BUENOS AIRES EN EL CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO (1910)

En nuestro pasado, numerosas personalidades y viajeros del mundo, quisieron comprobar con sus ojos y vivir las experiencias que muy poco tiempo después de nuestra emancipación  se podían vivir en estas lejanas y exóticas tierras, que para los europeos, eran una fuente inagotable de constantes asombros y sorpresas. Tal el caso de GEORGE CLEMENCEAUD, político francés que  durante un viaje que realizara por la Argentina, Uruguay y Brasil, nos visitó, cuando en Buenos Aires se festejaba el «Centenario de la Revolución de Mayo» y dejó asentada su mirada crítica en un libro publicado en español en 1911.

“Ya estoy en la República Argentina y es el momento de abrir los ojos”. Así comenzaba en 1910 GEORGE CLEMENCEAU un relato donde se refería a las experiencias vividas durante una de las visitas que realizara a la Argentina, esta vez, en coincidencia con el Centenario de la Revolución de Mayo.

“En primer lugar, Buenos Aires, Una gran ciudad al etilo de las de Europa, dando por todas partes la sensación de un crecimiento prematuro, pero anunciado por el adelanto prodigioso que ha tomado, como capital de todo el continente. La avenida de Mayo, tan ancha como nuestros mejores bulevares, se parece el “Oxford Street” por el aspecto de los escaparates y la decoración de los edificios. Punto de partida, una gran plaza pública bastante torpemente decorada limitada por el lado del río por una gran construcción d estilo italiano, conocida como “la Casa Rosada”, donde residen el presidente y ministros y con cuyo edificio forma paralelo, a la otra gran plaza improvisada de ayer, que se termina por el Palacio del Parlamento, colosal edificio casi terminado, cuya cúpula se parece a la del Capitolio de Washington”.

“Me parece que los barrios de negocios s asemejan en todos los países del mundo. El centro comercial de Buenos Aires, es el más obstruido que existe. Las calles, espaciosas hace veinte o treinta años para una población de dos o trescientas mil almas, resultan lamentablemente insuficientes en el corazón de una capital de más de un millón de habitantes”.

“Las aceras, tan estrechas de por si, que no permiten la marcha de dos personas de frente, están limitadas por un molesto anticuerpo de tranvía que pasa cerca de ellas, poniendo en peligro a los transeúntes, a pesar que la atención de la Policía, reglamenta severamente la circulación. Hasta ha sido necesario prohibir el paso de carruajes en ciertas calles, para dejarlas libres a los movimientos de la multitud, cuando la afluencia creciente amenaza paralizarlo todo” (ver Buenos Aires se transforma).

 

 

 

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