EL CARRETERO

El de carretero, era un oficio en el que competían de igual a igual los aborígenes con los gauchos, ambos muy diestros para el manejo y la conducción de las carretas que se utilizaban para el transporte de pasajeros o mercaderías, a partir del siglo XVI en el Río de la Plata (ver El gaucho y sus oficios).

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Las carretas fueron e el único medio utilizado en el virreinato del Río de la Plata para el  transporte de personas y mercaderías,. Tiradas por dos, tres y hasta cuatro yuntas de bueyes (toros mansos), según fuere el volúmen de la carga y la distancia a recorrer, eran guiadas por los “carreteros”, que sentados sobre el yugo de la primera yunta, con una larga pértiga, dirigían y azuzaban su paso cansino, pero seguro e incansable.

Las aptitudes innatas de los indios nativos, y la increíble adaptación al medio que les impuso la vida a los criollos, eran los méritos que a ambos les permitían conducir durante largas jornadas, grandes y pesadas carretas, llevando gente o provisiones a través de la inmensidad de nuestros territorios, por difíciles y peligrosos caminos. Fardos, cajones y barricas numerados con tinta, se cargaban en estos pesados armatostes capaces de transportar 150 arrobas y hasta 200 (una arroba equivalía aproximadamente a 10 kilos), si se cuentan los elementos indispensables para el camino, pues había que llevar las provisiones necesarias: leña, pan, galleta, huevos y el agua en vasijas de barro o en blandos sacos de cuero, que debían alcanzar hasta el próximo río o laguna.

Por lo general, el carretero era un hombre con muy pocas necesidades: dormía siempre vestidos o echados en tierra sobre un cuero, al sereno, o sentado en el pescante de sus carretas y su alimento era la carne de algún animal que se carneaba para sustento de toda la tropa, acompañada por el infaltable mate.

Los Corrales de Miserere eran la posta casi obligada de las tropas de carretas que salían o llegaban de Buenos Aires y allí era posible presenciar los preparativos para esas largas excursiones o escuchar detalles de las aterradoras experiencias que los viajeros relataban con el corazón palpitándoles aún,, mientras resaltaban la valentía del carretero que los había salvado ante el ataque de los aborígenes..

La carreta, originario vehículo peninsular, para “hacerse criolla”, debió adaptarse a las exigencias del medio y a la satisfacción de peculiares necesidades. Debió cambiar su forma, ancho y altura (según fuere llano o boscoso el camino a recorrer) debió cambiar sus estructuras, sus materiales y las diversas maneras de conducción, para adaptarse a las exigencias del medio por donde debía moverse, sobre los ariscos terrenos, casi nunca hechos camino, que tuvo que recorrer. Terminó siendo una enorme estructura de madera con ruedas de más de 1,50 de diámetro, con techo de cañas y barro, que también servía de vicienda durante sus largos viajes al carretero y a veces, también a su familia.

Las enormes distancias de Buenos Aires a Mendoza, a Córdoba o a Tucumán, exigieron prolongadas travesías que los tiempos revolucionarios hicieron más frecuentes y apremiantes, pues era menester enviar al interior, no sólo la carga acostumbrada, sino también armas y bagajes y transportar personas y aun familias enteras. Por eso, el prolongado aislamiento en medio del desierto, los accidentes posibles y los peligros latentes (incendios, malones de indios, partidas irregulares de las montoneras, bandidos y asaltantes), crearon para los viajeros y conductores de las carretas, condiciones forzosas de vida, normas de conducta, modos de comportamiento, que fueron adquiridos con la experiencia y transmitidos de generación en generación.

Para los conductores, ayudantes y viajeros regían normas de convivencia, costumbres, disciplina y principios de autoridad propios y exclusivos de este microcosmos ambulante y muy distinto de los que esas mismas personas practicaban en su vida ciudadana, sin que faltaran las danzas improvisadas, las canciones y las guitarreadas y hasta las coplas con las que los “boyeros” templaban su alma a la vez que azuzaban los bueyes remisos con el punzante argumento de sus “picanas”. Esperando con ansias, esos escasos momentos que la rutina de un peligroso viaje les permitía para matizarlo con el pulsar de una guitarra amorosamente acariciada a la luz de un fogón, armado para gozar de un momento de paz en la noche, o quizás para ahuyentar “fieras de dos y cuatro patas”.

Cuando la “tropa” estaba compuesta por varias carretas, iban al cuidado de un capataz y de veinte a veinticinco peones. Unos venían de carreteros o picadores y otros, de ayudantes a caballo. Tiraban de cada carreta dos “yuntas” y aún más en los pasos difíciles. Cada tropa llevaba unos cien bueyes y si el viaje era largo, se los dejaba para tomar otros. Así, entre Salta y Buenos Aires, la primera remuda llegaba a Tucumán, la segunda a la frontera de Buenos Aires y la tercera hasta esta ciudad. A razón de unas seis leguas diarias, un viaje entre esos dos puntos, promediaba diez o doce meses. Ochenta a noventa días para la ida, otro tanto para la vuelta y el resto consumido en paradas y de moras imprevistas presentadas por el camino.

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