EL CAMPO ERA LA MEJOR INVERSIÓN (1819)

Desde los primeros tiempos de la Conquista, las estancias rioplatenses se dedicaban a la cría de ganado vacuno, yeguarizo y mular, aprovechando los excelentes pastos naturales de la pampa, que en algunas regiones pobladas desde antiguo, ya se habían empezado a cambiar por pastos de origen europeo.

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La zona mejor poblada y de fácil acceso era la que constituye el litoral fluvial, cercano a Buenos Aires y así, los grandes terratenientes, que generalmente residían en la capital, podían pasar entonces temporadas en el campo, transportándose cómodamente con sus familias en barco, aunque si iban solos, preferían ir a caballo o en coche.

Diferentes eran las costumbres de los pequeños propietarios, arrendatarios u ocupantes de reducidas fracciones de tierra. Ellos fijaban su residencia permanente en sus propiedades de la campaña y allí vivían todo el año. Tanto los cascos de los grandes establecimientos como las chacras y pequeñas explotaciones, eran por demás modestos: simples construcciones de paredes de barro y techo de paja a los que se agregaban habitaciones a medida que la familia crecía.

Algunos corrales y otros ranchos más pequeños para los peones y los esclavos (que era lo que constituía el bien más costoso de un estanciero), completaban las dependencias de esos establecimientos que siempre estaban situados en cercanías de aguadas naturales para garantizar la disponibilidad de agua para sus ganados, ya que las ubérrimas praderas proveían, sin tener que realizar ningún esfuerzo, el pasto que les era necesario.

Estos primeros “ganaderos” estaban muy bien organizados. Garantizada el agua y la comida de sus haciendas, sin que tuvieran que realizar mayores esfuerzos, supieron organizarse corporativamente y todos, a su turno acudían en ayuda de sus vecinos para realizar las tareas que le eran propias: siembra, cosecha, yerra, esquila, castrado, doma, etc., eran todas oportunidades para reunirse, ayudarse mutuamente y disfrutar, al término de las faenas, placenteras reuniones de carácter social.

A medida que los saladeros incrementaban su producción y se les otorgaban grandes facilidades para exportar, la actividad pecuaria fue valorizándose y quienes se dedicaban a estos menesteres, pronto comenzaron a acceder a los más elevados niveles en la sociedad porteña y con ello, mayor fue su influencia para establecer las reglas del negocio agropecuario. Entre 1809 y 1816 se triplicó el valor del ganado vacuno, pasando de $3,30 a $9,60 la res (Gaceta de la Historia) y los ganaderos, tomando conciencia del poder que les otorgaba su posición como reguladores del mercado de hacienda, comenzaron a presionar a las autoridades para conseguir más beneficios.

Lograron así la reapertura de los saladeros que habían sido clausurados por el gobierno con el objeto de impedir el aumento del precio de la carne para consumo de la población, aunque la medida no surtió el efecto deseado. Los saladeros continuaron firmes, produciendo cada vez más tasajo y cesina y exportando grandes cantidades de carne así tratada, casi despoblando numerosas estancias de Lobos, Monte, Ranchos, San Vicente, Cañuelas y Magdalena.

Los hacendados que poco después de la Revolución de Mayo, figuraban simplemente como comerciantes en las Actas Capitulares, privilegian ahora, su condición de ganadero. A pesar de que el valor de la tierra se mantenía bajo, el del ganado iba en aumento, convocando a esta actividad a muchos inversores que comprendían que “en el campo están los mejores negocios”.

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