AGUA PARA BUENOS AIRES COLONIAL

En la época de la colonia y hasta la década de 1820, la provisión de agua potable de la ciudad de Buenos Aires era bastante problemática. Los aljibes que algunos “adinerados” construían en sus residencias, no garantizaban un mejor resultado, Las aguas barrosas y salobres y con frecuencia contaminada, que provenían de su primera a napa, no eran convenientes para su consumo. Por otra parte, las cisternas escaseaban, no solo porque su construcción era costosa, sino porque no podían tener semejante comodidad más que las casas con azotea y éstas eran poco numerosas, porque la mayoría de las casas estaban cubiertas de tejas (ver Agua para Buenos Aires)..

Buenos Aires ¡Cuanto te quiero!: EL AGUATERO

Hasta 1822, entonces, la mayor parte del agua que se consumía en Buenos Aires, era la que se extraía del Río de la Plata y si bien es cierto que esa agua no aprobaría hoy el más elemental análisis bromatológico, era la única accesible a la generalidad de los porteños.

Los habitantes de la ciudad debían recurrir entonces a los aguateros que vendían su producto, tampoco demasiado limpio y saludable, pues, buscaban cargar su “carros aguateros” (imagen) adentrándose en el Río, donde presumiblemente el agua era más clara, para cargarlos con agua, que luego vendían recorriendo las calles de la ciudad.

El agua de río era turbia y llena de impurezas, por lo que debía ser dejada en reposo por al menos durante 24 horas en grandes tinajones de barro para que sedimentaran sus impurezas o se utilizaban filtros de barro cocido (algunos agregaban algo de alumbre para clarificarla) antes de beberla o usarla para la cocina.

La gente de escasos recursos, ni a esa agua tenía acceso y dependía de las lluvias para llenar pequeñas cisternas con el precioso líquido, que era utilizado además, por las mujeres, que la usaban para bañarse y lavar sus cabellos.

CALIXTO BUSTAMANTE CARLOS INCA, alias Concolorcorvo, en “El Lazarillo de Ciegos Caminantes”, cuenta que durante un viaje que realizara en 1773, observó que en Buenos Aires se utilizaba agua que se extraía del río de la Plata y que la misma, “si bien era turbia, dejándola reposar en grandes tinajones se clarificaba y era excelente”. Pero, a continuación, criticaba a los negros aguadores que tomaban el líquido que a la bajada del río queda entre las peñas, en donde se lava toda la ropa de la ciudad, y allí, sucia y llena de jabón e inmundicias, la recogen los negros por evitarse la molestia de internarse  a la corriente del río”.

Según WOODBINE PARISH, las clases más bajas, estaban obligadas a depender de los aguadores ambulantes que, a ciertas horas del día, “se ven holgazanamente recorrer las calles con grandes pipas que llenan en el río, sostenidas sobre las monstruosas ruedas de las carretas del país y tiradas por una yunta de bueyes; artefacto pesado y costoso difícil de manejar que hace que el agua cueste mucho aún estando a un tiro de piedra del río más caudaloso del mundo. No obstante, ante la carencia de aljibes, la única solución era aceptar los servicios de “aguateros” que sacaban agua del Rio de la Plata y la repartían en las viviendas que no tenían este tipo de comodidad”

Nos cuenta Juan Parish Robertson en su libro “Buenos Aires y las Provincias”: “Difícilmente se creerá que el agua es un artículo caro a cincuenta varas del Plata. Pero así sucede. La que se saca de la mayor parte de los pozos es salobre y mala y no hay cisternas o fuentes públicas.

“Los más pudientes hacen construir “aljibes” en el piso de los patios, en los que se recoge el agua de lluvia de las azoteas planas de las casas, por medio de cañerías y en general se obtiene de este modo lo bastante para el consumo ordinario de la familia”.

“Pero las clases medias y bajas se ven obligadas a depender de un surtimiento más escaso, que viene de los aguateros que se ven holgazanamente recorrer las calles con sus grandes pipas que llenan en el río, sostenidas sobre las monstruosas ruedas de las carretas del país y tirada por yunta de bueyes. Este armatoste pesado y costoso, que hace el agua cara, aún a un tiro de piedra del río más grande del mundo. Generalmente necesitaba que esté asentada por 24 horas para que precipiten todos los sedimentos cenagosos y se aclare para poder tomarla. Otro método que se emplea, consiste en filtrarla en grandes tinajas de barro cocido. Para mi propio uso, generalmente ponía un pedazo de alumbre en las tinajas de agua para purificarla”.

En la campaña, mal que mal, disponían de otros recursos para proveerse de agua, tanto para consumo humano como para dar de beber a los animales. Aguadas, tajamares, jagüeles, aljibes eran algunos de ellos y a pesar de su gran proliferación a lo largo y a lo ancho de nuestro territorio, hubo épocas de dramáticas sequías que trajeron grandes problemas a la gente en el campo (ver Agua para el Gaucho y su ganado).

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