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LA CAZA DEL ZORRO, UN DEPORTE DE LA ELITE PORTEÑA (1901)
En 1901 comenzó a difundirse en la Argentina, la “caza del zorro”, un antiguo deporte ecuestre practicado por la realeza en el viejo mundo y que era símbolo del esparcimiento para los más selectos miembros de las altas sociedades y las aristocracias; una actividad que fue introducida en nuestro país, por la “Sociedad Hípica” que contaba con un vasto local en el barrio Palermo de la ciudad de Buenos Aies, donde guardaba las jaurías de perros que se empleaban, los caballos, los aperos y los carruajes que conducirían los servidores que iban agregados a la comitiva y hasta los zorros que se iban a soltar en esos eventos.

Un zorro era liberado a unos dos kilómetros de distancia del lugar fijado como el punto de partida de la cacería y una jauría de perros sabuesos seguida por un grupo de jinetes, partían en veloz persecución del zorro desde ese punto, tratando de alcanzarlo. “El ejercicio es violento, variado de emociones y brillante, como que toman parte en él, damas jóvenes de nuestra aristocracia que lucen sus gracias y habilidades en la equitación” declaraba por esos años el barón Peers, encargado de difundir el nuevo deporte en la Argentina.
Ya habían sido superadas las prácticas que caracterizaban a este deporte en sus comienzos y descartado definitivamente el sacrificio del animal (1). Éste había sido reemplazado por un jinete que llevando prendida en su brazo izquierdo una cola de zorro, cumplía el papel que antiguamente le era asignado a éste y huía de sus perseguidores, tratando de llegar a una meta prefijada, sin que hayan podido alcanzarlo ni los perros ni los jinetes que lo perseguían.
Obviamente todas las “caserías” tenían un ganador. O era “el zorro” que había llegado a la meta sin haber sido alcanzado o era uno de los jinetes que lo habían perseguido y que luego de alcanzarlo, le había arrebatado la cola de zorro que llevaba en su brazo.
La emoción de correr a campo traviesa tras una aullante jauría de perros que husmean la tierra buscando rastros de la preciada presa, correr al galope superando obstáculos, saltando por sobre tranqueras y árboles caídos, buscando atentos el “zorro” que huye para poder arrancarle la cola y ganar la partida, fue un placer que enloqueció a los argentinos y pronto, la Sociedad Hípica se vio gratificada con la participación de una cada vez mayor cantidad de entusiastas jinetes en “las cacerías” que organizaba.
La caza del zorro, hoy
Hoy, aunque difiriendo notablemente en su práctica, lo que fue un deporte de las elites de la Argentina, es una actividad destinada a lograr un equilibrio medioambiental. La caza del zorro en Argentina, incluyendo al zorro gris y el colorado, es una práctica a menudo regulada entre junio y septiembre y permitida en algunas provincias como actividad deportiva o cinegética para controlar poblaciones de ese predador de ganado, pero, aunque la presencia de zorros en zonas urbanas de Buenos Aires genera numerosas denuncias, esta práctica no está autorizada, debido a las controversias que existen acerca del verdadero impacto de esta plaga en el medio ambiente.
(1). En los comienzos de la caza del zorro tradicional (especialmente en los siglos XVIII y XIX en Gran Bretaña), el zorro era abatido principalmente por la jauría de perros sabuesos que lo había alcanzado, luego de rastrearlo por un largo recorrido a través del campo. Si el zorro lograba refugiarse en una madriguera o bajo tierra («ir a tierra»), se utilizaban perros terriers pequeños para entrar en la madriguera, acorralarlo o espantarlo, permitiendo que los cazadores lo capturaran o terminaran con él. La tradición dictaba que no se permitía el uso de armas de fuego para matar al zorro durante la cacería; la ejecución debía quedar a cargo de la jauría y en algunos casos por los mismos jinetes que lo debían hacer manualmente.
Actualmente, la caza de zorros con jauría está prohibida o severamente restringida en muchos lugares, incluido el Reino Unido, donde solamente se practica la “caza de rastro”, que es un simple simulacro donde se busca un rastro previamente dejado por los organizadores de la prueba para que los participantes (o si, a caballo), lo sigan tratando de llegar a un destino prefijado.