GOBIERNO DEL VIRREY SOBREMONTE (22/10/1804)

El 22 de octubre de 1804, RAFAEL DE SOBREMONTE, designado virrey del Río de la Plata, llega a Buenos Aires desde Montevideo, donde se había desempeñado como Inspector de las tropas reales en esa ciudad y asume su cargo.

Durante su gestión se refundó el pueblo de San Fernando sobre el Río de la Plata, sobre el poblado que soldados de JUAN DE GARAY habían instalado allí en 1600 e inició la construcción de un canal, con el fin de evitar las inundaciones de esas tierras y de facilitar el comercio y la radicación de industrias en la región del Delta y dictó una Providencia disponiendo llevar a cabo la demarcación del ejido, con huertas, sementeras, plazas, cuadras y calles del nuevo pueblo que se había levantado en San Salvador de Lobos, provincia de Buenos Aires.

Concluyó un acuerdo con los indígenas “pehuenches”. Proyectó reformas en el sistema de “reducciones” de los indígenas del Chaco y auxilió con el envío de tropas veteranas a la campaña de la Banda oriental, en las regiones que eran atacadas por los ladrones de ganado.

Puso especial empeño en eliminar el agio en la venta del trigo, para lo que habilitó dos Mercados en Buenos Aires. Autorizó el funcionamiento de la Casa de Comedias, permitió la salida de diversos productos libres de derechos y combatió el contrabando. Intensificó la acuñación de monedas en Potosí y la producción de plata en el Alto Perú.

Introdujo la vacuna contra la viruela. Después de la primera invasión inglesa, dispuso la aplicación temporal de un impuesto sobre el azúcar, los vinos y el aguardiente, nacionales y extranjeros, destinando estos fondos a la financiación de gastos militares.

Gestionó la ampliación y mejora de los recursos militares, haciendo saber a las autoridades de la corona española, el estado indefenso en que se encontraban “estas plazas y sus costas”, por la escasez de tropas, la falta de fortalezas y la insuficiencia de armamentos y vestuarios”. Envió a España los planos de las fortificaciones proyectadas para Montevideo.

Informó sobre el estado de la artillería, el armamento y las municiones que existían en los puertos del sur y en las Islas Malvinas. Requirió con insistencia el aumento del número de reclutas y la mejora de los sueldos de la tropa. Autorizó el “corso” contra naves británicas y gestionó el auxilio eventual de la escuadra francesa como aliada de España.

En 1806, mientras se hallaba presenciando una función teatral en el Teatro de La Comedia, fue informado del desembarco de una poderosa fuerza invasora de los ingleses en Barragán y acusado de no haber tomado las providencias que hubieran impedido semejante agravio a la soberanía de la corona española sobre estos territorios y de haber tenido una conducta indigna, luego de producido éste, fue depuesto por una Junta de Guerra, mediane una Resolución dictada el 10 de febrero de 1807, que decía en sus considerandos:

“En la muy noble y muy leal Ciudad de la Santísima Trinidad, Puerto de Santa María de Buenos Aires, a 10 de febrero de 1807: los Señores del Tribunal de la Real Audiencia, los señores Fiscales de lo Civil y Criminal, Contadores del Real Tribunal de Cuentas, Intendente y Ministros de Real Hacienda,  Muy Ilustre Cabildo, Jefes y Comandantes Militares, Real Consulado y Vecinos que firman;

Dijeron: que mediante haberse acordado y resuelto que el Señor Marqués de Sobremonte cese por ahora desde la intimación de este auto, en el uso y ejercicio de los cargos de Virrey, Gobernador y Capitán General de estas Provincias del Río de la Plata, por considerarlo preciso para la defensa de la tierra, y conservación en ella de la Sagrada Religión, que quieren extirpar y extinguir los Ingleses enemigos de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, se le haga saber no use ya más de dichos cargos, hasta que Su Majestad, noticiado y bien instruido de todo, resuelva lo que tenga por conveniente, se asegure la persona de dicho Señor Marqués con el debido decoro, se le tomen todos sus papeles, cartas y correspondencia. Firman al pie los asistentes a la Junta General (Archivo General de la Nación. División Colonia, Sección Gobierno, Real Audiencia de Buenos Aires, 1806-1809)

Sobremonte es sometido a un nuevo Juicio
SOBREMONTE, luego de ser depuesto en 1806 del cargo de virrey del Río de la Plata por una Junta de Guerra y oficialmente destituído el 10 de febrero de 1807, se dirigió a Montevideo y luego se radicó en España.

En 1813, considerando que no habían sido tenido en cuenta todas las circunstancias que podrían haber puesto en evidencia su inocencia de los cargos que se le habían imputado, logró que se lo sometiera a un nuevo juicio con la intervención de un Consejo de Guerra y en esta oportunidad, resultó absuelto, luego de un proceso que fue muy discutido, porque se afirmó que los testimonios en su contra no fueron tomados en cuenta y que sólo lo declarado por SEBREMONTE se dio por cierto.

Y cuál fue el descargo del virrey depuesto?. Dicen las crónicas que SOBREMONTE declaró que cuando los ingleses atacaron a Buenos Aires, no estuvo dispuesto a perder el virreinato, sólo porque hubiera caído la capital. Su retirada a Córdoba, que justificó que se lo tildara de inepto y cobarde, la fundamentó en la necesidad de poner a salvo los caudales públicos de la segura rapiña que seguiría a la toma de Buenos Aires y la conveniencia de alejarse del escenario de las acciones, para organizar la necesaria reconquista de la ciudad, cosa que hizo, pues en sólo 18 días logró armar un ejército de tres mil hombres con los que llegó a Buenos Aires el 15 de agosto, tarde para cumplir con ese objetivo, pues ya, mediante una reacción inesperada y heroica del pueblo de esa ciudad, los invasores ingleses, ya habían sido derrotados.

Lo cierto es que el marqués, que entonces tenía 68 años, poseía a su favor una excelente foja de servicios. Había combatido muchas veces en defensa de su país y como virrey realizó numerosas obras públicas, facilitó el comercio y apoyó la industria, formalizó acuerdos con grupos indígenas e introdujo la vacuna contra la viruela.

En 1814 el rey lo ascendió a mariscal de campo y lo nombró Consejero de Indias. A los 75 años, viudo desde hacía mucho tiempo, volvió a casarse con una dama mucho menor que él. Su familia se opuso considerando que era una locura senil, ya que la novia no poseía ni un centavo. Sobremonte murió muy pobre en 1827 (ver Destitución de Sobremonte).

SOBREMONTE y el cuento del tesoro robado
El llamado “misterio de los dineros de la corona”, referido a la controvertida actitud del virrey SOBREMONTE, que al enterarse de la invasión de los ingleses a Buenos Aires el 24 de junio de 1806, huyó llevándose los dineros de la corona, es algo que la Historia aún no ha podido dilucidar.

El virrey SOBREMONT quiso robarse el oro que se llevó la noche del 27 de junio de 1806, quiso ponerlo a salvo de la codicia de los ingleses o quiso apropiarse de él para enviárselo al rey de España?.

Son tres interrogantes que merecen quizás más de tres respuestas y conclusiones, que hoy, luego de más de dos siglos, continúan sin respuesta.

Porque los hay, los que como los porteños, no tuvieron dudas acerca de las intenciones del virrey fugitivo cantando por las calles “¿ Ves aquel punto lejano que se pierde tras el monte/es la carroza del miedo/con el virrey Sobremonte. La invasión de los ingleses le dio un susto tan cabal/que buscó guarida para él y el capital”.

Y los hay también, los que no ponen en duda sus buenas intenciones, frustradas desgraciadamente porque los ingleses se apoderaron más tarde de esos bienes y los enviaron a Inglaterra (ver El tesoro de Buenos Aires).

De lo que no hay duda es de que la noche del 24 de junio de 1806, el virrey RAFAEL DE SOBREMONTE Y NÚÑEZ, marqués de SOBREMONTE estaba en el Teatro de la Comedia. Esa noche su futuro yerno JUAN MANUEL MARÍN, comprometido con su hija MARIQUITA cumplía años y con ese motivo se había organizado una velada de Teatro con la presentación de la obra “El sí de las niñas” de MORATÍN.

Mientras SOBREMONTE, emperifollado y sonriente, feliz ante las lisonjas de su entorno, seguía en el Teatro, los ingleses ya hundían sus botas en las barrosas orillas del Plata a la altura de Punta Lara y avanzaban sigilosos hacia el Fuerte del desprevenido poblado de Santa María de los Buenos Ayres con la intención de tomar esa plaza.

Al otro día, SOBREMONTE presidió un banquete en honor al futuro de su hija. Fue una bacanal. Comieron durante ocho horas sin parar, y el menú era impúdico: rodajas de pan remojadas en caldo de buey recubiertas con cebolla y ajos dorados en carne vacuna. Costillas de vaca asadas y chorizo ahumado. Perdices en escabeche. Gallina cocida con legumbres y papas, cocido de cordero, olla podrida (una suerte de puchero muy espeso), caldo de vaca y finalmente, pastelería de toda clase.

Entre bocado y bocado, un edecán se acercaba al virrey y le susurraba un parte con el movimiento de los británicos. SOBREMONTE ya tramaba cómo habría de escapar de esa amenaza, llevándose consigo todo el oro de la Corona. Y así fue.

El marqués don RAFAEL DE SOBREMONTE, sin esperar la llegada de los ingleses, que ya habían cruzado el Riachuelo, ingresando por el Paso de Barracas, el 27 de junio se fugó por las puertas de atrás de la ciudad con nueve mil on­zas de oro tambaleándose arriba de un carretón, y con un millón de pesos fuertes en barras de plata de propiedad de la Corona española, todas acomodadas aparte en siete carretas furtivas cercada por un cordón de tropas de artillería, con rumbo a Luján.

Los hombres y las mujeres de Buenos Aires conquistada se las tuvieron que arreglar a solas y sin dinero contra los británicos y como cuentan los libros escolares, los desalojaron a fuerza de aceite hirviendo y del coraje de las milicias acaudilladas por SANTIAGO DE LINIERS y el español MARTÍN DE ÁLZAGA.

Sin embargo, el virrey acobardado, al fin y al cabo no deseaba quedarse con el dinero. Se lo había llevado, tratando de salvarlo para la corona, es decir, quiso despojar de ese tesoro a sus verdaderos dueños: los habitantes de Buenos Aires que, en rigor, eran los que habían producido aquel tesoro con su trabajo y tributando impuestos.

SOBREMONTE escondió el tesoro en los sótanos de la Iglesia de Luján, pero hasta allí se allegaron los ingleses y bayonetas en mano, reclamaron el botín. Lo volvieron a subir a los carretones, lo llevaron nuevamente a Buenos Aires, lo embarcaron en una de sus naves hacia Londres, lo depositaron en el Banco de Londres y luego, vueltos y vencidos a Inglaterra, se lo repartieron, como mandaba entonces la historia  de Gran Bretaña. El botín fue al fin para la corona, pero no para la española, ni para los bolsillos del virrey, sino para la corona inglesa.

Sobremonte, héroe o villano?
Acaso hubo más de un marqués de Sobremonte?, se pregunta el historiador Enrique Mario Mayochi y así explica sus dudas.

Mientras en Córdoba es tenido por uno de sus gobernadores más dignos de memoración, en Buenos Aires se lo sigue condenando al olvido por su infeliz papel ante el invasor inglés de 1806 y 1807. Don RAFAEL DE SOBREMONTE -tercer marqués de Sobremonte, nacido en Sevilla en 1745, llegó a Buenos Aires para ser Secretario del Virreinato de Buenos Aires, cuyo titular era el mexicano Juan José de Vértiz.

En 1783, ostentando el grado de coronel, se lo designó gobernador intendente de Córdoba, territorio que abarcaba, además de la provincia homónima, las de La Rioja, San Juan, Mendoza y San Luis. Ejerció el cargo trece años, haciéndolo con una eficacia digna de encomio.

Al llegar a su nuevo destino, inició la visita anual que estaba obligado a realizar y en los años siguientes logró para la ciudad de Córdoba triplicar los ingresos, implantar el alumbrado público, reglamentar el aseo y la limpieza de las calles, establecer una sala o enfermería para mujeres, echar las bases del primer paseo público e iniciar las obras del acueducto para abastecer de agua a los vecinos por medio de fuentes públicas.

Activo y diligente, intensificó la organización de las milicias, construyó fortines, mejoró las defensas contra los indios y promovió la educación escolar. No es de extrañar, por lo tanto, que aún se lo recuerde agradecidamente en Cór­doba, donde, entre otros homenajes a su memoria, funciona un museo en la casa que habitó.

Por decisión real de 1797, SOBREMONTE cesó como Gobernador de Córdoba para tomar el empleo de Subinspector general de las tropas veteranas y de las milicias rioplatenses. Ya en ejercicio del nuevo cargo, informaría al rey que su constante actividad en favor de la organización de esas milicias, había conseguido que alcanzaran un estado de disciplina e instrucción no logrado en los cuarenta años precedentes.

Tras la muerte del virrey JOAQUÍN DEL PINO, en 1804 le cupo a SOBREMONTE sucederlo interinamente en el cargo, para el que fue confirmado poco después. Y aquí se iniciaron sus penares porque si en el orden local pronto comenzó a no tener buenas relaciones con el Cabildo, en el orden internacional se suscitó una nueva guerra entre Inglaterra y España.

Ante el posible peligro cierto de un ataque, don Rafael se desdijo de anteriores manifestaciones y comunicó a la Corte de Madrid que eran insuficientes las fuerzas militares con que contaba y cuando en 1806 llegaron los ingleses, no precisamente en son de pacíficos visitantes, el virrey inició una serie de desaciertos en lo político y en lo militar.

Por lo pronto, su decisión de salir de Buenos Aires y tomar el camino de Córdoba, decisión que podía ser defendida a la luz de las normas vigentes, mereció del pueblo esta socarrona cuarteta: «¿Ves aquel bulto lejano/ que se pierde atrás del monte?/ Es la carroza del miedo/ con el virrey Sobre Monte».

La situación del mandatario se complicó aún más al año siguiente, al atacar los invasores por segunda vez y apoderarse de Montevideo en febrero de 1807. Como consecuencia, de esta poco feliz actuación, SOBREMONTE fue depuesto y recluido, permaneciendo en Buenos Aires hasta 1809, año en que se marchó a España.

Allí logró que un consejo militar, formado por amigos suyos, dictaminara sobre su conducta durante las inva­siones al Plata. Bien amañado el proceso, los jueces sentenciaron en 1813 que correspondía absolver «de cargo al expresado señor marqués de Sobremonte, y manifestar que llenó sus deberes en la parte gubernativa y militar y por consecuencia no debe perjudicar la formación de este proceso a su buena opinión y fama, ni servir de obstáculo a sus anteriores méritos y carrera.

Dispensado así de culpa por sus amigos, prolongó su existencia hasta los 81 años, edad a la que murió en Cádiz. En España lo absolvieron y en Córdoba honran su memoria, pero Buenos Aires es mucho más dura con él. No lo recuerda ni con el nombre de una calle, como esa que en el barrio de La Paternal lleva por nombre Virrey Cisneros, también depuesto, pero más honrosamente. Curioso caso, realmente, el de este militar, apto para el gobierno civil, pero carente de aptitudes para lucir en el arte de la guerra.

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