MALVERSACIÓN DE LA PROPIEDAD AGRARIA (1878)

La propiedad agraria fue otro tema que en la República Argentina muestra claroscuros de una naciente corrupción, que con el tiempo, pasó a ser una de las características, si no la principal, por lo menos la más excecrable  del «ser argentino».

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Concluida la Campaña del Desierto,  se realizó el reparto de las tierras recuperadas en la pampa, al sur de Buenos Aires y un acto que podría considerarse como una justa retribución a quienes ofrecieron su vida o y regaron con su sangre ese inmenso territorio, se transformó en una innoble rebatiña, que permitió el injusto beneficio para terratenientes y especuladores. Ello sucedió porque parte de dicho territorio se distribuyó entre los soldados que participaron en aquella gesta y otra le fue otorgada en pago, a los suscriptores argentinos y extranjeros del empréstito de 1878.

Según el historiador Romain Gaignard, refiriéndose a la propiedad agraria en la Argentina en su libro «L’Argentine», dice: «la aristocracia ganadera que detentaba el poder supo guardar las tierras buenas y otorgó a sus servidores las mesetas pedregosas de la Patagonia, comenzando, por lo demás, con las más meridionales y más inhóspitas». De los 56.000 certificados al portador otorgados a los soldados para obtener su atribución de 100 hectáreas, sólo fueron utilizados 100. Los restantes fueron revendidos a los comerciantes de tierras; de esta suerte los beneficiarios de la división fueron grandes terratenientes —extranjeros en su mayoría— y una masa de pequeños suscriptores que entraron en posesión de uno o dos lotes de 10.000 hectáreas.

Sobre 300 adjudicaciones localizadas en La Pampa por el nombrado Gaignard, 11 recibieron más de 100.000 hectáreas cada uno, por un total de 1.861.000 hectáreas; y 41, más de 40.000 hectáreas cada uno, por un total de 3.512.000 hectáreas. A los ingleses se les concedieron 1.550.000 hectáreas, distribuidas entre 73 beneficiarios, especialmente en la región más fértil y accesible al ferrocarril. En la década del 80 se asiste, de este modo, a un proceso de acumulación de la tierra en manos de una minoría.

La abundancia de tierras fiscales libres facilitó una enajenación que llevó al latifundio. El proceso se fue ampliando hacia regiones alejadas, lo que consolidó el valor de la tierra. Una valoración vertiginosa inicial, que causó delirante especu­lación, caracterizó la primera etapa de dicho «proceso. La inflación monetaria de 1884 no amedrentó a los especuladores: habiendo sido ya afortunados por la valorización de la tierra, «también lucraron con la desvalorización del peso», según expresa otro historiador, Thomas F. Me Gann. También SARMIENTO, para referirse  a este proceso, a fin de 1885 afirma en “El Censor”: «La prosperidad y grandeza a que ha llegado el país es el resultado de aquel esfuerzo de un gran pueblo, y no de los maulas, de pretendidos héroes que no son capaces de hacer nada que recoja la historia, si no son títulos de tierras que por su tamaño, en otros países serian naciones o provincias, condados y marquesados, con habitaciones por millones».

Fuentes: “L Argentina”. Roman Gaignard, Ed. Instituto de Desarrollo Económico y Social, Buenos Aires, 1984; La Pampa Argentina”. Roman Gainard, Ed. Soler, S.A., Buenos Aires, 1989; Crónica Argentina, Ed. Codex, Buenos Aires, 1979.; “Buenos Aires, 400 años”. Thomas F. McGann, Ed. Universidad de Texas, 2011.

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