EL BAQUIANO

El baquiano (imagen), es un gaucho grave y reservado, que conoce palmo a palmo veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas y aunque de formación empírica, es el topógrafo más completo que en los albores de nuestra Historia se vio por estas tierras. Es el único a quien sigue un general para lograr éxito en sus campañas, yendo siempre a su lado; modesto y reservado, aunque esté en todos los secretos de las operaciones. Conoce la distancia que hay de un lugar a otro, los días y horas necesarias para llegar a él y hasta donde hallar una senda extraviada o ignorada por donde puede llegar sorpresivamente y en la mitad del tiempo.

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La palabra “baquiano” deriva de “baquía” que quiere decir habilidad y el “baqueano” o “baquiano”, era el hombre que conocía a la perfección los caminos, vueltas y recodos, el vado de los ríos y las sendas y “picadas” más convenientes para cruzar los extensos territorios que se debían recorrer para trasladarse de un lugar a otro, para llevar mercaderías o para escapar de una partida de indios. Nadie se atrevía a emprender un viaje sin contratar antes a un “baqueano”, pues sin él, los viajeros se perderían indefectiblemente en aquellas inmensidades, donde las huellas de antigüos pasos, se borraban con gran rapidez, invadidas por los pastos y barridas por los vientos.

El baquiano tenía un sentido especial para orientarse y era muy difícil que uno de estos “guías” llegara a extraviarse. El sol, el viento, los árboles, los pastos y hasta los animales silvestres le servían de referencia para orientarse. Un baquiano encuentra quizás una sendita que hace cruz con el camino por donde marcha y el sabe a qué aguada remota conduce. Si encuentra mil de ellas, él las conoce a todas. Sabe de donde vienen y a donde van. Él sabe el vado oculto que tiene el río y esto en cientos de arroyos. El reconoce en las ciénagas extensas, el sendero por el que pueden ser atravesadas y esto, en cien ciénagas distintas.

En lo más oscuro de la noche, en medio de los bosques o en las llanutras sin límites, perdidos sus guiados, extraviados sin saber hacia donde marchar, da una vuelta a su alrededor, observa los árboles y estudia su inclinación, o escarba la tierra debajo de uno de ellos, para descubrir el rumbo según el grado de humedad que ve (sabe que la humedad permanece debajo de ellos, más tiempo en el lado que mira al sur, protegido de los vientos cálidos del norte). Y si no los hay, desmonta y se inclina a tierra, examina matorrales y piedras y en seguida monta. Ya sabe donde está y hacia donde debe ir “Estamos en derecheras al casas , a tres leguas de aquí y en camino hacia el sur” sentencia y ya nadie está perdido.

Cuando la noche sorprende a los viajeros en medio del campo, se guia por las estrellas y si éstas no estaan y la oscuridad le impidea ver lo que busca, arranca  pastos en varios lugares, huele la raíz y la tierra; las masca y después de repetir el rito en varios lugares, sabe de algún arroyo salado o lago dulce, que guíe sus pasos en la dirección buscada. Cuando se le pide ir hacia un paraje distante, quizás a 50 leguas, se yergue sobre su caballo, reconoce el horizonte, examina el suelo, clava la vista en un punto lejano y se hecha a galopar con la rectitud de una flecha, hasta que cambia el rumbo por motivos que sólo él sabe y galopando día y noche, llega por fin a destino, llevando tras de sí al sorprendido viajero que solicitó sus servicios.

Ayudando a la “milicada”, anuncia la proximidad del enemigo y el rumbo del que se acerca, solamente observando el andar de los avestruces, de los gamos o guanacos que huyen. Mirando la tierra batida sabe si son 500, doscientos o mil los soldados que se aproximan y hasta los cóndores y los cuervos, con su revoloteo, le anuncian si hay alguien emboscado, un campamento reciente o muertos abandonados (ver El gaucho, sus oficios).

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