PRIMEROS HELADOS (1853).

Antes de que los helados llegaran a estas tierras, en tiempos de la Colona, el granizo posibilitaba la preparación de bebidas heladas. En 1757 el vecino Álvarez Campana instaló un “pozo nevera” para almacenar el granizo caído en invierno y venderlo en verano. En 1785 el comerciante Toribio González Somote solicitó al Cabildo autorización para conducir nieve desde Mendoza para el abasto de la ciudad, pero su pedido fue rechazado”. Esto lo recuerda Mansilla, sobrino de Rosas, quien al narrar su niñez decía: “Cuando caía granizo en abundancia, se recogía una buena cantidad y se hacían una especie de crema helada con leche y huevo con canela o vainilla…”.  Como las heladeras no se conocían, para conservar el hielo en las casas,  se guardaba en cajones vacíos de aceite o esperma, protegiéndolos  con franelas o arpillera de la acción del aire.

En 1853 el italiano FRANCISCO MIGONE que administraba el café “Los Catalanes”, de San Martín y Cangallo, comenzóa vender una crema helada de variados gustos  y en ese mismo año, el portugués MIGUEL FERREYRA, dueño del “Café del Plata”, ofrecía helados elaborados por un maestro italiano. Sobre la puerta de su negocio colocó un letrero que decía: “Soave  bevanda di delicateneve, che piu si mangia, rende piu  piacere”. Y casi al mismo tiempo la “Confitería El Águila” y el “Café de la Armonía” comenzaron a vender helados a su clientela. Pero no era la primera vez que los porteños tenían oportunidad de probar algo que se parecía a los helados, ya que en diciembre de 1844 la confitería Los Suizos, de la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre), ofrecía “helados de nata y de frutas y sorbetes de varias clases”. En verdad, una bebida helada, que todavía no eran helados como se los conoce hoy. El 4 de diciembre de 1855 aparece uno de los primeros anuncios de venta de helados en Buenos Aires. La publicidad, que causó sensación en la ciudad, fue realizada por el dueño del Café de las Flores, que quedaba en la calle 25 de Mayo, número 40.

Como todavía no existían las heladeras, la cuestión más importante para fabricar helados era tener hielo, y aunque parezca mentira el hielo se importaba de los Estados Unidos y de Italia. Llegaba en la bodega de barcos, envuelto en paja. La importación de hielo desde Italia estuvo por mucho tiempo en manos del empresario JACINTO CAPRILE, que poseía una flota de barcos de 300 toneladas cada uno. El hielo se recogía en Los Alpes, se embarcaba en Génova y desde allí viajaba a Buenos Aires. También en el interior del país se comenzó por esa época a fabricar helados. En Tucumán el hielo era traído desde el Aconquija por veloces jinetes conocidos como “los heleros”. En el solar que ocupa actualmente el Banco de la Nación frente a Plaza de Mayo, en la década de 1850 se había construído un depósito subterráneo con capacidad para almacenar 1000 toneladas de hielo, que primero se traía desde Europa y más tarde de la Patagonia. Esta provisión de hielo aseguró, a partir de 1856, la venta de helados a un público masivo. Quien la inició fue el portugués Miguel Fereyra, dueño del Café del Plata (actual Rivadavia entre Tacuarí y Bernardo de Irigoyen), quien ya venía ofreciendo helados desde 1853. En pocos años, otros cafés los vendían y contaban con personal especializado para elaborarlos, de acuerdo con el “estilo de Madrid”, tanto en los sorbetes como en leche merengada.  Con el tiempo se establecieron fábricas de hielo, siendo las cervecerías de Hammer y Bieckert las primeras que acoplaron a su negocio la producción del hielo. Acotemos además, que en el antiguo Teatro Colón, construido en 1885, existía una gran conservadora, debajo de la platea, con capacidad para guardar mil toneladas de hielo y de allí se abastecían los grandes cafés y confiterías

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