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LOS WICHI. ABORÍGENES DE LA ARGENTINA
El pueblo “Wichí” (o «matacos», que en su lengua, significa “los humanos” (también “hombre verdadero), es una de las etnias que mejor se ha adaptado a los cambios producidos por el avance de la cultura contemporánea, a su desplazamiento territorial y a las duras condiciones climáticas de su hábitat: largos periodos de sequía durante el invierno y altas temperaturas y torrenciales lluvias en la época estival. Hoy, constituyen una de las culturas más fuertes e importantes del Gran Chaco (una extensa zona que comprende territorios de las provincias de Salta, Jujuy, Formosa, Chaco, Tucumán, Santiago del Estero y Santa Fe).
Es la población aborigen con mayor número de individuos existentes en la Argentina. De acuerdo al último “Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas”, en 2010, había 50.419 wichis en el noroeste de la provincia de Chaco, en el oeste de Formosa y en la zona del Chaco salteño (Provincia de Salta), con más del 65% de este total viviendo en localidades rurales, empujados por el avance de la frontera agropecuaria y la necesidad de encontrar zonas más aptas para su supervivencia.
La mayoría de ellos, como en el pasado, hoy reside en comunidades integradas por un número no muy grande de familias, a cuyo frente está un cacique que cuenta con el apoyo de consejos comunitarios de varones y si bien, cada parcialidad tiene su territorio de caza, comparten el territorio entre todos sus miembros, manteniendo una ancestral relación de afecto y honra para con la tierra, a la que consideran su hogar y el sagrado refugio final para sus muertos y el de sus ancestros, Tienen un profundo apego y orgullo por su idioma (hablan el wichí lhamtés, parte de la familia lingüística Mataco-Mataguaya) y se estima que el 90% de su actual población, habitualmente habla su propia lengua y lo inculca a sus hijos dese sus primeros años de vida.
De corta estatura, pero robustos y musculosos, de rostros adustos enmarcados por lacias y renegridas cabelleras, fueron llamados despectivamente por los conquistadores españoles “matacos”, que en castellano antiguo quiere decir “animal de poca monta”. Caracterizados por sus habilidades como artesanos muy creativos y un notable vínculo con la naturaleza, lo que les permitió ser maestros en las artes de la caza y la pesca y hábiles recolectores de alimentos y de plantas medicinales.
Los Wichi no conocen la prisa, son de naturaleza calmada y tímida y a causa de la conquista y la marginación sufrida, poseen una conciencia desvalorizada de su propio ser y una actitud de sumisión y desconfianza hacia el criollo o el hombre blanco. Un lugar preponderante de su estructura social lo ocupa el chaman quien detenta un gran poder. Capaz de percibir las dimensiones ocultas de la realidad y aliarse con los espíritus, es el puente entre la comunidad y lo sobrenatural; y el custodio de los mitos que explican el misterio de los hombres y del mundo.
Para ellos, la naturaleza creada por el dios “Tokaj” es la dadora primordial; la que nutre y satisface todas sus necesidades. Ella está protegida por los dioses de los seres vivientes: el señor de los peces, el dueño del monte, el padre de los pájaros. Ellos son los que castigan a aquellos que cazan o pescan de más, desperdiciando lo obtenido. Los ciclos naturales: “luna de las flores”, “luna de las algarrobas”, “luna de las cosechas” y “luna de las heladas” son su brújula.
En los meses del invierno seco, dependen del pescado de los ríos Pilcomayo y Bermejo y cuando el calor espesa la tarde, es señal de que habrá pesca. Los hombres cargan su red al hombro y marchan a lo largo de varios kilómetros. Al llegar al río avanzan en fila, caminando o nadando, empuñando la red desplegada. Cada tanto, un hombre detecta un pez, abre la red y lo atrapa. Otro se zambulle en el agua rojiza y con la mano guía al pez dentro de la red. Bagres, viejas del agua y surubíes morirán de un golpe de porra e irán a parar al morral.
En los húmedos veranos cultivan maíz, sandías, poroto y calabazas. Las mujeres y los niños son los encargados de recolectar los frutos maduros del monte y de preparar y tejer los hilos de las hojas de chaguar. Para los Wichi, las mujeres han descendido del cielo mediante una larga soga compuesta de esa misma fibra.
Al ser nómadas, y por lo tanto, no acostumbrados a permanecer mucho tiempo en un mismo lugar, nunca le dieron importancia a la vivienda. Tradicionalmente vivían en comunidades dispersas en chozas pequeñas y poco resistentes, de paja y ramas llamadas “huep”, y aún hoy, cuando su movilidad es casi nula, siguen haciéndolas con idénticas dimensiones y características.
Cuando los españoles llegaron, no les fue fácil penetrar en la región por la dificultosa geografía y el ánimo belicoso de muchos de sus habitantes; lo que preservó por algún tiempo a los Wichi y a sus vecinos del avance colonizador. Perseguidos por los recién llegados, opusieron resistencia refugiándose en el interior de sus montes. Aún en nuestros días, algunos grupos, desprendidos de las comunidades, viven internados en el bosque, manteniendo un aislamiento ancestral, son los llamados “montaraces”.
Hacia fines del siglo XIX y principios del XX, las campañas de conquista llevadas contra ellos, establecieron en territorio Wichi una línea de fortines que posibilitó la entrega de las tierras a colonos. Arrinconados y colonizados por el estado o por la evangelización, fueron compulsivamente relocalizados o incorporados a los asentamientos construidos por la iglesia anglicana, llamados “misiones”. La estrictez anglicana les prohibió sus prácticas tradicionales, festivas y chamánicas. Estas, catalogadas de bárbaras, fueron lentamente borradas de la memoria colectiva de algunas comunidades.
Los nuevos dueños de la tierra iniciaron una explotación devastadora del bosque chaqueño, proceso que perdura hasta nuestros días. Por el desmonte, la tala indiscriminada y la introducción de ganado, lo que alguna vez fue una tierra fértil llena de árboles y arbustos se convirtió en un desierto seco y arenoso. Los animales fueron desapareciendo y su medio ambiente se fue desertificado drásticamente. La usurpación de sus tierras les generó estancamiento y pobreza, pero aún hoy, los Wichi oponen resistencia. A pesar de la paulatina y alarmante pérdida de su identidad cultural, conservan su lengua y muchos aún practican la recolección de frutos y miel del monte, cazan y pescan. Durante todo el año, los hombres, grandes apicultores y cazadores, caminan largas horas en busca de miel y de animales silvestres como venados, armadillos, iguanas y pécaris. (ver Pueblos aborígenes de la Argentina).
Otros trabajan en obrajes madereros, en desmontes o como cosecheros temporarios en campos ajenos. También producen artesanías. Tallan la madera de palo santo, tejen con fibras de chaguar y hacen una alfarería utilitaria que venden como artesanía en los centros urbanos.
Algunos migraron, otros ocupan tierras marginales situadas en las cercanías de los poblados, en medio del monte o sobre la ribera del Pilcomayo y Bermejo. Al mando de líderes tradicionales y elegidos por la comunidad, comparten con otras etnias el resurgimiento de la lucha por la tierra y participan con sus representantes en el espacio reconocido por las leyes del aborigen. Su legado es su sabia cosmovisión que vibra en unidad con la naturaleza y nuestro desafío es rescatar y preservar su valor.