BELGRANO EN EL EJÉRCITO DEL NORTE (27/02/1812)

Cuando designan a MANUEL BELGRANO a cargo del Ejército del Norte, expresando nuevamente su disgusto para con el funcionamiento del Primer Triunvirato, manifestó: “Siempre me toca la desgracia que me busquen, cuando el enfermo ha sido atendido por todos los médicos y abandonado”.

Para comprender lo dicho por BELGRANO, debemos recordar que ya con anterioridad, se lo había convocado para que comandara la expedición que fue enviada al Paraguay, luego a la que se dirigió a la Banda Oriental y ahora esta vez al Alto Perú, donde debía desarmar el desaguisado que habían provocado CASTELLI y MONTEAGUDO durante la marcha del Ejército del Norte que fue vencido en la batalla de Huaqui  (ver La batalla de Huaqui, una historia para olvidar).

Pronto tuvo el primer encontronazo con el Triunvirato. El 25 de mayo de 1812, estando ya en Jujuy hizo jurar la Bandera y en esa oportunidad, aprovecha para hablar claramente del tema que más le preocupaba: el de la Independencia, provocando el disgusto de BERNARDINO RIVADAVIA, como lo evidencia la carta que rápidamente le envió, censurando su actitud: “ …El gobierno deja a la prudencia de V.S. mismo la reparación de tamaño desorden (la jura de la bandera), pero debe prevenirle que esta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad y los intereses de la nación que preside y forma, los que jamás  podrán estar en  oposición a la uniformidad y orden. V.S. a vuelta de correo dará cuenta exacta de lo que haya hecho en cumplimiento de esta superior resolución”.

Belgrano responderá resentido que ya que el gobierno no proclama la Independencia deshará la bandera para que no quede ni memoria de ella y…“…si acaso me preguntan, responderé que se reserva para el día de una gran victoria y como ésta está muy lejos, todos pronto la habrán olvidado”.

Pero nada lo detiene ahora en el cumplimiento de la misión que se le encomendara. Comprende que el daño causado a este proyecto de incorporar estos territorios a los principios de libertad e independencia que habían impulsado a los líderes de la Revolución de Mayo de 1810, no era irreversible y que era posible volver a conquistar el apoyo de esa sensible población para lograrlo y que para ello, era indispensable volver a ganarse el alma de sus pueblos, respetando su identidad cultural y religiosa

Supo ver también, que la repudiable actitud de la tropa de GONZÁLEZ BALARCE en su regreso hacia La Paz y Potosí, después de producido ese desastre en el campo de batalla, no fue la verdadera razón de la enemistad que se habían ganado entre los altoperuanos cometiendo desmanes, destratos con la población y saqueos en los pueblos por donde pasaban. Tales actitudes, comunes por otra parte en casi todos los teatros de operaciones del mundo, fueron producto de la ingobernabilidad en la que habían caído, luego de la inactividad que le impuso la larga estadía en Laja donde la relajación moral y la indisciplina, hicieron presa de esa tropa cansada y cruelmente vencida  (ver La batalla de Huaqui, una historia para olvidar).

Lo que en realidad puso a estas poblaciones en contra, fue la propaganda antirreligiosa inspirada por MONTEAGUDO, que gozaba de la confianza de CASTELLI, que acompañaban al Ejército del Norte representando al gobierno de Buenos Aires. Ambos formaban el ala más radical e intransigente de la revolución de Mayo y eran los herederos del pensamiento de MARIANO MORENO. El tucumano MONTEAGUDO poseía un marcado perfil anticlerical para la época y potenció, más que una «campaña» planificada institucionalmente por la Junta de Buenos Aires, una serie de conductas, discursos radicales y abusos cometidos por la tropa y por algunos oficiales del Ejército del Norte, fuertemente influenciados por el jacobinismo de la Revolución Francesa (ver

Para neutralizar el pésimo recuerdo que CASTELLI y MONTEAGUDO habían dejado en esos territorios, BELGRANO eficazmente secundado por un grupo de oficiales que lo acompañaron en su comando y que pasaron a la historia por su valor y la importancia que posteriormente alcanzarían en la política: entre ellos EUSTAQUIO DÍAZ VÉLEZ, JUAN RAMÓN BALCARCE, JOSÉ MARÍA PAZ, RUDECINDO ALVARADO, MANUEL DORREGO, CORNELIO ZELAYA y ARÁOZ DE LAMADRID, comenzó, a desarrollar una serie de acciones con ese fin.

Luego de su victoria en la Batalla de Tucumán (1812), depositó su bastón de mando ante la Virgen de la Merced y el 24 de agosto de 1812, la proclamó protectora oficial de las tropas de los patriotas. Para restaurar la moral y el orden entre la tropa, ordenó celebrar misa todos los días, prohibió las blasfemias, castigó severamente las faltas de respeto hacia los templos y los sacerdotes y se preocupó muy especialmente, de que el ejército no se vea involucrado en actos que generen críticas del pueblo.

Finalmente, utilizó los buenos oficios de sacerdotes católicos influyentes, para reconciliarse con los indígenas del Alto Perú y de este modo, al neutralizar el discurso realista que tachaba a la revolución de mayo, de satánica; demostrando que la causa de la independencia americana no estaba reñida con la fe católica, logró revertir el resentimiento que MONTEAGUDO y CASTELLI habían sembrado en el norte y nuevamente pudo contar con la colaboración de los pobladores para que realizaran tareas de espionaje y de enlace, y en el transporte de municiones y pertrechos en las campañas que se desarrollaron luego en 1813.

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