BOUCHARD, HIPÓLITO (1783-1837)

Corsario francés que actuó en la marina mercante de su patria y se convirtió en el héroe naval de las fuerzas libertadoras de SAN MARTÍN en el Perú. Nacido en el pueblo de Saint Tropez, Francia, el capitán BOUCHARD llegó a Buenos Aires como marino mercante en 1809.

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Se incorporó al Regimiento de Granaderos, pero casi enseguida renunció para unirse a la marina. En 1811 fue nombrado capitán del bergantín “25 de Mayo” y así participó en el combate de San Nicolás bajo el mando de BAUTISTA AZOPARDO. Pudo escapar de ser apresado por los realistas y el 7 de julio y el 19 de agosto de ese mismo año defendió a Buenos Aires de los ataques de la escuadrilla de Michelena.

En 1813 ingresó como oficial en el Regimiento de Granaderos a Caballo y el 3 de febrero de ese año tomó parte en el combate de San Lorenzo, con el grado de teniente de caballería.

En 1815 pasó de nuevo a la armada y como comandante de la corbeta “Halcón” integró la expedición corsaria de GUILLERMO BROWN al Pacífico, asistiendo a los combates librados frente a la fortaleza del Callao y tomó al abordaje la fragata española “Consecuencia” con un importante botín. Después del fracaso del golpe de mano intentado por BROWN sobre Guayaquil, BOUCHARD se separó de éste.

Comandando la fragata ‘Consecuencia” y la goleta  “Carmen”, en junio de 1816, cuando aún no había sido jurada la Constitución y declarada la independencia, llegaba con esa reducida flotilla a seguro puerto. Bouchard tenía cuentas pendientes en la ciudad de Buenos Aires, que eran un verdadero semillero de pleitos con el Gobierno. Más de un año tardó en ventilarlos todos, inclusive uno por un duelo y otro por haber hecho fusilar por su cuenta a uno de sus tripulantes que se había insubordinado.

Obtuvo la patente de corso y el 9 de julio de 1817 pudo darse a la mar el mando de la fragata “La Argentina”, primera embarcación de pabellón argentino que dio la vuelta al mundo (1817-1819) y puso proa a Las Filipinas para perseguir barcos realistas y obstaculizar el tráfico marítimo español con su colonia del Archipiélago.

Después de partir, su desprestigio sirvió de fundamento al rumor de que se  había fugado, con la nave armada y equipada, para hacer de corsario por su cuenta y el armador, doctor ECHEVARRÍA, se vio en la necesidad de distribuir profusamente una hoja desmintiendo la afirmación.

BOUCHARD puso proa al Cabo de Buena Esperanza, haciendo aguada en Tamatave (Madagascar), con la mayoría de la tripulación enferma de escorbuto, lo cual no le impidió prestar ayuda a los marinos de guerra ingleses y franceses que pululaban por aquellas aguas con el fin de perseguir el tráfico de esclavos, prohibido ya también en nuestro país, cuya Constitución los acababa de liberar hacía precisamente un año.

Durante las semanas que empleó BOUCHARD en su viaje hasta las costas de la isla de Luzón, a mayor de las Filipinas, los enfermos de escorbuto aumentaban y muchos morían. El cirujano de a bordo tuvo la idea de curar la enfermedad con el mismo procedimiento que aplicaban en ciertos pueblos primitivos, que consiste en encerrar a los enfermos en agua fangosa, dejándoles sólo la cabeza al descubierto. De esta manera, los que no estaban graves se curaban, mientras que los muy afectados aceleraban su fin. Así, una vez cumplida tan extraña y bárbara terapéutica y con la tripulación muy reducida, la nave prosiguió su viaje por el estrecho de Madagascar, situado entre la isla de Borneo y las Célebes, infestado de piratas malayos, que a bordo de sus famosos praos hostilizaban y diezmaban a los buques de paso. BOUCHARD hubo de vérselas con tales piratas, deshaciendo a cañonazos algunos de los barquichuelos a modo de escarmiento.

A comienzos de 1818, llegó frente a Manila, sin haber podido enfrentarse con los marinos realistas. Pero, ya en aguas de Manila, en sólo dos meses de merodeo, echó a pique a dieciséis navíos monárquicos con sus cargas de arroz, cacao y especias, ocasionando una grave crisis en la guarnición de Luzón, que debió mantenerse sólo con arroz.

Dos buques de guerra que estaban anclados en la bahía fueron desmantelados por el vecindario, con el sólo objeto de que no atrayeran la atención del corsario que merodeaba a la vista de la ciudad. Cansado de esperar más presas que no llegaban, BOUCHARD se trasladó al canal de los galeones, donde después de haber perdido a uno de sus lugartenientes, se trabó en lucha con el bergantín “Santa Cruz”, cargado de alimentos y fletado por el rey. Pero tanto este bergantín como una goleta, que también estaba ricamente cargada por cuenta del rey”, se perdieron después de ser capturados. De uno se presume que naufragó; del otro, que sufrió un amotinamiento de la tripulación, que posteriormente emprendió la guerra de corso por su cuenta.

La misión de BOUCHARD había terminado por aquellas aguas, ya que ni un solo navío monárquico se aventuraba por ellas. Entonces, tras hacer aguada y provisión, se lanzó mar afuera, rumbo al Pacífico. Tres meses de travesía necesitó para avistar una isla del grupo de las Sandwich (Hawaii). La presencia de una corbeta le llamó la atención, y como no podía quedarse con la duda de si se trataba de un navío español, lo abordó, lo registró y comprobó con sorpresa que se trataba de la ‘Santa Rosa”, que bajo pabellón argentino había partido de Buenos Aires antes que él, rumbo al Pacífico por el cabo de Hornos.

Su tripulación se había amotinado, desembarcando a sus oficiales en la costa de Chile, y por su cuenta se había dado a la actividad corsaria. Llegado el “Santa Rosa” a la isla, fue vendido a su rey, el soberano KAMEHAMEHA, llamado el “Pedro el Grande del Sur” por su serenidad y su recto criterio. Para deliberar con él, BOUCHARD desembarcó con un impresionante séquito y se dirigió al palacio real, de bambú y paja, situado a siete leguas de la costa. Obtuvo del monarca la devolución de la corbeta mediante el pago de 600 quintales de madera de sándalo, que había sido su costo.

Una vez finiquitada la operación, BOUCHARD reunió a los tripulantes que se habían amotinado y los sometió a proceso sumario. Culpable del movimiento resultó un marinero llamado ENRIQUE GRIBBIN, quien por dicha causa fue condenado a la pena capital. El reo fue llevado a tierra para ser alojado en la cárcel del fuerte, pero, cuando el piquete fue a buscarlo para ejecutar la sentencia se encontró con que el condenado había desaparecido.

KAMEHAMEHA que se oponía al fusilamiento, lo había liberado. Pero cuando BOUCHARD lo amenazó con bombardear la isla y arrasar el fuerte si no se le devolvía el prisionero y un emisario del rey vio que la amenaza estaba en vías de ejecutarse, decidió entregar al condenado. A la mañana siguiente, el culpable de sedición a bordo pagaba con su vida su delito contra el pabellón argentino. El pacto firmado en esa oportunidad por BOUCHARD, en nombre del gobierno argentino, y el rey KAMEHAMEHA, incluía un artículo por el cual el reyezuelo reconocía la soberanía argentina, de donde se infiere que el oscuro rey del Pacífico fue el primer poder extranjero que reconoció la obra de la revolución, que ya llevaba ocho años imponiendo en América los postulados de la libertad y la independencia.

BOUCHARD no regresó a Buenos Aires. Durante algún tiempo fiscalizó las costas de California y de México, asolando plazas fuertes realistas, hundiendo buques monárquicos, tomando presas y haciendo flamear la bandera argentina por aquellos mares. Tomó Monterrey y la saqueó y después puso rumbo al Sur. El 9 de julio de 1819, llegó al puerto de Valparaíso (Chile), después de haber dado la vuelta al mundo y allí fue víctima de una injusticia por parte del comodoro lord COCHRANE, que lo acusó de haber apresado naves no españolas y lo capturó, confiscándole “La Argentina” y otros barcos que traía consigo como botín de corso.

El representante argentino en Chile, TOMÁS GUIDO, lo defendió bravamente, y sólo así, BOUCHARD pudo recobrar su libertad y su navío.

Fue promovido por SAN MARTÍN, y así se incorporó a la flota que comandada por COCHRANE, componía la fuerza naval con la que contaba SAN MARTÍN para transportar sus tropas en la expedición libertadora del Perú.

BOUCHARD no regresó nunca más a su patria adoptiva, que le había dado su bandera, patente de corso y oportunidad de conseguir gloria y riqueza. Desde los días de San Lorenzo, en que a las órdenes de SAN MARTÍN arrebató la enseña monárquica a los realistas, hasta el transporte de las tropas libertadoras al Perú, habían pasado muchos años. Ya radicado en Lima, abandonó el timón y los catalejos para dedicarse a la industria.

En efecto, el gobierno peruano le donó, en premio a sus servicios, la rica hacienda de San Javier de Nazca, donde explotó un gran ingenio azucarero. Sus biógrafos afirman que murió en 1843, pero el acta de defunción tiene fecha del 6 de enero de 1837 y dice que ‘fue muerto antes de anoche por sus propios esclavos, súbitamente”.

Así terminó la vida del corsario francés, audaz, altivo y decidido, que, sin embargo, había prestado tan grandes servicios a la Argentina. La gratitud de su patria adoptiva está reflejada en las páginas de la historia y en la tradición prestigiosa que representa su nombre para la marina argentina, sin que su pureza haya sido empañada por su vida de corsario caballeresco.

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