LA VICTORIA NO DA DERECHOS (1870)

Fue MARIANO ADRIÁN VARELA CANÉ (imagen), un abogado, jurisconsulto, periodista y político nacido en Montevideo el 5 de marzo de 1834, pero de prolongada actuación en la política y la función pública argentina, quien dijo “La victoria no da derechos”.

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Así se expresó, luego de haber ejercido durante dos años como Ministro de Relaciones Exteriores durante la presidencia de DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO, cuando al finalizar la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay, el Imperio de Brasil, basándose en los términos del Tratado de la Triple Alianza que habían firmado Argentina, Brasil y Uruguay antes de comenzar esa contienda, pretendía imponerle al Paraguay, nuevos límites territoriales. Adelantándose a la opnión adversa de sus aliados, Brasil negoció por separado sus límites con el gobierno paraguayo, perjudicando notablemente las pretensiones argentinas a este respecto (ver Guerra con Paraguay. Se sabrá la verdad alguna vez?).

VARELA CANÉ, ya antes, cuando las fuerzas aliadas se disponían a entrar a la capital paraguaya, había escrito: «Si con Paraguay aniquilado somos hoy exigentes, no esperemos simpatías cuando ese pueblo renazca. Esperémoslas, si lo contemplamos en sus desgracias, a pesar de los enormes sacrificios y de la sangre derramada (…). Sus palabras fueron proféticas, pues las fuerzas imperiales, entraron a sangre y fuego en Asunción y la Historia de esa contienda se vió manchada así, por el brutal comportamiento que tuvieron los vencedores para con sus vencidos.

A pesar de que ni MITRE ni las tropas argentinas ni uruguayas, participaron  en la toma de Asunción, llamado a opinar acerca de estos dichos de VARELA CANÉ, dijo que “el Gobierno Argentino no podía sostener que la victoria no daba derechos, cuando, precisamente había comprometido al país en una guerra para confirmarlos con las armas.  Que si la victoria no daba derechos, la guerra  no había tenido razón de ser, puesto que, en definitiva, ella no había resuelto nada, y todo venía a quedar en el “statu quo bellum”.

Que sostener tal doctrina, era asumir ante el pais una tremenda responsabilidad, declarándole que su sangre derramada, sus tesoros gastados, todos sus sacrificios hechos, no habían tenido más objeto que volver a poner todo en cuestión. Que en tal caso, el Tratado de Alianza no tendría razón de ser  y se rompía la solidaridad  entre los aliados, que la habían llevado a cabo hasta triunfar unidos.

Que conforme en que deberíamos ser generosos con el vencido, no debíamos elevar esta generosidad a la categoría de principio absoluto, declarando que la victoria no da en ningún caso derechos, por cuanto esto no sólo hacía perder las ventajas adquiridas, a costa de grandes esfuerzos, sino que también condenábamos la guerra misma, por el hecho de declarar que se habían derramado los tesoros y la sangre del pueblo argentino para restablecer las cosas  al estado anterior, quitándonos así hasta el mérito de la generosidad”.

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