EDIFICIOS Y LUGARES EMBLEMÁTICOS DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

El reproche es frecuente: Buenos Aires carece de unidad arquitectónica, de estilo. Es cierto. Tanto como los argumentos, las justificaciones que confluyen en su defensa: es joven, creció demasiado pronto, quemó etapas, mezcló los vientos, las corrientes culturales y los hombres. Así y todo, dispersos en la esta “mélange”, hubo en el pasado y sobreviven algunos lugares  y edificios tan emblemáticos, originales y fastuosos algunos, como el pasado que representan (ver Monumentos en la ciudad de Buenos Aires).

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Iglesia San Nicolás de Bari (1721)
La primitiva iglesia San Nicolás de Bari (imagen) fue la primera y más antigüa de las Iglesias que existieron en Buenos Aires. Estaba ubicada en la esquina de las actuales calles Carlos Pellegrini y Corrientes, pleno centro de la ciudad, donde hoy está emplazado el Obelisco y se comenzó a construír en 1721 por orden del capitán DOMINGO DE ACASSUSO y totalmente terminada por FRANCISCO ARAUJO recién en 1854, cuando se instaló en una de sus torres un reloj con campana.

La zona elegida era entonces tan en los extramuros de la ciudad, que más tarde, durante la primera de las invasiones inglesas, en 1806, ante un posible bombardeo naval de la ciudad, se trasladaron hacia ella todas las existencias de pólvora y municiones, para mantenerlas alejadas y a buen recaudo.

El primer religioso que ofició como Cura Párroco de este Templo, fue el Presbítero Doctor JOAQUÍN SOTELO y algunos otros de los que lo sucedieron, tuvieron luego una destacada actuación durante los orígenes de nuestra Historia: MARIANO MEDRANO (1804) luego obispo de Buenos Aires, el Pesbítero MANUEL ALBERTI (1808), miembro de la Primera Junta, el Presbítero BERNARDO JOSÉ DE OCAMPO (1814), el Presbítero EDUARDO 0’GORMAN (1862), miembro de una encumbrada familia, que tuvo en su seno a uno que fue el Director del Protomodicato en 1798 (Miguel)y otras dos (Anita y Camila O’Gorman), ambas protagonistastas de suceso que definieron el carácter moralista de la sociedad de aquellos días.

Su demolición. En 1931 la apertura de la avenida 9 de Julio y el ensanche de la calle Corrientes, determinaron su demolición y la primera Iglesia San Nicolás de Bari continuó existiendo en un nuevo edificio que se construyó en la Avenida Santa Fe 1352, y fue consagrado el 29 de noviembre de 1935.

Y allí está hoy, guardando entre sus recuerdos, varios sucesos que la vieron como protagonista de nuestra Historia: la llegada e instalación en su Convento, de las primeras monjas capuchinas que arribaron al país (1749); el tañido de las campanas (reinstaladas en su nueva ubicación), echadas al vuelo por orden del Presbítero MANUEL ALBERTI, para anunciar el triunfo de la Revolución de Mayo de 1810; el primer izamiento de nuestra Bandera en Buenos Aires (23 de agosto de 1812); el Bautismo de Mariano Moreno,  Bartolomé Mitre y otros próceres en la misma Pila Bautismal donde en 1912, fue bautizado San Héctor Valdivieso, el primer santo nacido en argentina, y cuya reliquia es venerada en la Capilla del Santísimo Sacramento.

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El Teatro Coliseo (1804)
El Teatro Coliseo es un tradicional y antiguo teatro ubicado en el Barrio Palermo de la ciudad de Buenos Aires, en la actual calle Marcelo T. de ALvear 1125 (entonces Charcas), frente a la Plaza Libertad, cuya historia registra varias etapas que se inician en 1804 (imagen).

Ese año, viviéndose todavía como colonia de España, durante el virreinato de JOSÉ OLAGUER Y FELIÚ, se inauguró el que fue el Primer Teatro Coliseo. o Viejo Teatro Coliseo que, habiendo desaparecido en 1792, víctima de un incendio el de La Ranchería, fue la única sala de espectáculos de la ciudad hasta 1838.

Fue construido por el empresario cafetero RAMÓN AIGNASE y el cómico JOSÉ SPECIALI, luego de obtener un permiso del Cabildo que los autorizaba a crear el “Coliseo Provisional de Buenos Aires” y estaba ubicado en un terreno que era propiedad de un vecino llamado ALMAGRO, frente a la Iglesia de la Merced, en el cruce de las actuales calles Reconquista y Presidente Perón, a dos cuadras de la Plaza de Mayo.

En su frente no llevaba ornamento alguno y sólo daba a la calle un portón de pino. En el interior, las decoraciones eran pobres y fueron pintadas en su mayor parte por MARIANO PIZARRO, artesano argentino y maquinista del teatro. El alumbrado se hizo por mucho tiempo por medio de velas de cebo y, luego, por medio de aceite. Sobre las tablas o proscenio en el centro y parte anterior, aparecía la boca del apuntador. Al frente del proscenio se leía un cartel: “La comedia es espejo de la vida”.

La platea contenía aproximadamente 250 asientos; unos bancos largos, muy estrechos divididos por brazos, formaban las lunetas, cubiertos con un pequeño cojín forrado de pana. La entrada general valía diez centavos y las lunetas quince; costando algo menos cuando se tomaba por temporada, que era de aproximadamente diez funciones.

El contorno de la platea en forma de herradura, estaba formado por 20 o 25 palcos bajos, que costaban un peso y otros tantos altos, de tres pesos por función. En cada uno, cabían aproximadamente seis asientos, pero el público tenía que llevar sillas desde su casa o alquilarlas a la empresa teatral.

Frente al proscenio y en el centro de la herradura, en la hilera de palcos altos, se hallaba el palco del Gobierno, de dobles dimensiones que los demás, decorado con cenefas de seda celeste y blanco (o de color punzó en la época de JUAN MANUEL DE ROSAS).  Los palcos, durante muchos años, no tenían puertas y cuando las tuvieron, casi nadie las usaba. La cazuela, vulgarmente llamada gallinero, estaba colocada sobre los palcos altos y era ocupada sólo por espectadores de sexo femenino.

El español BLAS PARERA (el futuro coautor del Himno Nacional Argentino) fue designado Director de la orquesta, que contaba con 26 o 28 integrantes, que no siempre eran músicos profesionales. La “Compañía Cómica” de LUIS AMBROSIO MORANTE, tuvo a su cargo la primera representación que se ofreció en ese escenario y fue este mismo MORANTE el que en aquel 24 de mayo de 1812, presentara una pieza teatral que había escrito especialmente para la ocasión, llamada “El 25 de Mayo”, como homenaje a esas gloriosas jornadas y cuyo himno de cierre, inspirara a uno de sus espectadores, el músico VICENTE LÓPEZ Y PLANES, para componer el Himno Nacional Argentino.

El Teatro Coliseo fue el escenario donde se presentaron las más notables figuras nacionales y extranjeras que nos visitaban: Allí actuaron TRINIDAD GUEVARA (1798-1873), considerada como la primera actriz argentina, y  el actor JUAN JOSÉ CASACUBERTA (1789-1849). En 1821 se estrenó el drama en verso “Túpac Amaru”, del mismo MORANTE y en 1825 se cantó, por la primer en la Argentina, una Opera: fue la Opera “El barbero de Sevilla de ROSSINI.

Recordemos también que en ese viejo Teatro Coliseo, la noche del 24 de mayo de 1806, estaba el  Virrey SOBREMONTE presenciando la obra de MORATÍN, “El si de las niñas”, cuando recibió el parte que le enviaba SANTIAGO DE LINIERS comunicándole la llegada de los ingleses a Ensenada, durante la primera invasión que realizaron sobre Buenos Aires.

El Teatro Circo Coliseo Argentino. En 1834 fue totalmente remodelado y siguió ofreciendo sus espectáculos ahora como “Teatro Argentino” o “Coliseo Argentino”, hasta que en el año 1873, el empresario MELCHOR RAMS, compró la propiedad, demolió las instalaciones y edificó allí un pasaje al que, como recuerdo, dio el nombre de “Pasaje del Teatro Argentino, obra que fue demolida en 1873.

En 1905 el viejo Teatro Argentino fue reconstruído y habilitado con el nombre de Teatro Circo Coliseo Argentino, para que funcionara como sala para la representación de espectáculos circenses que estuvieron a cargo del payaso norteamericano FRANK BROWN y de JOSÉ PODESTÁ el payaso criollo conocido como “Pepino el 88”, espectáculos que fueron el origen de nuestro “circo criollo” y del teatro argentino.

Tenía un gran anfiteatro,con capacidad para más de 2.000 espectadores, una gran  pista para ejercicios acrobáticos, pileta de natación, escenario y demás dependencias. El 27 de agosto de 1920, desde sus terrazas, ENRIQUE TELÉMACO SUSINI, CÉSAR GUERRICO, LUIS ROMERO CARRANZA Y MIGUEL MUJICA, llamados desde entonces “Los locos de la azotea”, inaugurando la radioemisora “L.O.R.  Radio Argentina”, realizaron la primera transmisión radial de una Opera desde exteriores.

Este Teatro fue cerrado en 1937 y su edificio comprado por el gobierno de Italia, que deseando poner en marcha algunos proyectos vinculados con la cultura, decidió crear un polo cultural donde se presentaran diversos eventos, como ser funciones teatrales, Exposiciones de arte, Conferencias, etc., con la finalidad de facilitar la integración y la convivencia entre italianos y argentinos. Sin embargo, las ideas quedaron postergadas cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. El edificio fue parcialmente demolido y el terreno cubierto de ruinas y ocultos por una tapia.

En los años siguientes, el gobierno italiano decidió volver sobre su proyecto é hizo construír un nuevo edificio en ese solar, para alojar parte de las oficinas del Consulado General de su país en Buenos Aires, conservando la sala de espectáculos. Finalmente, en 1953, el teatro fue reabierto con el nombre de Teatro Coliseo,  ocupando el edificio que actualemente vemos en la calle Marcelo T. de Alvear 1125.

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La Casa de la Virreina Vieja (1806)
Ocupada y tenazmente defendida por las fuerzas inglesas bajo el mando del teniente coronel HENRY CADOGAN durante la segunda invasión de los ingleses (28/06/1807), fue escenario de encarnizados combates, luego de los cuales las milicias criollas lograron recuperarla, quedando sobre la azotea (imagen), tendidos los cuerpos de más de 30 soldados ingleses, mientras, según la dramática descripción del Teniente  MARTÍN RODRÍGUEZ, protagonista del ataque, «corriendo sangre por los caños».

La construcción primitiva databa  de mediados del siglo XVIII. La propiedad, aun existente está ubicada  en la actual esquina noroeste de Perú y Belgrano con entrada por la primera de esas calles, a mitad de cuadra de la “Manzana de las Luces”. Perteneció originariamente  al 9º virrey del Río de la Plata, don JOAQUÍN DEL PINO Y ROSAS ROMERO Y NEGRETE. Después de su muerte siguió habitando en ella su viuda, doña RAFAELA DE VERA Y MUJICA y de esa circunstancia provino su nombre de «Casa de la Virreina» o «Casa de la Virreina vieja». BERNARDINO RIVADAVIA también residió en ella, después de su matrimonio con la hija del virrey del Pino. En su interior, la casa ostentaba lujosos tapices, alfombras de Persia, colgaduras de Damasco, sillas y sillones de ébano. También vivió allí monseñor MARIANO MEDRANO, obispo de Buenos Aires desde 1832, y por esa razón también fue conocida en esa época como la «Casa del Obispo». Más tarde, funcionó en ella una casa de empeños conocida como “ el Monte de Piedad», y a principios del Siglo XX fue ocupada ilegalmente y se convirtió en un “conventillo” donde se establecieron, además, comercios de todo tipo: pesas y medidas, zapatería, taller de costura y planchado hasta que después de los festejos del Centenario, luego de desalojar a los intrusos, se la reconstruyó en el mismo solar que ocupaba y hoy está ahí,  como mudo testimonio de su protagonismo durante los dramáticos sucesos de aquel año. La pintora LÉONIE MATTHIS, trasladó al lienzo escenas que muestran escenas de esta lucha en circunstancias tan dramáticas para los porteños.

Palermo Chico
Barrio de calles curvas, de palacetes afrancesados, profusos en balcones con balaustradas que se abren sobre jardines versallescos. Barrio construido como un laberinto, que sólo pueden manejar sus habitantes, que permanece inaccesible para los de afuera. Barrio que consumó el ideal aristocrático de una clase social en pleno ascenso, que, para no equivocarse, importó a sus arquitectos: Alejandro Christophersen, Lanús y René Sergent, fueron algunos de ellos..

Pasaje «La Piedad»
Se abre en Bartolomé Mitre, entre Montevideo y Rodríguez Peña, frente a la iglesia de La Piedad. Refrendan su inequívoco aire fin-de-siècle un cartel que anuncia «salida de carruajes», los altísimos cordones cuyo objeto era evitar que los carros treparan a las veredas y los elegantes pórticos balcones de algunos edificios, símbolos algo ajados de antigüos esplendores.

Barrancas de Belgrano
Antiguamente las barrancas caían sobre el río de la Plata. Después la traza del ferrocarril se interpuso en su recorrido. Todavía perduran la rotonda, el aljibe, la réplica de la “Diana cazadora”, el quiosco para conciertos, la fuente de Sauvagler con la mujer que vuelca el cántaro y hasta una copia de la Estatua de la Libertad de Nueva York. Justo enfrente, en la esquina de 11 de setiembre y Echeverría, todavía se yergue la espléndida casona de la familia ATUCHA, donde vivió VALENTÍN ALSINA, el fundador del pueblo de Belgrano y que fue también Gobernador de la provincias.

La Facultad de Ingeniería en la avenida Las Heras (1923)
Es el único edificio de estilo neogótico de la ciudad.. Todavía, al pasarle por delante, algún desprevenido se persigna. Es que con su estilo neogótico, la Facultad de Ingeniería de la avenida Las Heras 2214 se confunde fácilmente con una Catedral. La historia es así: en la primera década del siglo XX le encargaron al ingeniero y arquitecto ARTURO PRINS (creador del Banco de la Nación y del Archivo General de la Nación), – la construcción de un edificio para la Facultad de Derecho sobre la avenida Las Heras, entre las calles Pacheco de Melo, Azcuénaga y Cantilo, en la ya entonces coqueta Recoleta.

El ingeniero PRINS, que había vuelto de Francia fascinado con el estilo neogótico, la imagina muy al estilo Notre Dame. Asignados sus recursos, PRINS avanza con su proyecto: subsuelo, planta baja, tres pisos más entrepisos, dos terrazas, anfiteatro, cincuenta aulas. Coloca ladrillos tallados, arcos ojivales, mansardas, vitrales, volutas colgantes. Lo alienta el hecho -aún vigente- de que para ver otro edificio como el suyo, hay que visitar la Catedral de La Plata o algunas bóvedas del vecino Cementerio. De la Recoleta.

 Según la leyenda urbana, llega el buen día en que PRINS se encierra en su estudio visiblemente atribulado. Acaba de descubrir un error de cálculo, por el que si continúa su majestuosa edificación, ésta  irá directo al derrumbe. Su orgullo mancillado le oprime tanto el pecho que decide terminar con su vida.

Pero la verdad fue que el meticuloso PRINS había hecho un edificio con alma de acero, bien dimensionado para resistir las cargas. Solo que en 1926 le cortan los fondos y la obra se para. Pasan trece años y el buen hombre deja este mundo por causas naturales sin ver un solo peso por su proyecto.

El proyecto final de PRINS, con tres torres -la central de 120 metros- apuntando derechito a Dios, solo se puede ver en un dibujo de su autoría y desde que PRINS falleció hasta hace muy poco, el edificio estuvo sin mantenimiento y recién en 2006 se comenzaron a hacer algunas reparaciones y restauraciones, para exhibirlo como está hoy.

San Benito de Palermo (1834)
Fue un caserón estilo renacimiento construído entre 1834 y 1843, para que sirviera como residencia del gobernador de Buenos Aires, JUAN MANUEL DE ROSAS y su familia (imagen). Después de Caseros (1852), fue utilizado como sede de la Escuela Naval y luego del Colegio Militar, ambas instituciones creadas  por DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO. El 3 de febrero de 1899 fue dinamitada “como parte de los festejos recordatorios del triunfo de URQUIZA  en la batalla de Caseros” y  sobre sus escombros, como una venganza “post morten” de sus antigüos adversarios, se erigió el monumento a SARMIENTO, obra del escultor Auguste Rodin,

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La obra se comenzó bajo la dirección del maestro constructor SANTOS SARTORIO, sobre planos de FELIPE SENILLOSA, construyéndose lo que fue la base del edificio principal, que fue terminado recién en 1843, por MIGUEL CABRERA, siguiendo hasta en sus últimos detalles, las directivas del mismo ROSAS.

Situada en un inmenso terreno de 541 hectáreas (hoy Parque Tres de Febrero) fuera del casco urbano de la ciudad, estaba ubicada en la intersección de las actuales Avenida Sarmiento y Avenida del Libertador, zona que en aquella época estaba a extramuros de Buenos Aires,  ocupando un terreno bajo con  pantanos y bañados, por lo que se debió rellenarse con tierra que era extraída de lo que hoy es el Barrio de Belgrano y plantar numerosos árboles luego para desecarlo, lograndose, luego de muchos esfuerzos y trabajos que fueron solventados personalmente por ROSAS, transformar el lugar en uno de los más hermosos sector de la ciudad.

A fines de 1838,luego de la muerte de su esposa ENCARNACION, con las obras sin terminar, ROSAS abandonando la  residencia que ocupaba (una propiedad de la familia de los EZCURRA ubicada en en la esquina de las actuales calles Bolívar y Moreno), se trasladó a San Benito de Palermo. Entre 1839 y 1852 esa será su residencia,  su  lugar predilecto y el centro de una intensa actividad social que incluía frecuentes reuniones lirerarios y musicales organizadas con entusiasmo por su hija MANUELITA.

El edificio principal, la casa,  era un inmenso rectángulo de planta baja de 78 por 76 metros, totalmente rodeado por una galería exterior con arcadas en recova. Sobre un patio central convergían dieciséis habitaciones interiores. Una terraza en azotea, con baranda de hierro, complementaba las comodidades de la casa. Cerca del edificio central se hallaba el de la Maestranza o La Crujía, donde estaba el cuartel con la escolta del gobernador.

Su mampostería era de ladrillos y tenía rejas de hierro y aberturas hechas con maderas de excelente calidad.  En su interior no había gran lujo. Si calidad, austeridad y una sobria decoración. No faltaban los cortinados de seda roja, muebles de caoba, espejos, iluminación con faroles de aceite, un piano, alfombras, estufas y una gran biblioteca.

Estaba rodeado por un amplísimo parque en cuyas cuatro esquinas, tenía torreones y cuartos anexos, algunos descubiertos y otro destinado a la Capilla de San Benito. Una rica variedad de árboles y plantas, un lago artificial de 100 varas de largo y glorietas, por donde deambulaban libres  avestruces, teros, gavilanes y pájaros de hermoso plumaje, complementaban la belleza del lugar.

Una descripción de Xavier Marmier, de 1850, dice lo siguiente: «Yo no he visto en todo Buenos Aires más que un hermoso edificio: la casa de Rosas., Ha sido construida según el plano general de las casas de la ciudad pero por un arquitecto hábil y sobre dimensiones cuya extensión no altera en nada la elegancia del edificio. Forma ella sola toda una manzana y no tiene barrera que impida el acceso ni cuerpo alguno de guardia que indique su entrada. Algunos grupos de soldados vestidos con chiripaes rojos, acurrucados en el patio, son los únicos que con su presencia denuncian que aquel edificio no es el de un simple particular”.

“El Restaurador hizo construir los jardines para que los disfrutaran quienes quisieran hacerlo; de ahí que el acceso a Palermo era libre, ya que no había verjas y guardias en su alrededor. El general Lamadrid describe en sus memorias cómo pudo introducirse tranquilamente hasta la morada del dictador, su compadre, cuando éste se negaba a recibirlo, gracias a esa falta de vigilancia. El 3 de febrero de 1852, la última persona que se retiró de Palermo fue MANUELITA, que lo hizo a las ocho de la noche”.

Demolición de la casa. Después de Caseros, la propiedad de Palermo se incluyó entre los bienes confiscados de Rosas y pasó años abandonada. En 1858 se la utilizó para la Primera Exposición Rural y después como sede de una Escuela de Artes y Oficios. En 1869 fue ocupada por el Colegio Militar de la Nación, recién fundado, que estuvo allí hasta 1893. Luego, por la Escuela Naval, hasta 1899, año en que se dispuso la demolición de la histórica residencia de don Juan Manuel, durante el segundo gobierno de JULIO ARGENTINO ROCA.

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El primer Teatro Colón  (24/04/1857)
La idea de un Teatro monumental, al estilo de las viejas ciudades de Europa, había nacido en la época cuando gobernaba el virrey SOBREMONTE. Pero se quedó en idea durante muchos años, siempre postergada por las invasiones, las guerras y las revoluciones. En 1855, aunque aún los problemas no habían desaparecido, empezó a levantarse este Teatro surgido de la decisión de un grupo de vecinos de Buenos Aires. Una sociedad de “jóvenes atolondrados que expusieron su fortuna particular”, entre ellos, JOAQUÍN LAVALLE, MARTÍN RIVADAVIA, ESTEBAN RAMS Y RUPERT, LORENZO TORRES, los “inevitables” hermanos VARELA, el coronel-poeta HILARIO ASCASUBI le encargaron la confección de los planos a “un ingeniero de nacionalidad francesa y apellido italiano, muy dedicado a los estudios históricos…”, el ingeniero CHARLES HENRY PELLEGRINI, a quien se le debe este Teatro que fue el primer Teatro Colón (imagen) que tuvo la ciudad de Buenos Aires.

Estaba ubicado en la esquina noreste de las actuales Rivadavia y Reconquista, frente a la Plaza de Mayo, donde hoy se encuentra el Banco de la Nación, un lugar conocido como “el hueco de las ánimas” y que JUAN DE GARAY, cuando fundó la ciudad de Buenos Aires en 1580, había reservado para construír allí su residencia particular y que más tarde, al ser considerado un lugar estratégico para la defensa de la ciudad, se comenzó a levantar una fortificación, que nunca se terminó.

Las obras del primer Teatro Colón, comenzaron en 1855 y estuvieron a cargo del nombrado ingeniero PELLEGRINI, quien en dos años de trabajo, realizó una verdadera revolución arquitectónica y el Teatro fue inaugurado el 24 de abril de 1857, con la presentación de la ópera “La Traviata”, cantada por el tenor TAMBERLICK y la soprano VERA LORINI. Su sala tenía la forma de una herradura y poseía una araña, que el público bautizó “lucerna”, con 450 picos de gas que eran encendidos mediante un mecanismo especial. Ese sistema de iluminación era toda una novedad y apenas se veían algunas de estas luces en unas pocas calles del centro de la ciudad. Su cieloraso tenía decorados de CHERONETTI y VERAZZI. Al sector de “cazuelas” y “paraíso”, se entraba por la calle Reconquista. La noche de su inauguración el Teatro estuvo colmado por la aristocracia porteña y sólo hubo un palco vacío, en el que colgaba un crespón negro. Era nada menos que el palco reservado para el poeta HILARIO ASCASUBI, el hombre que más había hecho por la creación de este Teatro y que esa misma noche, estaba velando a su hija, que había muerto de “mal de amores”. Aquel viejo Teatro Colón estaba llamado a apagarse para dar paso a un emprendimiento estatal de mayor calibre, que desembocó, veinte años después, en el actual edificio de la calle Libertad, inaugurado en 1908. Y fue el 13 de septiembre de 1888 que apagó sus luces, dejando cumplida una relevante trayectoria que se extendió por espacio de treinta años. En el transcurso de este lapso la ciudad de Buenos Aires, alcanzó considerable desarrollo ya sea en el aspecto edilicio, social como cultural. La ópera, considerada entonces la expresión teatral por excelencia, estaba profundamente arraigada en el gusto y las predilecciones de los porteños. El cierre del viejo Colón se produjo a raíz de haberse ordenado en 1887, por Ley 1969 sancionada por el Congreso de la Nación, la venta del edificio del Banco de la Nación Argentina. Con el importe de esa operación, que alcanzaba la suma de $ 950.000 m/n. la Municipalidad debía construir un nuevo teatro de mayor capacidad y posibilidades técnicas. Para ello en 1888, mediante la Ley 2381 se licitó la construcción del nuevo edificio y la obra se inició el 13 de setiembre de ese mismo año.

En esos veinte años durante los que el viejo Teatro Colón no tuvo vida, el “Teatro de la Ópera”, ubicado en el mismo solar que hoy ocupa en la avenida Corrientes, fue protagonista de las temporadas porteñas de Ópera. Claro que lo alimentaba el mercado creciente de la inmigración, reflejado en una competencia intensa por parte del Politeama, el Odeón, el Teatro de la Comedia y el Avenida, a los que en 1907, se sumaron el Coliseo, sin olvidar las salas menores como la de Mayo o la de Zarzuela.

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El Palacio Miró (1867) 1868?
Cuando a la zona se la conocía como el “Hueco de Zamudio” (un área comprendida por unas diez manzanas), los desbordes del arroyo Tercero solían convertir el terreno en un lodazal. Hasta dicen que había una pequeña laguna donde algunos iban a cazar patos. Pero un día, una manzana del lugar se remató en una subasta y la puja la ganó un comerciante a quien consideraban uno de los porteños más ricos de ese momento. Eso ocurrió en 1841, el comerciante se llamaba MARIANO AGUSTÍN MIRÓ DORREGO (Director de varias instituciones financieras) y el terreno en cuestión comprendía la manzana de las actuales Viamonte, Libertad, Córdoba y Talcahuano, en el barrio de San Nicolás.

Entonces, para ese terreno el paisaje cambió: allí, el hombre hizo construir una mansión (imagen) que se mantuvo en pie hasta 1937, cuando el terreno fue expropiado por la Municipalidad para ampliar la plaza, y la demolieron. Al edificio lo conocieron como el “Palacio Miró” y mantiene un lugar destacado en la historia de Buenos Aires.

La construcción del palacio se terminó en 1868 y su entrada principal estaba sobre la calle Viamonte (entonces conocida como Del Temple). El edificio, construido al estilo de una villa italiana, tenía dos plantas y un importante mirador que resaltaba en el perfil de la mansión. En la planta baja una galería perimetral la hacía más señorial y le daba marco a una escalinata de mármol. El lugar, proyectado por los arquitectos italianos NICOLA y GIUSEPPE CANALE (padre e hijo), estaba destinado a que lo habitaran MIRÓ y su esposa, FELISA GREGORIA DORREGO INDARTE DE MIRÓ (hija de LUIS DORREGO, hermano de MANUEL, fusilado por LAVALLE  en 1828). El día que se casaron él tenía 35 años y ella, 16.

Aquella edificación fue una de las primeras en ser pensada con perímetro libre alrededor para que eso se convirtiera en parque. Y así fue porque con el tiempo el palacio estuvo rodeado de árboles de distintas especies donde se destacaban magnolias, cedros, jacarandás, pinos, araucarias y hasta plantas de cítricos. Algunos de aquellos árboles sobrevivieron a la demolición de la mansión y hoy todavía son parte de la plaza que está allí.

Cuentan que entre ellos hay un ceibo de Jujuy plantado por TORCUATO DE ALVEAR, así como un gran ficus que tiene una copa de gigantesco diámetro. “El Palacio Miró” y su gran parque le daban un toque distinto a la zona porque los otros grandes edificios cercanos tenían destinos diferentes. Uno era el del “Parque de Artillería”, un sector militar que estaba donde ahora está el edificio de Tribunales; el otro, la estación que había instalado la “Empresa Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste” que estuvo hasta 1882. De ahí salió la locomotora La Porteña con el primer tren que recorrió la ciudad.

En julio de 1890, la residencia sufrió graves daños porque quedó en medio del fuego de un sangriento enfrentamiento conocido como “la revolución del Parque”. Los antagonistas fueron una fuerza cívico-militar (integrada por gente de la Unión Cívica y grupos militares) y los leales al gobierno del presidente MIGUEL JUÁREZ CELMAN. AGUSTÍN MIRÓ no vio aquello porque había muerto en 1872. Pero su viuda sufrió mucho al ver las ventanas y algunas paredes destruidas por la metralla de esa disputa. También aquello afectó a algunas de las obras de arte que había allí.

Después el lugar fue restaurado y en 1910 en la mansión se realizó el baile principal por los festejos del Primer Centenario de la Revolución de Mayo, al que concurrieron el presidente JOSÉ FIGUEROA ALCORTA y la infanta ISABEL, que vino en representación del rey ALFONSO XIII. Para entonces, doña FELISA ya no estaba: murió en 1896. Pero antes de su muerte también tuvo que pasar por una situación que la afectó emocionalmente. En diciembre de 1887, en la calle Tucumán y entre dos manzanas de la plaza, se inauguró una gran estatua del general JUAN GALO DE LAVALLE, un militar destacado en las luchas por la Independencia.

En ese momento, la plaza ya llevaba su nombre. Pero había un detalle para no olvidar: por diferencias políticas internas, Lavalle había sido quien ordenó el fusilamiento de Manuel Dorrego en 1828. Y tener aquel monumento sobre una columna a más de 20 metros del suelo fue interpretado como una ofensa por la viuda de Miró, sobrina del fusilado. Por eso, dispuso que todas las ventanas del palacio que daban hacia Viamonte fueran tapiadas. Y tampoco ya nadie subió al mirador (Fdo. Eduardo Perise).

La Casa de los Leones (1880)
La llamada Casa de los Leones (imagen), es una casa que está ubicada en el Barrio Barracas, en la esquina formada por las actuales calles José Hernández y Luis María Campos, cuya construcción fue encargada por un  empresario italiano que a poco de mudarse en ella con su familia, desapareció, se dice que para no ser apresado por un desfalco que habría cometido. Su fama y razón para que figure como figura en la historia de la ciudad de Buenos Aires, se debe a una fantasía, creada por algún avispado cronista que quiso dotar al Barrio de Barracas, con un halo de misterio, amor y tragedia para hacerlo más atractivo.

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La mansión, luego de permanecer abandonada durante algunos años, en 1880, fue adquirida por EUSTOQUIO DÍAZ VÉLEZ, un acaudalado terrateniente que  decidió vivir en el barrio de Barracas, más precisamente en la calle larga (como se conocía a la actual avenida Montes de Oca), aduciendo que como él viajaba constantemente a sus estancias en el sur, la cercanía de esa casa al puente Gálvez, hoy puente Pueyrredón, el único que cruzaba el riachuelo, le facilitaba el viaje. Por otro lado, en esa época ese barrio se caracterizaba por albergar importantes casas-quintas.

Barracas, era un barrio del sur de la ciudad que se caracterizaba en la historia por las” barracas” en donde se trabajaba las carnes y cueros durante el siglo XIX; también por allí pasaba uno de los caminos más importantes que iban al puerto del Riachuelo, la llamada “calle larga”, hoy bautizado como Montes de Oca. Fue el Barrio donde en el siglo XX,  asentaron sus fábricas empresas alimenticias como Canale, Bagley y Águila y que hoy copan este espacio importantes imprentas del país.

Por la avenida Montes de Oca, vía que atraviesa el Barrio de norte a sur, viven lugares con historias y leyendas, desde la antigua iglesia de Santa Lucía hasta la iglesia de Santa Felicitas, que cuenta la legendaria historia de FELICITAS GUERRERO y la ex casa cuna, actual “Hospital del niños Pedro Elizalde”

Y si bien la leyenda de Felicitas es la más conocida, cuando se habla de ese Barrio, viejos vecinos siguen alimentando una historia que no tiene absolutamente ningún viso de realidad. Los dichos que aseguran que en esa casa, donde tenían tres leones para cuidarla de los malechores, una hija del matrimomonio DÍAZ VÉLEZ se suicidó luego de que su novio fuera devorado por uno de esos leones, son totalmente falsos, pues el matrimonio DÍAZ VÉLEZ –JOSEFA CANO DÍAZ VÉLEZ (sobrina de él ya que era hija de una hermana suya), no tuvo hijas (solo tuvo dos hijos) y en esa quinta jamás hubo leones.

Lo que si es cierto, es que EUSTOQUIO DÍAZ VÉLEZ, era hijo del general EUSTOQUIO ANTONIO DÍAZ VÉLEZ (1782-1856)  y de MARÍA DEL CARMEN GUERRERO Y OBARRIO, un hombre que luchó en las invasiones inglesas y en las guerras de la independencia lo que le valió ascensos hasta llegar a ser el segundo del general MANUEL BELGRANO en el Ejército del Norte y fue quien sostuvo la bandera Argentina, mientras Belgrano le juraba fidelidad. Don EUSTOQUIO (hijo), era por herencia, uno de los hombres más ricos de mediados y fines del siglo XIX. Su fortuna era comparable a la de los ANCHORENA, los ÁLZAGA, los GUERRERO y otras familias encumbradas de la ciudad. La fortuna de DÍAZ VÉLEZ radicaba principalmente en las grandes extensiones de tierras que tenía en las costas del sur de la provincia de Buenos Aires. Sus estancias y actividad ganadera le redituaban importantes ingresos que lo colocaban en las altas esferas de la sociedad porteña. La ciudad de Necochea y sus alrededores se encuentra hoy en esas tierras que pertenecieron a su familia y que las donaron para fundar ese partido costero.

Además de terrateniente también fue dos veces presidente del club “El Progreso”, un ambiente de elite donde los políticos, ciudadanos y empresarios de importancia se reunían para hacer sociales, para que surgieran importantes negocios y se tomaran decisiones políticas para el país.

La casa que comprara en 1880, don EUSTOQUIO, fue transformándose poco a poco y mediante mucho trabajo, ingenio y buen gusto, en una magnífica residencia, en una de las quintas más hermosas de la Avenida Montes de Oca, una espléndida muestra de la arquitectura francesa, rodeada de hermosos parques y jardines, identificada hoy como el “Palacio Díaz Vélez”, aunque se la siga llamando “la casa de los leones” y atribuyéndole una historia que no fue, por la hermosa ecultura que adorna su Parque, causante inocente quizás de esa leyenda.

Hoy funciona allí la Asociación VITRA –Fundación para Vivienda y Trabajo para el Lisiado Grave, ocupando esa propiedad orgullo de nuestro pasado que aguarda la reacción de las autoridades para que se la repare y se la preserve.

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El nuevo Teatro Colón (25 de mayo de 1908)
La construcción del nuevo Teatro Colón (imagen), fue una decisión del Intendente TORCUATO DE ALVEAR que apoyando una iniciativa que el músico y empresario de ópera, radicado en Buenos Aires, ÁNGEL FERRARI (1835-1897), presentara en 1886, tres años más tarde llamó a Licitación pública para adjudicar la obra al mejor proyecto. Triunfó la propuesta de Ferrari, quien acompañó su oferta con un proyecto del arquitecto e ingeniero italiano Francesco Tamburini (1846-1890).

Los planos trazados por el ingeniero TAMBURINI fueron los más adecuados por la importancia que quería dársele a este nuevo centro de cultura. El plazo fijado por el contrato establecía que el nuevo Colón debía construirse en un término de treinta meses, pensando en inaugurárselo el 12 de octubre de 1892, fecha en que se cumplía el cuarto centenario del descubrimiento de América.

El emplazamiento del nuevo Teatro debía elegirse entre dos privilegiadas manzanas céntricas.  La primera, donde hoy se encuentra el Palacio del Congreso y la segunda los terrenos que ocupaba la vieja estación del Parque, del Ferrocarril Oeste, donde se encontraba instalado el Estado Mayor del Ejército. El lugar originalmente elegido para construirlo fue una manzana ubicada en el cruce de las avenidas Rivadavia y Entre Ríos, pero como ésta se destinó finalmente al futuro Palacio del Congreso Nacional, se compró la manzana que ocupaba la Estación del Parque” del Ferrocarril del Oeste, frente a la actual Plaza Lavalle, en el predio limitado por las calles Cerrito, Libertad, Talcahuano y Viamonte, lugar que hoy ocupa con su imponente estructura. Las obras comenzaron en 1889 y fueron tantas las vicisitudes de la nueva construcción que de los treinta meses previstos. se llegó a los dieciocho años de labor.

La obra estuvo a cargo de la empresa constructora de los italianos ÍTALO ARMELLINI y FRANCISCO PELLIZZARI. En 1890, cuando la construcción apenas llegaba al primer nivel, falleció TAMBURINI, por lo que se hizo cargo de la continuación de la obra, su colaborador, el arquitecto italiano VITTORIO MEANO (1860-1904), formado en Turín. En 1892 MEANO introdujo cambios notables en el proyecto y continuó dirigiendo la obra, de lenta ejecución, hasta que en 1904 fue asesinado en un confuso episodio policial. Asumió entonces la dirección de la obra su discípulo el arquitecto belga JULES DORMAL (1846-1924), a quien se deben las terminaciones interiores de refinada calidad y rica ornamentación.

Finalmente, pasados veinticinco años del cierre del primer Teatro Colón, ubicado en la Plaza de Mayo y luego de casi veinte años de construcción, aunque sin la totalidad de las obras terminadas, se puso a cargo de la empresa que dirigía CÉSAR CIACCHI, la administración y explotación comercial de esta Sala, que  fue inaugurada el 25 de mayo de 1908, en ocasión de la función de gala, tradicional de esa fecha, con una puesta en escena de “Aída”, ópera de GIUSSEPE VERDI, con LUCIA CRESTANI y AMADEO BASSIEN en los papeles protagónicos, bajo la batuta de LUIGI MANCINELLI, después de haberse repetido por dos veces el Himno Nacional Argentino.

El nuevo edificio, orgullo de una gran ciudad que conformaba ya Buenos Aires en los años cercanos al Centenario de la Revolución de Mayo de 1810, estaba totalmente tratado según los lineamientos artísticos del Renacimiento francés presentando todos los elementos arquitectónicos de esa época. El Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires es un “teatro de ópera”, que por su tamaño, acústica y trayectoria, está considerado uno de los cinco mejores del mundo. Comparable a “La Scala de Milán”, a la “Ópera Estatal de Viena”, a la “Ópera Semper” de Dresde y a la “Ópera de París” es índice inequívoco de consagración para quienes se presentan en él y lugar ineludible para los amantes de la música. Ha sido desde siempre un Teatro muy querido por el público y por los artistas que han pasado por su escenario. Es además, en rigor, junto con el “Palacio del Congreso” y la “Casa de Gobierno”, uno de los edificios históricos más representativos de la ciudad de Buenos Aires

El edificio es de estilo renacentista italiano, con ornamentación francesa, y llama la atención por su suntuosidad, especialmente “el foyer”, y la gran escalera. Ocupa 8200 metros cuadrados –con una superficie total de 58.000 m²– tiene siete pisos u órdenes, que contienen 2.487 asientos, en los que se incluyen 632 plateas y además de albergar las instalaciones propias del Teatro, es la sede de su Ballet y Coro estables, de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, del Instituto Superior de Arte, de la Biblioteca y el Centro de Experimentación Musical. La entrada principal se encuentra sobre la calle Libertad, bajo una marquesina de hierro forjado, y conduce a un gran “Foyer” adornado por columnas con basamento de mármol rojo de Verona, recubiertas de estuco para imitar el mármol botticino y con aplicaciones de estuco dorado. El hall, de 14 metros por 28, está coronado por un luminoso vitral en forma de cúpula a 25 metros del suelo, realizado por la casa Gaudin de París. El piso, con diseño de guardas y motivos decorativos, está cubierto por teselas de gres de forma irregular. La escalinata de entrada, construida en mármol de Carrara, está flanqueda por dos cabezas de león talladas en piezas únicas. Mármoles amarillos y rosados de Siena y Portugal dan distintos matices de color y textura a la balaustrada. Sucesivas escalinatas, enmarcadas en vitrales de Gaudin, llevan a los niveles superiores.

La Sala principal-una de las mayores del mundo- tiene 32 metros de diámetro, 75 de profundidad y 28 de altura en un entorno de estilo ecléctico, que combina expresiones del “neorenacentismo italiano” y francés, con una rica decoración en dorado y escarlata. Dividida en siete niveles, tiene capacidad para 2487 espectadores sentados y alcanza los 3000 si se incluyen los parados. El escenario tiene 35 metros de profundidad por 34 de ancho y la boca de escena es una de las más grandes en los teatros con forma de herradura a la italiana. Rodeando la Sala, puede verse el gran hall de entrada (“Foyer”), el Salón Dorado, el Salón de los Bustos, el Salón Blanco y el Museo que alberga los trajes utilizados por algunas de las figuras que pasaron por el teatro. La platea está formada por 632 butacas de hierro forjado  y madera, tapizadas en pana y dispuestas en 22 filas, divididas en dos por un corredor central.

La araña es un  un gran “plafonier” de bronce en semiesfera, de siete metros de diámetro y 1.300 kilos de peso, que, ilumina la Sala con 720 lámparas de 25 wats cada una y un centenar de apliques de bronce con tulipas de diseños variados y numerosas cajas con luz indirecta, sumados al rojizo y fresa de la tapicería y al oro pálido y marfil antiguo de los elementos de decoración, otorgan a la sala un tinte cálido y acogedor. Sus luces se encendieron por primera vez cuando se inauguró el Teatro el 25 de mayo de 1908

Desde las entradas laterales hasta el escenario hay, a derecha e izquierda, sendas filas de cinco palcos “baignoire” o “grillés”, construidos bajo el nivel de la platea y cerrados por una reja removible de bronce. Utilizados originalmente por el sector del público que guardaba luto o no quería ser visto, esos recintos -que el arquitecto MEANO llamaba «palquitos con reja»- albergan hoy cabinas de grabación de audio y video, así como de retransmisión de los espectáculos por radio o televisión. Estas grabaciones forman parte del archivo del Colón, que contiene buena parte de la memoria viva del teatro, y están ahora disponibles para los melómanos del mundo. Desde la platea se elevan tres niveles de palcos: bajos, balcón y altos. Construidos a la francesa, abiertos y con divisiones bajas, una cortina de brocato de seda color rosa viejo los separa de su antepalco, amueblado con banquetas, espejos y percheros. Los pisos superiores reciben los nombres de cazuela (con espacio de pie, tradicionalmente destinado a las mujeres), tertulia (con espacio de pie para hombres), galería y paraíso. A las localidades con asiento se suman más de mil quinientos lugares para espectadores de pie, distribuidos en esos cuatro niveles.

El escenario. Está construida con curva “a la italiana”, en forma de herradura algo alargada. Tiene 75 metros de largo total, con 38 metros desde el fondo de la platea hasta el telón. La sala reúne las características ideales de la resonancia italiana y la claridad francesa, rasgo que ha convertido al Teatro Colón en el favorito de muchos artistas.

La cúpula original de 28 metros de altura, que fuera obra de MARCEL JAMBÓN, en colaboración con el pintor argentino CASIMIRO MELLA, se dañó debido a filtraciones y humedades en 1930, por lo que tuvo que ser renovada, tarea que en 1966 se le encomendó al pintor argentino Raúl Soldi, que es la que actualmente luce.

Salones y Foyer. El tradicional paseo que puede realizarse durante los intervalos,  permite la visita a los grandes salones del Colón. El “Salón de los Bustos”: decorado con bustos de compositores realizados por el escultor Luis Trinchero y con el importante grupo escultórico llamado «El secreto», de Eberlein, comunica con el Salón Blanco, un ámbito de estilo renacimiento francés, que se trata del antepalco de la platea- balcón en funciones oficiales y se utiliza frecuentemente para reuniones formales, conferencias y agasajos. Dos grandes galerías, coronadas por vitrales, ofrecen una vista amplísima del hall de entrada y conducen de la Galería de los Bustos y al

Salón Dorado. El Salón Dorado es de inspiración francesa, reminiscente del Grand Foyer de la Ópera de Paría”. El dorado a la hoja de su decoración, las columnas talladas, las arañas, los vitrales de Gaudin, con imágenes de Homero y Safo y el refinadísimo mobiliario son reflejados por una sucesión de espejos que potencia su fastuosidad. Convertido ya en una sala con vida propia, el Salón Dorado es centro permanente de conciertos de música de cámara, conferencias y exposiciones paralelas a la actividad de la sala, con entrada libre y gratuita.

Los Talleres del Teatro Colón, un sector que  conforma un mundo extraordinario. Uno de principales atractivos para los turistas que llegan  para revivir en ellos, las innumerables leyendas y anécdotas que se han tejido a su alrededor, vinculadas con las proezas creativas que han salido desde ellos, caprichos de las “divas”, historias de romances y secretos no revelados. Sastrería, carpintería, sala de tramoyas, parrillas para iluminación, peluquería y depósito de pelucas, son algunas de las sorpresas que aguardan entre sus paredes, haciendo del Teatro Colón una Sala única de entre sus pares del mundo, ya que telones, elementos escenográficos, vestuarios, decorados, utilería y todo lo necesario para una puesta en escena completa, se diseña, arma y construyen en el mismo edificio. Tanto el Instituto Superior de Arte, como los talleres y los cuerpos estables de coro, orquesta y ballet son un semillero de talentos que han dado prueba de la capacidad profesional y artística de sus egresados y empleados.

Después de su inauguración continuaron las obras y se siguió trabajando en detalles y en los interiores hasta después de 1910.El 5 de setiembre de 1908 fue estrenada en esta nueva sala, la ópera “Aurora” del compositor argentino HÉCTOR PANIZZA.

El Hotel de Inmigrantes (13/08/1857)
El 13 de agosto de 1857, se inaugura el que fue el primer Hotel de Inmigrantes en Buenos Aires, que funcionó hasta el 5 de enero de 1874. Estaba ubicado en la esquina de las actuales avenida Leandro Alem y Corrientes y fue construido por la “Asociación Filantrópica de Inmigración”, que contó para ello con la ayuda económica de la Nación y la cesión de los terrenos anexos al Puerto de Buenos Aires, donde actualmente se encuentra la Estación Retiro de Ferrocarriles. Un contingente de inmigrantes suizos, llegados en esa época, fueron sus primeros alojados.

Ya desde 1821 se venían implementando una serie de leyes para atraer a los interesados en venir a radicarse en estas tierras. A partir de 1823 se promociona abiertamente la inmigración a través de agentes y se ofrecen ciertos “beneficios” para atraer, a los jóves, como por ejemplo, la exenci del servicio militar y en 1869, el derecho a obtener la nacionalidad luego de una estadía de dos años en suelo argentino.

El 3 de noviembre de 1881, se inauguró el que fue el segundo edificio destinado a funcionar como Hotel de Inmigrantes. Estaba ubicado en la calle Cerrito 1250 (entre Arenales y Juncal), de la ciudad de Buenos Aires (donde hoy tiene su sede el Centro Argentino de Ingenieros) y funcionó allí, hasta 1888, cuando la explosión inmigratoria de esos años, lo hizo insuficiente para albergar la gran cantidad de inmigrantes que llegaban al país.

En 1906 comienza  la construcción del Hotel de Inmigrantes, que estaba ubicado en la actual avenida Antártida Argentina 1355, y que actualmente alberga el “Museo de los Inmigrantes. Terminado en 1911, era un enorme  edificio de hormigón armado, con amplios corredores centrales, largas escaleras y altísimas paredes con azulejos blancos. Formaba parte de un gran complejo donde, además, había diversos pabellones destinados a la recepción de los que llegaban y a su revisación médica, tarea de gran importancia, pues solo así era posible detectar posibles males crónicos, mal atendidos en sus lugares de origen o producto de una mala alimentación o enfermedades contraídas durante el largo y penoso viaje al que se habían visto obligados a soportar,

Tenía cuatro cuatro pisos y estaba capacitado para albergar hasta tres mil personas. La Planta baja estaba ocupada por la cocina y el gran comedor, que también se utilizaba para reuniones y actividades sociales, quedando los cuatros pisos superiores destinados a los dormitorios. Éstos eran cuatro por piso y cada uno disponía de comodidades para 250 alojados. Eran ambientes confortables, bien aireados, aunque por razones de higiene, las camas no tenían colchón (posibles refugio de chinches y piojos) y éstos eran reemplazados por simples lonas o cueros.

A todos los que llegaban, se les garantizaba alojamiento hasta que encontraran, clases de castellano, atención médica y comida, todo gratuitamente y pocos de ellos, se vieron obligados a pasar largo tiempo alojados allí, pues las condiciones en que se encontraba la Argentina en esas épocas, le permitía absorber muy rápidamente esa mano de obra que llegaba dispuesta a labrarse un nuevo y  más promisorio porvenir.

La Manzana de las Luces (01/09/1821)
El 1º de setiembre de 1821 se comienza a identificar como Manzana de las Luces, a la comprendida entre las calles Perú, Alsina, Bolívar y Moreno, la zona más antigua de la ciudad de Buenos Aires, que se había constituído en la sede de numerosas entidades vinculadas con la cultura. Fue nombrada así, por primera vez, en un artículo publicado por el diario “El Argos”, que en su Editorial del 1º de setiembre de 1821, propuso llamar “la Manzana de las Luces” a esta zona de la ciudad de Buenos Aires, debido a que las “numerosas instituciones culturales que se hallaban instaladas en esa manzana, iluminaban el intelecto del país”

En comparación con otras ciudades de América latina, Buenos Aires guarda muy poco de su pasado colonial. Por eso es que, dada la importancia de este pedazo de tierra, protagonista fundamental de la Historia Argentina, se hace necesario atesorar los contenidos que la hacen tan especial. Comencemos diciendo que los primeros en establecerse en el lugar, fueron los jesuitas. Instalados desde su llegada al Río de la Plata (1608), en terrenos cercanos al Fuerte de Buenos Aires, en la parte oriental de la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo), temiendo el ataque de corsarios a la ciudad,  en 1661 deciden trasladar el “Colegio San Ignacio” al predio comprendido por las actuales calles Bolívar, Moreno, Alsina, Avenida Julio A. Roca y Perú, que les había sido donado por ISABEL CARVAJAL y el 20 de agosto de 1662, lo inauguraron.

Ese fue el comienzo de este lugar emblemático de la ciudad de Buenos Aires, porque allí, en 1686 comenzó luego la construcción de la “Iglesia de San Ignacio”, que abrió sus puertas en 1722 y fue consagrada en 1734; en 1710 se inició la construcción del Claustro del “Colegio San Ignacio” que se inaugurará en  1729; en 1730, los jesuitas construyeron la “Procuraduría de las Misiones”, en la actual esquina de Perú y Alsina, desde donde administraban las “misiones” y daban albergue a los aborígenes que pasaban por Buenos Aires, lugar en el que luego, en 1780, fue puesto en funcionamiento el “Protomedicato”, destinado a controlar el ejercicio de la medicina;

En 1772, habiendo remodelado las antigüas aulas e instalaciones del Colegio San Ignacio, comenzó  a desarrollar sus actividades el “Real Colegio de San Carlos”,  rebautizado en 1783 con el nombre de “Colegio Convictorio Carolino”, cuyo edificio será ocupado luego, a partir del 14 de marzo de 1863 por el actual “Colegio Nacional de Buenos Aires”. En 1780, en la intersección de las actuales calles Perú y Moreno, comenzó a funcionar la “Real Imprenta de Niños Expósitos”, traída por el virrey JUAN JOSÉ DE VÉRTIZ Y SALCEDO para solventar los gastos que demandaba el matenimiento de la “Casa de Niños Expósitos”. En 1783 fue trasladada a la esquina de Perú y Alsina y allí funcionó hasta 1824. En 1783, en lo que era la ranchería del Colegio, frente a la Manzana, se construyó el primer Teatro que tuvo Buenos Aires. Se llamaba  “Teatro de la Ranchería”, se inauguró el 30 de noviembre de 1783  y llegó para darle un gran impulso a la vida cultural de la ciudad

Llegado el siglo XIX, el lugar fue sede de la Biblioteca Pública (16 de julio de 1812; del “Colegio de la Unión del Sud”, creado el 18 de junio de 1817 por el Director Supremo, JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN. Fue inaugurado un año más tarde y en 1823, se transformó en el “Colegio de Ciencias Morales”, institución en la que estudiaron ESTEBAN ECHEVERRÍA, VICENTE  FIDEL LÓPEZ , JUAN MARÍA GUTIÉRREZ, MIGUEL CANÉ (padre), JOSÉ MÁRMOL, FÉLIX FRÍAS, MARCOS PAZ y JUAN BAUTISTA ALBERDI entre otros hombres notables de la época el colegio

Y varios fueron luego los eventos y las instituciones que tuvieron su sede allí. Algunos de estos fueron  la Sala de Representantes de la ciuad de Buenos Aires (entre 1820 y 1854); la Legislatura Provincial (desde 1822 hasta 1884, salvo un interregno de dos años y medio); la Universidad de Buenos Aires, que fundada el 12 de agosto de 1821, se instaló en en Perú y Alsina; el Archivo General de la Provincia de Buenos Aires (28/08/1821), que el 29 de agosto de 1884 cambió su nombre por el de “Archivo General de la Nación”,  que funcionó en el mismo lugar durante varios años; el Tribunal de Cuentas de la Nación  (28/08/1821); el Banco de la Provincia de Buenos Aires (06/09/1822 hasta 1827); el Museo Público de Buenos Aires (diciembre de 1826), que tuvo el honor de contar entre sus Directores a CARLOS GERMÁN BURMEISTER, FLORENTINO AMEGHINO, CARLOS BERG y ÁNGEL GALLARDO.  En 1854 fue trasladado desde su sede inicial, el Convento de Santo Domingo, hasta la ex Procuraduría de las Misiones, en donde ocupaba cuatro salas: el Congreso General Constituyente (entre 1824 y 1827); el Congreso Nacional en esa misma fecha y luego desde 1862 hasta 1864; las Convenciones Provinciales reunidas en 1860 y 1870; el Archivo General de la Nación  (29/08/1884); la Administración de la Vacuna, el Departamento de Escuelas,  el Departamento Topográfico,  el Juzgado de Comercio,  la Escribanía General de Gobierno, la Aduana de Buenos Aires,  el diario “La Prensa”, la Academia Nacional de Historia,   las Facultades e Ciencias Exactas y Naturales y de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires,

A su rica historia como sede de importantes referentes de la cultura nacional, sin duda un singular atractivo para recorrer sus calles, se suma hoy que la “Manzana de las luces” es además, el punto de partida de una misteriosa red de túneles que corren por debajo de Buenos Aires. Fueron excavados a cinco metros de profundidad y se supone que conectaban los edificios con el Fuerte y eran una vía de escape ante un posible ataque de piratas.

La Plaza de los dos Congresos (30(09/1908)
La antigua Plaza del Congreso. Hoy llamada “Plaza de los dos Congresos” es un gran espacio abierto unido a la Plaza de Mayo por medio de la avenida de Mayo, en la ciudad de Buenos Aires. Junto con un importante grupo de edificios, algunos de ellos, hoy, verdadera reliquias históricas, tomó su nombre por la presencia en ese lugar del antiguo Congreso de la Nación

Su creación fue dispuesta por medio de la Ley Nacional N؟ 6.286, sancionada el 30 de setiembre de 1908, cuyo segundo artículo establecía la creación de un parque que contuviera la Plaza Lorea y a esta nueva plaza, debiendo ser emplazada en los terrenos limitados  por las calles Entre Rïos, Victoria (actualmente H. Yrigoyen), Rivadavia y la misma Plaza Lorea.

Varios proyectos fueron presentados, incluidos los del famoso paisajista francés CARLOS TAYS y el de JOSEPH BOUVARD que presentó un proyecto de plaza seca alrededor del Palacio del Congreso, que no fue tenido en cuenta ya que hacerlo impondría un gran número de expropiaciones (algo políticamente antipático), por lo que finalmente el proyecto de Tays fue aprobado, con el beneplácito de los vecinos, pues el mismo respetaba el pedido que habían hecho a las autoridades municipales, para que la obra a realizarse, no afectara la Plaza Lorea..

La obra fue finalizada en enero de 1910 y el Acto de Inauguración fue presidio por el Presidente JOSÉ FIGUEROA ALCORTA acompañado por el ex presidente de Brasil, don MANUEL FERRAZ DE CAMPOS SALES, el Presidente de Chile, PEDRO MONT, la Infanta ISABEL DE BORBÓN y el político francés GEORGES CLEMENCEAU

El diseño original de la Plaza se mantuvo hasta 1968, que fue cuando se estableció la mano única para la circulación de vehículos y a partir de entonces sufrió varias modificaciones para ir adaptándola a las necesidades de una ciudad de crecía vertiginosamente. Pero el monolito que marca el “Kilómetro Cero” de nuestra red vial y la estatua “El Pensador”, obra original del artista francés Auguste Rodín, aún permanecen allí, quizás como únicos testimonios de una época de esplendor que llevó a la ciudad de Buenos Aires a ser reconocida como la “Paris de América”.

Palacio de Aguas Corrientes (00/03/1894)
El Palacio de Aguas Corrientes en la avenida Córdoba, de la ciudad de Buenos Aires, es una de las joyas arquitectónicas que enorgullece a los argentinos En su época, fue el depósito de agua más importante del continente y hoy pertenece a un grupo de obras de arquitectura que gozan de protección oficial, como “Edificio de interés histórico”.

Ubicado en la manzana limitada por las actuales avenida  Córdoba y calles  Ayacucho, Riobamba y Viamonte, en el barrio de Balvanera, se yergue como una multicolor explosión de amarillos, ocres, naranjas y rojos, producto de una técnica constructiva, que aún hoy asombra a quienes se sumergen en una detallada contemplación.

También conocido como el Palacio de Obras Sanitarias, su nombre oficial es “Gran Depósito Ingeniero Guillermo Villanueva”. Fue una obra impuesta por el tremendo llamado de atención que significó la terrible epidemia de fiebre amarilla que se abatió sobre Buenos Aires 1871, una catástrofe que dejó en claro  la necesidad de una provisión segura de agua potable para la población urbana.

En 1883 se aprobó el diseño del arquitecto noruego Olaf Boye, realizado en Londres, sobre el cual trabajó el ingeniero sueco Carlos Nystromer, de la Oficina Técnica de Bateman, Parsons y Bateman en Buenos Aires y en 1887 empezó a construirse Fue oficialmente inaugurado en marzo de 1894 y funcionó a pleno hasta 1915, cuando se inauguró el Depósito de Gravitación de Caballito, en la manzana de las actuales avenidas José María Moreno y Pedro Goyena, y las calles Beauchef y Valle.

Tenía doce tanques de acero de 6.000 m3 de capacidad cada uno dispuestos a lo largo de tres pisos, con una capacidad de almacenamiento de 72 millones de litros (al igual que su gemelo, construido en Villa Devoto entre 1915 y 1917), soportados por columnas de hierro fundido.

Su diseño exterior expone claramente la influencia francesa que dominó la arquitectura porteña de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, pero solamente su techo (de pizarras negras), respeta a rajatabla el estilo, ya que su fachada exterior es una restallante fiesta de color lograda con la aplicación de 170.000 piezas de cerámica esmaltada y 130.000 ladrillos también esmaltados provistos por las fábricas Royal Doulton & Co. de Londres y la Burmantofts Company de Leeds. Se dice que cada cerámica y cada ladrillo venía numerado con la indicación precisa del lugar y cómo se debía colocar).

En 1974 fue parcialmente demolido para una reforma integral de la institución. En estado original solo permanecen la fachada de Av. Córdoba y sobre calle Riobamba y Ayacucho, dos sectores de los frentes. Pequeños jardines los rodean, cerrados por una destacable verja de herrería que apoya sobre pilares de mampostería (ver ARQA El Palacio de las Aguas Corrientes).

El Barolo
Ubicado en la actual avenida de Mayo 1370, hierático elefante blanco cargado de oropeles, al que un humorista calificó de «remordimiento italiano». Fue diseñado por el arquitecto milanés MARIO PALANTI, quien lo trató como a una escultura y fijó, para siempre, en sus curvas, bóvedas, torres y balcones, las pautas de gótico- románico. Segundo rascacielos de la ciudad, cuando se lo inauguró, en 1922, los porteños pensaban que se iba a caer y prudentemente se cruzaban a la vereda de enfrente. El Barolo es rico en anécdotas que pocos conocen. Por ejemplo, que sus planos, que el autor se llevó a Italia, no figuran en los catastros municipales, hecho que lo convierte en un edificio fantasma. O que, desde su torre, dotada de un potente faro de arco voltaico de 300.000 bujías que lo hacía visible desde el Uruguay, se comunicó el resultado de la famosa pelea qüe disputaron el argentino Luis Angel Firpo y el norte­americano Jack Dempsey: si la luz era verde, significaba que Firpo había ganado; si era roja, que había perdido. LUIS BAROLO, millonario italiano radicado en el país, financió esta maravilla arquitectónica de la cual los autores de «La arquitectura del liberalismo en la Argentina» afirman que «posee algo de Giuseppe Verdi, algo de Gabrielle D’Annunzio y algo de Benvenuto Cellini, y debe ser entendido por asimilación a determinada manera de ser, esencialmente italiana, exuberante y tempestuosa”.

El Kavanagh
Viejo y sostenido amor de los arquitectos de Buenos Aires, el Kavanagh es un símbolo claro y decantado del poderío económico de la Argentina de los años 30. Una mujer, CORINA KA­VANAGH, lo soñó en 1933  y le encargó su construcción a los arquitectos SÁNCHEZ, LAGOS y DE LA TORRE. Fue el comienzo más espléndido (y lamentablemente poco imitado) de la arquitectura moderna. La obra fue inaugurada en 1836 para ser destinada a viviendas y oficinas y se halla ubicado frente a la elegante Plaza San Martín. En su época fue el edificio de concreto más alto de Sudamérica y el primero en la Argentina en contar con aire acondicionado central. Actualmente, su estructura de hormigón armado,  domina el río desde la última esquina de la calle  Florida.

La Municipalidad de Buenos Aires
Quizá sea ésta una de las expresiones más puras del estilo francés inscripto en lo que se denominó «la Generación del 80». Tejados de pizarra oscura, mansardas, cúpulas y miradores. Arquitectura que amaron los liberales y que devolvía, como un espejo, el soñado poder de las metrópolis europeas. Se empezó a construir en 1891 y fue proyectada por el ingeniero JUAN M. CAGNONI, vicedirector de la Oficina de Obras Públicas Municipal. También Buenos Aires cayó bajo la fascinación de ese estilo que fue, más que nada, un modo de ver la vida, que reaccionó contra la fealdad de los primeros productos industriales, y se propuso, esencialmente, embellecer al mundo. El art nouveau —sus restos— sobrevive en unos pocos edificios, en algunos zaguanes y portales, en ciertas cúpulas y marquesinas. Descubrir esos exiguos testimonios es siempre una forma de la felicidad.

El Club Español
Bernardo de Irigoyen al 200. Tal vez el exponente más rebuscado del arte nuevo. No vacila en amontonar hierro, cerámica, altorrelieves y cariátides, hasta encontrar por fin la gracia redentora de una cúpula roja que sostiene a un desnudo efebo con alas, portador del orbe y de una rama de laurel. (Un edifi­cio delirante y loco, pero de presencia terriblemente necesaria en este espacio.

Los balcones de Tucumán 1961
Un italiano radicado en la Argentina, el arquitecto VIRGINIO COLOMBO, fue el autor de los bellísimos balcones labrados, de las puertas y ventanas talladas en madera, de los adornos de hierro prolija­mente fieles a la sentencia del catalán Gaudí, pope máximo del art-nouveau: «La recta es un producto del hombre, la curva es la línea de Dios».

Rivadavia 2031
Una máscara en lo alto de una cornisa mira con ojos alucinados. Sus largas barbas se confunden, fachada abajo, con un abanico de ramas que parecen enredarse definitivamente en los balcones de rejas.

Riobamba y Arenales
El arquitecto A. OLIVAN quiso que su edificio, de inspiración netamente clásica, tuviera algunos guiños art-nouveau. Pueden verse en los ornamentos de hierro forjado, en las frágiles marquesinas y en la musa de ardiente cabellera y largo cuello que dibujan los azulejos.

Cúpula de Tucumán y Talcahuano
La más bella y portentosa cúpula de Buenos Aires, sintetiza en sus formas aéreas aquello que los visionarios del arte nuevo convirtieron en dogma de fe: la exaltación de la vida, la asimilación, en el diseño, del viejo espíritu del Romanticismo.

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Fuentes: «Arquitecturas ausentes». Ed. Arytenauta y el Centro de Documentación de Arquitectura Latinoamericana, Buenos Aires, 2008; «Crónica Argentina», Ed. Codex, Buenos Aires 1979, «Hemeroteca» personal.

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