EL JUEGO DEL PATO (1700)

El Pato es un juego gaucho donde dos equipos montados a caballo, pugnan por la posesión de una pelota de cuero provista de asas. Se dice que en sus orígenes, quizás en Afagnistán, lo que se disputaban era la cabeza cortada de algún enemigo vencido en combate. Llegado a América, quien sabe porqué caminos, en sus comienzos, según cuentan crónicas de la época, en el Río de la Plata, era jugado por los gauchos, regido por Reglamentos muy distintos de los actuales, aunque quizás sea más acertado decir que no tenía Reglamento alguno y se jugaba con un pato vivo, en vez de pelota, un pobre animal del que luego de ser sometido a tantos forcejeos y arrebatos, sólo llegaban a la meta, sus sangrientos despojos.

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De todas maneras, sea un pato o la cabeza de un enemigo lo que se disputaban, el espectáculo que ofrecían, hoy sería calificado como un deporte salvaje y de extrema crueldad y la lucha que generaba entre los participantes que pugnaban, uno por llegar al arco y los otros para impedírselo, era tan ruda y peligrosa que el virrey SOBREMONTE y más tarde, RIVADAVIA y ROSAS, prohibieron el juego del pato.

Ya a fines del siglo XIX el juego se humanizó y el pato vivo (que fue lo que le dio su nombre a este deporte), fue reemplazado por un saco de cuero provisto de fuertes argollas para empuñarlo y continuó practicándose, pero, en ocasiones especiales, como espectáculo relevante en muchas reuniones sociales. Actualmente ha evolucionado y habiendo dejado atrás la brutalidad y barbarie que le eran características, se ha constituído en una magnífica demostración de destreza ecuestre y coraje.

Durante la época de la Colonia, generalmente en días festivos, se reunían en una pulpería unos trescientos o cuatrocientos criollos y a veces en doble o triple número; todos en buenos caballos, bien aperados y luciendo sus mejores prendas. Dos equipos adversarios compuestos por un incierto número de jinetes, sin ninguna regla o control que los limitara, se disputaban la posesión de un pato vivo para llevarlo a través de sus adversarios que pugnaban por detenerlo, hasta la meta contraria..

Los más conceptuados por su “valor en las peleas a cuchillo”, los más forzudos en los trabajos del campo, los que ostentaban mejores cabalgaduras y más relucientes chapeados, formaban el centro de aquella reunión, y decidían pedir el pato al pulpero. El pato, un verdadero pato casero (y a falta de éste, tambíén valía una gallina cualesquiera), que una vez muerto era metido dentro de una bolsa de cuero provista de cuatro manijas, era el objeto sobre el que iban a probar su fuerza, agilidad y destreza como jinete los jugadores de este violento juego.

Cuatro de ellos tomaban con fuerza cada una de las cuatro manijas del saco y arrancaban una veloz carrera, tratando de desprenderse de los otros tres que seguían aferrados a la manija que había tomado. Ahí empezaba un forcejeo feroz, hasta que un estruendoso ¡viva! saludaba a quien conseguía arrancarle el pato a los otros tres y escapaba raudo hacia una “meta” previamente establecida y que era siempre la casa de un vecino de la zona. Y bien sabía que ni para acomodarse tendrá tiempo, porque era salvajemente perseguido por el resto de los jinetes, que partían en tropel dando alaridos tras él,  pugnando por alcanzarlo y arrancarle el pato de la mano.

Si algún jugador lo alcanzaba y conseguía aferrar una de las manijas del “pato”, sin disminuir su carrera ni sus alaridos, debía tratar de arrancárselo de la mano, cuidando que ninguno de los otros jugadores, que también pugnaban por hacerse del pato, se lo arrebatara, pero, si luego de tironeos, embestidas y forcejeos, lograba desprenderse de sus perseguidores y llegaba a la “meta”, sin perder el pato, lo arrojaba al patio de la casa que era “la meta” y se lo declaraba victorioso, quedando establecidos así de hecho, que tenía el brazo más poderoso, el caballo más veloz y era el más corajudo. La familia dueña del rancho que se había establecido como meta o en algunos casos el mismo pulpero, tenía la obligación de quitar el pato o la gallina que estaba en la bolsa y poner otro en su lugar. Cerrado nuevamente el saco, todo volvía a empezar.

El primero que mencionó al Pato como juego de nuestros gauchos en esta tierras, fue el marino y naturalista español FÉLIX DE AZARA, quien en una crónica de 1780 describe “una corrida de pato” celebrada con motivo de las Fiestas Patronales de San Ignacio de Loyola, diciendo: «Se juntan dos cuadrillas de hombres de a caballo y se señalan dos sitios apartados como de una legua aproximadamente.

Luego cosen un cuero en el que se ha introducido un pato que deja la cabeza afuera, teniendo el referido cuero dos o más asas o manijas de las que se toman los dos más fuertes de cada cuadrilla en la mitad de la distancia de los puntos asignados y metiendo espuelas, tiran fuertemente hasta que el más poderoso se lleva el pato, cayendo su rival al suelo, si no lo abandona. Echa el vencedor a correr y los del bando contrario lo siguen y lo rodean hasta tomarlo de alguna de las manijas; tiran del mismo modo quedando finalmente vencedora la cuadrilla que llegó con el pato al sitio previamente señalado, habiéndose producido en medio de este juego, numerosas caídas, empujones y accidentes sangrientos, además de la muerte del pato, que queda totalmente destrozado”.

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Desde el comienzo de nuestra historia, el Pato, fue considerado como un deporte netamente argentino. En 1909 fue reconocido y modificadas sus reglas de juego y pasó a ser un deporte nacional por antonomasia, amparado por un riguroso Reglamento que ha reemplazado el animal vivo o muerto, por una pelota de cuero con manijas (imagen a la derecha), que cumple con la misma función que su desgraciado antecesor. En 1952 fue declarado “Deporte Nacional”,

 Prohibido jugar al Pato
La primera mención que se registra acerca de su violencia y de la necesidad de terminar con este espectáculo tan “poco edificante para la sensibilidad humana”, está fechado en 1739 y parece ser que fue una disposición emanada de las autoridades del Tucumán y Juries. Luego, la lucha que generaba entre los participantes que pugnaban, uno por llegar al arco y los otros para impedírselo, era tan ruda y peligrosa, hizo que el virrey Sobremonte lo prohibiera en en 1776, aunque por otro lado se lo fomentaba, según comenta EDUARDO A. MASCHWITZ en una interesante nota que publicara en el diario La Nación el 30 de octubre de 1987, recordándonos que el Cabildo de Buenos Aires, para recompensar a los que participaban en la «matanza de perros cimarrones», disponía se diera a la gente comida, yerba, tabaco, refresco de aguardiente y «un premio de 2 o 3 pesos al pato».

Continuando con lo que expresara el señor MASCHWITZ acerca de este tema, diremos (encomillando y poniendo en bastardilla sus textos), que “el sacerdote JOSÉ MARÍA SALVAIRE, fundador de la Basílica de Luján y que escribió la «Historia de Nuestra Señora de Luján», consigna en ella lo precitado y un documento de 1796, del sacristán mayor de la parroquia, GABRIEL JOSÉ MAQUEDA, que amonesta y ordena a los feligreses que se abstengan del juego del pato, «conminándolos con la excomunión si no lo hicieren.

 “Pero su prohibición real y concreta fue por el decreto del 21 de junio de 1822 del gobernador de Buenos Aires MARTÍN RODRÍGUEZ, refrendado por su ministro secretario de Relaciones Exteriores y Gobierno, BERNARDINO I RIVADAVIA: «Todo el que se encuentre en este juego, por la primera vez, será  destinado por un mes a los trabajos públicos: por dos meses en la segunda, y por seis en la tercera». Además, «quedarán sujetos a la indemnización de los daños que causaren». La policía, los alcaldes y los jueces de campaña eran los encargados de hacer cumplir la prohibición (ver Prohibido jugar al Pato).

“Dicen que JUAN MANUEL DE ROSAS ratificó esta prohibición, pero todo parece indicar que tan sólo se limitó a hacerlo cumplir y que lo hizo a su estricta manera. Luego estuvo la ordenanza policial mencionada, pero ya en la época de Rosas, el Pato era casi inexistente. BARTOLOMÉ MITRE, que escribió sus odas durante el sitio de Montevideo, cuando tenía entre 18 y 20 años, las editó a los 33 años, en 1854 y en su composición denominada «El Pato», dice en una nota: «El juego del pato no existe ya en nuestras costumbres: es una reminiscencia lejana. Prohibido severamente por las desgracias personales a que daba motivo, el pueblo lo ha dejado poco a poco, sin olvidarlo del todo».

Poetas y escritores se inspiraron en él
Quizás .sea por su primitiva rudeza, por lo épico de su desarrollo, por ese atractivo que  tiene lo peligroso o lo lindante con lo heroico, el Pato fue siempre tema de escritores y poetas que se han referido a él, como una demostración del coraje que caracterizó a nuestra estirpe e idealizó al gaucho como un personaje paradigmático del ”ser argentino””.

“El mismo MITRE lo describe asi: «¡El Pato! juego fuerte del hombre de la pampa,/ Tradicional costumbre/ de un pueblo varonil./ Para templar los nervios,/ Para extender los músculos/ Como en veloz  carrera,/ En la era juvenil.» Lo hace también al narrar un enfrentamiento entre los bravos Obando y Zamora: «Picaron todos las espuelas/ Galopando a rienda suelta/ Para procurar la vuelta/ Del jinete vencedor;/ Mas en vano corren, vuelan/ Gritan, pegan, forcejean,/ Y resudan y espolean,/ Y le siguen con furor…»

“Cuarenta años más tarde, RAFAEL OBLIGADO escribió sobre Santos Vega, que el famoso payador que murió al ser vencido (dicen que por el diablo) y que MITRE rescató tal vez del olvido al oírlo mentar seguramente en las proximidades de los pagos del Tuyú, Donde pasó parte de su infancia. Y en el magnífico «El himno del payador», RAFAQEL OBLIGADO describe excelentemente el juego del pato diciendo: «De entre ellos el más anciano/Divide el campo después,/Señalando de través/ Larga huella por llano;/ Y alzando luego su mano/ Una pelota de cuero/ Con dos manijas certero/ La arroja al aire, gritando/ ¡Vuela el pato!… va buscando/ Un valíente verdadero/ Vense, entre hálitos de fuego/Varios jinetes rodar/Otros súbito avanzar/ Pisoteando a los caídos…»

“Este fue el pato prohibido. El de tropeles vandálicos, de rodadas y bárbaros jinetes que nada les importaba y pasaban sobre éstos y sobre cualquier  cosa que se le pusiera por delante. Fracturas, muertes, peleas, vino, cuchillos. Campos y aldeas arrasados, vecinos asustados y perjudicados. Rotundamente todo terminó, hasta que en 1937, dicen que nació el “nuevo Pato” durante una de las frecuentes reuniones-tertulias que se realizaban en la Asociación Argentina de Polo, entonces sita en el edificio del Banco Tornquist y a partir de entonces se comenzó a jugar el Pato que hoy conocemos, que convoca a multitudes para presenciarlo y cuyos cultores han ganado cuanto certamen puso a prueba sus habilidades y que hoy son considerados los mejores jugadores de Pato del mundo”

2 Comentarios

  1. Marcelo Javier Márquez

    recibí una versión que indica que el juego del Pato llegó al Río de la Plata por un viajero francés que venía desde el Alto Perú.
    Este hipotético viajero habría llegado al puerto de El Callao proveniente desde Asia, donde es probable que hubiera presenciado el juego original.
    Por otra parte, dudo que los habitantes originarios de las pampas lo practicaran ante de la llegada de los españoles, por la falta de caballos.

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    1. Horacio

      Señor Márquez: Qué perlita descubrió !!!.. Tiene Usted razón. Si nosotros nos adherimos a la teoría que afirma que el caballo llegó a América con los españoles (más precisamente con Pedro de Mendoza), como lo consignamos en distintos artículos de nuestra página, mal podemos decir que los aborígenes ya jugaban al Pato, desde antes de la llegada de éstos. Sin darnos cuenta escribimos algo que estaba contra nuestras opiniones, pero ya hemos corregido el error. Lo felicito. Usuarios como Usted es lo que necesitamos para que nuestra página sea lo que soñamos. En cuanto a esa versión que Usted nos comenta acerca de la llegada de ese juego a América, debo decirle que después de casi 29 años de revolver papeles y leer infinidad de teorías acerca de nuestra Historia y sus protagonistas, nada de lo que se diga me sorprende. Está en nosotros buscar la realidad, sin descartar ninguna posibilidad.

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