LA BATALLA DE TUCUMÁN, UN INCIERTO FINAL (24/09/1812)

En la batalla de Tucumán el ejército del Norte al mando del Geneal MANUEL BELGRANO, vence a las tropas realistas comandadas por el Brigadier PÍO TRISTÁN y asi se abre el camino para la victoria que luego se obtuvo en la batalla de Salta, donde no solo se consolidó la defensa del norte, sino que se alejó momentáneamente el peligro de un verdadero desastre, en la lucha por la Independencia lograda en mayo de 1810.

El ejército patriota contaba con sólo 1.500 hombres, estaba casi desorganizado y desprovisto de todo. Por detrás venía en su persecución, el Brigadier PIO TRISTÁN, destacado por el General JOSÉ MANUEL DE GOYENECHE con un ejército de casi 4.000 hombres compuesto por tropas de elite.

Si el ejército patriota se hubiera retirado, como repetidamente lo había ordenado BERNARDINO RIVADAVIA, las provincias del norte se habrían perdido para siempre y el enemigo, dueño de un extenso territorio, habría llegado hasta Córdoba, donde le habría sido más fácil obtener la cooperación de los realistas de la Banda Oriental y de las tropas portuguesas del Brasil que estaban instaladas allí.

Los hechos
El 12 de setiembre de 1812, al llegar a Tucumán con los restos de un vencido y desanimado Ejército del Norte, después de la batalla de Huaqui, el General MANUEL BELGRANO encontró a RAMÓN BALCARCE con solo 400 hombres a sus órdenes. Sin uniformes y armados solo con lanzas, pero bien organizados y decididos a la lucha y con los pobladores de la ciudad dispuestos a darles su apoyo. Resolvió entonces, ignorar las intimaciones del Triunvirato y hacerse fuerte allí para recibir a los realistas que venían persiguiéndolo después de vencerlo en aquella localidad de Jujuy.

Contó con doce días para organizar sus tropas. Su plan consistía, como dice BARTOLOMÉ MITRE en su obra “Historia de Belgrano”, en “esperar al enemigo fuera de la ciudad, apoyando su espalda en ella”, y después, “en caso de contraste, encerrarse en la plaza”. Para lo cual, cuenta PAZ en sus “Memorias”, que en ella “se fosearon las bocacalles y se colocó la artillería” que no iba a llevarse a la acción.

Hizo acampar a su tropa en el centro de la ciudad, frente al Cabildo, es decir, en la actual Plaza Independencia, que por aquel tiempo se la llamaba Plaza Mayor y que era solo un descampado sin parquizar y encargó a los principales vecinos tucumanos que se ocuparan en alistar gentes para aumentar el número del ejército, completar las caballadas y proporcionarle ganado y alimento para el mantenimiento del personal que se aprestará para la defensa.

Comenzaron a llegar voluntarios desde Catamarca, Santiago del Estero y el Alto Perú (comandados éstos por MANUEL ASENCIO PADILLA y que se constituyeron en la escolta de BELGRANO). Y mientras el ejército realista avanzaba con dificultad, al no hallar en el terreno arrasado ni medios o instalaciones para cobijarse o reaprovisionarse, partidas de irregulares organizadas por DÍAZ VÉLEZ, los gauchos de GÜEMES, milicianos jujeños, salteños y tarijeños salieron a hostilizarlos, mucho antes de que llegaran a tomar contacto con las fuerzas instaladas por BELGRANO para la defensa.

Y no fue hasta el 23 de septiembre cuando, desde el paraje de Los Nogales, donde pudo tener ante la vista a la ciudad de Tucumán, que el Brigadier TRISTÁN recibió noticia de que el Ejército del Norte estaba acampado en la plaza y dispuesto a darle allí batalla. En la mañana del 24 de septiembre de 1812 ordenó avanzar hacia la ciudad. Algunas fuentes indican que, en lugar de tomar el camino directo, rodeó la plaza desde el sur, intentando prevenir una posible huida de los patriotas en dirección a Santiago del Estero. Otras afirman que en el paraje de Los Pocitos se encontró repentinamente con los campos incendiados por orden del Teniente de Dragones ARÁOZ DE LAMADRID, natural de la zona, que contaba con la velocidad del fuego avivado por el viento del sur para desordenar la columna española. En todo caso, utilizó el viejo “Camino Real el Perú”, para poner a sus tropas frente a la ciudad y a una legua de distancia, en el paraje del Manantial.

Mientras tanto, BELGRANO, aprovechando la confusión provocada por el fuego, había dispuesto sus tropas en un terreno escabroso y desparejo, llamado el “Campo de las Carreras”: con la caballería distribuida en dos alas: la derecha, al mando de RAMÓN BALCARCE, que era la más numerosa y que contaba con la milicia gaucha recién reclutada y la izquierda, al mando del coronel EUSTOQUIO DÍAZ VÉLEZ.

La infantería a su vez, estaba dividida en tres columnas, la izquierda, comandada por el Coronel JOSÉ SUPERÍ, la del centro, bajo el mando del Capitán IGNACIO WARNES y la derecha, comandada por el Capitán CARLOS FOREST, apoyada por una sección de Dragones de caballería. Una cuarta columna de reserva estaba al mando del Teniente Coronel MANUEL DORREGO mientras que el barón EDUARDO KAUNITZ DE HOLMBERG, secundado por el Teniente JOSÉ MARÍA PAZ, comandaba la artillería, ubicada entre las columnas de infantería, aunque quizás demasiado dividida entre las mismas para ser efectiva.

La batalla
Sin darle tiempo a terminar la instalación de su dispositivo para el ataque, los patriotas embistieron rápidamente sobre el flanco de TRISTÁN, quien apenas tuvo tiempo de reorganizar su frente y ordenar montar la artillería. Y fue la artillería del barón HOLMBERG la que inició el combate bombardeando los batallones realistas de “Cotabambas” y “Abancay”, que respondieron cargando a la bayoneta.

BELGRANÓ ordenó responder con la carga de la infantería de WARNES, acompañada de la reserva de caballería del Capitán ANTONIO RODRÍGUEZ, mientras que la caballería de BALCARCE cargaba sobre el flanco izquierdo de TRISTÁN, logrando un efecto formidable. Lanza en ristre, avanzaron haciendo sonar sus guardamontes y con tal ímpetu que la caballería realista de Tarija se desbandó a su paso, retrocediendo sobre su propia infantería y desorganizándola hasta tal punto, que sin encontrar casi resistencia, la caballería tucumana alcanzó la retaguardia del ejército enemigo.

Y aquí fue donde se produce el cuestionable proceder que se le adjudica a esos hombres; en general, hombres de campo e ignorantes de la disciplina militar. Buena parte de la caballería gaucha rompió la formación para apoderarse de las mulas cargadas con los avíos de los realistas, incluyendo fuertes sumas en metales preciosos, aunque la rapiña también sirvió para privarlos de sus reservas de munición, de provisiones y el resto de sus equipajes, sin los que debieron retirarse del campo de batalla. Solo la sección de Dragones que le daba apoyo y la caballería regular al mando de BALCARCE mantuvieron sus posiciones.

Mientras tanto, al otro lado del frente el resultado era muy distinto: pese a la presencia del mismo BELGRANO en ese sector. El avance de la caballería e infantería de los realistas fue imparable y tomaron prisionero al coronel JOSÉ SUPERÍ. Sin embargo, la firmeza de la columna central permitió a los patriotas recuperar terreno y rescatar a su comandante, pero los avances desiguales fraccionaron el frente patriota, tornando confusa la batalla y dejando en buena medida las acciones a cargo de los oficiales que encabezaban cada unidad.

La providencial aparición de una enorme manga de langostas, que se abatió sobre los pajonales, confundió a los soldados y oscureció la visión, acabando de descomponer el frente. Las versiones tradicionales refieren que fue tal la confusión causada por el ímpetu de la caballería de BALCARCE, sumada a la aparición de ese descomunal enjambre de langostas que hizo parecer a los ojos de las fuerzas españoles, un número muy superior de tropas patriotas, lo que habría provocado su retirada.

Después de este primer encuentro de los dos ejércitos y la irrupción de las langostas, reinó la confusión. La infantería patriota quedó dueña del campo de batalla y al comprobar que se había quedado solo y sin las tropas de la caballería, DÍAZ VÉLEZ, junto con un grupo de la infantería de MANUEL DORREGO, logró tomar el parque de artillería de TRISTÁN, con treinta y nueve carretas cargadas de armas, municiones, parte de los cañones, las banderas de los regimientos Cotabambas, Abancay y Real de Lima, junto con centenares de prisioneros.

Se replegó luego ordenadamente y entró en la ciudad de San Miguel de Tucumán llevándose también a los heridos. Con la ayuda de las tropas de la reserva, terminó de organizar la defensa de su posición. Colocó a sus tropas en los fosos y trincheras que se habían abierto allí, reorganizó la artillería y apostó tiradores en los techos y esquinas, convirtiendo a la ciudad en una plaza inexpugnable. Encerrado en ella, protegido por las fosas, DÍAZ VÉLEZ aguardó expectante la continuidad de las acciones, mientras TRISTÁN, luego de reunir los restos dispersos de su ejército, llegó hasta los suburbios de Tucumán, donde se estacionó como sitiándola, pero todavía indeciso acerca que actitud tomar.

Temeroso de lo que podía esperarles a sus tropas dentro de la ciudad, antes de atacar, optó por amagar un par de entradas, pero ordenó la retirada ante los primeros disparos enemigos. Hizo un último intento por la vía diplomática, intimando A DÍAZ VÉLEZ a rendirse en un plazo de dos horas, bajo amenaza de incendiar la ciudad a lo que el jefe patriota le respondió con vehemencia, invitándolo a que se atreviera, ya que las tropas de la Patria eran vencedoras y que había adentro 354 prisioneros, 120 mujeres, 18 carretas de bueyes, todas las municiones de fusil y cañón, 8 piezas de artillería, 32 oficiales y 3 capellanes tomados al ejército realista. Agregó que, de ser necesario, degollaría a los prisioneros, entre los que se encontraban cuatro coroneles (Partes oficiales y documentos relativos a la guerra de la independencia argentina, 1900, p. 188).

Ganamos o perdimos?
BELGRANO que cuando las acciones se habían tornado confusas, reagrupando 200 de sus hombres, acompañado por el Coronel JOSÉ MOLDES, se había dirigido hacia el “Rincón de Marlopa”, tratando de recomponer sus fuerzas, no sabía aún el resultado el combate y para colmo, había visto que los españoles se habían alejado rumbo a la ciudad.

Estaba preocupado. El hecho de haber quedado aislado del grueso de su ejército, sin saber exactamente qué es lo que había sucedido luego de que perdiera contacto con él, le hacía presuponer que había sido derrotado, hasta que escuchó llegar a un grupo de sus hombres que entre fuertes expresiones de alegría gritaba:  “— ¡Viva la Patria!. ¡Viva la Patria!. Entre ellos venía el teniente PAZ, quien le confirma que la batalla había sido ganada; que el enemigo estaba en fuga y que en la ciudad se encontraba fuerte toda su infantería, con lo que Belgrano, conociendo el triunfo de la caballería tucumana, acepta definitivamente su triunfo.

Rápidamente localizaron lo que quedaba de la caballería dispersa por el campo y se les sumó poco después BALCARCE, quien también se atrevió en calificar de victoria la situación, juzgando que el campo cubierto de cadáveres y despojos españoles era indicio del resultado, aunque desconocía por completo el estado de la infantería y de la ciudad.

De inmediato, BELGRANO, ordenó la marcha hacia la ciudad para conectarse con DÍAZ VÉLEZ. Se posicionó a espaldas del dispositivo adoptado por TRISTÁN y éste, que no se había atrevido a cumplir con su amenaza y pernoctó fuera dudando acerca del curso a seguir, por la mañana del 25 de setiembre, encontró a la tropa de BELGRANO a sus espaldas, que lo intimó a rendirse por medio del arrogante coronel MOLDES.

El jefe realista contestó rechazando la oferta diciendo, que “las armas del rey no se rinden”, pero éstas, eran solo palabras. Cuando vio que era amenazado de afuera por columnas patriotas que en torno a Belgrano se iban engrosando, se dio por vencido y esa misma noche se replegó con todo su ejército, dejando muchos muertos y heridos, sus cañones y su parque casi completo.

Se dirigió a Salta debiendo sufrir en su huida, el constante hostigamiento al que los sometieron 600 hombres enviados por DÍAZ VÉLEZ, que también lograron tomar muchos prisioneros y rescatar algunos de los suyos, que habían caído en manos de los realistas.

BELGRANO entró entonces en San Miguel de Tucumán y allí comprobó que DÍAZ VÉLEZ ya había asegurado el triunfo de los patriotas y confirmaba el retiro de TRISTÁN con todos sus efectivos. Informó oficialmente al gobierno de Buenos Aires (el Primer Triunvirato), el resultado de la batalla, explicando que haber obedecido la orden de retroceder hasta Córdoba, hubiera significado la pérdida total del norte y una derrota humillante (1).

Reordenar sus fuerzas, le llevó el resto de la tarde y ocupó los doce días posteriores para reestructurarlas, sumando a los milicianos gauchos y voluntarios tucumanos, santiagueños y catamarqueños que habían luchado valientemente (2). Dispuso el destino de los 600 realistas capturados, de los 400 muertos enemigos y de un importante botín que incluyó cañones, banderas y armamento (ver La batalla de Tucumán).

Finalmente, dispuso reiniciar la marcha hacia el norte, sin dejar de hostilizar al enemigo en fuga, para eliminar definitivamente la amenaza que significaba esa presencia, siempre decidida a invadir estos territorios para restablecer la soberanía de la corona española en ellos, una acertada decisión que desembocaría meses después en la batalla de Salta, donde se logrará dicho objetivo.

La más criolla de las batallas
VICENTE FIDEL LÓPEZ, peyorativamente llama a la batalla de Tucumán “la más criolla de cuantas batallas se han dado en territorio argentino”. Y fue exactamente eso. Faltó prudencia, previsión, disciplina, orden y no se supieron aprovechar las ventajas; pero en cambio hubo coraje, arrogancia, viveza, generosidad… y se ganó”.

Desde el punto de vista estrictamente militar, la batalla se reduce a lo que refiere JOSÉ MARÍA PAZ en sus “Memorias”, porque lo que sigue después de la victoria, se debió a distintos factores: religiosos, populares, psicológicos, naturales, etc. que en nada menguan su valor desde el punto de vista estrictamente castrense.

Ya hemos comentado que a mitad de la batalla, ocurrió algo sobrenatural que contribuyó a desbandar las tropas realistas y a llenarlos de pánico. Fue un vasto huracán que llegó furioso del sur. Según el relato de MARCELINO DE LA ROSA, a quien se lo contaron protagonistas de esta batalla: “(…) El ruido horrísono que hacía el viento en los bosques de la sierra y en los montes y árboles inmediatos, la densa nube de polvo y una manga de langostas, que arrastraba, cubriendo el cielo y oscureciendo el día, daban a la escena un aspecto terrífico (…)”.

Otro factor muy importante, además del viento y de las langostas, fue la acción de la caballería gaucha, tucumana en su mayor parte, del ala derecha. Esta llevó su carga sobre el enemigo, de un modo formidable. La caballería enemiga de Tarija, al verlos llegar, se asustó y huyó. Ni la infantería española pudo contenerlos: pasaron por encima y, cuando se dieron cuenta, los encontró a su retaguardia. La caballería gaucha al llegar a los bagajes y las mulas enemigas, cargadas de oro y de plata, se dispersaron y se dedicaron a despojar de todo esto a nuestros enemigos. A pesar de las críticas de Paz, quizás esta actitud contribuyó a acobardar al ejército enemigo y a hacerlo retirar, dándose por vencido.

Cuenta el general PAZ en sus “Memorias” que mientras algunos grupos de soldados de ambos bandos combatían entre sí, otros se dedicaban a saquear los equipajes del ejército español, que cuando los soldados españoles eran capturados por los gauchos que merodeaban la zona, eran ultimados, pero en cambio si se rendían en un rancho, eran atendidos amigablemente y además salvaban sus vidas.

Recuerda que en esas ocasión, llegó a un rancho donde luego de la batalla de Tucumán un grupo de cinco soldados patriotas comían animosamente, atendidos amigablemente por los dueños de casa y acompañados por un grupo de diez soldados realistas que luego de rendirse, se habían puesto bajo su protección. Resulta curioso ver que tras estos enfrentamientos con los realistas durante la lucha por nuestra Independencia, muchos soldados españoles se rendían en los ranchos, a veces en grupos más numerosos que los habitantes del mismo, seguros de recibir un buen trato y de que se respetaran sus vidas.

(1). Cuatro días habían pasado ya del triunfo de BELGRANO en Tucumán, batalla de importancia clave en el desarrollo de los acontecimientos y todavía RIVADAVIA seguía enviándole cartas amenazadoras obligándolo a retroceder: “La falta de ella (retirada) la deberá producir a V.S. los más graves cargos de responsabilidad”. RIVADAVIA no sabía que BELGRANO había triunfado y que ese triunfo aseguraba la independencia de las Provincias Unidas (recordemos que su victoria provocó la posterior caída de dicho Triunvirato).
(2). Por el comportamiento de la ciudad de Tucumán en esa batalla, se le otorgó a la misma, doble representación en la Asamblea del año XIII y se la eligió posteriormente como sede del Congreso que declarara la independencia.

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