LOS VIEJOS MATEOS DE BUENOS AIRES

Mateos es el nombre con el que en la Argentina, se conocen esos entrañables coches tirados por un caballo que aún recorren las calles de Buenos Aires. Precursores de los modernos “taxis”, siguen llevando el amor de una pareja, el sueño de algún noctábulo o el apasible deambular por los bosques de Palermo de viejos porteños.

 

A mediados del siglo XIX eran el medio de transporte preferido por las clases altas en las principales capitales de Europa como París, Londres, Berlín o Viena y fue entonces que comenzaron a verse por las calles de Buenos Aires, traídos quizás desde Francia, no se sabe por quién ni porqué.

Con características particulares, pero idéntica prestación, se los llamaba “calesa”, “fiacre”, carroza, carruaje, cupé, galera, volanta, cabriolé, break, victoria. Coches de punto, en España, y después, Simón, por Simón González, pionero en el oficio según licencia del mismísimo Fernando VI. Aquí en Buenos Aires se los llamaba coches de plaza”, porque tenían su parada principalmente en Plaza de Mayo y Constitución, Lorea o Miserere, esquinas céntricas, terminales de trenes y zonas portuarias, pero en 1923 la influencia de una obra de teatro les cambió el nombre para siempre. La obra se estrenó en mayo de ese año en el Teatro Nacional. La había escrito ARMANDO DISCÉPOLO (el hermano de Enrique Santos) y contaba algo de la dura vida de don Miguel, un inmigrante italiano que veía cómo la merma en su trabajo complicaba su existencia. Entonces el hombre volcaba sus penurias hablándole a Mateo, el viejo matungo de su carruaje. Fue tanto el impacto popular que tuvo, que desde entonces a esos carros, se los llama “mateos”.

Se los veía siempre en los alrededores de las plazas más importantes, como Constitución, Miserere, Congreso o de Mayo. Por eso algunos los llamaban “placeros y en sus comienzos constituyeron un  gremio tan rebelde que a sus miembros,  un escritor los denominó “jacobinos de cuatro ruedas.

Equipados con mullidos asientos forrados en cuero, negras capotas que protegían del rocío y con elásticos de buen hierro debajo de la carrocería, para amortiguar el traqueteo sobre el adoquinado porteño, su función podía variar entre llevar desde una estación de trenes a un recién arribado a la Ciudad, con sus sueños y esperanzas, hasta transportar a algún dandy porteño, tanto a la llegada como a la salida de una milonga en Palermo. Es que, desde 1850, las “victorias”, tiradas por un solo caballo y a cargo de un cochero, estaban incorporadas al paisaje de Buenos Aires tanto como nuestro Tango. En 1866 apareció una ordenanza para reglamentar su actividad. Entre otras cuestiones, se establecía que, para circular de noche, debían llevar faroles encendidos cuando no hubiera luna llena. Aquellas luces funcionaban con carbono.

“Los últimos cinco años del siglo XIX y los doce primeros del siglo XX, fueron la edad de oro de los “Mateos” en Buenos Aires, en 1900, ser cochero de plaza era ser ambicioso y picar alto por tratarse de una de las ocupaciones más rendidoras” dijo en un reportaje Juan Bernárdez, un cochero de 78 años, que fue el más veterano de los cocheros en actividad. En 1900, ya había más de 10 mil. En 1952 quedaban 300 y hoy tan solo quedan 15″.

Los mateos empezaron a entrar en la historia cuando el servicio de tranvías llenó la Ciudad y los “autos de alquiler con reloj taxímetro” (como se denominaba a los taxis) coparon la parada del transporte urbano, previo auge de los colectivos. En 1921, con la llegada de los autos norteamericanos y europeos, el trabajo de los cocheros pasó a un segundo plano;

La prohibición de la tracción a sangre en la Ciudad, sancionada en 1960, casi los hizo desaparecer de nuestras calles. Hoy todavía hay algunos que se lucen en las dos paradas que mantienen como bastiones de aquel tiempo: frente a donde estaba la entrada principal del zoológico (en las avenidas Las Heras y Sarmiento) y frente al gran Monumento de los Españoles (avenidas Del Libertador y Sarmiento). Desde allí, utilizados generalemete por los turistas, siguen al trotecito lento por la zona del Rosedal en un paseo con mucha nostalgia para los mayores y mucho asombro para los más chicos, acostumbrados a las velocidades del siglo XXI. Eso sí: en todos los mateos están incluidos los dibujos de los históricos filetes porteños, un arte popular que en su origen tuvo alguna influencia europea pero que es tan argentino como el dulce de leche.

Para estos carruajes quedó lejos la época en que las familias patricias, con cochero incluido, los tenían como un símbolo de su buen pasar, los tiempos de llevar parejas de enamorados y hasta quizás algún calavera porteño que algo achispado, salía de Armenonville buscando la seguridad del “mateo” amigo que lo llevara a su casa. La expansión de la Ciudad también los fue dejando fuera de juego, como a tantas otras costumbres, personajes y lugares que fueron como luminosas estrellas, y que también como ellas,  brillaron un tiempo con todo su esplendor, para caer luego en un olvido reminiscente.

El corralón también es historia. Todos los mateos tienen un mismo destino cuando se acaba el día: los corralones. Allá van, luego de una larga jornada, quizás sin traer a sus hogares el dinero suficiente y con las manos cansadas de sostener las riendas durante largas horas al sol o bajo la lluvia. Un lugar que huele a campo en plena ciudad, con sus establos, el olor de sus arneses y los carros quietos, conformando todo, un escenario que fue característico de viejos barrios porteños como Palermo y el bajo Belgrano. Y para referirnos a ellos, vale reproducir las palabras de un viejo cochero porteño: “El sol apenas raya la mañana porteña y un señor con el torso desnudo abre el amplio portón verde de la avenida Dorrego al 400. Ocho mateos, 10 caballos, 9 petizos, 3 cabras y decenas de gallinas, dan sus buenos días, y el toque casi exótico del corralón nos quita el sueño. Pascual Galati, 37 años, 4 hijos, empieza la charla hablando de su padre y su abuelo: «Mi abuelo fue un pionero de los mateos y de él heredó mi padre los carros. Mi viejo, Esteban Galati, estuvo 61 años en el pescante; empezó a los 13 años y a esa misma edad, yo me inicié acompañándolo.»

Con un crique de muescas largas, casi de museo, Pascual levanta el carro y quita las ruedas traseras. «Para mí este trabajo forma parte de una tradición y quizá por eso cuido tanto a los coches; no se trabaja por lo que se gana, que es muy poco; se lo hace por lo que uno siente. . . » La fila de mateos cubiertos con nylon para protegerlos del rocío de la madrugada, le trae a Pascual una imagen de su infancia. «Cuando era pibe -dice- conocí el corralón de la calle Constitución: ocupaba toda una manzana y tenía dos entradas: allí guardaban 100 carruajes y había más de 100 caballos. Era algo indescriptible”.

Hoy apenas quedan dos corralones en todo Buenos Aires, y esta peculiar forma de ganarse la vida, atrapa a estos personajes. “Tengo 4 hijos -dice Pascual- y a ellos también les gusta venir a quedarse mirando los caballos y los mateos.» Pascual reparte sus días entre los mateos y una camioneta con la que hace fletes, «creo que voy a morir cuidando los mateos, y quizás alguno de mis hijos los siga cuidando. Pero si no fuera por la camioneta, éste no es un trabajo que permite mantener a una familia. Antes sí: con los mateos nos crió mi padre.»

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