LA MUERTE DE JUANA MANUELA GORRITI (06/11/1892)

Impulsados por la belleza y el amor que trasunta su contenido, rescatamos de un viejo periódico, una nota de HÉCTOR PEDRO BLOMBERG, donde relata los últimos instantes de JUAN MANUELA GORRITI, la salteña heroína del Callao que por su abnegada tarea en esos temibles  bastiones españoles y una vida dedicada a servir a la causa de la libertad y a servir a los más desvalidos, se hizo merecedora al título de “Heroína de la Patria”.

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“Juana Manuela descansaba en una vieja casona de Belgrano. La calandria había dejado de cantar en su jaula colgada del zarzo y un hombre de cabeza leonina; hermoso como un patriarca, estaba de pie junto a la anciana que abrió los ojos, como si hubiera adivinado su presencia y la miraba con sus pupilas luminosas.

Don Carlos…. , murmuraron apenas sus labios secos y pálidos. Dormías Juana Manuela?, preguntó el bardo  de “Hojas al viento”. No don Carlos. Soñaba.

Los dos ancianos se contemplaron entre los jazmines en flor, mientras la sombra del campanario de Monserrat, caía sobre el patiecillo de la calle Belgrano, en aquella lejana tarde estival.

He venido a saludarte en el día de tu cumpleaños y a traerte estas flores Juana Manuela, dijo el poeta. ¡Rosas !!, exclamó la anciana, tomando el ramo húmedo y fragante y aspirando con ansias el perfume sutil que exhalaban esas rojas corolas; cuántos años hace que no me traían rosas. Las últimas que me regalaron eran rosas limeñas, cuando me despedí para siempre de la dulce tierra peruana, hace tantos años.

Cuando regresaste a tu tierra natal, luego de una larga ausencia Juan Manuela. Sí. Tan larga … tan larga, murmuraron los labios fatigados, … pero me llamaba siempre …. ¡siempre!

Volvió a cerrar los ojos y quedó como adormecida en el patiecillo tibio y solitario. El poeta que semejaba un patriarca la miraba profundamente. ¿En qué recuerdo sumíase ahora la salteña errante cuya existencia fue un trágico romance de amor; un personaje de belleza y de bien, un ensueño y un andra de más de medio siglo?.¿Pensaba quizás en el beso que Güemes le diera en su frente infantil?. ¿O en la terrible muerte de su perdido Capitán?. ¿O en los héroes moribundos del Callao?. ¿ O en los pobres indígenas que tanto amó?. ¿O en las dulces noches de Lima que la vieron envejecer?.

La sombra de Monserrat se alargaba sobre el patio de la calle Belgrano, donde resonaban de nuevo los gorjeos de la calandria cautiva. El viejo poeta seguía mirándola con las pupilas húmedas.

Juana Manuela ….
Don Carlos …

Un suspiro profundo escapó de los labios pálidos de la octogenaria. Abrió los ojos, tendió una mano seca y marfileña hacia su amigo y dijo con voz clara y distinta: Ahora que me siento morir, es cuando se que mi alma, mi pobre alma, ha regresado  a mi querida tierra natal.

No habló más. Ni sintió el beso de Carlos Guido y Spano en la frente, esa misma frente que Martín Miguel de Güemes había besado setenta y siete años antes, en un agreste jardín de Salta. Así murió Juana Manuela Gorriti, una tarde de verano de 1892 (ver Mujeres de nuestra Historia)

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