PUMA

El nombre puma, de uso general en la República Argentina, para denominar al mal llamado “león americano” (felis concolor ), es una palabra de origen quichua inspirado en los sanguinarios instintos  que caracterizan a este felino. Salvo en circunstancias especialísimas, el “puma” (“lión o “león” para el hombre de la llanura), solo ataca a traición, nunca de frente, pero es un hábil predador, sobre todo nocturno, cuando sus presas (ovejas, cabras y crías de ganado vacuno y caballar), medran indefensas.

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Los guaraníes influídos por el color de su pelaje lo llamaron “yaguá pitá”, es decir “perro colorado” y los araucanos le decían “pangi”. El puma tiene en la historia del campo argentino, una terrible historia que GUILLERMO ENRIQUE HUDSON, el notable escritor y naturalista, volcó en las páginas de una de sus obras: “… al insaciable apetito sanguinario del puma, nada le parece malo. Agarra de sorpresa al avestruz macho y lo mata en su propio nido, cosa que parecería imposible, teniendo en cuenta que el avestruz es sumamente cauteloso y atento a su entorno  (dicen los gauchos que no hay animal más gaucho que el avestruz). El puma atrapa los pajaritos con la agilidad del gato y caza a las mulitas, sacándolas de sus madrigueras con sus afiladas garras. Sorprende  al veloz ciervo y al tímido guanaco y cayendo como un rayo sobre ellos, les quiebra el pescuezo, antes de que sus cuerpos hayan tocado el suelo. Con frecuencia, después de haberlo matado así, sin comer nada de ellos, abandona los cuerpos para que sirvan de alimento a los canchos y buitres, satisfecho solamente con el placer que le brindó matar”.

Hoy, luego de años de persecución y matanza, el puma es otra especie en peligro de extinción y solamente se lo puede encontrar en regiones donde los montes o las sierras, le dan cobijo

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