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LOS ESTADOS UNIDOS Y EL COMERCIO INGLÉS EN EL RIO DE LA PLATA (1824)
A poco de dejar de ser colonia, Inglaterra ya deja en claro su interés por el comercio con estas tierras y en 1811 instala en Buenos Aires, la que fue.¡ la primera «Sala de Comercio» que funcionó en el Río de la Plata.
Apenas comenzado el siglo XIX, casi todos los comercios establecidos en Buenos Aires, se dedicaban a la importación y exportación. Importaban productos manufacturados, maquinaria y equipos para la explotación minera, maquinaria agrícola, productos suntuarios, productos veterinarios y para la explotación agropecuaria, productos farmacéuticos, etc. y exportaban cueros de vaca, de caballo, de carnero y de nutria, cerda de potro y de vaca, sebo, lana, tasajo de carne (salada y seca) y plata en barra sellada.
La inmensa mayoría de los buques que entraban al puerto de Buenos Aires eran de bandera inglesa y en menor medida norteamericana, francesa, sueca, sardas, danesa y alemana y así fue hasta el año 1824, cuando las naves norteamericanas superaron a las inglesas, quizás debido al boom que significó la importación de harina que se hizo por aquellos años.
Para atender tan exuberante y rendidor comercio, en 1811, los ingleses instalaron en la actual calle 25 de Mayo, en la casa de una tal señor Clark, una “Sala de Comercio” y en 1829, el señor Love, redactor del periódico “British Packet” estableció el “Buenos Aires Commercial Rooms”, un centro de operaciones para manejar los negocios que los ingleses tenían en la colonia, al que también pudieron acceder algunos comerciantes criollos, cuyas actividades estaban vinculadas con ellos (Material extraído de “Cinco años de residencia en Buenos Aires”, de George Thomas Love y viejas páginas de un libro, quizás escrito por descendientes de Santiago Wilde).
A las ya nombradas empresas de capital norteamericano, “Zimmerman y Cía., “Suward y Cía”. y “M’ Calli Ford Co.”, debemos consignar que en aquellos años ya funcionaban a pleno las inglesas Green and Hodgson Co., la Jump and Priestley Co., la Stewart and M‘ Call Co., la John M’ Dougall & Co, John Harratt & Co., M‘Crackan and Jamieson Co., Dickson, Montgomery, & Co. Miller, Eyes, and Co., Miller, Robinson, & Co., Winter, Britain, & Co., Plowes, Noble, & Co., Duguid and M‘ Kerrell., Bertram, Armstrong, & Co., Heyworth and Carlisle Co., William P. Robertson & Co., Anderson, Weir, & Co., Tayleure, Cartwright, & Co., William Hardesty & Co., Joseph and Joshua Thwaites Co., John Gibson & Co. y Hugh Dallas & Co.
En 1823, según se lee en “The Englis in South América”, una obra de los señores Mulhall editada en aquella época, había en Buenos Aires, 3.500 ingleses y 40 casas de comercio establecidas, mientras que se calculaba que el total de habitantes en la provincia de Buenos Aires, era de 200.000 personas.
La presencia de una colectividad inglesa, notoriamente más numerosa que de las de otras naciones, le significó algunas prerrogativas y “ventajas”, que no siempre fueron aceptadas por las demás colectividades. Un trato preferencial en cuanto al manejo de su correspondencia, la libre (aunque no autorizada) circulación de su moneda, la disponibilidad de un Cementerio con Capilla propios (1821), la construcción de un Templo protestante que se instaló en 1824, fueron algunos de estos “beneficios” que disfrutaron los ingleses por el solo mérito de ser muchos los que decidieron unir sus destinos al de esta joven y aún no formalizada nación.
Por otra parte, la presencia de esta numerosa colectividad trajo “la moda” de estudiar el idioma inglés, ya que como casi todos sus integrantes se dedicaban al comercio, muchos jóvenes comenzaron a estudiar inglés para mejorar sus posibilidades de participar en sus negocios o para obtener trabajo en sus empresas.
No fue el caso de Manuel Belgrano que había aprendido ese idioma mientras estuvo en Inglaterra, ni de Miguel José Sabelio de Riglos Lasala que se educó en Gran Bretaña, ni de Manuel de Sarratea cuyos cargos diplomáticos en Rio de Janeiro, Madrid y Londres le permitieron aprender ese idioma.
El 25 de noviembre de 1824, el diplomático estadounidense JOHN MURRAY FORBES, quien desde 1820 hasta 1831 representó a su país en Buenos Aires, en tiempos que el General MARTÍN RODRÍGUEZ ejercía el gobierno de Buenos Aires y BERNARDINO RIVADAVIA era su Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, le envió a JOHN QUINCY ADAMS, Secretario de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica la siguiente carta:

“A John Quincy Adams, Secretario de Estado.
Buenos Aires 25 de noviembre de 1824
El constante crecimiento de la influencia británica aquí, es cosa difícil de imaginar. Su origen político está en los deseos de esta gente de obtener el reconocimiento de su independencia por parte de los ingleses, y su motivo comercial, debe encontrarse no sólo en la riqueza individual de los comerciantes ingleses, sino en el hecho de que controlan prácticamente las instituciones públicas, y muy especialmente un Banco gigantesco, que a través de los favores que concede a los comerciantes necesitados, ejerce el más absoluto dominio de las opiniones de ese grupo y su influencia se hace todavía más poderosa porque los ingleses adquieren a menudo grandes estancias en el campo.
«En síntesis, no es exagerado afirmar que Inglaterra deriva de este país y de Chile todos los beneficios de una dependencia colonial, sin tener que incurrir en los desembolsos ni asumir las responsabilidades de una administración civil y militar. Puede fácilmente imaginarse cuan vejatorio y humillante es para una persona que, como yo, conoce bien las bendiciones que nuestro Gobierno ha extendido a este pueblo olvidadizo, llegar a la convicción y sentir diariamente los efectos de la inmerecida y corruptora influencia de Inglaterra, que nada ha hecho, sino agotar y extirpar los recursos del país, con un inmenso y agobiante comercio».
«Bien que estos insaciables monopolistas comercien aquí por lo menos, cuatro veces más que los Estados Unidos, sin embargo, organizando planes para ponernos completamente fuera de competencia. De nuestro comercio, los únicos artículos que rivalizan en alguna medida con las manufacturas británicas, son algunas sedas de la China, algodón de las Indias Orientales y algunos de nuestros artículos de manufactura doméstica muy barata, como son las ropas de algodón ordinario».
En cuanto a este último artículo, apareció en este mercado (uno o dos años antes de la llegada de Mr. PARISH, el Cónsul británico, provocó una alarma inmediata entre los principales agentes de los manufactureros británicos. Se convocó a una reunión, se tomaron muestras que se mandaron a Inglaterra para su imitación y un individuo declaró que él gastaría die, veinte y hasta treinta mil libras, si fuera necesario, para desalojar estas mercaderías “yankees”.
Han hecho una imitación de colores, de apariencia similar, pero los minoristas y los compradores, pronto descubrieron una gran diferencia de calidad” del artículo, siendo el nuestro, mucho más fuerte y mejor, pues la materia prima nos cuesta más barato” (ver El comercio con Gran Bretaña).