LA SUDESTADA

La sudestada es un viento frío, húmedo y muy violento proveniente del sur (del cuadrante del sureste),  que se origina en el litoral pampeano. Exclusivo de la llamada «Región del Río de la Plata» (ver Los vientos propios de la Argentina). Atraviesa la Patagonia y cuando se carga de humedad al pasar por el Atlántico, la descarga sobre el continente, produciendo lluvias que suelen ser leves con duración de tres a cinco días en forma contínua. Si bien puede soplar  en cualquier época del año, es común que se presente entre los meses de abril y diciembre y más frecuentemente y con mayor intensidad, entre julio y octubre. Los porteños anticipan las precipitaciones  que llegan con él, apelando a viejos dichos que vienen del pasado, augurando  “viento del este, agua como peste”.

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Es uno de los fenómenos meteorológicos más temidos en la República Argentina. El arrastre que produce sobre las aguas del Océano Atlántico, hace que éstas se opongan al drenaje de las del Río de la Plata, provocando  que el nivel de éste se incremente peligrosamente y sobre la costa, principalmente de la Ciudad y la provincia de Buenos Aires, se producan severas nundaciones que afectan las áeras costeras del Delta del Paraná y de numerosos municipios ribereños de Argentina y el Uruguay.

Aunque no siempre es así, porque frecuentemente las Sudestada y sus perjudiciales consecuencias, suelen terminar cuando el viento rota al cuadrante sudoeste, y es reemplazado por e Pampero. Así  se despeja la humedad y la nubosidad acumuladas, y se posibilita que las aguas del Río de la Plata, puedan volver a drenar libremente hacia el Atlántico.

La sudestada y su devastador efecto
Despacio pasan unas nubecitas blancas hacia la pampa. Vienen del mar y se van, se van tierra adentro. Poco a poco, corren más ligeras, más grandes, más tupidas, más numerosas, innumerables luego y se juntan, tornadose de blancas a grises, amarillentas. Primero parecían volar alegres en el cielo, como livianas palomas; ahora corren, ruedan. Muy cerca del suelo, negras, profundas, amenazadoras. Como si quisieran sumir la tierra en una oscuridad color plomo. No truena; un trueno haría menos triste la tristeza ambiente. El viento del río, débil primero, poco a poco se hace más fuerte. Arrea las nubes en inmensos rebaños, las acumula, hace provisión de ellas; las amontona en masas profundas, desde el suelo casi, hasta las alturas insondables.

Durante dos, tres, cuatro días, no descansa en ese trabajo. Una humedad intensa lo penetra todo, cosas y seres. Bandadas de pájaros acuáticos, patos, cuervos, gansos y cisnes, cruzan a cada rato con sus largos triángulos el horizonte. Todos en la misma dirección del viento y de las nubes; como si las estuvieran contando, para calcular qué enorme cantidad de agua les va a suministrar el cielo. Empieza a llover. Llueve; llueve. Todo se vuelve agua; no se ve más que agua, no se siente más que humedad.

El viento sigue trayendo nubes, para reemplazar a las que, sin interrupción, se han vaciado y llueve, llueve sin cesar. Las lagunas se llenan, los arroyos salen de sus cauces: Desbordan en los cañadones; éstos se juntan uno con otro, se extienden hasta el pie de las lomas. A la oración, parece que el agua va a cesar. Se siente como un descanso, como una vacilación. ¡Esperanza vana!. El mismo Sur-Este sopla, trae nubes nuevas y las empieza a volcar sobre la tierra empapada. Llueve sobre mojado. Sin cesar, más bien despacio que fuerte, pero tupida, cae, cae la lluvia. Las horas pasan; llueve. Amanece lloviendo; lloverá todo el día. “Va pasando, parece”, dice uno. —“Los ponchos”, le contesta un paisano.

Las majadas, rodeadas, no comen; chapalean en el barro, lamentables; remolinean balando tristemente y así, días y noches, hasta que el temporal se canse de soplar y el viento de traer nubes. Los campos quedan inundados, los corrales fangosos, los caminos deshechos, pantanosos, intransitables. Una melancolía infinita domina la campaña y cuando se pone el sol, gris y llorón todavía, el triste concierto de las ranas, con sus dos únicas notas alternadas y cortadas a intervalos iguales, por el grito estridente del escuerzo, proporcionan una música muy apropiada para la misma tristeza que todo lo invade.

2 Comentarios

  1. Anónimo

    A

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  2. Anónimo

    macaco

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