LA CRÓNICA NEGRA DE LA ARGENTINA

ASESINATOS Y CRUELDAD EN EL PASADO ARGENTINO. Que el ser humano es violento por naturaleza?. Eso es algo que ya ni se discute porque a través de los siglos, las distintas civilizaciones que se han sucedido en el tiempo, la violencia ha sido una de las características constantes, que junto con la lujuria, el hedonismo y la corrupción, las ha llevado a la degradación primero y a su destrucción finalmente.

Las cinco muertes más brutales de la historia argentina delsiglo XIX.  

Y la República Argentina no ha escapado a este sino, que parece tan poderoso, que el ejemplo de lo pasado en otros mundos y otros tiempos, no les sirvió de nada a algunos personajes de nuestra Historia para ayudarlos a moderar el carácter violento que los llevó a despreciar la vida ajena, negar el derecho a la disidencia y rechazar el valor de la palabra, como único medio componedor valedero para el entendimiento entre los seres humanos (1).

No nos ayudó mucho recordar los innumerables hechos de violencia sucedidos en nuestro pasado, para no repetirlos y vayan como ejemplo las atrocidades cometidas por los jefes realistas luego de sofocar la Rebelión de Chuquisaca (25/05/1809) donde fueron degollados sus once cabecillas; las muertes ordenadas por Juan Manuel de Rosas y su nefasta “mazorca”; la crueldad que se le atribuye al fraile domínico y general José Félix Aldao; las atrocidades de Facundo Quiroga, despiadadamente expuestas por Domingo Faustino Sarmiento en su libro “Civilización y barbarie. La vida de Juan Facundo Quiroga”; las del  gobierno de Buenos Aires con los soldados reclutados en Santa Fe y Entre Ríos, que se negaron a combatir contra sus “hermanos orientales”; o para reprimir el motín de Fontezuelas; las matanzas de oficiales prisioneros ordenadas por Deheza y Aldao; la campaña punitiva de José María Paz en la sierra cordobesa; el terror desplegado por Manuel Oribe en el interior luego de la campaña 1841; la «matanza de Villamayor», ocurrida durante la confrontación entre Buenos Aires y la Confederación, cuando el 31 de enero de 1856, el coronel Esteban García (alias el Gato), después de vencer al general Jerónimo Costa en batalla, ordena fusilar sin juicio previo a 140 de los 160 efectivos que defendían la causa porteña y ni que hablar, las crueldades cometidas durante la guerra con Paraguay.

La Historia argentina se construyó en medio de disputas feroces y la violencia de uno y otro bando se convirtió una práctica de uso rutinario. En el siglo XIX, la política se resolvía en el campo de batalla y el poder se ejercía con sangre. Las guerras civiles dejaron un legado atroz de violencia, ejecuciones y escarmientos públicos que marcaron a fuego el nacimiento del país (Luciana Sabina, en el Diario Los Andes).

Aunque es justo reconocer que el asesinato y aún, la represión política directa, han disminuido hacia finales del siglo XIX, a medida que el país avanzaba hacia la consolidación como Estado moderno. Recordemos que la última ejecución por pena de muerte en Argentina ocurrió el 22 de junio de 1916. Los fusilados fueron Francisco Salvatto y Giovanni Bautista Lauro, condenados por delitos comunes. En 1984 el gobierno de Raúl Alfonsín derogó la pena capital para delitos comunes mediante la Ley 23.077 y en 2008, se derogó el Código de Justicia Militar, eliminándola por completo también en el ámbito castrense.

Impresionados por la gran cantidad de muertes violentas dispuestas y/o ejecutadas personalmente por algún personaje destacado de nuestra Historia, que hemos encontrado recorriendo las páginas de diarios, revistas y viejos documentos, hemos pensado que enlistándolos con todos sus macabros detalles, quizás podríamos ayudar a que reviviendo esas imágenes de horror, muchas conciencias se despierten para evitar o ayuden a evitar su repetición.

Y nos referiremos a las muertes impuestas con crueldad, a las que fueron ordenadas sin derecho a la defensa ni juicio previo; a las impuestas por quienes no tenían derecho a hacerlo, a las que respondían a apetencias innobles e inmerecidas de poder, desde los tiempos de la conquista, hasta el año 1930, que es el límite etario que le hemos impuesto a nuestra página (2).

En nuestra “crónica negra”, no nos referiremos a los impulsados por pasiones y apetencias humanas descontroladas como lo fueron el asesinato de dos ciudadanos turcos en Nogoyá, provincia de Entre Rios en julio de 1901; la muerte de la beba que una madre desesperada por la miseria, degolló en Zárate el 2 de agosto de 1901; la muerte de Felicitas Guerrero, asesinada en 1872 por un amante despechado; el famoso caso de Paulino Rojas que en 1831, por celos asesinó a su esposa Encarnación Fierro, ni al asesinato de seis personas que una pareja de italianos realizó en Médanos en 1927 ni a muchos otros que enlutaron las páginas de la prensa escrita de la época. Tampoco nos referiremos a las llamadas “masacres” que en nuestra patria han sucedido con alarmante frecuencia, comenzando con una de los peores actos de crueldad y hecho más sangriento de la historia argentina del siglo XIX. Gerónimo Solané conocido como “tata Dios” instigador por simple y macabro placer, de la llamada la masacre de Tandil que en enero de 1872, dejó un saldo de treinta y seis muertos (2).

La lista del horror (3)
Capitán Pedro Osorio. Osorio era un líder respetado por sus tropas, lo que despertaba celos y temor en el adelantado Pedro de Mendoza. Ordenó entonces una investigación secreta, y como resultado de la misma, el 3 de diciembre de 1535, Osorio fue ejecutado sin juicio público, en lo que se considera uno de los primeros actos de violencia interna entre conquistadores en el Río de la Plata. Cuenta Ulrico Schmidl, que “sumaban tantas las puñaladas recibidas, que su alma parecía salirse vociferando alaridos desgarrantes de su cuerpo; y esa alma que no encontró paz, jurará venganza a la tripulación trayendo todo tipo de desgracias” (o al menos eso era lo que pensaban los españoles en sus supersticiones).¿Porqué?, porque Osorio había muerto sin cristiana sepultura, siendo inocente y hasta sin poder defenderse”.

Capitán Simón de Alcazaba. El explorador portugués Simón de Alcazaba y Sotomayor fue asesinado por sus propios hombres en mayo de 1535 en el asentamiento de Puerto de los Leones (actual Caleta Hornos, Chubut, Argentina). El crimen fue el resultado directo de un feroz motín militar provocado por el hambre, el cansancio extremo y la frustración de la tripulación tras una fallida expedición terrestre por la estepa patagónica.

Francisco de Mendoza. Fue asesinado el 3 de setiembre de 1548 en el Fuerte de Malaventura (actual territorio de Argentina), como consecuencia de un amotinamiento y disputas de poder dentro de la expedición al Tucumán. En noviembre de 1547, Diego de Abreu llega a Asunción y declara haber sido designado nuevo Gobernador. Depone a Francisco de Mendoza, quien había sido nombrado por Irala para que ocupara ese cargo, mientras durara su ausencia, asume como capitán general de Asunción y ordena la ejecución de Mendoza, que es inmediatamente decapitado el 3 de setiembre de 1548.

Gerónimo Luis de Cabrera. El fundador de la ciudad de Córdoba, fue ejecutado el 17 de agosto de 1574 por medio del “garrote vil”, luego de ser acusado de conspirar contra el rey de España. Gonzalo de Abreu y Figueroa fue nombrado en 1571, Gobernador del Tucumán (1574-1580) por la corona española. Llegado al Perú en agosto de 1574, se entera que el Consejo de Indias tenía decidido anular su nombramiento y confirmar en el cargo a Geronimo Luis de Cabrera, nombrado para el mismo cargo por el Virrey del Perú. Apresuró por ello su viaje hacia Asunción y llegado a su destino reemplazó a éste, lo puso en prisión y movido por sus ambiciones de poder, lo hizo ejecutar

Tupac Amarú, alzado en armas contra la corona de España en 1579, fue desmembrado y decapitado por orden del virrey Toledo. “Un documento español titulado “Distribución de los cuerpos, o sus partes, de los nueve reos principales de la rebelión, ajusticiados en la plaza del Cuzco, el 18 de mayo de 1781”: José Gabriel Túpac-Amaru, Micaela Bastidas, su mujer, Hipólito Túpac-Amaru, su hijo, Francisco Túpac-Amaru, tío del primero, Antonio Bastidas, su cuñado, la cacica de Acos, comandante Diego Verdejo, coronel Andrés Castelo y Antonio Oblitas, verdugo. La cabeza de José Gabriel Túpac-Amaru fue exhibida en Tinta y un brazo en Tungasuca junto con un brazo de su esposa Micaela Bastidas; un brazo de Antonio Bastidas, en Pampamarca; la cabeza de Hipólito Tupac Amarú en Tungasuca; un brazo del coronel Castelo en Surimana y otro en Pampamarca; un brazo de Diego Verdejo, en Coparaque, otro en Yauri y el resto de su cuerpo, en Tinta; la cabeza de Francisco Tupac-Amaru, en Pilpinto; un brazo de Antonio Bastidas, en Urcos (Quispicanchi); una pierna de Hipólito Túpac-Amaru, en Quiquijano (Quispicanchi); una pierna de Antonio Bastidas, en Sangarará (Quispicanchi); la cabeza de la cacica de Acos, en Sangarará (Quispicanchi); la cabeza de Andrés Castelo, en Acamayo (Quispicanchi); el cuerpo desmembrado y sin cabeza de José Gabriel Condorcanqui y el de su esposa Micaela Bastidas en Picchu (Cuzco); un brazo de Antonio Oblitas, en el camino de San Sebastián (Cuzco); un brazo de José Gabriel, una pierna de su esposa y un brazo de Francisco Tupac Amarú en Carabaya; una pierna de Hipólito Túpac-Amaru, en Azangaro; una pierna de José Gabriel Túpac-Amaru, en Santa Rosa (Lampa); un brazo de su hijo Hipólito en Iyabirí (Lampa); un brazo de Micaela Bastidas en Arequipa; una pierna de José Gabriel Túpac-Amaru, en Livitaca (Chumbivilcas); un brazo de su hijo en Santo Tomás, Paucartambo (Chumbivilcas); el cuerpo de Castelo y la cabeza de Antonio Bastidas, en Paucartambo; un brazo de Francisco Túpac-Amaru, en Paruro (Chilques y Masques); la cabeza de Antonio Verdejo, en Chuquibamba (Condesuyos de Arequipa); una pierna de Francisco Túpac-Amaru, en Puno” (“Tupac Amarú”, de Felipe Pigna (El Historiador).

Gonzalo de Abreu. Autoproclamado gobernador del Tucumán fue acusado de numerosos crímenes en el ejercicio del cargo. De haber sometido a crueles castigos a sus vasallos y de haber ordenado la muerte de Gerónimo Luis de Cabrera entre otros 53 cargos más. Condenado a muerte, sin que tuviera ocasión de defenderse, estuvo nueve meses preso sometido a terribles torturas antes de ser colgado con un peso de 100 kilos atado a sus pies, lo que hizo que se le rompieran las venas y se le produjeran graves heridas internas que, luego de cinco días de agonía, le provocaron la muerte.

Vicente Nieto, Francisco de Paula Sánz y José de Córdoba y Rojas, tres oficiales realistas que acusados de ser los responsables de la matanza de civiles y pseudo revolucionarios durante las insurrecciones producidas en Cochabamba y La Paz en octubre de 1810, fueron fusilados sin juicio previo y sin derecho a la defensa, por orden de Juan José Castelli, quien en 1810, había marchado como delegado de la Primera Junta de Gobierno, acompañando al ejército que al mando de Antonio González Balcarce, marchaban para lograr la adhesión de esos territorios a la causa de Mayo de 1810.

Mariano Moreno. En 1811, el Secretario de la Primera Junta de Gobierno murió en alta mar en circunstancias dudosas tras ser envenenado con una sobredosis de un emético (tártaro emético) administrado por el capitán del barco en el que viajaba a Inglaterra.

Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes Padilla. Los cuatro hijos de Juana Azurduy y su esposo Asencio Padilla, fueron secuestrados en 1814 por los realistas y luego de matar a los dos varones, pretendieron usar a las dos niñas como señuelo para atrapar al caudillo de las “Republiquetas”. La respuesta de Padilla y su esposa, seguidos por algunos soldados, fue atacar furiosa y ciegamente a sus enemigos, consiguiendo matarlos y rescatar a las niñas, pese a que murieron días más tarde. A partir de ese momento, se convirtió en uno de los caudillos más violentos del Alto Perú, lo que lo llevó incluso a enfrentamientos con caudillos como Umaña.

Coronel Ignacio Warnes. Herido en la batalla del Arroyo de Parí, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia el 21 de noviembre de 1816, se lo dio por muerto y sus tropas se desbandaron. Los realistas lo encontraron y el jefe realista Francisco Javier Aguilera ordenó rematarlo. Fue abatido con un pistoletazo en la cabeza y el cadáver del heroico guerrero fue mutilado, destroncándose su cabeza que luego fue clavada en una pica y expuesta en el centro de la plaza principal de Santa Cruz de la Sierra, como siniestro trofeo.

Ildefonso Muñecas. El sacerdote y líder guerrillero Ildefonso Escolástico de las Muñecas fue asesinado el 7 de julio de 1816 en el Alto Perú (actual Bolivia) tras ser capturado por las fuerzas realistas españolas. Su ejecución extrajudicial ocurrió en el trayecto entre Tiahuanaco y Huaqui, cerca del río Desaguadero, mientras era trasladado a la ciudad del Cusco para ser sometido a juicio.

Coronel Juan Francisco Borges. En 1816, luego de ser vencido en el combate de Pitambalá (27/12/1816) por el coronel Aráoz de Lamadri fue inmediatamente fusilado sin juicio previo, por no haber obedecido una orden del gobierno de Tucumán disponiendo que realizara una retirada estratégica.

José Luis y Domingo Escobar, los jefes correntinos que defendían la causa de Buenos Aires contra el caudillismo, fueron sorprendidos y derrotados en un combate que libraron el 5 de mayo de 1819, cerca de Goya con el jefe inglés, al servicio del caudillo oriental José Gervasio de Artigas, el coronel Juan Tomás Asdet. Sin querer rendirse fueron apresados y degollados y sus cabezas fueron puestas en exhibición en la plaza de la ciudad de Corrientes.

Teniente coronel Severo de Sequeira. Tras la sublevación del coronel Mendizábal el 8 de enero de 1820, el teniente coronel Sequeira y otros oficiales leales —como el sargento mayor Lucio Salvadores, y los capitanes Benavente y Bosso— fueron arrestados y maltratados por los amotinados. Para evitar que fuerzas externas de Mendoza sofocaran la revolución, los prisioneros fueron enviados bajo custodia hacia el norte del país con destino a Tucumán. Durante el trayecto, a la altura de Anguangos, fueron alcanzados y ejecutados de forma sumaria por la escolta o partidas aliadas a los amotinados.

Francisco Ramírez. Luego de ser derrotado por las tropas de Estanislao López en el combate del Chañar Viejo (10/07/1821), el caudillo entrerriano Francisco Ramírez, mientras intentaba rescatar a su compañera, «la Delfina», quien había sido rodeada por los enemigos, fue alcanzado en proximidades de la Villa María del Río Seco por una partida de sus vencedores, que al mando de Juan Luis Orrego había salido en su persecución. Fue apresado y asesinado mediante un disparo en la cabeza y posteriormente decapitado. Su cabeza fue embalsamada, enviada a Estanislao López y exhibida públicamente en una jaula en el Cabildo de Santa Fe.

Martín Miguel de Güemes. Al caer la noche del 7 de junio de 1821, los realistas ingresaron a Salta. Sorprendido, Güemes intentó una defensa, pero fue rodeado por los invasores en el Tagarete del Tineo, lugar de la actual calle Balcarce, y herido de bala en un glúteo, murió diez días después, a causa de la gangrena que la herida le había producido.

Coronel Mariano Mendizábal, líder del motín que en enero de 1820 quebrara la Intendencia de Cuyo y proclamara la autonomía de la provincia de San Juan, poniendo en severo riesgo la Campaña Libertadora del general José de San Martín y que en 1821 había ordenado el asesinato del teniente coronel Sequeiros en 1821, terminó siendo capturado tiempo después y fusilado en Lima en 1822 por orden de San Martín.

Los sorteados después de “Chunchonga”. En 1821, un escuadrón de lanceros del Perú, fue sorprendido y desecho en “Chunchonga” (08/04/1821) por tropas del general realista Canterac, quien luego de su victoria ordenó “quintear” y fusilar a los oficiales del Batallón Numancia que cayeron prisioneros, es decir, pasar por las armas a uno de cada cinco de sus prisioneros.

José Miguel Carrera, luego de ser derrotado en Punta Médanos (30/08/1821), fue tomado prisionero y fusilado en la plaza de la ciudad de Mendoza por orden del gobernador de esa provincia, Tomás Godoy Cruz. Su cabeza fue cortada y expuesta en la plaza de Mendoza; su brazo derecho fue enviado al Gobernador de Córdoba y el izquierdo a la provincia de San Juan para que fueran exhibidos, para escarmiento de quienes deseen transitar el camino del desorden y la violencia y según dijera Vicente Fidel López “para memoria de la posteridad y escarmiento de otros desnaturalizados que quisieran imitarlos”.

Antonio Ruíz, conocido por la Historia como “el negro Falucho”, fue asesinado el 7 de febrero de 1824 por sus compañeros de armas en las casamatas del Callao, por negarse a rendir honores a la bandera española que éstos honraban ahora, luego de haberse sublevado contra sus jefes, facilitando que esa plaza volviese al poder de los realistas.

Doctor Bernabé Aráoz. Siendo gobernador de la provincia de Tucumán, luego de ser derrocado por una revolución encabezada por Javier López a fines de 1823, se dirigió a Salta, pero fue detenido por Álvarez de Arenales, gobernador de esa provincia y declarado enemigo suyo y entregado en la localidad de Trancas (en la frontera entre ambas provincias), al oficial tucumano José Martín Ferreira. Allí, un Tribunal presidido por el sargento mayor Juan Antonio Yolis, luego de ser sometido a una farsa que pretendió ser un juicio sumarísimo, fue condenado a muerte e inmediatamente fusilado el 24 de marzo d 1824, acusándoselo de haber intentado sobornar a sus custodios para fugarse.

Doctor Bernardo de Monteagudo. Murió asesinado en las calles de Lima el 28 de enero de 1825. Ya entrada la noche de ese día, pocos meses después de su regreso a Perú, acompañando al Libertador general San Martín, el doctor Bernardo de Monteagudo, patriota, pensador y sagaz político, muere asesinado en las calles de Lima por dos hombres llamados Candelario Espinosa y Ramón Moreira y aunque se sabía que era un crimen por encargo, jamás se logró develar el nombre del que lo ordenó. La muerte de Monteagudo, que ha quedado envuelta en el misterio, fue atribuida por unos, a una venganza particular, mientras que otros, los más, la creyeron originada en resentimientos políticos.

Coronel Manuel Dorrego. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, líder federal y coronel, fue fusilado el 13 de diciembre de 1828 en la localidad de Navarro por orden directa del general unitario Juan Galo de Lavalle. Tras la batalla, librada en esa localidad de la provincia de Buenos Aires Dorrego fue traicionado por sus propios hombres, tomado prisionero y trasladado al campamento unitario en la Estancia «El Talar». Lavalle actuando bajo la fuerte presión y a instancias de destacados intelectuales y políticos unitarios (el grupo rivadaviano) como Salvador María del Carril, Julián Segundo de Agüero y Juan Cruz Varela, ordenó el inmediato fusilamiento de Dorrego, sin las formalidades de un proceso legal o juicio previo

Mayor Manuel Mesa. Luego de ser derrotado en el combate de “Las Palmitas” (17/02/1829) librado en los aledaños de la ciudad de Pergamino en la provincia de Buenos Aires (actual Departamento de Junín) por fuerzas del general Juan Galo de Lavalle al mando del coronel Manuel Isidro Suárez, fue tomado prisionero y acusado de “malhechor e inmediatamente fusilado públicamente en la Plaza el Retiro, sin habérsele hecho un juicio previo y sin otorgarle el derecho a la defensa.

Francisco Narciso de Laprida. El presidente del Congreso de Tucumán en 1816, fue asesinado el 22 de septiembre de 1829 en el contexto de las guerras civiles argentinas. Tras ser derrotado en la Batalla del Pilar por efectivos de las fuerzas del José Félix Aldao, luego de haber liderado una revolución unitaria en Mendoza, fue apresado mientras trataba de huir y fue brutalmente degollado en esa ciudad por las fuerzas del vencedor. Existen múltiples relatos sobre los detalles exactos de su trágico final, dado que su cuerpo no fue encontrado. Las versiones más difundidas indican que fue alcanzado por la montonera, ultimado a lanzazos, enterrado vivo hasta el cuello y pisoteado por los caballos.

Mariscal Antonio José de Sucre. El 4 de junio de 1830, el prócer venezolano, figura relevante de las luchas por la Independencia argentina y héroe de la independencia americana, fue emboscado en la selva de Berruecos, una región montañosa ubicada al sur de la actual República de Colombia y asesinado a balazos, por tres mercenarios pagados por sus enemigos políticos. El general cayó herido de muerte con impactos en el pecho, la cabeza y la espalda, mientras sus asesinos huían amparándose en la oscuridad reinante.

Juan Agustín Maza. El 11 de junio de 1830, los aborígenes que comandaba el cacique Coleto, cumpliendo órdenes de los hermanos Pincheira (líderes de una famosa montonera aliados de los “unitarios”), lo asesinaron a lanzazos en El Chancay, próximo al Fortín Malargüe, unos 400 kilómetros al sur de la Villa de Mendoza, junto a otros federales que se habían refugiado entre los araucanos creyéndolos “amigos”, luego de que las tropas unitarias comandadas por José Videla Castillo, enviadas por el general Joosé María Paz invadieron la provincia de Mendoza.

Ocho oficiales “unitarios” de las fuerzas de José María Paz. El coronel Luis Videla (gobernador de San Luis), el teniente coronel D. N. Carbonel, el teniente coronel Luis Montenegro y su hijo de catorce años, el teniente coronel Pedro Campero, el teniente coronel Tarragona, el sargento mayor Cuevas, el sargento mayor Cuello y el sargento mayor Cuadras, todos ellos integrantes de  las fuerzas de José María Paz, habían participado en las acciones libradas en Río Cuarto y Rodeo de Chacón ocurridas entre el 19 y el 23 de marzo de 1831. Derrotados por Facundo Quioga y dispersos en su fuga, fueron apresados y el 16 de octubre de 1831, acusados de conspirar contra Juan Manuel de Rosas, fueron fusilados sin juicio previo por el coronel Agustín Ravello en la Plaza de San Nicolás de los Arroyos.

Coronel mayor Pablo Latorre y coronel José Manuel Aguilar. Gobernador de la provincia de Salta el primero y comandante militar del Departamento Guachipas el segundo, fueron asesinados por la guardia que los custodiaba, luego de ser vencidos el 13 de diciembre de 1834 en la batalla de Castañares.

Facundo Quiroga. El político, militar y caudillo federal Juan Facundo Quiroga fue asesinado el 16 de febrero de 1835 en Barranca Yaco, un paraje ubicado al norte de la provincia de Córdoba. El brutal atentado fue ejecutado por una partida armada al mando del capitán Santos Pérez, bajo las órdenes intelectuales de los hermanos Reynafé (una oligarquía dominante de Córdoba en ese momento). Alrededor de las 11 de la mañana de ese día, una partida de 32 hombres ocultos en una curva cerrada del Camino Real atacó por sorpresa el carruaje de Quiroga. Al asomarse Quiroga por la ventana para exigir explicaciones, Santos Pérez le efectuó un disparo directo en el ojo que le causó la muerte instantánea. Posteriormente, su cuerpo fue tajeado y lanceado.

General Alejandro Heredia. Gobernador de Tucumán, brigadier y doctor Alejandro Heredia, comandante en jefe del ejército argentino confederado en operaciones contra el general Santa Cruz, fue asesinado el 12 de noviembre de 1838, por una partida armada encabezada por el comandante Gabino Robles, el comandante Juan de Dios Paliza, Vicente Neyrot, José Casas y Gregorio Uriarte, en el punto llamado Los Lides, como a 3 leguas de la capital de Tucumán, yendo en carruaje, acompañado de su hijo, con dirección a su casa de campo.

Berón de Astrada. Luego de ser vencido en la batalla de Pago Largo (28/03/839), por las fuerzas federales al mando del gobernador de Entre Ríos, Pascual Echagüe cuyo ejército contaba con una destacada participación de la caballería comandada por Justo José de Urquiza, desoyendo las palabras del capitán Justino Silva, que lo instaba a ponerse a salvo, el gobernador de la provincia de Corrientes Berón de Astrada le contestó “Sálvense ustedes; yo vine a vencer o a morir”. No había terminado de decirlo, cuando un grupo de jinetes federales cubrieron su cuerpo a lanzazos. En el campo de batalla de Pago Largo quedaron tendidos dos mil correntinos y todos los que cayeron prisioneros, cerca de 800 combatientes, por orden de Urquiza, fueron también sacrificados. Luego del combate, del cuerpo de Berón de Astrada se sacó una lonja de piel para manea (al uso de los salvajes en sus guerras). Asegura la tradición, que confeccionada la manea, le fue regalada al general Urquiza. “Muchos la vieron y afirman que su dueño la conservó cómo un recuerdo glorioso de aquel espantoso día de barbarie y sin igual carnicería”.

Doctor Manuel Vicente Maza. Fue asesinad el 27 de junio de 1839 en Buenos Aires. Dos hombres armados irrumpieron en la Sala de Representantes (en la actual Manzana de las Luces) y lo apuñalaron a muerte. Según se estableció luego los homicidas eran dos miembros de “la mazorca” que actuando sin el conocimiento de Rosas, habían cometido el asesinato, luego que se descubriera un complot organizado por unitarios para derrocar a Rosas, en el cual estaba involucrado el hijo de Maza, el teniente coronel Ramón Maza.

Coronel Pedro Castelli. Luego de que fracasara la “revolución de los Hacendados”, un movimiento que había intentado derrocara a Juan Manuel de Rosas, teniendo como jefe militar al coronel Pedro Castelli (hijo del vocal de la Primera Junta Juan José Castelli), éste fue derrotado en la batalla de Chascomús (07/11/1839) y tomado prisionero, fue degollado por el miliciano federal Juan Durán y su cabeza expuesta en la plaza de Dolores.

Comandante Patricio Maciel y alférez Ramón Espíndola. Fueron fusilados sin juicio previo al día siguiente de ser vencidos en el combate de Baacuá el 22 de noviembre de 1839.

Coronel Mariano Vera. Vencido en el combate de Cayastá (26/03/1840), por las fuerzas federales al mando de general Juan Pablo López, es tomado prisionero y muerto a lanzazos por la tropa enardecida, junto a su Escribiente José Pino (4).

Coronel Sixto Quesada. Destacado militar que luchó en la guerra de la Independencia y participó en las luchas civiles enrolado en el partido de los unitarios, el 3 de octubre de 1840, fue degollado por la mazorca en su domicilio, luego de que fracasara la invasión de Juan Galo de Lavalle a la provincia de Buenos Aires.

Juan Galo de Lavalle. El 9 de octubre de 1841, los federales que lo perseguían, dieron con la casa donde se encontraba Lavalle y dispararon a la puerta. Una de las balas atravesó la cerradura e hirió de muerte a Lavalle, quien murió más tarde ese mismo día.

Doctor Marco Avellaneda. Conocido históricamente como el «Mártir de Metán», el doctor Marco Manuel Avellaneda, gobernador unitario de Tucumán, siendo segundo de Juan Galo de Lavalle participó en la batalla de Famaillá y luego de la derrota, había logrado escapar a la matanza que le sucedió al combate, pero fue capturado y decapitado el 3 de octubre de 1841 en Metán, Salta, por orden del coronel Mariano Maza bajo el mando de Manuel Oribe.

General Mariano Acha. El general unitario Mariano Acha fue ejecutado y decapitado el 16 de septiembre de 1841 cerca del río Desaguadero, en San Juan, tras ser derrotado por tropas federales al mando de Nazario Benavídez. En 1841, el general fraile José Félix Aldao, había sido enviada por Juan Manuel de Rosas, en persecución de las fuerzas unitarias. Llegado a las proximidades de la Posta de la Cabra, provincia de San Juan, alcanzó a los efectivos que iban al mando del coronel Mariano Acha y luego de derrotarlo en el combate de La Charilla (16/09/1841), ordena su inmediata ejecución. Luego de muerto fue decapitado y la cabeza fue colocada en una pica y clavada a la vera del camino, como un mensaje macabro para el general Ángel Pacheco que debía pasar con sus tropas por ese lugar.

Doctor José Cubas. Luego de ser vencido por efectivos enviados por el general Manuel Oribe en la batalla de Catamarca librada el 29 de octubre de 1841 y depuesto como gobernador, el doctor José Cubas es asesinado por los federales. Las tropas vencedoras, bajo el mando del coronel Balboa entregados al pillaje y a la matanza de catamarqueños, lo apresaron cuando intentaba ponerse a salvo y fue sentenciado a muerte sin forma alguna de juicio. Fue fusilado el 4 de noviembre de 1841

Marcelino Augier. En 1841, el gobernador unitario de Catamarca Marcelino Augier, luego de ser derrocado por Mariano Maza escapó y se refugió en una cueva de la Sierra de Ambato, pero fue capturado por las fuerzas federales y unos días más tarde, el 4 de noviembre de 1841, fue degollado y su cabeza fue exhibida al público como escarmiento.

General Juan Apóstol Martínez. Luego de ser vencido en la batalla de Nogoyá (04/02/1842), el general Juan Apóstol Mertínez fue degollado y luego decapitado, por orden de su vencedor, el general Manuel Oribe.

Francisco Solano Cabrera. En 1842, el sacerdote de la Orden de los Franciscanos Francisco Solano Cabrera, fue apresado por orden de Juan Manuel de Rosas y después de haber padecido indecibles torturas, pues estando aún en vida le desollaron la corona y las manos, fue brutalmente degollado por la partida de la “mazorca” que lo había apresado.

Florencio Varela. De regreso a Montevideo, el 20 de marzo de 1848, Varela fue asesinado por orden de Manuel Oribe. Recibió una puñalada por la espalda, en el momento de llegar a su casa. Fue su asesino Andrés Cabrera quien años más tarde fue juzgado y declaró haber sido enviado por el ejército de Buenos Aires que mantenía sitio sobre Montevideo. La muerte de Varela fue un duelo para los unitarios entre quienes, el hecho se vivió como una calamidad política.

Coronel Martiniano Chilavert. Finalizada la batalla de Caseros con la derrota de Juan Manuel de Rosas, el coronel Chilavert, habiendo tenido ocasión de escapar, permaneció sin embargo fumando tranquilamente al pie del cañón con el que había combatido, hasta que lo llevaron frente a Urquiza. Urquiza ordenó su fusilamiento por la espalda (castigo usualmente aplicado a los traidores), pero cuando lo llevaron al sitio de fusilamiento, Chilavert, tras derribar a quienes lo arrastraban, exigió ser fusilado de frente y a cara descubierta. Se defendió a golpes, pero fue ultimado a bayonetazos y golpes de culata. De acuerdo a varios autores, todas sus heridas fueron de frente, aunque hay autores que afirman que fue herido por la espalda; todas las fuentes coinciden en que no pudo ser fusilado. Su cadáver permaneció insepulto varios días.

Doctor Claudio Mamerto Cuenca. Durante la batalla de Caseros, el doctor Cuenca se encontraba ejerciendo sus funciones profesionales en el «hospital de sangre» (puesto médico de campaña), ubicado justo detrás del Palomar de Caseros. Atendía sin distinción tanto a los soldados heridos de las fuerzas federales de Rosas como a los del Ejército Grande y eso molestó al comandante León de Pallejá, quien, enfurecido porque estaba ocupando su tiempo en salvarle la vida a un soldado que había combatido integrando las fuerzas de Rosas, sin mediar palabra le descargó repetidos golpes de sable, siendo secundado rápidamente por el capitán Tomás Larragoitía, que sumándose al castigo “por traidor”, lo atravesó con su espada, causándole la muerte (5).

Coronel Martín Isidoro de Santa Coloma y Lezica. En 1852, el coronel Santa Coloma, que había combatido junto a Juan Manuel de Rosas, durante la batalla de Caseros, mientras estaba detenido, y fue degollado en su celda por sus captores.

Doctor Pedro León Gallo. Luego de ser vencido y derrocado el gobernador de Santiago del Estero Mauro Carranza por tropas bajo el mando de Manuel Taboada, el doctor Pedro León Gallo, funcionario de dicho gobierno, pretendió ponerse a salvo dirigiéndose hacia Tucumán, pero fue perseguido y apresado en “Atajé”, Departamento La Banda, provincia de Santiago del Estero. Después de ser cruelmente torturado por sus adversarios, fue puesto en libertad, pero falleció poco después, el 7 de febrero de 1852, en Tucumán, destruido su cuerpo y su espíritu por las torturas sufridas.

José Mariano Iurbe. Luego de ser derrocado como gobernador de la provincia de Jujuy, José Mariano Iturbe fue fusilado el 6 de mayo de 1852. Acusado de haber hecho fusilar al patriota unitario, el coronel Santibáñez

General Gerónimo Acosta. Por orden del Gobernador de Buenos Aires, doctor Pasor Obligado, el 3 de febrero de 1856, el general Gerónimo Acosta es fusilado en La Matanza. Apresado por el coronel Esteban García, luego de frustrar un intento revolucionario promovido por “unitarios argentinos emigrados en el Uruguay

Nazario Benavídez. Cumpliendo órdenes del gobernador de San Juan, Manuel José Gómez Rufino, el 23 de octubre de 1858, un grupo de sus partidarios políticos irrumpió en la cárcel donde estaba alojado el líder federal de esta provincia Nazario Benavídez y lo asesinaron.

Doctor Antonio (o Antonino) Aberastain. Siendo Gobernador de la provincia de San Juan, en enero de 1861, salió al frente de 300 efectivos para impedirle el paso a las tropas del coronel puntano Juan Sáa que intentaba invadir esa provincia. Derrotado el 11 de ese mes y año en el combate de la Rinconada del Pocito, Aberastain fue hecho prisionero y por orden de Francisco Clavero, un esbirro de Saá, fue fusilado por la espalda, junto a los sobrevivientes de sus efectivos.

General Ángel Vicente Peñaloza. El general Ángel Vicente “El Chacho” Peñaloza fue asesinado el 12 de noviembre de 1863 en la localidad de Olta, provincia de La Rioja, por el coronel Pablo Irrazábal, comandante de los efectivos de Buenos Aires. Luego de vencerlo en la batalla de Caucete (30/10/1863), el comandante Irrazábal lo persiguió hasta Los Llanos, pero mientras lo buscaban, Peñaloza se rindió al comandante Ricardo Vera en Loma Blanca, un paraje aledaño al pueblo de Olta, entregándole su puñal, la última arma que le quedaba. Una hora más tarde llegó Irrazábal y sintiéndose frustrado por no haber podido ser él, quien lo capturara, lo lanceó repetidas veces y ordenó que sus soldados lo remataran a trabucazos. La cabeza del Chacho Peñaloza fue cortada y clavada en la punta de un poste en la plaza de Olta en presencia de su familia y su esposa, Victoria Romero fue obligada a barrer la plaza mayor de la ciudad de San Juan, atada con cadenas. Una de las orejas de Peñaloza, presidió por mucho las reuniones de la clase “civilizada” de San Juan. Este crimen marcó el fin de una de las últimas grandes resistencias de las montoneras provinciales contra el centralismo de Buenos Aires y al conocer la noticia, Domingo Faustino Sarmiento le escribió al presidente Bartolomé Mitre: “No se qué pensaran de la ejecución del Chacho, pero yo, inspirado en los hombres pacíficos y honrados, he aplaudido la medida precisamente por su forma, sin cortarle la cabeza al inveterado pícaro, las chusmas no se habrían aquietado ni en seis meses”.

General Justo José de Urquiza. El general Justo José de Urquiza fue asesinado el 11 de abril de 1870 en su residencia, el Palacio San José en Entre Ríos. El magnicidio fue ejecutado por una partida armada bajo las órdenes del caudillo federal Ricardo López Jordán, quien ambicionaba el control político de la provincia. Sectores del Partido Federal radicalizado consideraban que Urquiza había traicionado sus ideales al pactar con líderes de Buenos Aires como Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento. Muchos federales nunca le perdonaron su inexplicable retirada en la Batalla de Pavón (1861), que otorgó el triunfo definitivo al centralismo porteño. Urquiza apoyó activamente la polémica Guerra de la Triple Alianza (1865), obligando a las tropas entrerrianas a combatir en un conflicto sumamente impopular. En 1870, Urquiza recibió con honores en su propio palacio al presidente Sarmiento, histórico enemigo del federalismo, lo que colmó la paciencia de sus opositores internos. Una partida de aproximadamente 50 hombres a caballo, liderada en el terreno por Simón Luengo, asaltó el Palacio San José al grito de «¡Abajo el tirano Urquiza! ¡Viva el general López Jordán!». Al escuchar los ruidos, Urquiza exclamó «¡Son asesinos!» e intentó defenderse utilizando un rifle. Logró herir a uno de los atacantes en el rostro. Los agresores respondieron con fuego abierto. Un proyectil impactó directamente en el rostro de Urquiza, a la altura de la boca, haciéndolo caer herido. Mientras era sostenido por su esposa Dolores Costa, el uruguayo Nicomedes Coronel lo remató aplicándole múltiples puñaladas.

Justo Carmelo y Waldino Urquiza. Los dos hijos de Justo José Urquiza fueron asesinados el mismo día en que su padre caía en el Palacio San José. El 11 de abril de 1870, una partida armada leal a Ricardo López Jordán los sorprendió en su casa en Concordia y los mató aplicándoles múltiples heridas de armas de fuego, decididos los asesinos, a borrar del mapa a todos los miembros de esta familia que significaba un gran escollo para las aspiraciones políticas del caudillo santafesino López Jordán.

Wenceslao F. Cabral. Vicegobernador de la provincia de Corrientes, fue asesinado en su estancia de Yuquerí, del departamento Mercedes de dicha provincia, el 30 de enero de 1873, en el marco de las luchas protagonizadas por el caudillo santafesino Ricardo López Jordán, decidido a invadir la provincia de Corrientes.

General Teófilo Iwanowski. Durante el estallido de la revolución “mitrista”, el general del Ejército Argentino, Teófilo Iwanowski, fue asesinado el 24 de septiembre de 1874 en Villa Mercedes (San Luis), por orden del general José Miguel Arredondo, líder de la revolución en la región de Cuyo, tras negarse a plegarse a la rebelión. Fue ultimado a tiros por soldados bajo las órdenes del teniente Frías, quienes lo abatieron mientras forcejeaban y gritaba «¡no me rindo!».

Doctor Jules Craveaux. El doctor, médico y explorador francés Jules Crevaux fue asesinado el 27 de abril de 1882 a orillas del río Pilcomayo (en el Chaco boliviano), junto a la mayor parte de su expedición, por indígenas de la zona, identificados históricamente como tobas y chiriguanos.

Coronel Agustín Gómez. Fue asesinado el 4 de febrero de 1884 por una partida de 30 militantes de la oposición al gobierno provincial de Anacleto Gil, que bajo el mando del teniente coronel Sebastián Elizondo tomó por asalto la casa del senador provincial Vicente C. Mallea, donde se hallaban reunidos varios dirigentes políticos con el gobernador saliente Anacleto Gil, Carlos Doncel, elegido para sucederlo y el coronel Agustín Gómez, gestor de lo que sus adversarios consideraban un contubernio político. En cuestión de segundos, los dominaron y los conminaron a la rendición, pero el coronel Gómez que trataba de huir por los fondos de la casa, es ultimado de siete balazos, mientras que Gil cae malherido en la calle y Doncel recibe una herida leve. Los revoltosos asaltan luego el cuartel de Policía, pero, al fracasar este ataque, se dispersan.

Juan Francisco Cubillos. El «Gauchito» Juan Francisco Cubillos fue asesinado por la policía el 25 de octubre de 1895 en la zona de las minas de Paramillos, cerca de Uspallata, en la provincia de Mendoza. El operativo civil encubierto terminó con la vida de este célebre bandido rural de 26 años, transformándolo inmediatamente en un venerado mito y «santo popular» de la región cuyana.

Coronel Ramon Lorenzo Falcón. El coronel Ramón Lorenzo Falcón, jefe de la Policía, fue asesinado el 14 de noviembre de 1909 en Buenos Aires por un atentado perpetrado por el joven anarquista ucraniano Simón Radowitzky

Amable Jones. El 20 de noviembre de 1921 un grupo escindido de la UCR, vinculado a los hermanos Federico y Aldo Cantoni, consumó el asesinato con connotaciones mafiosas del gobernador Jones en el camino a la localidad de La Rinconada. Se atribuyó su autoría a Federico Cantoni, quien fue detenido y estuvo a punto de ser linchado. Otros historiadores señalaron a la organización paramilitar “Klan Radical” con orientación radical-yrigoyenista que existió en la Argentina entre 1929 y 1930, conocida principalmente por realizar atentados contra organizaciones y figuras contrarias al gobierno de Hipólito Yrigoyen.

Doctor Carlos Washington Lencinas. El ex gobernador de la provincia de Mendoza y siendo Senador electo, Carlos Washington Lencinas, fue asesinado el 10 de noviembre de 1929 en circunstancias jamás aclaradas, aunque el crimen le fue atribuido a un grupo paramilitar conocido como el “clan Radical”, brazo armado de una de las fracciones en que estaba dividida la Unión Cívica Radical en las provincias de Cuyo.

Coronel Leandro Gómez (José María Leandro Gómez Calvo). En 1865, este heroico defensor de Paysandú, episodio que se considera el origen de la guerra con Paraguay, fue tomado prisionero luego de que con lo que quedaba de su tropa, no podía seguir defendiendo la ciudad de Paysandú ante el ataque de las fuerzas brasileñas que comandaba el general uruguayo Venancio Flores y a pesar de habérsele garantizado la vida a él y a sus hombres, fue fusilado en medio de la calle junto con todos sus oficiales, en cumplimiento de una orden dada por  el general Gregorio Suárez. Luego un desalmado adicto a las fuerzas de Flores arrancó la larga barba del cadáver y con ella, durante varios días, oficiales vencedores la utilizaron como trofeo de guerra y como objeto de burla.

Anacleto Medina. Militar uruguayo que actuó en las filas de Francisco Ramírez, fue cruelmente torturado y falleció a consecuencia de ello a los 83 años de edad, luego de ser vencido en la batalla de Manantiales (17/07/1871), actual Departamento Colonia, República Oriental del Uruguay.

Cacique Cipriano Catriel. En 1874, el cacique Cipriano Catriel, nieto del legendario Juan Catriel y cacique principal de la dinastía de los Catriel, que mantenía leales y respetuosas relaciones de paz con los criollos, fue asesinado por su hermano Juan José, por oponerse a los métodos que empleaba éste, en su resistencia al avance del hombre blanco en la frontera sur el país.

Seguramente debe de haber habido muchos más casos. Los buscaremos y los iremos incorporando a esta nota para que comprendamos que la violencia, no es patrimonio de los argentinos, de los uruguayos, brasileños o paraguayos. Es algo innato al ser humano y que frente a una inmensa mayoría de seres humanos inspirados por el respeto hacia sus semejantes, a sus ideas, costumbres y opiniones, coexisten y han coexistido desde nuestros orígenes, algunos personajes que carentes de escrúpulos, cimentan en la violencia su pretendido y autoadjudicado derecho de supremacía

También Sarmiento, cuya condición de vocero implacable del porteñismo le ganaría el apodo de “profeta de la Pampa” —a pesar de que había nacido en los Andes sanjuaninos—, confirmaría en 1866, en un discurso ante el Senado, el clivaje social de las guerras civiles: “Cuando decimos ‘pueblo’ entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues no ha de verse en nuestra Cámara ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir, patriota”. Eran los unitarios de siempre que por entonces se habían rebautizado “liberales”, aunque su similitud con los liberales europeos se agotaba en el plano económico, por cuanto en el terreno político fueron violentos y tiránicos (“Caudillos federales”, Mario O’Donell, Buenos Aires, 2008).

Y aunque escapa al ámbito de la Historia Argentina, que es el tema de nuestra página, pero para graficar que la crueldad no fue solo patrimonio nefasto de algunos de nuestros protagonistas de esa historia, transcribimos a continuación, algunos datos conmovedores que exponen la triste realidad de la crueldad del ser humano:

Atila hizo degollar once mil vírgenes y murió de una abundante hemorragia nasal; El tirano Ecolino hizo castrar a los niños, corromper las vírgenes, cortar los senos a las matronas y abrir los vientres de las embarazadas. Herido por soldados de Martin Turiano, se desgarró la herida hasta morir bramando de ira y dolor; el siciliano Procopio se hizo emperador en Constantinopla y traicionó a sus mismos capitanes. Estos lo entregaron a Valente, quien hizo doblar dos árboles hasta el suelo, ató en uno de ellos una pierna de Procopio y la otra en el otro árbol y al soltarlos, consiguió que Procopio muriera despedazado.

El emperador romano Tiberio envenenó a Calígula, su sobrino. Otros dicen que lo mató ahogándolo con una almohada; Agripina, madre de Nerón, envenenó a Claudio Drusio; Heliogábalo, hijo de Caracalla, perseguido por sus soldados pretorianos, se ocultó en un retrete. Pero sus soldados lo sacaron de allí, arrastrándolo, lo echaron en un conducto hediondo, lo volvieron a sacar y lo arrastraron como un perro por las calles de Roma. Después, ataron grandes piedras a su cuerpo y lo arrojaron al rio Tiber, para que nunca tuviera sepultura; El cruel Sila murió comido por los piojos.

Aníbal hizo hacer un puente con los cadáveres de sus enemigos, para que sobre él pasase su ejército. Desterrado y perseguido, se envenenó; Herodes, que hizo derramar tanta sangre de inocentes, viéndose con el cuerpo lleno de heridas, y comido por los gusanos, se degolló; Poncio Pilotos, abandonado y execrado por sus pares, después de permitir la muerte de Jesucristo, se suicidó; Valeriano, emperador de Roma, después de ser vencido y apresado por Sapot, rey de Persia, ya de viejo, era obligado a poner el cuello debajo del pie de su vencedor, cada vez que éste debía subir a caballo. Por fin, Sapor le hizo sacar los ojos y después lo hizo desollar vivo; Alboino, rey de los Longobardos, tomó preso al rey Cunimundo, lo hizo matar y convirtió a la calavera de éste en un tazón para beber;

(1). Para ampliar la información aquí contenida ver “Crueldad y violencia en el Río de la Plata”, “La crueldad no tenía bando”, “La muerte de Tupac Amarú”
(2). Cuando nos referimos a “masacres”, lo hacemos recordando Los sobrevivientes de la batalla de Tarabuco. En 1816, luego de la Batalla de Tarabuco (12/03/1816), todos los realistas sobrevivientes fueron exterminadas a garrotazos por los aborígenes que formaban parte de las fuerzas patriotas al mando de Manuel Asencio Padlla y el comandante español Francisco Herrera y todos sus oficiales, después de rendidos, fueron pasados por las armas. De la expedición realista sólo se salvó el tambor;

El Motín en Mendoza (00/12/1818), cuando ochenta prisioneros de guerra españoles que trabajaban en las obras del canal de irrigación que se estaba construyendo en Mendoza a dos leguas de la capital, se sublevaron en protesta por el trato inhumano a que los sometía el director de esas tareas hidrográficas. Los revoltosos fueron detenidos y castigados con azotes. Pero eso, según un periódico local «no soluciona el problema, pues este episodio se agrega a otros que demuestran el descontento en los condenados a trabajos forzados en las obras públicas, que no existe entre los que se entregaron a particulares. La protesta tiene lamentablemente una base razonable; es notoria la crueldad con que trata a sus subordinados el señor Herrera, director de estas obras. Este funcionario goza de la confianza de las autoridades y sería conveniente llamar su atención para que los abusos no se repitan y provoquen a corto o largo plazo desgracias irreparables».

Los prisioneros de San Luis. En 1819, cincuenta oficiales de las fuerzas realistas en operaciones en el Río de la Plata, que estaba prisioneros en San Luis, fueron muertos durante un intento de fuga. Alístese o muera. Luego de la batalla de Pavón (17/09/1861), gran cantidad de hombres de las fuerzas derrotadas, fueron “invitados a incorporarse a las fuerzas de los vencedores” y según dirá luego el general Juan Andrés Gelly y Obes, Ministro de Guerra del presidente Mitre y participante en ese encuentro, “Flores pasó a degüello a los más reacios, e incorporó a los demás efectivos de los derrotados”, agregando luego: “No se había visto nunca tanta violencia en nuestras guerras civiles, que no se distinguieron precisamente por su lenidad”.

La masacre de Cañada de Gómez. Durante la confrontación de Buenos Aires con el resto de las provincias que integraban la Confederación Argentina liderada por Justo José de Urquiza, en la noche del 22 de noviembre de 1861, mientras las tropas federales que comandaba el coronel Benjamín Virasoro, descansaban en la Cañada de Gómez, actual Departamento Iriondo de la provincia de Santa Fe, en su marcha hacia Córdoba, después de ser vencidas en Pavón, fueron atacadas sorpresivamente por las fuerzas que al mando del unitario Venancio Flores que las perseguían y 300 soldados, la mayoría sin tener tiempo para salir de sus carpas, fueron degollados. Sobre este hecho, Jan Andrés Gelly y Obes, Ministro de Guerra del Presidente Mitre, dijo que el suceso de la Cañada de Gómez es uno de esos hechos de armas que aterrorizan al vencedor.

La masacre del Potrero Mármol. En 1867, durante la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, momentos antes de comenzar la batalla de Lomas Valentinas (21/12/1868), el coronel paraguayo Hilario Marcó, por órdenes de Solano López hizo ejecutar en inmediaciones del Potrero Mármol a numerosos prisioneros, investigados por supuestas conspiraciones para derrocarlo y concertar luego la paz con la Triple Alianza. Entre los ejecutados esa jornada y en el curso de las llamadas «matanzas de San Fernando» que costaron la vida a cientos de prisioneros se encontraban Benigno López, hermano del Mariscal y exsecretario; José Bergés y Gumersindo Bruguez, exministros de Relaciones Exteriores; el general José María Bruguez; el general Vicente Barrios, exministro de Guerra y Marina y cuñado de López; el coronel Manuel Núñez, el coronel Paulino Alen Benítez; el sargento mayor Vicente Mora, el obispo de Paraguay Manuel Antonio Palacios; el deán Eugenio Bogado, el presbítero Vicente Bazán, el sacerdote Juan Bautista Zalduondo; Carlos Riveros; Saturnino Bedoya, cuñado también de López; Gaspar López; Juliana Insfrán de Martínez, esposa del coronel Francisco Martínez, defensor de Humaitá, fusilada por la espalda como “traidora a la patria y al Supremo Gobierno»; Dolores Recalde; María de Jesús Egusquiza Quevedo; el cónsul portugués José María Leite Pereira; el dirigente del Partido Blanco del Uruguay, Antonio de las Carreras; el exsecretario de la Legación uruguaya Francisco Rodríguez Larreta; el capitán italiano Simón Fidanza.

La represión del coronel Sandes. En 1861, después de la Batalla de Pavón (17/09/1861), el interior del país había quedado abierto a los unitarios. El Chacho Peñaloza, después de tratar infructuosamente de mediar entre unitarios y federales en el norte, se unió con el gobernador de Tucumán para continuar la lucha y sus fuerzas fueron derrotadas en la Batalla de Los Llanos de La Rioja (11/03/1862), por efectivos unitarios al mando del coronel Ambrosio Sandes. Los oficiales derrotados, como sucedió luego en todos esos enfrentamientos que se produjeron en la región andina, fueron fusilados, mientras muchos soldados fueron torturados y degollados. Esta innecesaria violencia para con tropas ya derrotadas en combate, hizo que los federales se obstinaran aún más y la violencia se hizo costumbre. El mismo Domingo Faustino Sarmiento dijo al respecto «Si Sandes mata gente, cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición, que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor”.

Los muertos de Yatay. En 1865, pese a la heroica resistencia de los paraguayos en la batalla de Yatay (17/08/1865), fueron completamente destrozados por efectivos de la Triple Alianza al mando del general uruguayo Venancio Flores. La mitad de los paraguayos murieron en combate y todo el resto – salvo unos 100 hombres que cruzaron el río Uruguay a nado – fueron tomados prisioneros. Entre los prisioneros, Flores encontró varias decenas de soldados uruguayos, partidarios del Partido Blanco que se habían refugiado en el Paraguay, a los que hizo fusilar como traidores a la patria y muchos soldados paraguayos fueron obligados a tomar las armas contra su propio país, reemplazando las bajas producidas en las divisiones aliadas, especialmente las orientales.

Los prisioneros de Acayuasá. En 1868, luego de un feroz combate, librado durante la guerra con Paraguay en Acayuasá (18 de julio de 1868), el coronel Martínez de Hoz y 64 de sus hombres que integraban las fuerzas de la Triple Alianza, murieron en combate, mientras que su segundo, el comandante Gaspar Campos, junto con 30 hombres fueron hechos prisioneros y todos ellos murieron semanas después, debido a la dureza de la prisión que se les impuso. La masacre de Acosta Ñú. En 1868, durante la guerra con Paraguay, 20.000 soldados de Brasil al mando del conde D’eu, se enfrentaron en la batalla de Acosta Ñú (16/08/1868), con 500 veteranos y 3.500 niños paraguayos de entre 11y 16 años, protagonizando una acción, que a partir de entonces avergüenza a sus protagonistas y sembró de eterno dolor, al pueblo paraguayo. Luego de vencerlos, el conde D’ EU ordenó que el resto del campo fuese incendiado y que se matara a los soldados heridos y familiares que ya se habían rendido y a otros que intentaban socorrerlos, protagonizando así un genocidio sin precedentes para la época. Los vencidos en Don Gonzalo. En 1873, luego de vencer al caudillo entrerriano Ricardo López Jordán (hijo) en la batalla de Don Gonzalo (00/12/1873), el jefe vencedor, el coronel Juan Ayala, ordenó una tenaz persecución, obligando a los rebeldes a arrojarse al arroyo, pereciendo ahogados unos 300 hombres. El teniente Saturnino García, participante en esta batalla, informó luego que el coronel Ayala, terminada la lucha, ordenó el fusilamiento inmediato de los sobrevivientes que fueran apresados, luego de ser rescatados de las aguas.

(3). Pueden leerse detalles de todos y cada uno de estos hechos, buscándolos en esta misma página elarcondelahistoria, encabezando la búsqueda con la palabra asesinato.
(4). Una muestra del fanatismo y la irracionalidad que había hecho presa de la ciudadanía durante la época de Juan Manuel de Rosas, lo da el parte de guerra con el que Calixto Vera, hermano del coronel Mariano Vera, muerto en el combate de Cayastá (26/03/1840), le informa a Rosas el triunfo obtenido sobre los unitarios en ese combate diciendo: “El infrascripto tiene la grata satisfacción de participar a vuestra excelencia agitado de las más dulces emociones que el infame caudillo Mariano Vera, cuyo nombre pasará maldecido de generación en generación, quedó muerto en el campo de batalla, cubierto de lanzazos. Felicito a vuestra excelencia y a toda ése benemérita provincia, igualmente que a toda la Confederación Argentina, por tan insigne triunfo, en el que hemos recogido los laureles de la victoria tanto más frondosos cuanto que han sido empapados en la sangre de los sacrílegos unitarios».
(5). Algunos historiadores refieren el hecho, asegurando que quien atacó y mató al doctor Cenca, fue en realidad el mercenario español José Pons Ojeda que había combatido bajo las órdenes de Urquiza.

Fuentes consultadas: ”Historia de los pueblos de América”, Buenos Aires, Editorial Plaza & Janés, 1981; “Archivo del Brig. Gral. Nazario Benavídez”, Héctor Arias y Margarita Ferrá de Bartol; “Batallas entre hermanos”, Pablo Camogli, Buenos Aires, 2009: “Campañas militares argentinas”, Isidoro J. Ruiz Moreno, Tomos I y II, Ed. Emecé, Buenos Aires, 2004-2006; “Crónicas Militares”, editado por el Ministerio de Guerra, 1924; “Degollados y decapitados”, Juan Méndez Avellaneda, Revista Todo es Historia, Nº 290; “Historia argentina”, José Luis Busaniche,. Ed. Solar, Buenos Aires, 1969; “La época de Rosas”, Ernesto Quesada, Ed. del Restaurador, Buenos Aires, 1950; Google., Hemeroteca particular.

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