LA MODA EN BUENOS AIRES (SIGLO XIX)

El traje de las señoras fue hasta mediados del siglo XIX “a la española”, elegante y airoso; aún no nos habían invadido las gorras ni los sombreros ingleses, ni las altas novedades de París, así es que prescindiendo de una que otra aberración, la ropa de las mujeres era sencilla, a la vez que práctica y elegante. Generalmente de color blanco, aunque para ir a la Iglesia, era de rigor el negro. Nadie se habría atrevido a asistir a misa con ropa de color, con mangas cortas o la cabeza descubierta.

Suarez, Andrea | Molderia del siglo XIX Linea del tiempo | UP

Usaban, no sólo graciosas mantillas, sino también variedad de pañuelos y chales, con los que se cubrían a veces la cabeza, bajándolos a la espalda en tiempo de calor; jamás se cubrían entonces la cara con velo, ni cosa parecida.

Había un abrigo que llamaban “rebozo”. Medían como 2 metros de largo por 60 cm. de ancho y eran de bayeta, con mucha frisa; casi siempre color pasa. Muy usado por el personal de servicio y la gente de color; todas las negras lo usaban, y cuando hablaban con sus amos, con alguna persona de respeto o iban a dar recado, se descubrían, bajando el rebozo de la cabeza, dejándolo caer sobre los hombros. Cuando las señoras, viendo su utilidad comenzaron a usarlo en invierno, eran de mejor calidad, ribeteados con una ancha cinta y forrados de seda o algún género de lana. En casa era el tapado de privilegio, y a veces, aun salían con él, particularmente en las noches de invierno.

El calzado de las mujeres era de taco bajo. No se conocía aún el taco alto y esa era la razón, según algunos “expertos”, por la que las porteñas lucieran tan hermosas “pantorrillas” y una curiosidad a este respecto es que ellas mismas fabricaban su calzado. Generalmente eran de raso, siempre negro y mandaban hacer las suelas y tirantes un zapatero. Ellas tenían sus hormas y los útiles necesarios, y como entonces no se usaba taco alto, los terminaban con bastante perfección. Como los vestidos se usaban cortos, y llevaban ricas medias de seda, bastaba ver el pie de una dama, para saber si era distinguida, puesto que la gente “de segunda clase”, y las sirvientas, nunca usaban calzado semejante.

Paradójicamente, no fueron los franceses quienes impusieron primero aquí sus modas; fueron inglesas las primeras y pocas modistas que vistieron a las porteñas, porque las señoras, rara vez ocupaban modista; ellas mismas cortaban, armaban y cosían sus ropas. En aquellos tiempos no variaban los trajes a impulso de la moda; los cambios eran menos bruscos y más limitados. Un vestido, por ejemplo, iba variando lentamente de largo y hechura: quizás uno ancho se convertía en angosto; o uno largo en corto, etc.

Mas no tardó en aparecer este terrible enemigo de los esposos: el figurín europeo, una publicación que era esperada en Buenos Aire con avidez extraordinaria. Con rapidez increíble empezaron a suceder entonces vertiginosos cambios: al vestido corto lo reemplazó el inmensamente largo; el angosto de “medio paso”, era seguido por el de “20 paños; los talles cortos, luego los largos, como todo en el mundo de la moda: tocando los extremos. Trajes estirados, trajes con tablones, boladones, etc. Desde una sola enagua, hasta 14 ó 16; mangas anchas, angostas, a medio brazo o largas; mangas globo, mangas con buche, rellenos con lana, algodón o lo que caía a la mano; 1os miriñaques, los tontillos, etc. Los zapatos escotados, altos, bajos; los innumerables peinados hasta pequeños rulos pegados con goma sobre frente, sobre las sienes, y aún más hacia la cara, que se denominaban patillas. Flores, lazos, cintas todos colores, plumas, etc. Y en cierta época, peinetones, que medían algunos hasta un metro de vuelo.

En cuanto a gorras, pamelas y sombreros, sería imposible describir la variedad en su nombre, forma, tamaño, colocación, con velo, sin él: baste decir que se cambiaban con tanta frecuencia, como en cierta época, lo fueron los gobernadores de Buenos Aires. En tiempos de Juan Manuel de Rosas, no se permitían las gorras por ser moda “antiamericana”, por lo que las señoras se veían obligadas a usar un enorme moño punzó, al lado izquierdo de la cabeza

Cuidaban mucho su pelo, que era, por lo general muy muy largo, por lo que no era raro ver trenzas de más de un metro de largo, sujetas sólo por medio de una peineta (no había ciertamente, tanto postizo como hoy en día).

Un inglés, escritor de aquellos tiempos (1823), se expresó así; “Creo que ciudad alguna del mundo con igual población, pueda ostentar mayor número de mujeres hermosas, que Buenos Aires. Su brillantez en el teatro, no es mayor en los teatros de París ni de Londres; y escribo con un regular conocimiento de los teatros de ambas capitales. Verdad es, que los valiosos diamantes que luce el bello sexo inglés y francés, no se ven en Buenos Aires; sin embargo, es mi humilde opinión, que nada añaden estos costosos accesorios a la hermosura de la mujer hermosa”.

Cuenta M. COYLE en la revista La Moda (editada por Juan Bautista Alberdi en 1837) que, siguiendo los dictados de la moda que venía de Francia, las señoras de aquella época, para andar a caballo, vestían vestido color verde botella o azul oscuro, con mangas ligeramente abuchadas hasta medio brazo y el resto perfectamente lisa. Gorrita varonil con un trozo de gasa flotante desde arriba. Largos tirabuzones en torno de la cabeza, al estilo romano”.

Los hombres
En cuanto al vestuario de los hombres, también de esa publicación extraemos los detalles de la moda que aquí impusieron los ingleses y que vino traída por ese tal M. Coyle:
Fraque. Faldones un poco anchos, solapa ancha, talle corto; cuello alevitado; botón grande, liso, negro de patente; en fraque de color, botón amarillo labrado; color negro y delia (1) sin carteras.
Levita. Siempre muy corta, de menos vuelo, cuello de terciopelo, botones chicos. Por lo demás, todo como el fraque. Para verano, de paño de seda y lana.
Pantalón. Corte derecho, angosto abajo, cerrado, alzapón ancho a veces y otras con portañuela. Colores rayados y a cuadros; géneros oscuros para medio tiempo; para verano brin blanco y aplomado.
Chaleco. De cuello doblado formando con la orilla externa del cuello, más bien un óvalo que una Ve.

(1). La delia era una prenda de vestir de hombre usada por la nobleza.  Solía ser de lana o terciopelo, acabado con piel de animal. La típica “delia” tenía mangas cortas, anchas y sin costuras y botones de metal sobre el pecho.

Fuentes: “Modas porteñas”, Revista La moda”, Juan Bautista Alberdi, Buenos Aires, 1837; “Dulce tiranía de la moda”, Lily Sosa de Newton, Revista Todo es historia Nº 338, Buenos Aires, Artículos acerca de la moda publicados en las revistas Todo es Historia números, 9, 78, 93, 143, 244, 288, 311 y 348; “Buenos Aires, 70 años atrás”, José Antonio Wilde, Buenos Aires, Ed. Tor, 1941.

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