FLORES Y JARDINES DE ANTAÑO (Siglo XIX)

La afición a las flores de las argentinas, no es de ahora. Ya desde antes, cuando Buenos Aires era una colonia española, aunque sin el gusto, la originalidad y la abundancia de hoy, los jardines caseros que adornaban el frente de algunas casas, tanto en la campaña como en la ciudad, mostraban el colorido de hermosas flores que con gran esmero (y sin muchos medios) se cultivaban.

No existían los copones, las fuentes, las grandes bateas y macetones ni las estatuas y los canteros y macetas, se improvisaban construyéndolos con maderas, ladrillos y piedras y eso hacía que los jardines expusieran una no muy agradable anarquía.

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Cacerolas viejas y agujereadas, palanganas en desuso, baldes de lata, envases descartados, canastos deformados (imagen a la izquierda). Todo servía para llenar con tierra y plantar en ellos una semilla o un gajo robado de algún otro jardín.

Y en las casas de familias más acomodadas, hasta el jardín que adornaba su frente, servía para mostrar a vecinos y paseantes, que allí vivía gente de dinero. Prolijos cajones de madera dispuestos en hilera y casi siempre pintados de verde (salvo en la época de ROSAS que se los pintaba de rojo), largos maceteros de chapa apoyados sobre pilares, alguna que otra maceta de “cemento portland”, exhibían el fruto de largas horas de paciente trabajo, porque carpir la tierra, desmalezar, combatir las hormigas, podar, regar y desinfectar, fueron desde siempre tareas que exigieron gran dedicación, manos y uñas sucias y rodillas acalambradas.

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Al principio la variedad de plantas y flores era muy limitada. Las nativas no se adaptaban rápidamente a un medio que las privaba de los grandes espacios, el sol vivificante y la humedad a la que estaban acostumbradas y poco era el color de nuestros jardines, que eran simples sinfonías de verdes (imagen a la derecha), pero pronto empezaron a llegar, traídos por viajeros, comerciantes trashumantes, navegantes y soldados que regresaban a la patria, semillas y ejemplares que los transformaron en hermosos y coloridos espacios.

Y ya no sólo la roja flor del ceibo era lo que se veía en ellos. Comenzaron a plantarse ejemplares de Fucsia (o Pendientes de la reina), de Jazmín paraguayo y de Mburucuyá (la reina de los jardines paraguayos), de la Cantuta y el Patujú (que llegaban de Bolivia), de Lantana, del Floripón y hasta de la Chuquiraga, que traían desde el Ecuador.

Más tarde, empezaron a llegar diversidad de plantas y semillas. El Barón de Holmberg, quizás fue el primero que introdujo plantas exóticas y se dedicó a su aclimatación. Los introductores y cultivadores se multiplicaron hasta elevar el ramo de la jardinería a un altura destacada y hoy admirada en el mundo por la calidad de sus ejemplares y la belleza, originalidad y variedad de formas y colores que logra.

Sin poder consignar su origen, pues el material de donde esto fue extraído no tiene identificación, a continuación consignamos una lista de algunas de esas flores que adornaban nuestros jardines: Clavel, Clavellina, Rosa de la India, Rosa de mayo, Rosa bomba, Rosa morada, Multiflora, Torongil, Bergamota, Cedrón, Albahaca, Palma imperial, Campanilla, Junquillo blanco y amarillo, Clérigo boca abajo, Violeta del país (la francesa no se conocía), Alelí blanco y amarillo, Retama, Jazmín del país, de Chile y del Paraguay, Marimonias, Botón de oro, Siempreviva, Jacinto, Agapanto, Espuela de caballero, Trébol de olor, Flor de cuenta, Virreina, Copete, Nardo, Yuca, Pensamiento, Margarita, Madreselva, Buenas noches, Narciso, Don Diego de día, Cala, Diamela, Alverjilla, Pastilla de olor, Mosqueta, Flor de caracol o Tripa de fraile, Viuda, Taco de reina, Amapola y algunas más.

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