LA LUZ EN LA CAMPAÑA CRIOLLA

Los medios de iluminación con los que contaba el gaucho para tener luz durante las noches que pasaba bajo un “bendito”, o en el rancho con su familia, eran siempre a base de sebo, el único combustible disponible, ya que éste le era un material muy accesible y barato, dada la gran cantidad de ganado que se mataba para extraerle solamente el cuero, dejando como descarte, la lengua, los cuernos y el mismo sebo.

Llamaba “candil” (imagen), a todo recipiente que pudiera contener una medida de sebo, ya fuera un tarro, un cuenco de barro o un cuerno. Una mecha de trapo o lana, que empapada en el sebo, lo absorbía, servía para dar una luz mortecina durante un largo tiempo, aunque despidiendo un olor nauseabundo.

Más adelante, ya con las estancias y nuevos establecimientos ganaderos instalados en esos desolados territorios, se fabricaban velas con ese mismo sebo. Las mujeres de la casa, utilizando unos moldes que les permitían fabricar varias velas a la vez,  los llenaban con este material, luego de poner en ellos una mecha, generalmente hecha con lana.

Ya a fines del siglo XVIII, en 1792,  aparecieron los candiles, alimentados con aceite de potro, que siguieron dando una luz insuficiente y desagradable olor, hasta que en las ciudades, alrededor del año 1853 llegó la luz eléctrica (ver Iluminación de la ciudad de Buenos Aires), mientras en la campaña, seguían vigentes el sebo y las velas para iluminar las noches del gaucho (ver Voces, usos y costumbres del campo argentino).

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