OTAMENDI, NICANOR (1823-1855)

Como tantos argentinos de su tiempo NICANOR OTAMENDI (imagen) fue militar más por imposición de circunstancias que por natural vocación. Pero cuando la Patria necesitó de su brazo, supo ser digno de su estirpe y de aquella raza de hierro que forjó nuestra nacionalidad. Había nacido en Buenos Aires el 5 de agosto de 1823 en el hogar de los esposos JOSÉ MARTINIANO OTAMENDI y JUANA PEREIRA Y ARÁMBULO. Desde muy joven trabajó en los campos de propiedad de su padre y cuando a fines de 1852 estalló la llamada “Rebelión de Lagos”, OTAMENDI se alistó en las fuerzas que al mando del coronel don PEDRO ROSAS Y BELGRANO marcharon en auxilio de la ciudad de Buenos Aires, sitiada por los sublevados.

Fotos Viejas de Mar del Plata: COMANDANTE NICANOR OTAMENDI

La columna, engrosada por grupos de voluntarios, llegó a 1a Laguna de Lastra, al noroeste de Dolores, en cercanías de la Estancia “Juancho”, propiedad de JOSÉ EULALIO MIGUENS, donde obtiene un pequeño éxito sobre una partida rebelde y el 22 de enero se produce el choque decisivo entre los insurrectos al mando del general GREGORIO PAZ y la tropa que comandaba el Coronel ROSAS Y BELGRANO. La suerte del combate librado en el Rincón de San Gregorio. favorece a los rebeldes, quienes capturan a ROSAS Y BELGRANO, degüellan al coronel FAUSTINO VELAZCO y toman prisioneros o dispersan a los gauchos que componían la división auxiliar

En San Gregorio, NICANOR OTAMENDI perdió a su hermano menor Belisario (tenía 25 años) y a su primo Dalmiro y él mismo, dominado por sus propios hombres que defeccionaron ante la orden de ataque que había impartido, cae prisionero junto a con un joven de 18 años llamado JOSÉ HERNANDEZ, el mismo que más tarde se destacará como autor del “Martín Fierro”. Los oficiales prisioneros fueron enviados al ejército de LAGOS y los soldados incorporados a las fuerzas del Coronel COSTA, que se unió también al sitio de Buenos Aires, permitiendo así que LAGOS cerrara el cerco sobre la capital.

Después de liberado, el 5 de marzo de 1853, a su solicitud se retira del servicio activo hasta que en marzo de 1854, debido a la grave situación creada por las invasiones de los nativos en el centro y sur de la provincia de Buenos Aires, se solicita su concurso. Con el grado de Teniente Coronel de los Guardias Nacionales, OTAMENDI pasó a servir en las fuerzas del General HORNOS y fue destinado a la frontera interior para luchar contra los aborígenes araucanos que respondían a CALFUCURÁ y CATRIEL, prestando su concurso en la defensa organizada para rechazar las incursiones indígenas. En 1855 operó en combinación con las fuerzas del coronel EMILIO MITRE batiendo a las indiadas comandadas por los caciques citados y cuando el Coronel LAUREANO DÍAZ fue cercado por CALFUCURÁ, acudió en su auxilio.

En setiembre de 1855, luego de que fuerzas de CALFUCURÁ invadieran las estancias próximas al Cantón de San Antonio, el ministro de Guerra, Coronel BARTOLOMÉ MITRE, quien, habiendo previsto ya con anterioridad estos ataques, dispuso que el Comandante NICANOR OTAMEDI (imagen), al mando de una fuerza compuesta de 80 hombres de su Escuadrón y 50 Húsares al mando del Capitán CAYETANO RAMOS, marchara hacia San Antonio de Iraola.

El 11 de setiembre OTAMENDI y su tropa llegan al Cantón que ya había sido abandonado por su antigua guarnición y allí se instalan. Cuando amanece el 13 de setiembre, comienza a colorear los campos del oriente, una fuerza de más de dos mil aborígenes rodeando el corral de palo a pique donde OTAMENDI y sus hombres han tomado posición, encerrándose en él, junto con sus caballos.

OTAMENDI y sus hombres resisten uno y otro ataque de la indiada hasta que los caballos enloquecidos dificultan su defensa y se ven obligados a salir a camp abierto. OTAMENDI, entero y sereno, se multiplica tratando de sostener una resistencia desesperada. Indios y cristianos, cuerpo a cuerpo se acuchillan sin cuartel. Los soldados, vendiendo caras sus vidas humildes y heroicas. Los pampas, seguros de la victoria que les da su número abrumador.

Ya lanceado, aturdido a golpes de bola, el joven y valeroso Comandante se está muriendo junto a la puerta que ha defendido hasta su último aliento. Cuando cae por fin, su segundo, el Capitán RAMOS asume el mando y con un grupo de sus hombres se abre paso y pelea fuera del corral hasta quedar él también tendido cribado su cuerpo por múltiples lanzazos. Solo cuando el escuadrón entero yace cadáver, cesa la lucha (ver El escuadrón inmolado)

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