MILITARES EXTRANJEROS EN EL EJERCITO DE LOS ANDES

Al seguir las huellas de LINIERS, FOREST y BOUCHARD, llegados al Río de la Plata antes de 1810, varios oficiales que habían servido a las órdenes de Napoleón Bonaparte dejaron su tierra después de la derrota de Waterloo y casi todos se incorporaron al Ejército de los Andes. Hasta comienzos del siglo XIX, no era un hecho frecuente la llegada de franceses a las tierras rioplatenses para afincarse en ellas. Y menos co­mún era, sin duda, que hombres de esa nacionalidad integraran las fuerzas armadas de la monarquía hispana.

Precisamente por esto no dejaba de llamar la atención la presencia entre nosotros de SANTIAQGO DE LINIERS, quien servía como marino al Borbón español tras haberse retirado del ejército francés, siendo joven oficial.

Llegó por primera vez a esta región en 1776, como integrante de la expedición de don PEDRO DE CEVALLOS, el primer virrey del Río de la Plata, y volvió en 1788, para incorporarse a la escuadrilla que repartía sus días entre Buenos Aires y Montevideo. Nunca más se alejaría de estas tierras, donde moriría fusilado en 1810 por considerárselo enemigo de la causa revolucionaria. Apenas pasados cuatro años desde que, en 1806, fuera casi glorificado al constituirse en el héroe de la reconquista de Buenos Aires.

Menos notoria fue la trayectoria de CARLOS FOREST, quien llegó a Buenos Aires tras haber dado los primeros pasos de su carrera militar en Francia, donde había nacido, en 1787. Aquí combatió, en 1807, como voluntario contra los ingleses, invasores por segunda vez, y en 1810 puso su espada al servicio de la causa revolucionaria. Combatió largamente en el frente del Alto Perú y en Vilcapugio recibió heridas de extrema gravedad. Como murió en 1823, fue uno de los primeros en recibir sepultura en el recientemente creado cementerio de la Recoleta.

El caso de Bouchard
¿Por qué Hipólito Bouchard estaba en Buenos Aires al iniciarse el 25 de mayo de 1810 el proceso revolucionario? Según versiones tradicionales, porque hasta aquí había llegado en 1809, a bordo de un buque corsario, y aquí se había quedado.

Este hijo de Francia, nacido en 1780, fue marino desde su adolescencia, navegando ya en un navío mercante, ya en un pesquero. Y aquí continuó siéndolo, aunque por breve lapso dejó el timón para empuñar el sable de los granaderos de San Martín.

Así llegó, con 1815, el momento más propicio de su vida: fue cuando se aprestó a emprender, unido a Guillermo Brown, la campaña de corso por las costas del Pací­fico, para después realizar el heroico e inolvidable viaje de La Argentina. Más tarde llegaron los servicios a la Armada del Perú y la aparentemente reposada vida en un gran ingenio azucarero de ese país. Pero no fue así: la mano aleve de un peón segó su vida en 1837.

Los que vinieron después
Pero lo que podríamos lla­mar el grueso de militares franceses embarcados con rumbo al Plata se formó, ya iniciados los movimientos independentistas en la América española, ora tras la abdica­ción de Napoleón en 1814, ora tras su prisión en Santa Elena, luego del fracaso en 1815 de la “Campaña de los Cien Días”. En particular, los venidos después de Waterloo traían en sus mochilas el mensaje de la Revolución Francesa, revivificado por el emperador al regresar de su exilio en Elba y retomar el mando.

No es arriesgado afirmar que todos o casi todos fueron convencidos por Bernardino Rivadavia para que viajaran a Buenos Aires, o que tomaron consejo favorable de su parte al consultarlo. Y esto debió ser así porque a la sazón nuestro compatriota residía en París ejerciendo, de hecho o de derecho, la representación diplo­mática de los gobiernos que se sucedían en las Provincias Unidas.

Como resulta imposible recordarlos a todos, escojamos ahora a nueve, casi todos desembarcados en la tierra criolla entre 1816 y 1818, casi todos destinados al Ejército de los Andes formado por SAN MARTÍN, casi todos dignos continuadores de una tradición militar que inscribía en sus banderas cien victorias por una derrota.

El ideal de la libertad
Antes de seguir adelante conviene hacer un distingo fundamental. Aquí, en el Río de la Plata, no ocurrió como en otras latitudes donde también se luchaba por la independencia americana.

Muy lejos de nosotros hubo tropas enviadas por algún gobierno europeo cubiertas con el manto propio de los voluntarios. O, también, legiones mercenarias reclutadas por algún jefe hábil en estos menesteres. Unos y otros contribuyeron con su brazo y con sus armas a lograr la libertad política para el Nuevo Mundo, pero ése no fue su objetivo primero.

Es pertinente señalar, entonces, que los oficiales franceses que llegaron hasta aquí (podría decirse otro tanto de irlandeses, escoceses, ingleses y otros), vinieron individualmente, movidos por el afán de combatir por unos ideales que parecían haber fracasado en Europa por obra de la restauración de las monarquías absolutistas.

Jorge Beauchef
Nacido alrededor de 1785, este oficial francés se marchó a los Estados Unidos tras la caída de Napoleón y en 1817 vino a nuestro país, donde se incorporó al Ejército de los Andes. Hizo las campañas de Chile, donde una bala de cañón le destrozó un brazo, y del Perú. De regreso en el país trasandino, allí murió en 1840.

Federico Brandsen
De París, donde nació en 1785, sobresalió como oficial de los ejércitos de Napoleón, de quien llegó a ser ayudante de campo. Arribó al Plata en 1817 y enseguida pasó primero a Chile y después al Perú, a las órdenes de SAN MARTÍN, quien lo admiró por sus condiciones castrenses. Al iniciarse en 1826 la guerra con el Imperio, de Brasil, se incorporó al ejército rioplatense. Murió el 20 de febrero de 1827, en la batalla de Ituzaingó, al encabezar una carga de caballería en cumplimiento de una dura orden dada por el general Alvear. Sus restos fueron traídos a Buenos Aires y su memoria permanece viva entre los hombres de armas.

Los Brayer y los Bruix
MIGUEL y LUCIANO BRAYER, padre e hijo, ambos antiguos ofi­ciales napoleónicos, se incorporaron en 1817 al ejército de SAN MARTÍN, a la sazón en Chile. Mientras el progenitor actuó con poca fortuna, al punto de merecer el desdén del Libertador, su hijo LUCIANO combatió meritoriamente en Chile y en la guerra contra Brasil.

MIGUEL BRAYER retornó a Francia donde murió en 1840 y su hijo se radicó en Uruguay donde falleció en 1863. Los hermanos ALEJO y EUSTAQUIO BRUIX se incorporaron en Chile al ejército  del Libertador. Allí el segundo murió en combate y ALEJO por su parte, pasó después al Perú donde participó de numerosas campañas hasta el final de la guerra Estuvo en las batallas de Junín y Ayacucho. Falleció en Lima, en 1826.

Ambrosio Crámer
Nativo de París y oficial napoleónico, AMBROSIO CRÁMER cruzó los Andes con SAN MARTÍN y combatió en Chacabuco. De regreso en Buenos Aires, participó en las campañas contra los indios realizadas por el gobernador MARTÍN RODRÍGUEZ y después se estableció en Chascomús, donde se dedicó a la cría de ovejas. Su participa­ción en la sublevación de los estancieros bonaerenses contra ROSAS lo llevó a morir en combate, en 1839.

Alejandro Dane
Fue separado del ejército francés después de Waterloo y llegó al país en 1818. Aquí intervino en las luchas libradas contra los caudillos federales y después participó en la guerra con el Brasil, haciéndolo junto a JUAN LAVALLE. Siguió a este jefe durante las luchas civiles y fue uno de los que condujo su cadáver a Bolivia viéndose obligado a descarnarlo para evitar su corrupción. Estuvo presente en la batalla de Caseros y murió en 1865.

Pedro Antonio Benoit
En 1818 solicitó incorporarse a nuestra Armada, pero permaneció poco tiempo allí. Después acompañó al sabio BOMPLAND en sus tareas científicas y enseguida co­menzó a actuar en Buenos Aires como ingeniero. Intervino en diversas obras, entre ellas la de la construcción de la Catedral, y murió en 1852. Según él mismo decía, en Francia, su país natal, había sido oficial en la escuadra napoleónica. ¿Pero era realmente él? Según FEDERICO ZAPIOLA, no era otro que el desgraciado hijo de Luis XVI, el Delfín, aquel niño maltratado por los revolucionarios de 1789 y entregado al zapatero SIMÓN para su custodia, que por esos avatares de la vida, recaló en Buenos Aires. Un atrayente misterio, que como ellos, ha subsistido hasta nuestros días (Extraído, por considerarlo de interés para nuestros usuarios, de una nota de Enrique Mario Mayochi, publicada en el diario La Nación).

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