OPINIONES. PRILIDIANO PUEYRREDÓN

“Ubicar a Prilidiano Pueyrredón  como héroe arquetípico del arte de los argentinos, supone rendirle un justiciero homenaje y si bien, cronológicamente ese honor le pertenece a Carlos Morel, nacido diez años antes, es Pueyrredón, quien por la representatividad de su obra, ha ganado ese lugar de preeminencia, así como  lo lograra Hernández, aunque haya habido otros grandes poetas gauchescos antes que él”

Aceptar este juicio valorativo respecto de la obra de Pueyrredón, supone además, reconocer méritos no discutibles al crítico José León Pagano, quien con justificado orgullo, anota como Prólogo a su doble estudio del artista, en su “Historia del Arte de los Argentinos”: “Me corresponde el honor de haber situado al artista y de haber vindicado al hombre”.

Lo cierto es que en torno al ingeniero, arquitecto y pintor argentina, se había tejido algo así como una leyenda negra en la que se le atribuía un carácter hipocondríaco y un modo de ser hostil para sus congéneres. Nos cuesta adivinar que buena parte de esa hostilidad, que tuvo lugar, pero más bien a la inversa y concentrada en espíritus mezquinos (como siempre), se debió a algunas telas juzgadas escabrosas para tales sensibilidades y en las que el “muy enérgico y repudiable” Pueyrredón, plasmó maravillosos desnudos, de no poca sensualidad, en lo que se refleja su más que lozana alegría de vivir.

Retrato de Manuelita Rosas ( c. 1851) Prilidiano Pueyrredón - José Mármol

Si hubiésemos de concentrar en una palabra la característica sobresaliente del arte de Pueyrredón, elegiríamos la palabra VIGOR. Contemporáneo de Ingres, de los románticos y realistas del siglo XIX, Pueyrredón aporta al arte de la pintura, con ese eclectisismo inteligente que caracteriza al hombre del nuevo Mundo, un vigor y una energía que recién será redescubierta en Europa, en el arte de Paul Gauguin (quien no por casualidad tenía sangre peruana en sus venas).

Ese vigor puesto al servicio de una sinceridad sin complejos, dio por resultado la magnífica serie de retratos que culminan con el de su padre, Juan Martín, primer Director Supremo y el de Manuelita Rosas (imagen), en los paisajes de sin par captación en los elementos permanentes de la naturaleza y en esos desnudos que escandalizaron a algunos de los que fueron fuente de inspiración de los grandes, desde Miguel Ángel a Renoir, pasando por Rubens y Goya (dixit Rafael Squirru en «100 hechos que hicieron la Argentina», editado por la Revista Gente y la Actualidad, Buenos Aires, 1975).

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