JUEGOS  PARA CRIOLLOS DE A CABALLO

En la vida de nuestros hombres de campo, no todo eran privaciones y trabajo, porque supo encontrar en diversos juegos, el escape necesario para aliviar los rigores de su dura vida.  Como es bien sabido, el criollo  de nuestro pasado histórico, vivía, trabajaba, se divertía y hasta dormía, siempre apegado a su caballo. Es lógico entonces comprender, que los pocos momentos de esparcimiento, que tenía y las rudas faenas a que lo obligaba su subsistencia, los gozara montado, orgulloso de su pingo y de las habilidades que había sabido enseñarle. Fue así que desde que comenzó a afianzar su presencia en estas tierras, allá por el siglo XVII,  su participación en muchos juegos y competencias, le deparó el necesario descanso y diversión y lo llevaron a los más variados escenarios, donde siempre pudo dejar grabada la impronta de su coraje y habilidad ecuestre.

Las carreras camperas
Fueron una de las mayores diversiones populares en el campo argentino. Concertadas entre dos orgullosos propietarios de caballos especialmente preparados para correr, participaban solamente dos competidores, es decir una pareja (de ahí el término “parejeros” con el que se conocía a estos caballos). Se establecía, día, hora y lugar del enfrentamiento. Se estipulaba: peso, tiro (o sea la distancia a recorrer), señal de largada (que podía ser “a convite”, que era una mutua y simultánea invitación:¿Vamos?. Vamos contestaba el otro,  o “con bandera”), a salir de adentro, a salir de “ajuera”, a salir como se vaya, libre de pata- o bien se hacía una carrena a costilla (es decir, que se corrían sobre una misma huella, con los caballos apareados, recostados uno junto al otro, con libertad para que los jinete sutilicen todas las mañas y argucias para desacomodar y aún derribar al contrincante (pecharlo, empujarlo, desacomodarlo, golpear las verijas del animal con el rebenque, y otras “lindezas” del anti “fair play”), es decir, todo, menos tomar las riendas del adversario y echar el cuerpo sobre él.

Las carreras de caballos, venían a ser, para los gauchos de la campaña argentina, como una reunión de sociedad en nuestros tiempos, donde se juntaban hombres de todos lados, en un radio de 15 ó 20 leguas a la redonda y a veces más, según y conforme la fama que tuvieran los dueños o los caballos que intervenían en la carrera. Allí se conversaba, se discutía, se opinaba sobre los cambios de la luna, sobre la sequía o las inundaciones, de mujeres y de caballos, pues siempre alguno conocía un parejero «así y asao» que era más veloz o más guapo que todos los otros.

La ceremonia se iniciaba con el “remate”, es decir  la toma de apuestas. Corría entonces mucho dinero de fervorosos admiradores de uno u otro competidor, de confiados propietarios en el éxito de su pupilo, de astutos y avispados tomadores de apuestas. Más de un gaucho quedó en la ruina y algunos también hicieron fortuna en esas trenzadas. Hechas las apuestas, ante testigos hábiles y confiables, se depositaba  en manos de un tercero, el dinero puesto en juego. Entonces comenzaba un espectáculo que conmocionaba a todo el poblado y vecinos, que desde muy lejos, algunos, llegaban para jugarse unos pesos “al del comisario”, vivir las emociones de una carrera o simplemente, tomarse unas ginebras y arrimarse a una “china”.

El bullicioso desorden de los apostadores gritando sus ofertas, el nervioso caracoleo de los animales que olfateaban la cercanía de la lucha, los gritos de aliento que partían de una multitud enfervorizada, cesan de pronto. Una campana llama a los contendientes para que se acerquen a la meta. Ubicados a no menos de 1,50 uno de otro esperaban  relojeando a su rival. Ante ellos se extendía la pista que deberán recorrer. Es una franja de tierra apisonada, de tiro recto, con andariveles de alambre o bordes de tierra en toda su extensión desprovista de pasto, matorrales, piedras o cualquier otro elemento que pudiera poner en peligro la vida de los jinetes. En sus comienzos, las carreras camperas tenían un “tiro” (extensión) de 400/500 metros, aunque hubo también, en ciertas ocasiones, competencias de hasta 10.000 metros de distancia a campo traviesa y sin nungún tipo de regla. Cuando se afianzaron las carreras de tiro corto, comenzaron a llamarse “cuadreras” porque los competidores debían recorrer una distancia medida en “cuadras”, una unidad de medida que se utilizaba en tiempos de la Colonia y que equivalía a 129 metros.

Las carreras comenzaban después de las doce del mediodía y por lo general, las primeras partidas se hacían a la una de la tarde. Pero se hacían las tres y las cuatro y las cinco y los jinetes seguían haciendo amagues de partida, para desgastar y poner nervioso al adversario y cansar a su montado.A la puesta del sol se suspendían hasta nueva fecha. Astucias de los gauchos, ladinos y mañeros como ellos solos, que no tenían en qué perder tiempo, las partidas se sucedían dos y tres días, convocando siempre gran cantidad de paisanos

Luego de cientos de partidas anuladas, un estentóreo grito de ¡Largaron!, apaga todos los demás sonidos. Ambos jinetes, por fin, se deciden a correr y lanzan sus montados a toda la velocidad posible de sus patas. . Antiguamente, si el animal rodaba, viniendo de atrás, la carrera se anulaba y el dueño del caballo perdía las apuestas. Si la rodada era del que venía adelante, o apareado, se volvía a correr.

Se presume  que el primer Reglamento de carreras camperas, fue redactado para las “cuadreras”, por los correntinos allá por el año 1856. En 1870, siendo Gobernador de Buenos Aires, el Doctor EMILIO CASTRO, la provincia tuvo su Reglamento de Carreras Cuadreras, que aún rige para las carreras, que con fines benéficos hoy se corren y la policía tolera. Por aquella época también, se promulgó la Ley de carreras “por andarivel”. La cancha donde éstas se corrían, tenían ahora, generalmente,  dos huellas de unos 0,50 m. de ancho, ubicadas a 2 metros una de la otra. El andarivel marcaba la ruta a los caballos que corrían y estaba definido por un simple hilo estirado, sostenido por  débiles estaquillas de unos 0,60 m. de alto, ubicadas a lo largo de todo el recorrido. Más acá en el tiempo, el 27 de agosto de 1953, el Senado de la provincia de Córdoba, sancionó la Ley Nº 4400  reglamentando el juego de carreras cuadreras o de lonja para caballos parejeros en el territorio de la provincia de Córdoba.

Carreras de mochila
Las carreras de mochila diferían de las cuadreras, en que en ellas, competían varios caballos, aunque siempre en una cancha marcada y con todas las formalidades propias  de las otras carreras.  En la provincia de Buenos Aires las llamaban “pollas”, pero aunque respetaban  todas  las formalidades preestablecidas para las “de mochila”, se corrían a campo traviesa o recorriendo un camino de la zona.

Cinco o seis jinetes, apareados en una misma línea, a la voz de ¡Mochila hasta el espinillo! (u otro punto preestablecido), salían  disparados a toda velocidad. Era costumbre que quien hubiera partido  primero en la largada,  en tono festivo y burlón vaya gritando “Su mama pal” último”. Y así, entre risotadas y alaridos salvajes, corrían  los gauchos a toda rienda,  para llegar primero a la meta señalada de antemano y evitar ser el destinatario de la broma de “su mama”.

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El salto de la maroma (imagen)
Se llamaba “maroma” al travesaño que une los extremos superiores de los dos postes de a veces más de 3 metros, que marcan la entrada al corral. Los hombres de nuestro campo utilizaban esa estructura para efectuar lo que se llamaba “el salto de la maroma”, una prueba, que era de gran riesgo para los participantes. Consistía en colgarse de la maroma con las manos aferrando el travesaño. Cuando las puertas del corral se abrían, dando paso al tropel de potros salvajes, enloquecido que pugnaba por salir en libertad, el hombre se dejaba caer, tratando de hacerlo en el momento preciso para hacerlo bien enhorquetado sobre el lomo de uno de esos animales. Y aquí no acababa la prueba, porque el potro, sorprendido por esa rápida monta, pronto reaccionaba e iniciaba un descontrolado bellaqueo, que obligaba al jinete a poner en juego toda su destreza  para dominarlo en su carrera a campo traviesa.

La Cogoteada
Los aborígenes araucanos, pampas y ranqueles jugaban un juego que llamaban “loncoteada”, un palabra derivada de “lonco” (cabeza). Dos contendientes montados a caballo, se tomaban mutuamente por los pelos de la cabeza y tironeaban, tratando de arrastrar y derribar de su montado al rival. Nuestros gauchos adoptaron el juego y cambiaron la toma. En vez de asirse por los pelos, se aferraban al cuello (cogote) de su adversario. De ahí el nombre de cogoteada..

El juego se iniciaba con dos jinetes marchando a la par, que llegados a una cierta marca hecha en la cancha, se lanzaban al galope, tratando de asirse simultáneamente por el cuello, haciendo pasar uno de sus brazos por detrás de la nuca. Logrado esto por ambos, se iniciaba un forcejeo así tomados, y mientras que con su otra mano dirigían su cabalgadura, haciéndose firmes con la fuerza de sus piernas, luchaban para voltear de su caballo a su rival, cosa que a veces lograban, aunque la mayoría de ellas, eran ambos, enredados en un extraño abrazo, los que caían al suelo, entre las risas y las burlas de los espectadores.

Carrera de sortijas
También llamada “corrida de sortijas”, fue uno de los juegos más practicados en nuestra campaña. Traído a América por los españoles, éstos a su vez lo recibieron de las moros durante la ocupación de la península en el siglo VII de nuestra era, cuando el juego de la sortija era ya muy popular entre las tribus moras del norte de África.

El juego demanda que se instale un gran y alto arco de madera, de cuyo travesaño horizontal se cuelga un anillo o pequeña argollita, débilmente sujeta, para que al primer tirón pueda desprenderse. Los jinetes, por turno, se ubican a cierta distancia del arco y provistos de un pequeño palito, parten a la carrera, montados sobre sus estribos y con la mano donde llevan el palito en alto, fija la vista en el aro, tratando de llegar a él en una posición, dirección y altura, que le permitan ensartarlo con su palito y arrancarlo de su sitio. Antiguamente el aro solía ser de oro y se lo llevaba como premio el ganador de la prueba; hoy se llevará, con suerte y en muy raras ocasiones, algunos pesos y seguramente la efusiva felicitación de los espectadores..

La Polca de la silla
Un viejo juego de la campaña rioplatense que muestra las graciosas maniobras que deben realizar los participantes de este baile, que pugnan por sentarse en una de las sillas que se han dispuesto en círculo, en el medio de la cancha, casi generalmente  trazada en las cercanías de una pulpería.

Montados a caballo y girando permanentemente alrededor de este círculo, los contendientes (casi siempre en número de ocho), deben estar atentos a la palmada del bastonero o  al verso del canto que entona el musiquero, que haya sido elegido para ordenar la porfía. Ante esta orden, deben desmontar y rápidamente ubicar una de las sillas y sentarse, manteniendo sujeto por la brida a su caballo. La cosa parecería  fácil, si no fuera porque siempre hay una silla menos que el número de participantes, razón por la cual, el que quede de a pie, será eliminado. Y así sucesivamente, el canto y la ronda vuelven a empezar y los jinetes a esperar expectantes la señal, para lanzarse rápidamente en busca de una silla. Hasta que queda solamente una silla y dos competidores, uno de los cuales, obviamente será el ganador.

 El Pato
Era una de las diversiones favoritas entre los muchos concurrentes a las “cuereadas” de la campaña bonaerense. Le pedían al pulpero del lugar un pato o una  gallina de su corral y lo metían (retobaban), en un saco de cuero cocido con cuatro manijas. Cuatro jinetes entonces, agrupaban las ancas de sus montados, tomando cada uno de ellos, una de esa manijas  y teniendo las riendas con la otra mano en alto, para no apoyarla sobre el apero, trataban de arrancarle la bolsa con el pato a los otros tres rivales, tirando con todas sus fuerzas, picando espuelas y gritando fuerte.

Luego de un feroz forcejeo, una mano cedía, pronto cedía otra. Hasta que la tercera mano no podía sostener más el pato y al fín, uno de los jinetes, quedaba dueño de la bolsa con el pato. Un ¡Viva! estruendoso lo saludaba y partía velozmente hacia uno de los extremos de “la cancha”, sosteniendo el pato en alto, mientras sus tres rivales, repuestos del “afloje” corrían tras él, tratando de arrebatárselo. Si quien llevaba el pato lograba llegar con él a la meta, lo arrojaba al piso y era declarado vencedor (ver El Pato en la página 321 de “El caballo criollo en la tradición argentina”, de Guillermo Alfredo Terrero, Ed. Plus Ultra, Buenos Aires, 1970).

El Juego de cañas
Fue un juego que se practicó especialmente durante los siglos XVII y XVIII en el Río de la Plata y que fue desapareciendo lentamente, hasta que quizás a partir de la Revolución de Mayo de 1810, otras actividades, modas y costumbres fueron desplazándolo. Se lo menciona vivo hasta 1815/1820, aunque ya sin la trascendencia popular que lo caracterizó en años anteriores.

Lo mismo que la “carrera de la sortija”, el “juego de las cañas” tuvo su origen entre las tribus de moros en África. De ellos lo aprendieron los españoles y lo trajeron a América, pero no se jugaba en la campaña, sino en las aldeas.  Se reunían dos bandos, dentro de un picadero o plaza adecuada para ello: En sus comienzos, uno de esos grupos representaba a los árabes y el otro a los españoles. Más tarde, la realidad de la época impuso que unos fueran los indios y el otro, los gauchos.. Luego de distintas marchas y contramarchas, con variados aires: al paso, al trote o al galope, quedaban  enfrentados ambos equipos, mientras el que ejerciera como jefe se dirigía a caballo hasta donde se hallaba el virrey o a la autoridad que presidía  el espectáculo, para pedirle autorización para comenzar el juego.

Uno de los jinetes de uno de los bandos, debía pasar al galope frente a la formación de sus rivales, uno de los cuales debía salir en su persecusión, tratando de “bolearlo” con unas bolas hechas de papel u otro materíal así de inofensivo, pero capaz de entorpecer la marcha del “boleado. Si lo lograba, su “presa”  pasaba a integrar el grupo  de quien lo había “boleado” y éste debía salir disparado,  tratando a su vez, que el rival que comenzaba a perseguirlo, no lo bolee. Así, alternándose entre ambos el galope y la “boleada”, se llegaba a una situación, en la que los indios estaban todos en el campo de los gauchos y éstos estaban todos en el campo de los indios, con lo que se daba por terminado el juego-espectáculo (Para ampliar esta información recomendamos leer los “Apuntes Históricos”, de Damián Hudson.

La Cinchada
Este era otro jde los juegos, donde los gauchos del Río de la Plata podían exhibir tanto su fuerza, como la potencia de sus montados en una puja, que solía terminar con varios de los contendientes revolcados en un montón, entreverados patas y piernas en confuso amasijo.

Se trazaba una línea en el piso de tierra y sendos grupos de jinetes, formando dos equipos de seis y hasta diez participantes cada uno, enfrentados y separados por dicha marca, encolumnado cada equipo uno, detrás de otro y bien aferrados todos a una cuerda, esperaban nerviosos, la señal que ordenaba el comienzo del juego. Se iniciaba así una porfía, donde cada equipo, tirando de la soga, trataba de arrastrar hacia su lado al equipo contrario. Fuerza bruta, gritos de aliento, una polvareda infernal, caballos que reculan oponiéndose a ser arrastrados con sus cascos firmemente aferrados a la tierra. Cinco, diez minutos y hasta media hora podía durar el forcejeo, hasta que al fin, vencida la resistencia del oponente, uno de los equipos lograba arrastrar a todo el equipo contrario hacia su lado y gritos de victoria hacían temblar el cielo, cuando los ya vencidos, traspasaban la línea que los separaba de sus vencedores (ver Voces, usos y costumbres del campo argentino) .

Fuentes. “El caballo criollo en la tradición argentina”, Guillermo Alfredo Terrera, Ed. Plus Ultra, Buenos Aires; 1970; Artículo de Pablo Mantegazza publicado en “Estampas del pasado”, de José Luis Busaniche, Ed. Hachette S.A. Buenos Aires, 1959; “Cosas de nuestra tierra”, Enrique Rapela, Ed. Syndipress, Buenos Aires, 1952;

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