EL ASESINATO DE URQUIZA (11/04/1870)

El 11 de abril de 1970, RICARDO LÓPEZ JORDÁN, acusando a JUSTO JOSÉ DE URQUIZA de haber traicionado la causa federal y claudicado ante el poder centralizado de Buenos Aires (1), envía tropas con la orden de asaltar el Palacio San José en Concepción del Uruguay y detenerlo con la orden de no matarlo, sino simplemente para obligarlo a renunciar o enviarlo al exilio a fin de sacarlo de la vida política. Pero algo falló y la situación se descontroló. Los que estaban al mando del operativo, Luengo, Vera y otros, por error o intencionalmente, mataron a Urquiza cuando este los enfrentó.

José Hernández, el autor del Martín Fierro escribió al respecto: “Urquiza era el gobernador tirano de Entre Ríos, pero más que todo, el jefe traidor del gran partido federal y su muerte mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido tantas veces sacrificado y vendido por él. La reacción del partido debía por lo tanto iniciarse por un acto de moral política, como era el justo castigo al jefe traidor”.

El asesinato de Urquiza: un disparo en el rostro, rematado a cuchilladas en brazos de su esposa y la venganza 20 años después - Infobae

En marzo de 1870, el gobernador de Entre Ríos, JUSTO JOSÉ DE URQUIZA vivía con su familia, su esposa y una hija, en el Palacio San José, una imponente residencia que exhibía la enorme riqueza que había sabido acumular. Treinta y ocho habitaciones lujosamente amobladas, sistema de agua corriente (30 años que la tuviera Buenos Aires), salones exquisitamente decorados y un lago donde tenía una embarcación para sus paseos, todo en medio de un hermoso parque en la ciudad de Concepción del Uruguay en la provincia de Entre Ríos y después de la visita que le hiciera el presidente SARMIENTO, presiente que soplan vientos revolucionarios.

Recordemos que mientras estaba en desarrollo la conspiración contra URQUIZA, en apoyo a la acción de los “antiurquicistas”, el 15 de marzo de ese año, los revolucionarios orientales blancos, desde la provincia de Entre Ríos, encabezados por los generales TIMOTEO APARICIO y ANACLETO MEDINA, este último compañero de los postreros días de FRANCISCO RAMÍREZ, el Supremo Entrerriano, habían invadido la República Oriental del Uruguay.

La conspiración efectivamente, se había puesto en marcha simultáneamente desde tres centros opositores: Paraná, Concordia y Concepción del Uruguay. En la primera de estas ciudades, el periodista y dramaturgo FRANCISCO F. FERNÁNDEZ lleva a cabo, desde las columnas de su periódico revolucionario, “Obrero Nacional”, una intensa campaña contra el régimen “urquicista”, el cual ha dado buen pábulo a los viejos federales con el discutido “contrato Fragueiro”, por el cual se había entregado el cobro de la contribución directa y el arrendamiento a un particular, que había ganado el 33 % de la renta recaudada.

En Concordia actuaban los federales correntinos JUAN VENTURA MONTAÑA, JOSÉ MARÍA GENEYRO, ANDRÉS HERRERA, JOSÉ TOLEDO y LUCIANO CÁCERES; los hermanos MARIANO y CARLOS MARÍA QUERENCIO y el coronel oriental FEDERICO ABERASTURY, uno de los sobrevivientes de Paysandú. En Concepción del Uruguay, un buen número de diputados provinciales, casi todos ex alumnos del Colegio histórico de Concepción del Uruguay, están en la conjura y todos en estrecho contacto con el general RICARDO LÓPEZ JORDÁN (imagen a la izquierda), cuya estancia de Arroyo Grande es algo así como el cuartel principal de la revolución en marcha, mientras, desde Buenos Aires, alientan al movimiento los doctores ALBERTO LARROQUE, ex rector del Colegio de Concepción del Uruguay y EVARISTO CARRIEGO, poeta, magistrado y periodista.

Decidido URQUIZA a cortar de cuajo la insurrección que presumía que estaba en marcha, el 31 de marzo, le ordena al jefe político de la ciudad de Paraná, DOMINGO COMAS, que detenga a FRANCISCO F. FERNÁNDEZ y lo remita a Concepción del Uruguay «con seguridad y a la brevedad”, pero cuando COMAS dispone la detención del periodista, éste ya se encuentra en la estancia de LÓPEZ JORDÁN, en Arroyo Grande, ultimando con el jefe del movimiento rebelde, los pormenores del plan, cuyos objetivos eran: apoderarse por sorpresa del palacio San José y de la persona de URQUIZA, al que se le exigiría la inmediata renuncia o su salida al exterior.

Para realizarlo, los conjurados contaban con el apoyo de varios elementos infiltrados, conocedores de los secretos y distribuciones del palacio San José y de las costumbres de URQUIZA: el mayor ROBUSTIANO VERA, y NICOMEDES CORONEL, mayordomo del propio Urquiza y con la complicidad y el apoyo de los oficiales de guardia de servicio en el palacio, JUAN y CARLOS ANDERSON y del coronel cordobés SIMÓN LUENGO, viejo federal que se considera traicionado por su antiguo jefe, el gobernador URQUIZA.

Luego de disponer los últimos movimientos previos al asalto al palacio, el 11 de abril de 1870, parte entonces LÓPEZ JORDÁN desde su estancia en Arroyo Grande hacia San José y en el camino se le van uniendo nuevos adherentes a su causa, la mayoría de ellos, peones de URQUIZA (ver Levantamiento de Ricardo López Jordán (/hijo). Son en total entre 80 y 100 hombres que divididos en dos columnas al mando del mayor VERA y del capitán MOSQUERA, llegan a las 19,30 de ese lunes de 1870 llegan al palacio y encuentran las puertas abiertas, misión que se le había encomendado a FACUNDO TECO, un hombre del regimiento escolta de URQUIZA.

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Avanzan hacia el interior y se encuentran con URQUIZA que se hallaba conversando con el mayor SOLANO y con el doctor JOSÉ ROMUALDO BALTORÉ, quienes, mientras ya se escuchan los primeros disparos que provenían de la guardia que era atacada por el mayor VERA, los miran asombrados. URQUIZA quizás pensó que los autores de esos disparos, eran sus hombres que llegaban desde Nogoyá quizás de festejo por el regreso a casa, pero al comprender la realidad de la situación corrió en busca de un arma.

Lo primero que encuentra es un viejo rifle y mientras intenta salir con él para enfrentar a sus atacantes, se encuentra con una partida de los revolucionarios que ya ha logrado ingresar en una de las habitaciones interiores. Dispara al bulto y logra herir a AMBROSIO LUNA, pero uno de los soldados le dispara a quemarropa, lo hiere en el lado izquierdo de la cara y aunque la herida no es mortal, lo abate.

La confusión reina en el interior de esa habitación. Ingresa la hija de URQUIZA y horrorizada ve a su padre tratando de huir y aferrado a uno de los marcos de la puerta, mientras NICOMEDES CORONEL y el capitán ÁLVAREZ le infieren repetidas heridas de arma blanca, hasta que URQUIZA cae muerto. “Vinimos a sacar al tirano de por medio, porque estaba vendido a los porteños”, dirá empuñando aún el arma asesina el capitán ÁLVAREZ, mientras le asegura protección a JUSTA, la hija de URQUIZA que lloraba desconsoladamente. En Concordia, esa misma noche caen asesinados dos hijos de URQUIZA, JUSTO CARMELO y WALDO, comandante militar y jefe político respectivamente de ese Departamento entrerriano. (1). Otras versiones aseguran que fue el sargento mayor SIMÓN LUENGO, el autor del disparo que mató a URQUIZA (ver Asesinatos políticos en el pasado argentino).

En Buenos Aires, la muerte de Urquiza causó onda preocupación ya que él, era la firme garantía para el poder central, representado primero por Mitre y luego por Sarmiento, pero, por otro lado, como el hecho, seguramente suavizará la relación entre ambos, se podrán enfrentar unidos y mejor posicionados con el nuevo personaje que surgía: López Jordán, será elegido gobernador de Entre Ríos en medio de una importante manifestación de apoyo popular y desde el poder central, Sarmiento preanuncia que combatirá al nuevo gobernador.

(1). Aunque el detonante definitivo fue la pomposa visita del presidente unitario Sarmiento al Palacio San José, poco antes de que estallara la revuelta, lo que fue percibido por los federales como una sumisión total y una traición explícita a la historia de Entre Ríos, el descontento de las bases federales entrerrianas, lideradas políticamente por López Jordán, se fundamentaba en varias acciones específicas del caudillo: Su retirada en la Batalla de Pavón (1861): Se lo criticaba por haber abandonado el campo de batalla cuando el ejército de la Confederación todavía podía ganar, entregándole la victoria e influencia nacional a Bartolomé Mitre. El haber abandonado a otros caudillos federales, reprochándosele su neutralidad y total falta de apoyo ante las insurrecciones y posteriores asesinatos de líderes federales del interior, como el Chacho Peñaloza y Felipe Varela. Su apoyo a la Guerra de la Triple Alianza (1865): Obligó al pueblo entrerriano a unirse a un conflicto contra el Paraguay que los gauchos federales consideraban ajeno y fratricida, provocando deserciones masivas.

Fuente: Crónica Argentina, Ed. Codex, Buenos Aires, 1979.

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