LOS TONOCOTÉS

Los Tonocotés, tonokotés o zuritas, eran aborígenes sedentarios que habitaban en la región ocupada por las actuales provincias de Santiago del estero y parte de Tucumán.

Bicentenario: Los Lules

Tuvieron su lengua propia, que fue registrada por ALONSO DE BÁRZANA en su obra “Arte y vocabulario”, lamentablemente ya perdida, aunque algunos nativos de esa misma zona, como los “lules” y otras tribus de nómades, la adoptaron.

Durante los primeros años de la conquista española, los tonocotés fueron dados en encomienda y terminaron por desaparecer como cultura aislada. Desde el siglo XVI hasta el siglo XVIII, sin embargo, se integraron a la vida colonial del interior del país y hoy se conoce mucho acerca de sus costumbres, gracias a los misioneros que hicieron un profundo estudio de este grupo, cuyos trabajos se han conservado y a las posteriores investigaciones realizadas por antropólogos y arqueólogos modernos.

Los tonocotés eran bajos de estatura, de cara ancha y aplastada, parecida al tipo de aborígen brasileño. Eran granjeros y cultivaban maíz, zapallo y porotos y completaban su dieta con la caza, la pesca y la recolección del fruto del algarrobo. Domesticaron el ñandú y el guanaco para utilizar su carne sus plumas, su lana y su cuero.

Construían sus chozas sobre lomadas del terreno: eran redondas o rectangulares con techos de paja y agrupadas en un poblado que defendían mediante una empalizada perimetral de madera. Los hombres vestían delantales de plumas de ñandú o de tela tejida y mantas adornadas con “chaquiras” de hueso y las mujeres una túnica de lana o de fibras vegetales. Eran buenos cazadores y guerreros; usaban un largo arco con flechas, cuyas puntas, por lo general estaban envenenadas y también usaban la “macana”.

Se destacaron por su alfarería que lucía bellamente decorada. Trabajaban la cerámica con habilidad, destacándose las urnas funerarias que decoraban con rojo y negro, sobre un fondo blanco.

Tenían hechiceros con cuya mediación adoraban a una divinidad que llamaban “Cachanchic” a la que le ofrecían como tributo, pájaros muertos, frutas y licores hechos con algarrobo o maíz y un seleccionado grupo de mujeres especialmente dedicadas a servirle. Inhumaban a sus muertos en la tierra hasta que se descarnaban y después, en una segunda inhumación, guardaban los restos en urnas de barro que enterraban en cercanías de sus viviendas al pie de elevaciones del terreno, que construían si no las había (ver Aborígenes de la Argentina).

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