LA PÉRDIDA DEL ALTO PERÚ A LA CAUSA DE MAYO DE 1810

Diversas fueron las causas que provocaron el fracaso de la Primera Junta de Gobierno Patrio en su intento de mantener el Alto Perú en la órbita de las Provincias Unidas del Río de la Plata, luego de que éstas lograran su independencia el 25 de mayo de 1810.

La vanguardia del Ejército del Norte que marchaba bajo el mando del Teniente Coronel ANTONIO GONZÁLEZ BALCARCE, acompañado en calidad de representante de la Junta por JUAN JOSÉ CASTELLI y BERNARDO DE MONTEAGUDO como su Secretario y Auditor de Guerra, había logrado su primera victoria al vencer a los realistas en la batalla de Suipacha (7 de noviembre de 1810) y se dirigía hacia el norte para llegar a La Paz, ocupando las principales ciudades del Alto Perú hasta establecer su campamento en la frontera con el Virreinato del Perú, fijada en el Río Desaguadero.

Durante esos cuatro meses de larga y penosa marcha, las poblaciones del altiplano le daban un gran recibimiento a estas tropas y eso afianzaba las esperanzas de CASTELLI, que veía en esas muestras, un signo que anticipaba el éxito de su misión. Lejos estaba todavía de vivir la realidad que luego se impuso debido a la conducta de los efectivos de la patria, que no supieron estar a la altura de las circunstancias y provocando un gran repudio de los pobladores, alimentaron una de las principales causantes del definitivo rechazo a las pretensiones que llevaban de integración del Alto Perú a las Provincias Unidas.

El indeseado, aunque natural relajamiento de la disciplina que causó este avance triunfal entre las tropas comandadas por GONZÁLEZ BALCARCE, pronto se hizo patente. Sin tener casi que combatir, pero cansados y hasta con sus emociones descontroladas por el rigor extenuante y las carencias propias de estas jornadas agotadoras y afectados por la inactividad a la que los obligaron los casi 80 días que estuvieron acampados en Laja, protagonizaron una serie de atropellos y saqueos, que causaron una gran indignación en las poblaciones que antes los habían victoriado a su paso.

Pero no fue solamente la repudiable actitud de la tropa de GONZÁLEZ BALARCE lo que puso a estas poblaciones en contra: “El peor efecto de la inactividad, además de la relajación moral y faltas de disciplina del campamento de Laja, será la propaganda antirreligiosa inspirada por MONTEAGUDO, que gozaba de la confianza de CASTELLI”.

MONTEAGUDO y CASTELLI formaban el ala más radical e intransigente de la revolución de Mayo y eran los herederos del pensamiento de Mariano Moreno). El tucumano MONTEAGUDO poseía un marcado perfil anticlerical para la época y potenció, más que una «campaña» planificada institucionalmente por la Junta de Buenos Aires, una serie de conductas, discursos radicales y abusos cometidos por la tropa y por algunos oficiales del Ejército del Norte, fuertemente influenciados por el jacobinismo de la Revolución Francesa.

Durante la ocupación del Alto Perú, las tropas y la oficialidad porteña cometieron desmanes que escandalizaron a la devota sociedad altoperuana. Se reportaron rumores de profanaciones en la iglesia de Viacha y episodios donde oficiales alcoholizados arrastraron cruces como burla en la Plaza Mayor de Charcas. IGNACIO BENITO NÚÑEZ, un destacado militar, político, periodista e historiador argentino del siglo XIX, reconocido en la historiografía americana por ser uno de los cronistas clave de los años fundacionales de las Provincias Unidas del Río de la Plata, dice que “… en la iglesia de Laja se cantaban por diversión y espíritu volteriano misas sacrílegas y Monteagudo predicó desde el púlpito y vestido de sacerdote un sermón con el tema “la muerte es un largo sueño”. En otras partes del Alto Perú se hará algo semejante. FACUNDO ZUVIRÍA hablará por su parte de “…. profanaciones en la iglesia de Biacha; en Charcas, más tarde, unos oficiales porteños arrancan una cruz y la arrastran en burla por el suelo hasta la plaza mayor.

Se pronunciaron discursos racionales que ridiculizaban los milagros, el clero y las festividades eclesiásticas locales. En las ruinas prehispánicas de Tiahuanaco, CASTELLI y MONTEAGUDO proclamaron la emancipación de los indígenas invocando ideas ilustradas occidentales. Sin embargo, lo hicieron en un tono marcadamente anticlerical, lo que desconcertó a las comunidades originarias que ya se sentían integrados al catolicismo.

Incluso, el fusilamiento de figuras como Francisco de Paula Sanz (gobernador de Potosí) o el general Vicente Nieto, dos jefes realistas devotos, pero causantes de innumerables asesinatos y actos de crueldad durante las rebeliones de Chuquisaca y La Paz, increíblemente, también chocó con la moral de una sociedad acostumbrada al respeto de las jerarquías y las formas religiosas.

El Alto Perú (actual Bolivia) era una sociedad profundamente católica y tradicional. Las actitudes de MONTEAGUDO y los oficiales asustaron tanto a las clases altas como a los sectores indígenas, quienes vieron a los porteños como esbirros robespierrianos. Ya no fue una lucha de criollos contra españoles, a la cual el Alto Perú habíase adherido con entusiasmo, sino de cristianos contra herejes que pondría a todos contra los revolucionarios. Aunque, algo también hubo de resentimiento del altiplano industrial y minero contra el puerto de Buenos Aires”.

Este comportamiento antirreligioso y estos excesos, fueron un pésimo movimiento estratégico para la causa patriota. Causaron la indignación general, sobre todo de los indios fanáticamente creyentes, enemistó a la población local que quitó el apoyo que inicialmente le había prestado a la revolución y habilitó al general realista JOSÉ MANUEL DE GOYENECHE, General en Jefe del Ejército Realista del Alto Perú y Presidente de la Real Audiencia del Cuzco, para aprovechar astutamente la situación.

Comenzó a predicar una guerra santa contra los “porteños herejes” que desgraciadamente tendrá eco en todas las clases sociales y los jefes realistas usaron estos atropellos para su propaganda, retratando a los ejércitos porteños como «impíos» y «demonios ateos” que venían a destruir la fe. Tras el desastre militar de la Batalla de Huaqui en 1811, las poblaciones altoperuanas pasaron de recibir a los patriotas con entusiasmo a verlos con un profundo recelo y hostilidad.

El clima de hostilidad interna y desunión creado por el extremismo político y religioso, finalmente, debilitó el frente patriota, lo que facilitó luego, la catastrófica derrota del Ejército del Norte en la batalla de Huaqui, perdiéndose temporalmente todo el territorio altoperuano, hasta que intervino MANUEL BELGRANO para poner las cosas en su lugar (ver Belgrano y el rechazo del Alto Perú).

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