UNITARIOS Y FEDERALES

Ya desde los primeros días de la República Argentina como nación libre y soberana, comenzaron a gestarse los dos grandes partidos políticos antagónicos que se definirían como unitarios y federales. “Morenistas”, “Directoriales” y “Unitarios” fueron los distintos nombres que recibieron a través de los años, aquellos que deseaban organizar el país bajo un sistema liberal y centralizado.

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Cultos e ilustrados, partidarios de una forma de gobierno “consolidada en la unidad de régimen”, los unitarios (Juan María de Pueyrredón, Bernardino Rivadavia, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Juan Lavalle, José María Paz, Justo José de Urquiza, Fructuoso Rivera, Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, Antonino Taboada, entre otros), pretendían imponer instituciones europeas que juzgaban adecuadas. Era una corriente revolucionaria, innovadora y progresista, cuyos integrantes, sostuvieron la necesidad de civilizar el país, a través de una adecuada legislación y de una moderna enseñanza y desde Buenos Aires,  la ciudad predominante y único puerto habilitado para el comercio exterior, los unitarios bregaron para reformar la estructura política y social del país.

Enfrente de ellos estaban los “federales” (José Artigas, Estanislao López, Manuel Dorrego, Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas, Manuel Oribe, Justo José de Urquiza, Chacho Peñaloza, entre otros), Eran los  que seguían una tendencia conservadora y tradicional de raigambre hispano-católica, eminentemente práctica. Partidarios de la descentralización del poder y de las autonomías provinciales, contaron con gran apoyo popular, por cuanto privilegiaron lo americano por sobre lo europeo. Representaron la forma primitiva de la democracia, porque sus gobiernos surgieron a través de plebiscitos mayoritarios.

A ambas tendencias políticas, les cabe la responsabilidad de haber desatado una sangrienta guerra civil que concluyó recién con la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852), aunque sin embargo, el problema que enfrentó a Buenos Aires con el resto de las provincias que integraban la “Confederación”, recién se solucionó en 1880, cuando el Congreso Nacional, declaró  a la primera, Capital de la República.

La caída de JUAN MANUEL DE ROSAS no marcó el fin del largo y cruento enfrentamiento entre federales y unitarios que había caracterizado especialmente a su segundo período como Gobernador de Buenos Aires.. A partir de Caseros, sólo se produjo un reagrupamlento en las filas de ambos bandos. Muchos y fervientes partidarios del gobernante derrocado se enrolaron junto a antiguos unitarios, en el campo del partido porteñista que, acaudillado en un primer momento por VALENTÍN ALSINA, pasó luego a ser dirigido por BARTOLOMÉ MITRE, mientras que el partido del unitario  URQUIZA, o de la Confederación, además de la mayoría de los viejos federales, recibió el apoyo de hombres que, en tiempos de la lucha contra ROSAS, habían militado en forma destacada en las filas de los unitarios.

La disyuntiva “federación o unitarismo”,  se transformó entonces en un enfrentamiento formal entre todos aquellos que —provincianos o porteños— buscaban la organización del país sobre la base de la igualdad de derechos de todas sus provincias, y los que —también provincianos y porteños— pretendían establecer una autoridad nacional que perpetuase el predominio de la clase dirigente porteña y por su intermedio, el de los grupos del interior, autollamados “cultos”. Era, al fin de cuentas, el choque definitivo de la burguesía mercantil y de sectores de la burguesía terrateniente de Buenos Aires, y de sus personeros provincianos, contra los pueblos del interior que, como venía sucediendo  desde el alzamiento artiguista de 1815, se resistían a aceptar el injusto predominio político, económico y social de la antigua capital de los virreyes.

 JUAN BAUTISTA ALBERDI, otrora unitario furioso y después de Caseros, resuelto partidario de la Confederación, definió la naturaleza de esa lucha: «Esa guerra es la misma que la de la revolución contra el sistema colonial español co­menzada en 1810, la cual no está concluida ni cerrada todavía, porque está en pie la causa misma que la produjo, que fue la explotación de un vasto país por un centro metropolitano que vivía de sus recursos. El Instinto de la vida hará que el país luche incesantemente por la reivindicación de sus medios de vivir la vida civilizada y confortable que merece por las condiciones de su rico y vasto suelo, hasta conseguirla”.

Vencidas por las armas en Pavón, con sus propios elementos y recursos financieros, las provincias tuvieron que soportar la apariencia de unión, que llamó el vencedor BARTOLOMÉ MITRE.”una unión definitiva”. No había tal unión. El abismo que la impedía sigue abierto, y no había desaparecido de la vista, sino porque había  sido cubierto con papel pintado …».

Así, los que combaten al mltrismo, después de Pavón retoman la denominación de federales y no vacilan en designar a los partidarios del presidente con el viejo calificativo de “salvajes unitarios”, como los llama WALDINO URQUIZA, en carta que dirige a RICARDO LÓPEZ JORDÁN.

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