parque, víveres, documentación, etc., y huyó por los campos solo, sin escolta y sin camisa. El ejército desapareció en quince minutos sin ofrecer ninguna resistencia y con solamente dos muertos y dos heridos (ver Tres versiones de una derrota).
A la vergüenza de la estrepitosa huida, se sumó el deshonor de los saqueos que sufrieron algunos pueblos como Jesús de Machaca. Los pueblos del camino fueron víctimas de robos, muertes, violaciones y todo tipo de actitudes deplorables por parte de las tropas que huían. Hasta CASTELLI y BALCARCE fueron perseguidos por alguno de sus propias tropas del Alto Perú, que se pasaron al ejército “cristiano” (el español, por supuesto, como lo habían proclamado los realistas para censurar la actitud promovida por CASTELLI).
Cuenta el general JOSÉ MARÍA PAZ en sus “Memorias”, que cuando se retiraba el ejército patrio derrotado en Desaguadero, CASTELLI se detuvo en Chuquisaca. Una noche, al pasar él y sus ayudantes por una iglesia en la que los fieles estaban ornamentando e iluminando una cruz, CASTELLI y los suyos les quitaron la cruz y la arrastraron por el piso hasta destruirla.
GOYENECHE, cuando entró a Chuquisaca luego de que se retirara CASTELLI, no ocupó la casa que había habitado este último, sino hasta que los sacerdotes del lugar exorcizaran el edificio, celebraran misas y espantaran a los malos espíritus. Dice el General PAZ: “¿Creía esto GOYENECHE? No; pero el pueblo sí”.
No todo se debió al comportamiento de la tropa
Así como Suipacha había despertado una cadena de adhesiones a la Junta de Buenos Aires por los pueblos del altiplano, el comportamiento de los efectivos de la patria, tanto jefes, como oficiales y tropa, a partir de ese triunfo, despertó la situación inversa. Todos los pueblos se manifestaron contrarios a Buenos Aires y partidarios de la Corona.
Cuando en Buenos Aires se sabe el resultado de la batalla de Huaqui (20-6-1811) se les ordena a CASTELLI y a BALCARCE que regresen a esta ciudad, y se nombra al General FRANCISCO DEL RIVERO (1) para que se haga cargo temporariamente del mando del Ejército del Norte y éste, se hace fuerte en Cochabamba, desde donde piensa organizar algún tipo de defensa ante el avance de los realistas.
“GOYENECHE avanza hacia Cochabamba y es recibido en triunfo en todas partes. El ejército cochabambino al mando de DEL RIVERO le sale al encuentro en el llano de Sipe el 18 de agosto, pero, no hay batalla: DEL RIVERO, el general en Jefe del Ejército patriota, imperturbable, se pasa al campo enemigo y entrega sus tropas para ser reconocido en el grado de Brigadier general y nombrado Gobernador realista de Cochabamba. Junto con GOYENECHE entra en la asombrada ciudad, en cuyas calles se fija un bando de completo olvido y perdón …”.
No sería ésta la única vez que un general del ejército patrio se una al enemigo. El general URQUIZA haría lo mismo muchos años después, antes de la batalla de Caseros, al aliarse con las tropas del Brasil contra ROSAS y el ejército de la Confederación y en Potosí, llegaron a enfrentarse tropas patriotas entre sí y soldados contra el pueblo.
Cuando en medio de la retirada, el General PUEYRREDÓN que se desempeñaba como Gobernador Intendente de Chuquisaca, se dirige a la ciudad de Potosí y se apodera de toda la plata que estaba depositada en la casa de la moneda de esta localidad. Cuenta en ese momento con sólo 45 hombres y la población, sin armamento intenta recuperar el metal, pero Pueyrredón logra escapar a duras penas y traer el tesoro a Buenos Aires sorteando miles de dificultades en el camino. MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES lo ayuda en este episodio y si bien el tesoro acumulado y transportado en 40 mulas le sirvió al ejército patrio para afrontar los múltiples gastos de la guerra, este fue otro de los acontecimientos que incrementó el desprestigio de Buenos Aires en el Alto Perú.
Ecos de una derrota
Sobre la huida de Huaqui dirá CASTELLI, sin demostrar el más mínimo deseo de autocrítica: “El revés, aunque ha debilitado la fuerza y disminuido el armamento, ha reforzado el entusiasmo”.
A su vez el deán FUNES escribe: “¿Hemos sido vencidos?… es una razón más para pelear. Acordémonos que el Senado Romano después de la derrota de Cannas dio gracias al cónsul Varrón por no haber desesperado de la república”. JOSÉ MARÍA ROSA dijo al respecto: La mayoría de los lectores no había leído a Tito Livio ni sabía qué pasó en Cannas y cónsul de dónde había sido Varrón, pero comprendió que algo malo pasaba”.
La derrota de Huaqui fue quizá la más grave de toda nuestra historia. Por ella se perdieron los territorios de la actual Bolivia, se debilitó la posición en la Banda Oriental y ante el Paraguay, decayeron los ánimos revolucionarios y le dio impulso al ejército realista para intentar ingresar hasta Tucumán.
El desastre de Huaqui, los bombardeos a Buenos Aires por la flota española que bloqueaba el río y la invasión de los portugueses a la Banda Oriental, crean en la ciudad un clima hostil a la Junta administrada por los orilleros y provincianos y el 23 de setiembre de 1811 ésta será reemplazada por el Primer Triunvirato, pero ésta es otra historia.
(1). En enero de 1811, el militar y político Francisco del Rivero era el gobernador patriota de Cochabamba en el Alto Perú (actual Bolivia). Había sido nombrado por la Primera Junta de Gobierno Patrio, tras liderar el levantamiento emancipador de Cochabamba en septiembre de 1810 y organizado las fuerzas patriotas locales junto a Esteban Arze, por su lealtad a la causa revolucionaria. Para explicar su deserción se dice que tras los reveses patriotas frente a los realistas (como la derrota en Huaqui y Sipe Sipe), se vio obligado a negociar un acuerdo temporal con el general español José Manuel de Goyeneche para evitar masacres en Cochabamba.