TEATRO ANDREA DORIA (13/08/1887)

Bien de barrio, fue el primer teatro de la periferia. Fue el antecedente del Teatro Marconi. Un recinto consagrado a la ópera y la zarzuela, pomposamente llamado Teatro Doria, aunque se decía que era el “El teatro de los italianos pobres”: su valor era mucho menor al de los establecimientos de ese género que se distribuían en el corazón cultural de la ciudad de Buenos Aires.

Lo fundó un empresario italiano admirador del almirante genovés ANDREA D’ORIA y estaba ubicado en la avenida Rivadavia al 2380, entre Pichincha y Matheu, pleno barrio de Balvanera, cuna de inmigrantes italianos, donde hoy se levanta una torre de departamentos.

En su inauguración, el 13 de agosto de 1887, era un simple barracón de madera, al que acudían casi exclusivamente los puesteros y peones del Mercado Rivadavia que estaba enfrente, haciendo competencia, en cuanto a la calidad de público, al teatro “Eldorado” vecino al “Mercado Lorea”. Sucio por dentro y feo por fuera, puede uno imaginarse lo que sería aquello en una noche de verano, cuando se daba, por ejemplo una bulliciosa  “Aida” o un trágico “’Otello”, lleno de carniceros, en mangas de camisa, fumando tremendos toscanos y escupiendo a diestra y siniestra”.

Dedicado a compañías líricas de segundo orden; fue distinguido popularmente, con el apodo de “el Colón del Oeste”, aunque algunos lo denominaban de manera peyorativa “el galpón” por su estructura interna y techo “a dos aguas”. Recibía compañías líricas discretas, excedía la periferia del círculo teatral de entonces y se lo reconoce por llevar espectáculos culturales a las comunidades más desplazadas. Era, en fin, un teatro de y para italianos pobres, donde por unas pocas monedas se podía acceder a una entrada, ya que el valor de las localidades era mucho menor que en las grandes salas teatrales del centro (“El Coliseo”, “el Opera” y el “Colon”).

En 1901, pese a la aceptación popular de la que gozaba, los ingresos no no le eran suficientes para subsistir y aprovechando una oferta del empresario, su propietario, SILVIO GIOVANETTI le vendió su ya desactivado tinglado al empresario GUILLERMO BONOMI, que terminó de hacerlo escombros, para construír en ese mismo lugar, el Teatro Marconi (ver Edificios memorables que ya no están)..

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